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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VI  Focalización

Consigna trece beta Escribir un relato en primera persona con un narrador deficiente. Las razones por las que el narrador no acaba de comprender los hechos pueden ser diversas. Es posible elegir alguno de los narradores caracterizados abajo o alguna otra variante no consagrada por la tradición. Extensión máxima: dos carillas


PERFUME GRIS

Hace mucho frío en la pieza, lo puedo oler, me hace temblar y eso que en la cama la tengo a mi hermanita, es chiquita, Pepita le decimos, porque es redondita y dulce y ella se aprieta a mi lado para que le dé calor. Al costado de la cama duerme como si nada, Toto, él es nuestro perro, es bueno, no muerde, ni ladra, solo quiere jugar con nosotros. Mi hermanita tiene un lindo perfume a mandarina, me gusta olerla. La otra noche papá se enojó porque no quiso tomar la sopa, pero le dolía la panza. Siempre se enoja papá, menos mal que yo la cuido a ella, porque es chiquita, hace poco empezó a caminar. Cuando estaba mamá ella la tenía upa y le hacía mimos, pero ahora ella no está, hace mucho que no está y no creo que ya venga, pienso que ya se olvidó de nosotros. Mi hermano mayor me dijo que no llore, que ya la voy a olvidar, y me invitó a jugar a la pelota con sus amigos en el potrero, pero yo estaba triste y no tenía ganas. Yo miraba por el alambrado y veía la pelota que rodaba, saltaba, hacía piruetas en el aire, pero yo no sé patear y no quiero que se burlen de mi hermano, él es bueno. Pero yo lo entiendo al juego, algunos son lentos, y no agarran una sola vez la pelota, pero otros la mueven y hacen unas jugadas que yo no lo puedo creer. Mi hermano hizo dos goles y yo lo festejé.

Mis otras hermanas tienen trece y quince años, ellas son grandes, yo las veo a la noche que se arreglan, se perfuman y salen, a veces me parece que no quieren hacerlo, pero papá les habla y entonces ellas se van. A veces las escucho llorar, sobre todo cuando vuelven, pero yo me hago el dormido y a veces me tapo los oídos para no escuchar. Tengo miedo, porque muchas veces escucho ruidos afuera, como si fueran petardos, pero no puede ser, porque no es Navidad y no hay ninguna fiesta y ahí sí que el Toto ladra, porque se asusta y yo lo acaricio para que no tiemble y a veces se sube a mi cama.

Hoy fui a la escuela y la seño es rebuena, me preguntó cómo estaba y cómo estaban mis hermanas y me acarició la cabeza y yo cerré los ojos y sentí que mis pies se alzaban del piso, ¡tan feliz estaba! Me pareció que escuchaba el sonido del mar, yo no lo conozco, pero me lo imagino. A veces sueño con la playa, que jugamos con mis hermanos y nos enredamos y caemos entre el agua y la arena, pero después me despierto y estamos todos durmiendo en la pieza que no tiene sol, que es gris y oscura, que no brilla, y que no hay risas y colores. Veo una rana que se escondió en un rincón, nos vino a hacer compañía, me entretengo mirándola.

La otra noche papá me dijo que vaya al kiosco a comprarle cigarrillos, había muchos pibes que estaban juntos en la esquina del bar de Lito, y estaban peleando y se empujaban y algunos fumaban y eran más chicos que yo que tengo ocho, y otros olían algo dentro de una lata agujereada, había como un olor a plástico quemado, me acordé porque una vez se me cayó arriba del fuego el vasito de plástico que llevaba a la escuela y me hizo acordar.

Papá el otro día gritaba, y golpeaba la mesa, yo me asusto cuando lo veo así, y más ahora que no está mamá. Claro se enojó porque la Piti mi hermana mayor no quería salir y él decía que debía hacerlo, si no, no comíamos, que éramos pobres, pero yo no entiendo bien qué hace la Piti, yo le pregunté a ella, pero no me contestó. La Piti es linda, tiene un pelo negro como la oscuridad de la noche, y unos ojos marrones que se hacen más claritos de día y una sonrisa que es la más linda de la casa, ella se parece a mamá en los días de verano, cuando se ponía a lavar nuestra ropa sucia en el piletón de afuera y el sol le pegaba en la cara y se le ponía colorada, a mí me gustaba verla así, a veces la abrazaba y le decía que la quería.

Hace tres noches la Piti y la Loli llegaron y papá, que las estaba esperando, les pidió que le entregaran algo, pero no pude ver bien qué era, pero vi que él estaba contando lo que le habían entregado, me parece que era plata.

Mis hermanas están tristes, ya no son las mismas de antes cuando estaba mamá, ahora se mueven en la oscuridad, en la oscuridad de la noche. El otro día vi a un hombre grande, tenía el pelo blanco y una voz gruesa y le preguntó a mi papá si estaba lista la Piti, yo no sé qué querría, pero ella salió al rato vestida con un pantalón corto y una remera ajustada y tenía la cara muy pintada, como si fuera a una fiesta. Papá cerró la puerta cuando ella se fue con el hombre. Papá no se enoja cuando se van mis hermanas, sí cuando no le hacemos caso o nos portamos mal.

Está lloviendo, escucho el ruido de la lluvia en el techo de chapas, tenemos una gotera así que ponemos un tacho para que no se moje el piso de tierra, si no se haría barro. Me gusta escuchar el ruido de la lluvia, me acompaña.

Hoy no fui a la escuela porque llueve mucho. Alguien golpea la puerta, ¿quién será? Escucho que nombran a mi papá, parece que lo buscan a él. Papá está dormido, yo abro la puerta, es mi señorita y viene con otra señora. Mi señorita me abraza. Afuera en la puerta está el auto de la policía.

