Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL)  Módulo I. Variaciones
Consigna dos alfa Inventar una nueva anécdota nimia (siguiendo las instrucciones transcriptas más abajo) y realizar tres variaciones (de extensión máxima: media carilla cada una). Ampliar una de ellas de modo que derive en un relato breve (extensión máxima: una carilla y media).
Enviar al orientador solamente las variaciones y el relato. La anécdota debe ser construida a partir de las siguientes instrucciones:
-que haya un encuentro aparentemente efímero entre un hombre y una mujer;
-que la acción transcurra en un lugar público o semipúblico (una plaza, el baño de un bar, un museo, un hotel, un tren, etc.);
-que haya otro/s personaje/s que mire/n (y/o cavile/n sobre) ese encuentro;
-que haya más de una acción encadenadas lógica y cronológicamente y alguna acción secundaria;
-que haya un intercambio gestual o verbal entre dos personajes (cualquiera de ellos).

Oracular

Las brujas han dicho: Una espera te hará desesperar. ¿Quién eres? No lo sabrás. Perderás todas las respuestas. Deberás ir al encuentro de aquellas cosas que no podrás explicar.

Subjetivo

No tenía ganas de interactuar con nadie. Abrí mi novela y tomé un lápiz. Absorta y  maravillada con las historias de La Maga y Olivera en París, me dejé llevar por el mundo de la lectura. Ya no estaba en la sala de embarque del aeropuerto. Perdí por completo la noción del tiempo y el espacio. Voces, pasos, personas hablando, caminando, llantos de niños, anuncios por altavoz, celulares, olor a perfumes; cuanto más avanzaba con la lectura de mi novela, todo se diluía y se alejaba. De pronto sentí una voz que hablaba de lejos, la oí pero no reparé en ella, seguí leyendo hasta que se hizo más cercana. Era a mí a quien se dirigía. “Mariana, nos están llamando para abordar”. Levanté la vista y vi a un anciano de unos 75 u 80 años, canoso, bajito y encorvado, llevaba un piloto gris y una pequeña maleta. Me contemplaba desde sus gruesos marcos negros, sabía mi nombre y me observaba atento y preocupado. Entendí que claramente me estaba confundiendo con otra persona y opté por no responder, bajar la vista y seguir leyendo. Ya se daría cuenta de su error o alguien se lo haría notar. El paso de los años me habían enseñado a dejar que ciertas cosas se resolvieran sin intervención. Sin embargo el anciano no se dio por vencido. Nuevamente me miró fijo y volvió a decirme: “Mariana, nos están llamando para abordar”.

E-mail

Lu, estoy en la escala de Lima a punto de tomar el vuelo a Madrid. Llego mañana a las 10 a la Terminal 2. Avisale a Pili que me busque en el aeropuerto. Pasé por el freeshop y te compré el perfume que me pediste. Disculpá que recién te escribo pero me distraje con algo que pasó en Ezeiza y no pude hacerlo antes. Aprovecho ahora que tengo varias horas más de espera hasta tomar el vuelo. En Ezeiza pasó algo muy raro. Yo estaba sentado en un bar tomando un café y a punto de comenzar a mandar unos presupuestos de trabajo con la computadora —y de paso de escribirte a vos—; cuando siento un temblor en la mesa, levanto la vista y veo a un anciano de unos 80 años, bajito, canoso, bastante encorvado, con un piloto; que se había tropezado con una de las sillas de mi mesa queriendo pasar. Me pide disculpas y sigue su paso. Yo bajé la vista y seguí con lo mío. De repente escucho los gritos de una chica que decía: “Me llamo Andrea, no Mariana. Usted se está confundiendo. Yo no lo conozco”. Levanto la vista y veo que enfrente del bar en donde estaba sentado, estaba el anciano discutiendo con una chica de unos 25 o 30 años. Ambos se veían muy alterados. El anciano le decía “Mariana, Mariana vamos”. Y ella seguía insistiendo que ese no era su nombre. Todos en el bar y las personas que estaban cerca nos quedamos contemplando la situación. La verdad es que me sorprendí mucho cuando dos azafatas y un policía se acercaron. Me hubiera gustado saber que pasó pero me llamaron para abordar y me tuve que ir. Por favor recordá avisarle a Pili de mañana.- Nos vemos el sábado en la fiesta. Un beso, Maxi.

