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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX  Escritura palimpsestuosa

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima. 2 ½ carillas)


*Cuento elegido: “La noche boca arriba” de Julio Cortázar

LA SOMNOLENCIA

... Estiró un pie y lo metió en el sueño, en el peligroso sueño.

Rodolfo Walsh


Este accidente solo confirma lo que mi papá dice a diario. Los nuevos robots que circulan entre nosotros no son más que réplicas tan exactas a la humanidad que comprenden su estado de esclavitud y sienten deseos de liberación. Mi mamá se ríe cuando mi papá usa la palabra deseos. No puede creer en los sentimientos artificiales, solo disfruta de su nueva androide  que hasta le  pinta lunitas en las uñas de los pies. Cúspide, que así se llama la dama de compañía y asistente de mi mamá, está programada para asentirla en todo, conversa solo cuando se lo requieren y hasta tiene opiniones formadas al estilo de mi madre. Es casi su alma gemela. Una mejor amiga.

Mi padre forma parte de la clase científica. Como los de su grupo de investigadores pos apocalípticos, aún piensa  que puede guiar a las nuevas generaciones a vivir en una sociedad equilibrada y análoga a lo que se dice en los discursos políticos. Imposible, los discursos políticos de todos los tiempos poco sirvieron para comprender las subjetividades de las personas, mucho menos de comprender a los nuevos robots.

Por eso afirma que ese humanoide se cruzó a propósito, que se tiró debajo de las ruedas de mi monocomando haciéndome perder el control. Se quiso suicidar. No hay dudas. Su aparición fue tan veloz e  inesperada que no accionaron los dispositivos de  seguridad laterales. Como consecuencia me llevé por delante la columna de iluminación. De todas maneras el Smart Assitant localizó el desperfecto y casi de manera instantánea cuatro equipos de seguridad y dos sanitarios estuvieron frente a mí resolviendo. Determinaron  mi estado de salud y. paso seguido, convirtieron a la humanoide en chatarra aplastándola, desintegrándola en pocos segundos, sin mostrar sentimientos.

Apenas llegamos a la unidad de atención médica ya me sentía mejor. Durante el trayecto me habían realizado una expulsión eléctrica. Las situaciones de stress profundo aumentan el consumo en nuestra circulación y alteran el orden en las plaquetas de identidad. Sin embargo, el brazo derecho me dolía mucho, lo inmovilizaron por eso. Además tenía un fuerte dolor abdominal, sentía como un punzón horadando mi piel, que no me dejaba hablar con claridad para explicarles lo que había ocurrido antes de llegar a la clínica.

Ese sanatorio era uno de tantos que tenía la ciudad. Se habían construido réplicas de viejos hospitales, pero con una infraestructura de última generación capaces de solucionar en pocos segundos urgencias como la mía. Estaban dedicados en su mayoría a restauraciones estéticas en personas y humanoides. Contaba con más de cien habitaciones y un patio amplio. Atrás estaba la salida al jardín, que era usado por los familiares y asistentes robots para despejarse.

Fui atendido de inmediato. La asistencia en esos lugares es de excelencia, por eso son tan costosos. El impacto en la cabeza fue muy fuerte. No tengo claridad y los hechos se me confunden. Creo que el cuerpo en un sopor de anestesia se me despegaba de la conciencia. Permanecí largo rato durmiendo, creo, endulzado en los letargos de la somnolencia.

Después del quirófano fui a la sala de cuidado individual. Esas camas son tan cómodas, tan blandas. La cama toma la forma del cuerpo y está diseñada para relajarse. Me relajé demasiado, no hay dudas.

Me desperté porque un líquido caliente me mojó el pantalón y llegó a mi zapatilla. Había pasado toda la noche así, sollozando, muerto de miedo, acuclillado en ese lugar donde guardaban el motor de la calesita.

Había visto cómo la agarraban de los pelos a Clari y se la llevaban. Había visto cómo le ponían una especie de media en la cabeza y la empujaban adentro de un auto con varios tipos. Tenía que ir a decirle a mi mamá de una vez por todas lo que estaba pasando, lo del centro de estudiantes y lo de Clari.

María Elena, Clari era María Elena. Mi amiga de toda la vida, y yo no era Pablo, era Julio. No entendía bien eso de cambiarse los nombre, pero María Elena dijo que más adelante todo iba a tener sentido, que ya me iría a acostumbrar a mi nombre y si de verdad estábamos juntos en eso, lo del nombre era solo una estrategia.

Corrí y llegué llorando a casa, mi mamá también lloraba, me abrazaba y lloraba, me preguntaba y me preguntaba y no me dejaba hablar.

