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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo II. Relatos del yo

Consigna dieciséis: a. Usted es Emilio Renzi y le envía una carta a Bartolomé Marconi en la que le critica la actitud que tuvo con respecto a las cartas de mujer fea. Renzi, como buen intelectual enmarca su comentario en un tema más amplio: la relación vida/literatura. b.Como en un juego de cajas chinas, incluir esta carta dentro de un relato que explique la necesidad de la publicación de la mencionada carta. (Extensión máxima 3 carillas).

 

 

La semana pasada  recibí  un mensaje de Patricia Tharalio. En él  dejaba un aviso en el que decía: “Emilio, necesito verte”. Mi apellido, Renzi,  ella trata de evitarlo siempre que puede. Dice que por su leve cacofonía,  le trae reminiscencias de un  cantor de tango,  género musical que no soporta. A mí me soporta  desde hace  tiempo,  compartiendo ambos la amistad  con Bartolomé Marconi y Tardewski, convertida ya en una fraternidad literaria.  Concertamos un encuentro para esa misma tarde en un café. Allí me rogó que le prestara atención, dado que necesitaba consultarme sobre un dilema literario. Su  relato lento, compasaba  el  ritmo en el que en su pocillo de café decantaba  la borra. Me transmitía  lo que Tardewski le había contado a ella  acerca de la conversación mantenida con Marconi en el Club.

Dejé que ella se explayara, sin aclararle que yo estaba al tanto de todo. La misma fuente,  nuestro amigo Tardewski, ya me  había referido aquella  historia a través de una carta.  Trabajar con la palabra, a veces nos ayuda a disipar las brumas que no nos dejan ver con claridad  la otra orilla. Y  por eso  la dejé hablar. 

A Patricia siempre le fascinó, como a todos nosotros, la literatura y todo lo relativo a ella. Cuestionarse hasta qué punto están ligadas la vida y la ficción, de qué modo transforma una a la otra, o se excluyen en el acto de escribir… Yo me permití interrumpirla, para decirle que la carta es una forma utópica de la conversación, porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible del diálogo. Somos de alguna manera museos vivientes, me acotó ella con sabiduría, y contar es un modo de borrar de los afluentes de la memoria aquello que queremos mantener alejado para siempre de nuestro cuerpo, sólo tiene sentido lo que se modifica y se transforma. 

Es bueno, como ejercicio,  escribir las cartas que nunca vamos a dar, las cartas que nos gustaría recibir y aquéllas que creemos que vamos a recibir. Ya que, a veces, a través de una carta podemos oírnos con toda consideración. 

Saboreamos el café lentamente, como preparándonos para que la lectura de su borra nos revelara parte de ese dilema de la literatura. Donde el  yo que discurre desde esa primera persona gramatical,  crea  un efecto “experiencia personal” el que, como en un juego de espejos imaginarios, juega  entre lo fantástico y lo real. 

Finalmente, tuve que confesarle que la historia ya lo conocía.  Pero aclarando que deseaba escucharla enriquecida por ella. Lo entendió. Luego, le entregué una copia de la carta que le enviaría  a Bartolomé Marconi, de la cual transcribo aquí lo más importante: 

 

