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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo V. Oralidad y escritura
Consigna once gama Narrar una historia a través del contrapunto de dos voces narrativas que le cuentan oralmente a un tercero, por separado, un suceso de características extrañas: un vecino cae al vacío desde su departamento, ubicado en el piso 12 de un edificio, cuando intentaba ponerse un suéter de lana azul.

EL LOCO EVARISTO

Tipo pintón. Sobretodo gris. Sombrero de ala angosta. De facha parado en la esquina con pucho largo de espera. Tarde propia de invierno, chiflete de frío.

–Mirá dónde vive este pituco, che –murmura– medio boludo caerse del piso 12 por cajetearse un suéter –pensaba.
–Che, José –le dice a su compañero– andáte a la jefatura que yo me quedo. Me parlo a la mina del kiosco por si vió algo, no me suena la historieta de que este chabón estaba en curda y se fue de pique. Acá hay algo que no me va.

A pocos metros, kiosco bien puesto, justo enfrente donde sucedió el hecho.


–Perdón, se la molesta, Oficial Pérez, comisaría 45 –mientras muestra la identificación– Me dicen que usté’ estuvo presente en el momento que este hombre cae de pique al vacío –¿me equivoco?

Al toque, responde la mujer, un bagre la susodicha, pelo blanco desprolijo, mirada medio perdida.

–No, señor oficial. Se le dijo mal. Yo andaba acá adentro –con la mismísima escoba señala hacia el kiosco.

–Vieja ortiba, que lo tiró –pensó– ésta no larga prenda pero de seguro que algo vio.

–Endemás –agregó– no crea que soy de las que anda con chusmerío. De esta boca, no sale nada.

–Perdone, usté’. No lo pensaba tampoco pero se me hace que este tipo, bacán si los hay, por lo que he visto, no estaría en su sano juicio si se sienta en la baranda y ahí mismo caza el suéter –uno no es un tipo de harvar pero tampoco un novato. Se me hace curioso, vio.

–Y si, tipo raro. Andaba poco a pie, más bien en auto de lujo. Dicen que macanudo. Compraba cigarrillos de los caros. Vaya a saber uno en qué chanchullo andaba – ya empezaba a salirse de vaina, tentada de palabra fácil.

–¿Ah sí? Mire usté’ –se atreve el oficial– por esa casualidá’… ¿usté’ vio ese día que andara con alguien? 

–Dicen que venía música como de partusa, no que yo oyera –agregó, ante sospecha de connivencia

–A’nque siempre se lo veía de levante, lindas mujeres, tipo con guita... Se dice que estaba medio falopeado el hombre ese día –y no que yo diga– se dice…

–Sí, claro, y se agradece la colaboración –insistía Pérez sin apuro, no se miraban, cada uno en lo suyo, por si despertara sospecha.

–Dígame, por si usté’ por ahí escuchó, el hombre andaba preocupado, ¿como en algo raro, como con problemas?

–Que yo le sepa decir, no –pero se anda por ahí chamullando que vendía falopa. Se dice… no que yo le pueda asegurar. Le queda clarito, no?–Se agradece la colaboración, señora, sigo mi ruta, como quien no ve ni escucha –agregó, para dejar tranquila a la testigo.


Caminando por la cuadra, a pocos metros, un cartel grande y amarillo que dice “Estacionamiento Miguel”. En la puerta, sentando y encorvado, un viejo se sentaba en un banquito.  Orejeaba una radio spica buscando el partido.


–Perdone usté’ –se presenta– Oficial Pérez, comisaría 45.–Ah, a de andar preguntando por el tipo de enfrente. Al que volaron por el balcón –afirmó el  viejo sin dudar.

–¿Cómo dice?, ¿me repite? –Pérez no salía de su asombro.

–Y sí…, que no hay duda. Al pobre pibe se lo bajaron. Andaría en algo raro y se le aparece un accidente. Lo de siempre –decía firme y convencido.


Pérez tomaba nota en una libreta chiquita. Digamos que se hacía el que. Aparentaba lo serio de la cuestión. Lungo el hombre, se agachaba para seguir hablando.


–Y dígame, perdón, su ¿gracia?, acá le anoto para el informe –cabeza gacha escribía.

–Sí, anóte, José Evaristo, “el que no vio, ni ha visto” –se reía el hombre. 

–Ja, ja, gracioso Evaristo –resultaste boludo, pensó Pérez– si hablamos en serio, ¿le consta a usté’ que al tipo lo empujaron al vacío? 

–Yo no sé si consta o no, pero hay que ser… para creer que el tipo se cayó cuando se ponía el saco.

–Un suéter, para ser preciso –agregó Pérez, abombado por el discurso chamullador del testigo.

–Saco, suéter o qué pito fue, no sé. Pero… éste andaba en algo y se lo bajaron. Y de bien alto, ja, ja –se reía el viejo, mostrando pocos dientes y grises de tabaco.
 

