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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo I. Variaciones

Consigna dos alfa: Inventar una nueva anécdota nimia (siguiendo las instrucciones transcriptas más abajo) y realizar tres variaciones de extensión máxima: media carilla cada una). Ampliar una de ellas de modo que derive en un relato breve (extensión máxima: una carilla y media). Enviar al orientador solamente las variaciones y el relato. La anécdota debe ser construida a partir de las siguientes instrucciones:

-que haya un encuentro aparentemente efímero entre un hombre y una mujer.

-que la acción transcurra  en un lugar público o semipúblico (una plaza, el baño de un  bar,  un museo, un hotel, un tren, etc.)

-que haya otro/s personaje/s que mire/n (y/o cavile/n sobre) ese encuentro.

-que haya más de una acción encadenadas lógica y cronológicamente y alguna acción secundaria.

-que haya un intercambio gestual o verbal entre dos personajes (cualquiera de ellos).

 

Variaciones y relato


Variación 1

 

Quedaron en encontrarse a las cinco de la tarde.  En un  día de otoño que no recuerdo, del año 1950. Y aquella cita no era casual. Varios amigos en común, que habían compartido con ambos la secundaria, los habían animado, no sin esfuerzo,  a concretarla. El, Tomás, viudo y sin hijos, era además de arquitecto un hombre muy apuesto. Ella, Lucía, también  viuda pero con cinco hijos, era una mujer muy dulce y tímida. Acordaron que el lugar del encuentro sería la parada del colectivo 5. En la misma en  que tantas veces lo habían abordado en la época estudiantil.

Tomás llegó un rato antes. Mientras la esperaba, las ruedas de un camión al pisar un enorme charco de agua, literalmente lo bañó. Su elegante traje de gabardina quedó arruinado.  Más aún  su imagen. Una bella morocha que estaba en la cola del colectivo, y con la que varias veces había intercambiado miradas sugestivas, se le acercó de inmediato tomándose la cara con las manos.  Con una  mezcla de ternura y compasión. Embebidos de lástima, sus enormes ojos verdes lo impactaron  a más no poder. Con sutileza le propuso acompañarlo hasta el taller de costura en el que ella trabajaba, donde se podría higienizar. Rogándole no ser mal interpretada. Con una pícara sonrisa le aclaró que no estaba en juego su decencia. Sólo deseaba ser solidaria. Caminaron a la par y a poco de andar comenzaron a tutearse. Con el debido respeto, “como diría mi madre”, pensaron ambos para sí.  El sereno del taller, tras recibirlos, los acompañó hasta el piso donde a diario ella ocupaba su puesto de trabajo. Cuando Tomás entró al baño, el sereno por lo bajo le preguntó a Rosita si era necesario que él se quedara cerca. Ella, frunciendo el ceño, le dijo un no contundente con su cabeza. Con una silente sonrisa, él se fue.   

                                                  

                                                                                         

Variación 2

 
Una tarde de junio, allá por el  año 55,  esperaba yo  el colectivo. En el tercer lugar de una cola de cinco. “Siempre me toca esperar en el medio”, pensé. Por algo será.Un hombre elegante, vestido de traje de gabardina verde rondaba la zona. Daba la sensación de estar aguardando a alguien.  No faltaba mucho para las cinco y él miraba cada tanto su reloj.  Mientras tanto, alternativamente, me miraba a mí de un modo cada vez más sugestivo. Yo, por cierto, lo atraía. Elegante y  buen mozo, a mí también me llamaba la atención. Tanto por su traje impecable, como por el reloj que lucía. De pronto,  pasó un camión muy  cerca del cordón. Al hundirse sus ruedas sobre un hondo pozo lleno de agua pútrida, se destruyó en un segundo su encantadora imagen: ¡lo bañó! Pero la figura de ese hombre lejos estaba de opacarse para mí. Me inspiró, a un tiempo, ternura y compasión. Me acerqué a él,  o mejor dicho, me imantó de él una lástima dulce. En silencio, nos comunicamos con el lenguaje irreproducible de una mirada. Lo invité a que me acompañara hasta el lugar en el que yo trabajaba, el  taller de costura.  Allí se podría higienizar, fue mi  sugerencia de falsa samaritana. Sonriéndole, le rogué que no me malentendiera.  Que sólo trataba de ayudarlo. Aunque yo sabía que mi actitud no se correspondía enteramente con la verdad, valía la pena mentir. Fuimos caminando juntos hasta el taller en donde yo trabajaba.   Lo llevé de la mano…, pero  sin llegar a tomarlo. Rozándolo a veces, como sin querer. Distraídamente empezamos a tutearnos, como dos adolescentes. Una vez en  el taller, el sereno nos acompañó hasta el piso en donde yo trabajaba. Y ambos lo invitamos a pasar al baño.  Cuando cerró la puerta,  el sereno me preguntó en voz muy  baja si iba a ser necesaria  su presencia, por las dudas. Con un movimiento de cabeza, en silencio,  le hice entender que no. Perspicaz…, sonrió, me dijo adiós, y se fue. Al salir él del baño y mirarme,  nuevamente  nos entendimos sin hablar.



