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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

(TIEL) MODULO II. Historias de familia
Consigna tres alfa Buscar fotos familiares viejas u hojear sus álbumes de infancia. Dejar pasear la mirada sobre ellas, lentamente, dejando que aparezcan recuerdos, situaciones, anécdotas….

Llegar al lugar me llenaba de alegría. Había que bajar del auto para abrir la tranquera y era algo que siempre hacía mi papá porque había que hacer bastante fuerza. Nunca supe si realmente era así o si el ritual de bajar primero del auto lo hacía el hombre más feliz del planeta.
Recuerdo esa quinta en Monte Grande como un enorme campo lleno de lugares donde jugar, esconderse o andar en bicicleta. Con pocas visitas, por capricho de mi madre, ciertamente ermitaña, también se convirtió en un espacio único donde podía hacer lo que deseara sin casi supervisión de un mayor. Era un espacio para el juego en soledad  que disfrutaba inmensamente.

A la quinta se partía en el mes de diciembre cuando terminaba el colegio y volvíamos en marzo justo a tiempo para comprar el guardapolvo blanco, zapatos nuevos y los útiles escolares. La partida llevaba al menos dos días de preparativos. Dora, una señora que ayudaba con las tareas de la casa, se encargaba de limpiar todas las alacenas de la cocina, tirar envases vencidos, limpiar frascos y latas. Me sentaba a su lado durante horas. Dora me contaba que cuando la casa quedara a oscuras y nadie vigilara, saldrían todo tipo de bichos a llevarse los restos de comida olvidados y eso podía causar enfermedades. Transpiraba con su cuerpo regordete subida a un banco para llegar a lo más alto. Dora era muy buena conmigo y creo que en esos días estaba extremadamente feliz dado que comenzaban sus vacaciones. Ya no la vería hasta el regreso. Al mismo tiempo, mi madre personalmente se encargaba de tapar todos los muebles con sábanas para atrapar el polvo y  preparar las plantas del balcón para “épocas de sequía”, poniéndolas en la terraza para que recibieran el agua natural de la lluvia. En general, sobrevivían. Yo debía llevarme mi tortuga Manuelita porque las tortugas están muy vivas en verano y dormidas en invierno. Por eso tenía su corralito en la quinta, hecho de palos y red, para que disfrutara comiendo bichos y hojas frescas. En la quinta todo estaba permitido. Allí aprendí a andar en bicicleta sola sin rueditas. Nunca tuve bicicleta pequeña y entonces para arrancar solía darme impulso con la pierna sobre un banco de plaza y andaba largo rato volviendo siempre al mismo lugar. También juntaba renacuajos en la zanja cuando llovía. Los guardaba en un frasco y los observaba nadar. Aprendí mucho observando. Siempre había tiempo para todo. Lo más divertido, y para esto sí debía pedir permiso, era ir a la casa de Pepe y María, los caseros que vivían al fondo. Cuidaron de la quinta mucho tiempo. Su casa era modesta pero bien cuidada, siempre estaba llena de flores y al costado tenían un pequeña huerta. ¡Cómo llegan a mí los aromas de todo tipo, tomates, lechugas, perejil, cebollas y mucho más! Con Pepe hacía muchas cosas; salíamos a juntar ciruelas de los árboles para llevar a casa. Me enseñó a arrancar las buenas y también a curarme una picadura de avispa. Una vez bajo un árbol una me picó. Grité, lloré y volví a gritar y entonces él tomó un poco de barro de la zanja y me lo puso sobre la picadura. Poco tiempo después, ya estaba curada. También me decía que llovería si nuestro perro Duque se tiraba panza arriba y me contaba historias de rosas que podían cambiar de color si él les hacía un tajito en la rama y con un trapito alrededor hacía magia.Cuando llegaba marzo, teníamos que volver. Las clases comenzaban y vendría pronto el otoño. No partía con tristeza, me esperaba un año nuevo y también nuevos juguetes que mucho extrañaba. ¡Tantos veranos pasaron así! Dejaron en mí los muy buenos recuerdos.


Copyright©Elena Gil. Marzo, 2015

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