Que me habían venido a buscar, que tiraron la biblioteca y revolvieron todo,  que la habían empujado. Que si se entera tu padre…

Lloraba. Que le había dicho donde vivía Quique, porque vos estabas ahí, con él, jugando al ajedrez con María Elena, y tampoco Quique estaba ahora en su casa. Que Elida, la mamá, lo estaba buscando. Lloraba mi mamá. Me mojaba el hombro.

Tenía el hombro mojado por la sangre y la señorita Cora me curaba. Todas las enfermeras de ese piso se llamaban señorita Cora y estaban vestidas de azul. Eran muy hermosas. Se ve que desde la ingeniería eléctrica, la electrónica, la biomédica y la computación habían logrado materializar el deseo de contar con pulposas robots enfermeras de cabellos lacios y ojos almendrados. Ellas hacían que el dolor de la enfermedad tuviese una compensación. Daba gusto el roce tibio de la piel de la señorita Cora cuando me sostenía de la nuca. Punzaba con sus dedos largos los centros neurálgicos para apaciguar el dolor y con una mirada materna me daba a entender que todo estaría bien.

Me iba entre la realidad de olor a violetas, la calidez de la sala y los ojos de la señorita Cora a la tortura de mi cabeza entre las piernas y el olor a sangre.

Por más que  forcejee e intente sacarme la mordaza de la boca, empujando con la lengua para gritar es inútil. Recibo una trompada a las costillas y un golpe seco en el hombro derecho que me inmoviliza. Creo haberme desmayado. No sé si era la voz de María Elena, de Clari, que me decía “resistí, Julio, estoy con vos” o en mi imaginación supuse que María Elena estaba en el mismo lugar que yo. Era una celda en un sótano con olor a cloaca, se oían gritos, golpes y la radio muy fuerte con la voz de José María Muñoz de fondo.

La picana me había dejado consumido. Me habían quemado en la panza y en las ingles. Se reían porque tartamudeaba pidiendo compasión.  Yo recién había cumplido los quince  y tenía toda la información que un pibe de barrio podía saber a esa edad, no estaba al tanto de maniobras de guerrilla ni de lugares clandestinos. Solo quería seguirla a María Elena. Nunca me había destacado en nada, era un estudiante mediocre y la única situación  que había cambiado mi vida fue la operación de apéndice el año pasado.  A partir de las visitas con la tarea que a diario hacía María Elena, empezamos algo que a mí me parecía un noviazgo. Entre sueños la recuerdo cantando en inglés canciones de Violeta Parra simulando ser  Joan Baéz. A mí me parecía que las habían escrito para su voz. ¿Dónde estás, María Elena? ¿Por qué tenemos que estar acá?

-Usted se encuentra en el centro de salud número quince del cuarto distrito urbano de la ciudad y está acá debido a un accidente ocurrido a las diez y veinte del día de hoy, del cual hubo que regenerar un campo subcutáneo de…

Le pedí que se callara. Se nota que hablaba entre sueños y la señorita Cora atendía mis demandas. La fiebre y la sed habían vuelto y el delirio de estar soñando con un calabozo mugriento con sed y hambre me perturbaba. Quería quedarme con la señorita Cora, con sus ojos de almendra, con su voz parecida a la de María Elena. Sus manos suaves y el olor a violetas.

Entre susurros escuché que tenían que amputar mi brazo derecho. Mi identificación se había dañado con el golpe y para colocar otra plaqueta necesitaban partes nuevas, que al parecer mi cuerpo ya no las poseía. Para eso, y como soy menor, tienen que pedir  autorización a mi papá. Va a venir mi viejo. Eso me tranquiliza. Viejo, papá, querido, hacé que todo esto termine de una vez. Que todo se va acabe, por favor. La autorización…

-¡La autorización la da el coronel, carajo! ¡Déjese de boludeces y prepare a estos pendejos también para subirlos!

No había dudas. Los que estábamos ese día ahí íbamos a formar parte de  un traslado1. Tirarían nuestros cuerpos al  mar o al Río de la Plata. Nadie nos encontraría. No vería jamás a mi mamá.  María Elena no se enteraría  de cuánto la había amado.

-Sí, señorita Cora, inyécteme, la somnolencia es una aliada, sí, estoy enamorado de usted.



1 Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después de que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas. Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años…

Fragmento de la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar. Rodolfo Walsh, 24 de marzo de 1977



Consigna veintidós Seleccionar dos consignas entre las tres que leerá a continuación (alfa, beta, delta).