Variación 3


Cinco días antes de morir, Tomás, me dejó este relato, cuando ya no se sabía si al hablar  se le escapaban sus memorias o sus fantasías. Sobre todo, cuando después de beber cinco vasos de vino algunos detalles de sus historias, se volvían cuentos. Cerró los ojos  y por fin se dispuso a hablar, como si recordara  un hecho que le hubiera sucedido a un extraño, y no a él.Esto que te voy  relatar ocurrió  en un otoño del 55, cuando   cinco amigos en común  los alentaron a aproximarse. Él era un reconocido  arquitecto, vivía solo y no tenía hijos,  y ella, Lucía,  viuda con cinco hijos. El lugar del encuentro que acordaron fue la parada del colectivo 5,  cercana a la escuela en donde se conocieron. Tomás, salió temprano de su departamento  enfundado en su traje de gabardina verde y llegó antes. De pronto,   pasó un camión cuyas  ruedas del lado derecho se hundieron en  un  hoyo repleto de agua sucia. Litros de ese líquido pútrido y maloliente cayeron sobre él. En vano amagó instintivamente perseguirlo unos metros, mientras le descerrajaba unas puteadas. Sintiéndose ridículo, más aún cuando una bella morocha que estaba en la cola y con la que se cruzaron varias miradas sugestivas, se sonrió levemente al ver su reacción.  Fue esa mujer,  de inmensos ojos verdes, la primera en aproximársele, para calmarlo y seducirlo a la vez. A los cinco segundos llegó el colectivo. Ambos se miraron… pero él no se animó, o no quiso subir, y ella menos. Ella le ofreció acompañarlo hasta el taller de costura en el que trabajaba.  Dudó hasta que Tomás  le hizo un guiño equivalente a un sí.  Caminaron animosamente.  Luego de recibirlos, el sereno los acompañó hasta el lugar en donde ella trabajaba.  En el fondo se podían ver las puertas de los baños para el personal. Cuando Tomás entró al baño, el sereno le hizo a ella  paternalmente una pregunta,  en voz baja, sugestivamente. Rosita, ¿hace falta que me quede…? Frunciendo el ceño, ella suavemente le dijo que no. El sereno,  mirándola con respetuosa picardía,  calladamente se fue. A los pocos días, uno de los amigos, enterado ya del fracaso en la cita, éste le dijo a Tomás: “Debimos suponerlo: para alguien como vos,  una viuda con cinco hijos  no vale ni cinco centavos…”.

 