Yo no entiendo qué pasa. Solo sé que la vi a mamá, no, no era mamá, es mi señorita, que me abraza y me pregunta dónde están mis hermanas.

 


Consigna catorce Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas.


DAME TU MANO

Llega todos los domingos a ese parque cerca de la costa. Siempre son tres: su hermana, su prima y ella. Se escuchan sus risas y parloteos desde lejos. Cada una trae un paquete de pochoclos y no paran de moverse, correr, festejar el día. Se le enreda su pelo rubio, trata de arreglarlo, pero el viento no le da tregua y vuelve a golpearla otra vez; se la ve molesta en un gesto desdeñoso cuando se le cae parte del paquete que lleva. Mira hacia el piso, pero no hace ningún intento de levantarlo. Se dirige hacia la boletería, va en busca de ese boleto que tanto esperó toda la semana y así poder ver al chico y escuchar su voz cuando le pregunta —¿cuántos querés? El momento más lindo es cuando se los entrega y siente ese cosquilleo que le hace remontar vuelo y la convierte en dueña del mundo, cuando está allá arriba, en las hamacas voladoras.

Dejar atrás la semana de estudio, de madrugones, de ?Levantá la mesa, lavá los platos, bañá al perro. Ella quiere escapar, solo le importa que llegue el domingo a la tarde para poder estar ahí, para poder ver al chico de los boletos, sentirse libre, y que nadie le diga qué hacer. Es solo un rato, pero le basta para recordarlo toda la semana.

Una tarde llegó y sus ojos marrones se fijaron en la cara del chico, tenía marcas de dolor que quedaron en su piel. Trató de preguntarle y alzó su mano para insinuar una caricia, pero un gesto reacio le impidió hacerlo.

Pero hoy no lo encuentra donde está siempre, en su lugar está el viejo, el que le da órdenes y lo manda a limpiar y a hacer la tarea pesada, el que no lo deja subir a las hamacas. Lo busca y lo ve en la máquina con su mano apoyada en la palanca de hierro, donde siempre estaba el viejo con un aspecto igual a ese antiguo juego que maneja desde hace tantos años.

Ya no va a poder sentir el roce de su mano como todos los domingos, ese momento tan esperado donde un calor diferente entraba en su pecho. Ahora no va a poder ayudarlo, está en otro lugar y desde ahí siente que lo ha perdido. Recuerda cuando le decía que quería ayudarlo, que dejara que lo quisiera. Vuelve a ese día cuando fueron a tomar un helado sin que se enterara el viejo, cuando se escaparon por atrás del tren fantasma; era la primera vez que lo veía sonreír.

 ?Te vi cerca, me di cuenta de que estabas triste y no querías contar qué te pasaba.

Ya está haciendo la fila junto a las chicas para tomar su ubicación. Se los ve a todos ansiosos por ocupar su lugar y comenzar ese viaje único. Ya empiezan a subir, van pasando de a uno. Su mirada se detiene en un joven con una remera de fútbol y una chica con un vestido floreado, van tomando un helado, se los ve felices. Ella se sienta en el medio, entre su prima y su hermana. La pareja se sienta atrás.

Busca al chico, que se quedó abajo, con la mano en la palanca y que ahora tiene todo el poder. Las hamacas voladoras dependen de él.

?Hoy tengo ganas de girar y que no termine nunca de dar vueltas. ¡Cómo me gusta ver todo desde arriba! Poder volar y cuánto más alto mejor.

La rueda comienza a moverse despacio. Mira a su alrededor. Ve a la gente relajada, alegre, esperando que empiece la aventura. Vuelve a mirar al chico, lo ve distinto, como si su imagen de miedo hubiera quedado atrás, como si se hubiese transformado en otro; había una mirada nueva en esa cara, como si sus líneas marcadas ya no existieran. Se le notaba un gesto insolente y altivo.

Va mirando el velero que navega en las aguas teñidas del río, su mástil quiere competir con la altura de las hamacas. Ve la ciudad, y las figuras allá abajo se hacen cada vez más chiquitas.

El juego va tomando velocidad, parece que va más rápido que otras veces, hay algo distinto que lo hace diferente, como si vibrara de otra manera.

Todos giran, alzan sus brazos, cantan, son felices. La máquina va más rápido. Las chicas se saludan, hacen gestos entre ellas. Hay alguien abajo que comanda todo. Ve al chico, ve al viejo, hay algo que la asusta, no sabe bien qué es.

Las hamacas se mueven ágiles, alguien les marca el ritmo. Hay varias sacudidas. Cada vez gira más rápido. Los músculos de la cara se estiraron, quedaron aplanados y quedó lisa, tirante como una tabla mojada. Desde el estómago se siente como un vacío.

?Estoy asustada, tengo mucho miedo ¿y si no te vuelvo a ver? ¿por qué no te dije que te quería? ¿por qué no te di ese beso que tenía guardado?  No te enojes, mamá, voy a hacer la tarea.

Más vértigo, más velocidad. Ya no se distinguen las siluetas, no se sabe quién es quién. Sigue aumentando la velocidad junto con el miedo. Ya no se ve el velero, se confunde con las hamacas; el velero, las hamacas, cada vez más veloz, más fuerte, más gritos.

La mano del chico sujetando la palanca con fuerza, con rabia, el aullido del viejo resonando en todo el parque y yo danzando en el espacio, buscando tu mano, esa que me dabas con cada boleto el pase a un rato de felicidad.

 


Copyright©Stella Maris Pardo

Marzo, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.