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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo II. Relatos del yo: ficción, realidad y cajas chinas

Consigna quince gama: Seleccionar una de estas palabras; patio, domingo, silla de paja, garúa, diarios. Luego, elaborar a partir de ella, por asociaciones libres, una serie de no menos de cinco palabras y nos más de ocho. Finalmente, recuperar a través de la escritura algún recuerdo de la infancia utilizando esas palabras. Para hacerlo, tener en cuenta estas indicaciones: evitar toda explicación o sobreabundancia de información, evocar narrando y sugiriendo, trabajar la entrelinea, es decir, no contarlo todo, elegir solo lo más significativo.

Consigna quince delta: Cualquiera haya sido la opción elegida, agregar al texto una nota al pié de página firmada por El Editor, o un proólogo, o un relato, que le sirva de marco como en el inicio de “Loco” y justifique su publicación.

 

 

Es imposible recuperar un solo recuerdo, estos vienen hilvanados con el hilo imaginario de la vereda que envolvía la manzana catastral donde viví en mi infancia. La bicicleta antes de rodar sus ruedas por el asfalto de la calle, recorrieron infinitos kilómetros por ella.

Vivió junto a mí cientos de aventuras, saltar el desnivel que existía frente a la tienda de Doña Mafalda, patinar en la esquina del almacén de Don Quevedo, tal vez la más terrible era subir la montaña de escombros que existía frente a la casa abandonada, esa que permaneció incluso años después que hubiera mandado mis huesos a otra parte del mundo. Incontables rutas imaginarias terminaban en el árbol frente a mi casa, allí en cuya copa habíamos construido con mi amigo “el Hugo” una fortaleza que nos protegía, sobre todo de la realidad de nuestra pobreza. Allí nuestra imaginación construía todo lo que necesitábamos, naves espaciales, autos de carrera, la vida que deseábamos y no podíamos tener. Veíamos a la gente caminar por la vereda como si fueran de otro mundo, nuestro mundo estaba circunscripto, aislado, contenido dentro de las paredes inabarcables de la imaginación. También allí a dos metros de la vereda dormíamos la siesta, la tibia brisa del verano nos cobijaba, entre las hojas del aquel plátano se colaba discretamente el sol dibujando increíbles manifestaciones artísticas que mutaban con el pasar de las horas. La urgencia de nuestra vida de niños nos impulsaba a despertar y correr hasta la vereda frente a la casa de Ale Soto, allí se ubicaba el estadio Maracaná de Villa Maipú. La cita ideal, el sol había sido desplazado por horribles nubes negra que descargaban una lluvia tupida sobre nuestra ciudad, el terreno no era fácil, además del barro, la penca “pinchuda” era el defensor ideal del arco que daba al Este. Ella era inamovible, con sus incontables brazos repletos de espinas, duras, agudas y ponzoñosas, nadie se atrevía a pasar por allí, solo algunos valientes que se llevaban el trofeo de raspones sangrantes en los brazos o la cara. En realidad ese no era un gran problema, el verdadero problema era conseguir las monedas faltantes para la “coca”, imposibles de obtener por la vía legal, nuestras madres mantenían una auditoría constante sobre sus monederos. La solución primaria era rogarle a la “nicha”, que administraba el lavadero de autos ubicado en el “corner” de la vereda de mi manzana, era ella la que nos habilitaba, utilizando un método de selección arbitrario que ponía de manifiesto su carácter déspota, a quien podría “ayudar” con el escurrido de los trapos por lo que nos daba unas monedas, que ahora recuerdo siempre reunían el monto exacto que compensaba la diferencia entre el valor de la “coca” y nuestros ahorros. A Elizabeth la dejaban ir por la vereda frente a su casa y solo hasta donde abarcaba la vista de su madre, eso dificultaba mucho la idea de ser romántico a los siete años, la idea de robarle un beso me volvía loco de ansiedad. Me ocultaba tras los árboles, en el umbral de las casas, incluso me colgaba del toldo del kiosko de Don Manuel. La esperé en vano día tras día. Mas la oportunidad llegó de su propia mano, un día se detuvo frente a mí, me miró con ojos de mujer y me besó, en los labios. Un beso largo, tibio, que aún recuerdo como el primer beso y fue allí en la vereda, frente a la mi casa, bajo el árbol que tal vez en ese momento dejó de ser una castillo para volver a ser solo un árbol. Analise, su madre, consiguió una condena ejemplar, nunca más pude ver a Elizabeth, mi romance duró un beso. Mi vereda, eran esos cuatrocientos metros que rodeaban la manzana, eran cuatrocientos metros o el universo mismo. A cincuenta metros por la misma vereda o en la luna misma, vivía mi amigo Jorgito Vitori. Su hermana Daniela, dos años mayor que yo, nunca me hablaba, ni siquiera cuando visitaba a su hermano en su propia casa, sin embargo mi fama de galán precoz, hizo que Daniela, con artilugios de mujer me robara el corazón. Apenas entendía el amor, mas ella me hizo comprender lo real que resultaba la quebradura imaginaria de un corazón, que a juzgar por lo profundo y doloroso, más que imaginaria parecía desgarrada y sangrante la carne viva en mi pecho.

 

 

Nota del editor: El haber elegido la palabra vereda, disparó en el autor una serie de recuerdos, acontecimientos de la infancia, fotos aisladas de momentos vividos, rápidamente relacionados con palabras como bicicleta, árbol, lluvia, monedas, lavadero, beso, amor. Todas ellas componen una foto minimalista de la infancia en un barrio del conurbano, del momento justo, entre la niñez y la juventud, el despertar de la fantasía por el amor mismo.


Copyright©Jorge Fraga. Agosto, 2015

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