Indignado Pérez, pensaba –este tipo es así de tarado o está falopa– y continuaba el interrogatorio abacanado sin perder postura.

 
–No es gracioso… perdone que le corrija –al menos al occiso no creo que le parezca –dijo Pérez entrando en cólera– Si usté’ está tan seguro, me tendría que acompañar a la jefatura propiamente  para tomarle debida declaración.

–Tómeme lo que quiera. Se lo repito. Éste voló. No tenía alas y se hizo mierda en el piso. ¿Vio cómo quedó?

 

“Ah… bueno…yo a éste me lo despacho a la comisaría y lo encano por boludo”, pensó Pérez. “Haber si solapa en la guardia, se le pasa.” Impecable, presumiendo rectitud, bien de parado, casi al borde de peder el control y zamparle un boleo al viejo, le dijo, –señor, vea usté’ que no es gracioso y está cometiendo un delito. Lo escracho acá nomás por impertinente y me lo llevo a declarar –.

–Mire, le digo oficial, que yo vi con mis ojos al tipo que le encajó una trompada y lo voló por el aire –afirmó.

–Podría, usté’, decir cómo era ese hombre – insistió Pérez.–Sí, cómo que no voy a saber. Alto, morocho, gordo panzón, buena pilcha y con cara de piedra. De los que andan por ahí, sin laburo, muchas minas y cada tanto, algún traspié –no paraba de hablar.

–Y… dígame ¿cómo presume, usté’, que el sospechoso procedió a acontecer este hecho?

–Porque estaba sentado acá, laburando y cuando me venía un apolillo pesado, lo veo volar a “golondrina”, miro para arriba y ahí estaba el tipo. 

–¡Que lo tiré al guacho! –gritaba para adentro–. ¡Que lo tiré, nomás! 

–Entonces, por si no entiendo o me equivoco, afirma usté’ que el occiso fue efectivamente empujado por este hombre que describe.

–De seguro que sí. El gordo panzón lo empujó. Salta en picada este tipo y cae ende justo acá enfrente, acá vió –y señalaba el espacio cercado por cintas blancas puestas por policía cercando el lugar donde se halló el cadáver.

–Bueno, espéreme –le dijo imperativamente– mandó chapa y fuerte afirmó – usté’ es el principal testigo. Le voy a pedir que me acompañe a la jefatura.


El Oficial Pérez se alejó unos metros y en ese momento dobla en la esquina el patrullero con su compañero. Se detiene y pregunta con la mirada. Presumiendo cargo y chapa, le dice –José, ya lo tengo claro. El viejo de allá, vió todo, señalaba al estacionamiento, dice que lo empujaron al tipo. Parece que andaba en yunta con gente poco amiga y se la hicieron. Me lo llevo a la jefatura. Hacé lugar que lo levanto.


Y allí fueron, el viejo José Evaristo y el oficial Pérez a la Comisaría 45, con José que manejaba el patrullero. Bajan los dos. Y Pérez pensaba agrandado “Vamos a ver si un rato de cana te amanceba y se te acaba la gracia”.
Al llegar a la comisaría Pérez se encuentra con el Oficial Jefe a cargo.–¿Y Pérez? ¿En qué andás? ¿Sacaste algo?–Sí, Señor. Acá traigo el principal testigo. Este hombre vio al occiso justo en el momento que cayó, empujado por un sospechoso que estaría en condiciones de reconocer. Paso a tomarle declaración.


El Oficial Jefe espía por la puerta entre abierta. Lo mira a José Evaristo sentado con un pucho, mientras se reía con una mina de mala vida, meta chiste.


–No puedo creer, Pérez, que seas tan pelotudo. Te trajiste al Evaristo. Al loco José Evaristo. El que cuida el estacionamiento del pelado Miguel. Hay que ser pelotudo. Está más chapa que una cabra. Te inventa cualquiera. Seguro te dijo que vio todo y que justo estaba mirando cuando este tipo cayó. Ya lo trajimos de gusto varias veces. Poca suerte la tuya que no lo viste nunca. Mirá, si es amigo de la Olga, que la agarramos en la esquina equivocada. 


Pérez estaba atontado, fuera de lugar, sobretodo gris colgado, dejó el sombrero en el escritorio y se sentó. No lo puedo creer – se decía – este desgraciado para el Borda y yo me lo traigo como testigo. Y sí. Tiene razón el Jefe, soy medio boludo. Y miráte el gracioso. Me la hizo este tal Evaristo. 


“Vamos, che, que me arrepentí” le dice, sin perder postura. Lungo, pintón, sale Pérez, sobretodo gris, sombrero de ala angosta. Se sube al patrullero. Evaristo va detrás mientras se ríe, meta chiste con la Olga, que la dejan de paso.

 

 

Copyright©Elena Gil. Junio, 2015 

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