Elección de la tallerista:

Consigna veintidós beta A lo largo de un relato en primera persona, diseminar alusiones y citas pertenecientes a “El matadero” de Esteban Echeverría y lograr que esas referencias intertextuales cobren sentido a partir del efecto final, donde se evidenciará explícitamente el vínculo entre el nuevo relato y el mencionado cuento, tal como hace Borges en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” o “El fin”.


LA CAUSA DE LOS MALES 

Florentina nos levantó más  temprano ese día. Estaba nublado pero la lluvia había pasado. Las calles de los suburbios habían quedado resbalosas entre tanto pantano y había lugares todavía inundados a causa del desborde del río. Florentina decía que los unitarios tenían la culpa de todo, que el río castigaba a los pobres, pero ellos eran el peor castigo. Tenía desde siempre un odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres.

Después de quince días de chaparrones constantes al fin pudimos ir hasta el matadero. Teníamos hambre. Creo que hasta ratones habíamos comido entre la polenta y el arroz partido. No quedaban animales vivos, ni gallinas, ni bueyes de aguateros en los alrededores.

Estábamos en  Cuaresma, pero el Restaurador había decidido que se faenara para aminorar el hambre entre los pobres. Los enfermos, los niños y los viejos iban a tener prioridad. Florentina nos preparó temprano, ella no quiso venir, caminaba despacio a causa de su renguera y la humedad le hacía doler más los huesos. Se quejaba cada vez que tenía que sentarse o pararse con un lamento que solo ella oía.  Por eso  nos mandó  a los dos, para que demos un poco de lástima y nos dejen pasar entre los primeros. No éramos los únicos niños en el lugar. Muchos como nosotros se agolpaban para ver a los pialadores y enlazadores hacer sus destrezas que luego concluían con la muerte de los vacunos. Era un espectáculo que ya habíamos visto, sin embargo, la sangre siempre nos despertaba curiosidad.

Esa mañana gris, al poco rato de llegar al matadero, ganando nuestro lugar a empujones pudimos ver cómo el último toro que había entrado para ser faenado zafó del lazo que sintió flojo. No pudimos ver en qué momento, pero el lazo, como una guadaña de cuerdas, le cortó la cabeza de cuajo a un muchachito de unos doce años. El pobrecito que se divertía gritando como los demás, sentado a lo alto de una horqueta del corral no tuvo ni tiempo de esquivar su muerte. Mi hermanito se puso a llorar. Un grupo de personas se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo. Las mujeres, sobre todo, en su mayoría negras y mulatas, se persignaban y clamaban al cielo.

El conjunto de los varones continuó increpando al toro que corría enfurecido tratando de escaparse. No pararon de gritar hasta que el matador mostró altivo la enorme daga sangrante que había hundido en la garganta del animal hasta su puño. Ahí redoblaron las ovaciones y los vítores, agradeciendo al Restaurador y a la Santa Federación.

No podíamos volver sin obtener algo para Florentina, aunque sea algunas achuras o una lengua. Así que consolé a mi hermano y esperamos a que terminaran de desollar al toro para conseguir algo. En cuanto guardamos lo que nos tiraron, volvimos a la calle junto con algunas mujeres que llevan las tripas en madejas. Caminábamos pesadamente entre el barro, escuchando los ecos de los relatos sobre lo que había sucedido. Teníamos nuestra ración y una historia para contarle a Florentina. Sin embargo, al espectáculo de ese día le faltaba el cierre.

Ni bien nos dimos cuenta de lo que pasaba, volvimos corriendo con los otros. Vimos a la persona que el hombre ese, el encargado de la matanza de las vacas, había llevado por delante con el caballo y lo había empujado al suelo.

Decían que había aparecido un unitario en un  alazán, que tenía armas y por eso lo tenían que matar. Yo estuve de acuerdo. Según Florentina, ellos eran la causa de todos los males y del diluvio. Sin embargo, este no parecía tener culpa de nada. Era un joven muy diferente a todos los que estábamos en el lugar.

Cuando se lo llevaron a la casilla tironeándolo y haciéndolo trastabillar en el fango, pasó por delante de los que mirábamos la escena. Tenía unos ojos transparentes y una piel  de enfermo. Estaba pálido por el susto, pero no hablaba ni pedía clemencia.

Fue entonces que tomé a mi hermanito de la mano y esquivando charcos y lodazales volvimos con Florentina.

Ella ya sabía la historia del niño degollado por el sogazo y del crucificado en el matadero que murió de indignación. Cada vez que hablaba del unitario se persignaba. Después, como reflexionando en voz alta, me dijo:

?Dicen que un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven, que no se dejó matar como el toro y que murió reventado de rabia. No sea cosa, hija, que esa sangre la paguemos todos los pobres y no la Federación.

 


Copyright©Lidia Jaureguiberry

Marzo, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.