RELATO


Habían pasado cinco años desde que mi amigo Tomás había enviudado.  Cinco días antes de morir me dejó este relato, cuando ya no se sabía  si al hablar,  se  le escapaban sus memorias o sus fantasías. Sobre todo cuando, después de beber cinco vasos de vino,  algunos detalles de sus historias se volvían cuentos. Cerró los ojos durante cinco minutos, y por fin se dispuso a hablar,  como si recordara  un hecho que  le hubiera sucedido a un extraño y no a él.Esto que te voy  contar ocurrió  en un otoño del 55, cuando   cinco amigos en común  los alentaron a los dos.  A Tomás y a Lucía, ¡qué casualidad!,   cinco letras en ambos nombres. Fueron todos compañeros en la  Escuela  Nº 5 de La Plata:   Lucía, él y sus cinco amigos, compartiendo todos los cinco años de la secundaria.  Necesitaron  cinco llamadas, tan sólo, para acercarlos. Acordaron ellos  en  encontrarse el sábado cinco, del mes cinco. Él era un reconocido  arquitecto, vivía solo y no tenía hijos,  y ella, Lucía,  era viuda con cinco hijos. Alta y hermosa mujer, sólo le faltaban cinco centímetros para igualar la altura de él, que no era poca. Ese sábado,  en el teléfono, Lucía escuchó la voz grave de él que le consultaba: “¿A las 5 quedamos…, sin falta?” Ella, recordando que le  sobraban los cinco dedos de una mano para contar las veces que un hombre la  atrajo tanto, se lo confirmó. Ambos, en ese momento, pensaron lo mismo: “a partir de ahora debo poner mis cinco sentidos en alerta”. Sobre todo Lucía, que venía de pasar por cinco intentos que terminaron en fracasos. El lugar del encuentro que acordaron fue la  esquina de la calle 5 y la Avenida 55,  cercana a la escuela en donde se conocieron. Tomás,  temprano, salió de su departamento y optó por bajar los cinco pisos por la escalera,  tranquilamente hacia la calle, con espíritu ganador. Enfundado en su traje de gabardina verde, que no tenía más de cinco posturas y le encantaba. Silbando un tango, se dirigió hasta la parada del colectivo 5. Este  pasaba cada cinco minutos, no mucho más que eso. En la parada, que estaba vacía, en cinco segundos y  como caídas del cielo se juntaron cinco personas a su espalda.   Lucubrando las palabras que  le diría a Lucía, al encontrarse,  observó las cinco baldosas que lo separaban del cordón de la vereda  así como un inmenso pozo lleno de agua que había en la calle. De pronto,  cuando no habían pasado ni  cinco minutos, pasó un camión cuyas cinco ruedas del lado derecho, se hundieron en ese hoyo repleto de agua sucia. Casi cinco litros, en total,  de ese líquido pútrido y maloliente cayeron sobre él. Estando él al inicio de la cola y cubrir así a las cinco personas restantes, éstas no sufrieron el daño. En vano, amagó  perseguir unos cinco metros al camionero, mientras le descerrajaba cinco puteadas. . ¡Hasta los cinco pesos que tenía en el bolsillo se le habían mojado! Sintiéndose ridículo, más aún cuando una bella morocha, que estaba en la cola y con  la que se cruzaron cinco miradas sugestivas, se sonrió levemente al ver su reacción.  Fue esa mujer, de inmensos ojos verdes,  la primera en aproximarse,  y  a la que le bastaron sólo cinco palabras para calmarlo y seducirlo a la vez. A los cinco segundos llegó el colectivo. Se miraron…, pero él no se animó a subir, o no quiso y Rosita, así se llamaba ella, menos. A pesar de que llegaba casi vacío, con no más de cinco pasajeros. Le bastaron cinco segundos para desistir. Y así se lo dio a entender a ella, lacónicamente,  con cinco  palabras: “no puedo en este estado”. Ella, haciendo uso de sus más bellas artes, le ofreció acompañarlo hasta el taller de costura en el que trabajaba, distante a  cinco cuadras del lugar. Tomás miró su reloj: faltaban cinco minutos para las cinco. Dudó cinco segundos, y luego  le hizo un guiño equivalente a un sí. Por la calle 5 comenzaron a dirigirse hacia el lugar donde ella trabajaba, juntos, sin tapujos y animosamente. Sobraron cinco intercambios de palabras para que ambos tomaran el tuteo como modo de acercamiento. Hasta que  llegaron al portón  del taller, sobre el cual  un cartel anunciaba: “Alta costura 5 estrellas S.A.”  Aquí es, en el piso 5, dijo Rosita, con indisimulado orgullo.  Y exclamó ¡Pensar que pasaron cinco años desde que aquí comencé!”. Golpeó cinco veces con la aldaba de la puerta, hasta que el sereno llegó. Al ver quien llamaba a través de la mirilla,  éste le dijo “Ya te abro mujer, ármate de paciencia porque tengo cinco llaveros y nunca acierto”. Una vez adentro, los acompañó hasta el piso cinco, que era el lugar en el que ella trabajaba a diario. El piso tenía cinco hileras de máquinas de coser, cinco mesas de corte y cinco planchas. Vacía de personal, parecía cinco veces más grande de lo que era. En el fondo,   separados  entre sí por  cinco metros de distancia, se podían ver las puertas de los baños para el personal. Cuando Tomás entró al baño,  el sereno le hizo a ella  paternalmente una pregunta,  en voz baja, con cinco sugestivas palabras: ¿hace falta que me quede…? Rosita, frunciendo el ceño,  sutilmente le dijo que no con cinco movimientos de rostro.  El sereno, abanicó entonces  los cinco dedos de su mano derecha a modo de adiós. Mirándola a los ojos,  y sin poder disimular su respetuosa picardía, calladamente desapareció en cinco segundos. A los cinco días, Tomás escuchó, como reproche,  de la boca de uno de los amigos: “¡Qué lástima, que para vos, una mina como Lucía no valga ni cinco centavos…!”.


Copyright©mar. Septiembre, 2015

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