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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo I. Variaciones

Consigna dos beta Escribir un texto breve a partir de una frase críptica (una fórmula mágica, oracular o mística; un hechizo; un trabalenguas; una adivinanza o acertijo; un nombre secreto; una orden encubierta; una formula científica arrancada de su contexto para hacerla circular en otro; una fórmula que selle un pacto; un réquiem; una frase inscripta en una cripta o tumba; un canto popular infantil que haya perdido su significación inmediata; un palíndromo (frase que puede ser leída de derecha a izquierda o de izquierda a derecha y mantiene los mismos sonidos, por ej. “¿Sanatas a satanás?”)

La frase elegida puede estar en cualquier parte del relato: intitularlo, cerrarlo, incluso puede no estar, puede ser parafraseada o tomada par estructurar el relato o sugerida de modo que el lector la adivine o bien que el relato se constituya en una pista para que el lector la construya.Sugerencias: a) revisar en la memoria y anotar toda clase de frases rítmicas que vengan a la mente (las que se recuerdan de la infancia suelen convocar mundos propios y experiencias ricas par ficcionalizar); b) hacer una lista con las recordadas y con las buscadas en diversos tipos de libros o en la memoria de los otros; también puede ser inventada. Elegir después una de esas frases para resolver esta consigna de escritura.



CONFUNDIDA

 
Quizás esa, precisamente, no fuera la noche adecuada para hacer lo que estaba a punto de hacer. Pero las medidas extremas no prevén espacios ni tiempos precisos. Tampoco se sabe con exactitud por qué las personas hacen lo que hacen. En algún lugar muy profundo de cada ser, mora esa bomba latente que catapulta al desastre inminente y sería muy raro que, de estar en sus cabales, el sujeto decida ponerla en funcionamiento, a no ser que “situaciones extremas requieran de medidas extremas”.

Todo había sido un cúmulo interminable de infortunios magistralmente engarzados a otros tantos desastres. El hábil artesano del destino se había encargado de crear una pieza de joyería encastrada como ninguna otra jamás nadie había contemplado.

Y Ella, en su cansancio, contempló a un universo decidido a ignorar el peso de  tantos eslabones impuestos  a su fragilidad. 

Sintiéndose profundamente torturada, se asomó al balcón. Miró la luna, perfecta en su cuarto menguante, al igual que las nubes que anunciaban la tormenta que se avecinaba. Escuchó el sonido de las garzas que pasaban volando apuradas, recortadas contra el cielo, y que graznaban en una tonalidad burlona, diciéndole “Sabemos lo que estás por hacer, lo sabemos, lo sabemos. Nosotras nos vamos pero  eres tú la que te quedas…

”Ella no hizo caso de la burla, como no hizo caso del conflicto moral que su súplica alentaba. No vio más la perfección de la tormenta que ya rompía en el horizonte, ni escuchó la voz de la razón que intentó amordazar su estupidez. “Total”, se dijo “ninguna de mis súplicas ha sido escuchada hasta ahora. ¿Qué pierdo con intentarlo? Mis buenos actos y todo el  sacrificio no han servido de nada… ¡Estoy cansada! ¡Mis huesos no dan más! ¡Mi alma no encuentra reposo! Mi alma… ¡Qué alma ni qué alma! ¡¿De qué sirve tanto cuidar de algo que verdaderamente no sé ya  a estas alturas si existe o es meramente un mito?!

”Y así fue que en mitad de la noche perpetró, cual Fausto, la ofrenda del más íntimo trozo de su humanidad. Fue un acto tan simple y en su espontaneidad, insensato, que hasta le causó risa. Dudó, incluso, de no estar representando, y ya fuera de programa, una ridícula opereta para su propio divertimento. Si el mismo Creador la había ignorado hasta las últimas consecuencias, demostrándole que su miseria no existía para Él (o que Él no existía), mucho menos su más conocido antagonista iba a salir a reivindicar para sí su pobre espíritu despojado.

Luego de formular su voto, Ella cerró los ojos. Inspiró y retuvo. Esperó verse envuelta en una vergüenza que  no sintió, un remordimiento que a estas alturas ya desconocía y traspasada por innumerables espadas candentes que tampoco hicieron su aparición. Hasta la tormenta que arreciaba en ese momento, pareció calmarse y dar paso al silencio total. No hubo conmoción, sobrecogimiento, ni el típico temblor que el  imaginario colectivo asocia con semejante espectáculo.  “No soy digna de Dios, ni digna de su peor adversario. Soy un fraude mezquino… ¡Qué tanto!”, rió ironizando. Ella jadeó enardecida,  irritada ante una negativa más. 

Se puso el impermeable  e intentó apagar las luces dando un seco manotazo a la pared. Golpe fallido. En ese preciso instante, un súbito corte de luz dejó  a toda la cuadra en tinieblas, mientras, en su departamento, la radio se encendió súbitamente, emitiendo en contrapunto los más dantescos acordes y versos.

“Confutatis maledictis,

Flammis acribus addictis…

”Sin inmutarse, Ella decidió salir del pobre cuarto dando un portazo. Bajó las escaleras con una tranquilidad gélida. Su mente, fría. Su sonrisa mordaz, intacta. Su corazón, helado.

 

 

Copyright©J.M. Julio, 2015

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