Relato

Llegaba tarde. Temía de perder el vuelo. Llegué corriendo con la valija a cuestas y ya en el mostrador, agitada y desalineada, me informaron que el vuelo estaba demorado. Me dirigí a la sala de embarque, miré a mi alrededor y busqué una fila de asientos completamente vacía. No tenía ganas de interactuar con nadie. Me senté. Acomodé el bolso de mano en el asiento de al lado, lo abrí, saqué las gafas, un lápiz y mi fiel compañera de turno, esta vez: “Rayuela”. Tengo dos costumbres con libro que leo. Escribo en la solapa mi nombre y la fecha de inicio; y elijo como marcador algún panfleto, ticket o entrada ligado a algún acontecimiento cercano vivido. En este caso para leer y disfrutar de la novela de Cortázar entendí absolutamente necesaria la utilidad de un lápiz que me sirviera, no solo para escribir mi nombre y la fecha, sino para marcar y remarcar frases y palabras únicas y eternas. Absorta y  maravillada con las historias de La Maga y Olivera en Paris, me dejé llevar por el mundo de la lectura, ya no estaba en la sala de embarque del aeropuerto; perdí por completo la noción del tiempo y el espacio. Voces, pasos, personas hablando, caminando, llantos de niños, anuncios por altavoz, celulares, olor a perfumes; cuanto más avanzaba con la lectura de mi novela, todo se diluía y se alejaba mientras una a una leía dedicada las páginas de la novela.
De pronto sentí una voz que hablaba de lejos, la oí pero no reparé en ella, seguí leyendo hasta que se hizo más cercana y directamente habló y me dijo: “Mariana, nos están llamando para abordar”. Levanté la vista y vi a un anciano de unos 75 u 80 años, canoso, bajito y encorvado, llevaba un piloto gris y una pequeña maleta. Me contemplaba desde sus gafas negras y sus ojos azules, sabía mi nombre y me observaba atento y preocupado. Entendí que claramente me estaba confundiendo con otra persona y opté por no responder, bajar la vista y seguir leyendo. Ya se daría cuenta de su error o alguien se lo haría notar. El paso de los años me habían enseñado a dejar que ciertas cosas se resolvieran sin intervención. Sin embargo el anciano no se dio por vencido. Nuevamente me miró fijo y volvió a decirme: “Mariana, nos están llamando para abordar”.  Entendí que esta vez mi principio rector no funcionaria y lamentablemente tendría que contestarle y decirle que no me llamaba Mariana, que mi nombre era Andrea, que mi vuelo estaba demorado al menos 10 horas y que no me estaban llamando para abordar. Que yo viajaba a Paris como La Maga y que el vuelo de Air France se había corrido para las 22 horas y recién era el mediodía. Cerré el libro dejando el lápiz en la página como marcador, levanté la vista, lo miré y le expliqué que se estaba confundiendo. Se creó una situación tensa. El anciano no conforme con mi respuesta, se me acercó, me tomó del brazo, intentando moverme y llevarme a la sala de embarque mientras continuaba llamándome “Mariana”. Elevé mi voz y afirmé que no me llamaba Mariana, que no lo conocía y que por favor me dejara tranquila. Llamamos la atención del resto de las personas en la sala y se acercaron dos azafatas y un policía preguntando qué sucedía. El anciano les explicó que yo era su hija Mariana y que teníamos que abordar en un vuelo con destino a Londres. Me puse muy nerviosa, negué llamarme así, acusé al anciano de senil. Bajo la mirada asombrada y desconfiada de las azafatas y el policía y con el único propósito de que toda esa gente me dejara tranquila con mi espera y mi lectura, abrí mi cartera, saqué el pasaporte y cuando lo abrí, mi mundo se derrumbó. Allí estaba mi foto, era yo, y mi nombre y apellido: Mariana Dickens. “¡¡No!! ¡Esa no soy yo!“ El anciano se me acercó tanto que podía sentir su olor y su respiración, me miró a través de sus ojos transparentes y con su rostro arrugado, habló casi sin gesticular para que solamente yo pudiera entender lo que quería decirme: “Ahora SOS Mariana, nos tenemos que ir”.


Copyright©Mariana Nudenberg. Mayo, 2015
Todos los derechos reservados