“(…) Recibir una carta escrita por alguien con un talento fuera de lo común es, desde el vamos, un hecho excepcional y un golpe de suerte para quien la recibe. Máxime cuando, al decir de Tardewski, usted reconoce que sus cartas eran siempre distintas y perfectas. Y de una perfección literaria similar a la que usted ha leído “en años de años”. Me extraña sobremanera su decisión de no contestarle, y peor aún de no verla. Con el debido respeto, permítame contrariarlo.  Alguien que sobrepasa la altura de la discusión y sigue escribiendo en un “hipnótico español sólo suyo” (me remito a sus dichos) merece una atención apropiada. Nadie hipnotiza con la mirada vacía., ni con la palabra vana. Si usted, Marconi, fue capaz de decirle a Tardewski  “tengo que ver a esa mujer… porque me siento en un estado de ánimo muy particular…”, se debe sencillamente a que esa mujer con sus cartas ha llegado a su interior. Por lo tanto, es inadecuado a su estatura literaria, que le haya  impuesto tomarse un taxi, como me cuenta Tardewski. Menos aún, el haberle dicho “Venga inmediatamente…”. Tenga presente, que alguien que escribe “con la pureza de un cristal y la flexible elegancia de los gatos”,  tal vez no comulgue con la brusquedad solapada en un modo imperativo, sino más bien con la sutil y flexible elegancia que conlleva un modo potencial.  Ciertos ánimos y  el modo de escribir de esta mujer (según sus dichos),  se adaptan mejor, creo, a las sugerencias. También debo decirle, si es como me contó Tardewski, que reparar en la fealdad de una escritora, calificándola de perversa  (hablo por su boca) es simplemente banal. “Su fealdad fascinante”, no impidió que lo escondido en sus cartas lo impactara. Muchas veces la belleza se oculta,  y se metamorfosea en una inteligencia refinada y sutil. Ese monstruo, según sus dichos, tiene una vida. La cual, según Tardewski, no se animaba a mostrar. ¡Qué ironía! ¿Qué vida? ¿La de ella…? Y, en todo caso, no siendo  la vida de ella… ¡qué menosprecio de su sublime imaginación! Creo, además, Marconi, que separa con liviandad, la apreciación que tiene de la  vida de esa mujer  con lo que ella escribe en sus cartas. Veo en su actitud un sutil sesgo de crueldad sin dejar de ser inocente: cree en el poder piadoso de la verdad, antes que en la deshonra de la mentira. Y en este caso se equivoca. ¿¡Cómo puede, Marconi, tener la osadía de preguntarse sobre qué  esa mujer puede construir su obra,  cuando de ella conoce muy poco!? Y mucho menos, catalogar “su vida  abominable como su cuerpo”, según me dijo Tardewski que usted dijo.  Por todo ello, deduzco que desconoce de ese ser lo más importante: su mundo interior. Se detiene en su visible fealdad y sostiene  que es un condicionante de su modo de escribir y, por ende de su autobiografía.

“Gregorio”, ese inaudito animal en el que se convirtió Kafka, que no sabía que tenía alas encubiertas bajo su horrible caparazón, quizás lo haya  animado  a usted, Marconi, dada su cortedad de vista, a decirle a ella que no había nacido para la literatura.  “Al querer borrar mi cuerpo en lo que escribo…”, según ella, me lleva a pensar que esa mujer tiene una autoestima  muy baja. Por ello, según me cuenta Tardewski, al aconsejarle “que pusiera todo su empeño en bordar manteles…”, presiento  que sus conceptos se han aproximado al cenagoso  terreno de la misoginia, donde a los “distraídos” les resulta tan fácil caer, como les es  difícil salir. ¡Cuidado! ¿¡Bordar manteles…!? ¡No tiene usted idea de la cantidad de presencias disgregadas que se reúnen en la mente de una mujer mientras borda! ¿Por qué no volcarlas en un escrito? Trate, por  favor,  de no inmiscuirse en el pacto callado de inteligencia y sensibilidad,  que celebra esta mujer con quien lee sus cartas. Recuerde Marconi que la literatura es una fiesta. No se quede fuera del banquete literario. No intente ligar las historias contadas por otros a sus vidas… y permítase el placer de dejarse deslizar por sus palabras, sin averiguar su genealogía. Usted, Marconi, desea desterrar a esta mujer de los dominios de la escritura. ¿Y qué es el exilio sino una forma de la utopía? El desterrado es un ser utópico por excelencia, vive de la constante nostalgia del futuro, en un largo insomnio. No se olvide, en este caso, que la correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar.  Quizá por ello tengo deseos de  conocer a esa mujer.Si bien yo, Renzi, tengo una dificultad clásica entre los escritores: distinguir la ilusión de la realidad, yo desde otro lugar observo. No sea cuestión, que  a usted, Marconi, le suceda  lo mismo que al Enanito, el personaje creado por O. Wilde en “El cumpleaños de una infanta”. Cuando al ver su figura reflejada en el espejo, descubre al monstruo más grotesco que había visto en su vida, y por ello decidió no bailar más para la princesa… ¿por qué? Porque se le había roto el corazón.  Y por esa razón fue despreciado. En este juego de espejos al cual se asemeja la vida, puede suceder que un día, al mirarnos,   nos duela enterarnos de que no somos el  personaje que creíamos ser.

Con el más afectuoso saludo.                                                                                                               

 

Emilio Renzi


Esperé que terminara de leerla y le pedí su opinión.

Patricia, sosteniendo la carta con su mano izquierda y revolviendo la borra del café con su otra mano, dirigió  su mirada hacia el  fondo de la taza y  luego me regaló una sonrisa cómplice. 

Me saludó con un beso y se fue. Nunca supe que alcanzó a leer Patricia  en esa borra.

 

 

Copyright©mar. Septiembre, 2015

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