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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo II. Relatos del yo

Consigna quince beta. Buscar viejas fotografías familiares a través de las cuales se pueda establecer una secuencia de recuerdos, es decir, una historia. Tomar a uno de sus personajes como narrador protagonista y/o testigo y escribir el tramo de su diario íntimo correspondiente a esos acontecimientos.

 

Otra vuelta de tuerca:

Consigna quince delta. Cualquiera haya sido la opción elegida, agregar al texto una nota a pie de página firmada por El Editor, o un prólogo, o un relato, que le sirva de marco como en el inicio de “Loco” y justifique su publicación.

 

Diario 

Abuelo – desaparecidos – montoneros – ERP – bomba – escuela – guerrilla – miedo

 

TESTIGOS DE LA HISTORIA 


“La memoria es individual.

Nosotros estamos hechos,

en buena parte, de nuestra memoria.

Esta memoria está hecha,

en buena parte, de olvido”.

J. L. Borges (1979), El tiempo

 

Asumir que la vida es efímera, y con el paso del tiempo, todos desaparecemos, la más de las veces sin dejar rastros más allá de la memoria individual de quien nos amó y hemos amado, me ha llevado a hurgar en los recuerdos de quienes han sido testigos de la historia reciente. Quizás este libro debió llamarse “Yo estuve allí”, porque cada una de las estampas está narrada en primera persona por quien ha, efectivamente, estado presente, viviendo en el cotidiano el devenir de la Historia Grande de Corrientes, esa que es parte de la memoria colectiva. Las  postales de época están organizadas por décadas. Permitiéndonos así adentrarnos en la evolución del espíritu de los acontecimientos. Este libro no tiene pretensiones historiográficas, ni anhelos reivindicatorios. Cada hombre, en su tiempo, tiene derecho a equivocarse, incluso, usted, que tiene la responsabilidad de vivir las consecuencias de errores y aciertos ajenos que definen su presente. Usted, que leyendo estas páginas está invitado a construir puentes sobre la brecha que nos enseñaron a marcar entre nosotros.

 

 

 

1974 – ATENTADO FALLIDO EN LA ESCUELA NORMAL NACIONAL Dr. JUAN PUJOL 

Tenía ocho años y era alumna en tercer grado en la Escuela Normal Nacional Dr. Juan Pujol. Lo recuerdo bien porque el suceso nos marcó a todas las chicas. Se convirtió con los años en tema de debate, y en la gran anécdota a contar. Podés hallar cientos de testigos presenciales. Aunque no sé si alguna de ellas podrá explicar qué fue en realidad lo que pasó. A partir de entonces temíamos ir al baño. Nos agachábamos a observar bajo las puertas, esperando ver las piernas de un hombre. Objeto fuera de lugar, impensado, en una escuela de señoritas. En cierto punto, deseábamos también protagonizar una historia de novela: secuestro, bomba, fuerzas parapoliciales, tiros, ser rescatadas de las garras de un guerrillero y entregadas sanas y salvas en los brazos de la familia. La niña que vivió todo esto era alumna de cuarto grado. Su participación en los hechos fue casual. Concurrió sola al baño en hora de clase, y se topó con el guerrillero. A ella no la vimos más, nunca más. Mis recuerdos se circunscriben al aula. La Srta. Inés nos pide que nos metamos todas bajo los bancos, agachadas, quietas y sin hablar. Creímos que era un juego, pero enseguida oímos el movimiento afuera. Hoy sé que lo que oía eran las botas contra el granítico. Eran muchos militares. Cuatro de ellos ingresaron al salón, nos hicieron tomarnos todas de las manos y seguirlos en silencio hacia el patio exterior. Ya estaban allí las otras chicas con sus maestras, en filas perfectas contra el muro perimetral. En ese momento empezaron los tiros. Para mí solo eran ruidos ensordecedores cuyo significado no comprendía. No vi nada más, con excepción de los autos y camiones verdes y azules que rodeaban la escuela. Para la hora de la salida casi toda la ciudad estaba esperándonos en las puertas. Al día siguiente hubo clases normales. A partir de entonces, participamos semanalmente de ejercicios de evacuación del edificio ante amenazas de bombas. Mi amiga Emma, de cuarto grado, nos contó que cuando vió al guerrillero que  tomó por sorpresa a Anita en el baño, salió corriendo y se escondió detrás de la cantina. Desde allí distinguió como disparaban contra otro hombre que corría por el patio central. Dicen que quisieron poner un explosivo, como el que estalló en la Facultad de Agronomía meses antes. Dicen que eran varios jóvenes del ERP, que ingresaron a la escuela huyendo de los servicios. Dicen que eran montoneros que intentaron copar y panfletear el colegio. Dicen que quisieron secuestrar una niña. Yo solo sé que tuvimos mucho miedo durante el tiroteo, y luego, en nuestra inconsciencia, nos moríamos de envidia de Anita y Emma. Y, te repito, íbamos al baño de a dos, con temor y anhelo de hallar pantalones por debajo de la puerta. Mi abuelo José leía el diario cuyas páginas centrales estaban colmadas de fotos del rostro de hombres y mujeres. Cuando le pregunté al abuelo quienes eran  me respondió que eran los que habían desaparecido o muerto en los enfrentamientos. Me dolió el pecho al recordar los tiros. “Algo habrán hecho, se repetía en casa. Así aprendí a sentirme tranquila, protegida, cuando veía un uniformado. Emoción que con el correr de los años fue mutando.

 

 

Copyright©Delia Plazaola. Octubre, 2015

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