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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo III. Crímenes y Castigos: pervertir el género

Consigna siete A partir de una de las siguientes imágenes, escribir un texto que instale una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla)

Taller literario a distancia

 

 

 

 

 

Imagen 2

 

LAS CARTAS DE AMOR


Una de las razones por las cuales la Señorita Márquez había elegido alquilar la casa era su disposición. Sumamente apartada, parecía la garantía de todo lo que ella pudiera desear: soledad, aislamiento y la certeza de no ser importunada por nadie.  Y excepto por el curioso vecino de enfrente que insistía en entablar charla con ella de tanto en tanto, nadie la molestaba. Y es que sus “particulares circunstancias” lo requerían. Su fobia social lo demandaba. Pero, aún y a pesar de todo, fue la misma remota señorita Márquez, la que encontró una noche en su computadora, un correo de destinatario desconocido que decía lo siguiente… “Hermosa mía,  sé cuáles son las circunstancias que impiden que usted y yo podamos estar frente a frente. Sin embargo, mis manos seguirán trazando aquellas palabras y sentimientos que mi corazón quisiera susurrarle al oído. Suyo, hoy y siempre”.No bastó con eso. Un segundo correo electrónico rezaba lo siguiente, “¡Cómo anhelo el contacto de sus ojos y el roce de sus labios! Si pudiera desembarazarse de aquello que la ata a su condición, nada impediría que nuestros destinos caminasen a la par”.

El tercer mail fue un poco más contundente. “Mi bella, ¿no tiene nada que decirme? ¿Es tan duro su corazón que juega con la fragilidad del mío?”.El cuarto, el quinto, el sexto y los subsiguientes, alternaron las tiernas palabras con frases quizás más recurrentes que demandaban una respuesta al corazón herido. Dichas respuestas nunca llegaron.La señorita Márquez se sintió en principio intimidada y temerosa; posteriormente, curiosa y por fin… embelesada. Vencida su inicial resistencia, cada noche comenzó a montar guardia frente a su pantalla, esperando los correos misteriosos de este extraño enamorado que tan bien parecía conocerla, al punto de haber descubierto su dirección de correo que prácticamente nadie conocía, excepto su madre y su psiquiatra. Y entonces decidió darle un rostro a tal enigma  y así fue que  el culpable tomó la forma del único hombre cuyo trato había frecuentado tan poco en los últimos cinco años: su vecino.Se dedicó a patrullar junto a la ventana entrecerrada, espiando entre las cortinas de encaje el ir y venir del culpable de sus febriles desvelos. Y habrá que dar por sentado que verdaderamente el comportamiento de ese hombre despertaba sospechas. Sus entradas y salidas eran permanentes e incansables, y de tanto en tanto, miraba hacia su ventana y la saludaba con un gesto caballeroso y una inclinación de cabeza en su dirección, presintiendo la velada presencia de la dama tras el cortinado. La Márquez decidió entonces que no había nada que desmintiera sus sospechas. Y cada amanecer comenzó a irse a dormir, acunando embriagantes pensamientos y formulando con intensidad respuestas adecuadas que satisficieran el amoroso acoso de ese hombre que la amaba aún a pesar de sí misma. Nunca se atrevió a escribir una sola palabra. Jamás se atrevió a devolverle un saludo.Y fue una noche, sin embargo, en que el insomnio de la señorita volvió; el amor se desvaneció y los dulces arrebatos acabaron tan súbitamente como se habían iniciado. Los correos sentimentales se detuvieron y el misterioso vecino y (supuesto) autor de los mismos hizo un último ademán de saludo a la señorita Márquez, al tiempo en que se subía al camión de mudanzas y desaparecía en la fría tarde.***No bien la Señora Lynch entrara a ese bar, Juan quedó prendado de ella.  Sus ojos negros y su enorme sonrisa destacaban en medio de la multitud y fue así que él se acercó y le convidó una copa. La Lynch, dio a conocer prontamente su condición de mujer casada a ese joven impetuoso, pero gustó de su aire melancólico y su insistencia. Le sonrió y aceptó su invitación. Conforme pasaban las horas, la fascinación crecía. La noche daba paso al día y Juan, por fin, obtuvo la dirección de correo electrónico de la señora Lynch y ella, la promesa de una pronta recepción de blandas palabras y dulce poesía para arrullar su corazón de casada insatisfecha.En ese mismo amanecer, la señorita Márquez, luego de una noche más de atenta e inquieta vigilia, se durmió pesadamente,  justo en el instante en que los ansiolíticos hicieron su efecto;  la señora Lynch se acostara junto a su indolente marido (lamentando en algún punto haber mentido a su enamorado de turno dándole una dirección de correo falsa); y Juan se pusiera a escribir el primer verso con el cual acariciar el alma de la indómita consorte.Cada atardecer, Juan como en sueños, envió una frase, un poema, un breve pensamiento a la dueña de su corazón. Temiendo que la señora Lynch fuese descubierta por el señor Lynch, entendió su reserva y su silencio. Confió en que su amorosa insistencia y sus frecuentes mensajes, finalmente vencieran su resistencia. Pero la señora Lynch nunca contestó a ese corazón atormentado y por eso sus misivas fueron mutando de tiernos arrullos a lamentos implorantes  y posteriormente a justos reproches. La señora  jamás contestó. Juan pronto se cansó de tanto amor malgastado. Herido en lo más profundo, decidió dejar de malgastar su pasión en quien no lo valoraba. Perdió el apetito, al igual que el sueño y comenzó a vagar cual fantasma en medio de la noche, entrando y saliendo de su casa, en un ritmo vertiginoso de paseos que intentaban atraer el sueño que seguía esquivo. Se sentía diminuto e invisible, hasta tal punto que ni siquiera su vecina, la señorita Márquez, parecía reparar en su presencia cada vez que él le dirigiera su saludo. Si, si. Está bien… la Márquez no andaba bien de la cabeza… al menos eso se comentaba en el vecindario. Y fue un buen día que pensó que el pueblo le traía continuas remembranzas de su amor desperdiciado y decidió salir a recorrer nuevos caminos. Empacó sus cosas, puso candado a su puerta, al igual que a su corazón maltratado, hizo un último gesto de saludo a la fóbica vecina de la casa de enfrente que seguía espiándolo por la ventana y se fue para nunca más volver.

 

 

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Imagen 4


La señora Lynch continúa visitando bares, jugando con los galanes y aturdiendo múltiples corazones, mientras el señor Lynch descansa en el lecho marital. Juan nunca más volvió.La señorita Márquez sigue padeciendo de agorafobia, entre otros síntomas de ansiedad generalizada. Su “condición” no parece haber experimentado mejoramiento alguno.

 

 

Copyright©J. A. Octubre, 2015

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