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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Consigna diecisiete alfa Reescribir esta historia comenzando por el final y reconstruirla seleccionando una serie de escenas claves que se narren repetidamente desde diversas perspectivas, tal como hace Faulkner en Mientras agonizo y Absalon, Absalon! (Extensión máxima: 3 páginas).


LA HISTORIA DE  CH’ENNIANG Y SU PROMESA DE AMOR

Mientras Chang Yi veía que una pequeña araña blanca bajaba sostenida de su tela invisible y luego subía rápido ante el leve movimiento de la brisa, pensó que era una buena noticia para la familia lo que acababa de ocurrir. Había mandado a llamar a todos los sirvientes y esperaba en la galería bebiendo, como cada tarde,  un té  de Pu´er. Disfrutaba tanto de ese té fermentado,  que se hacía traer de la provincia de Yunnan cada seis meses, que no reparó en la cara de los asistentes que iban llegando y saludándolo con una inclinación  de cabeza. El rumor había corrido de oreja en oreja y nada de lo que escucharan los iba a sorprender, sin embargo, los rostros retraídos por la obediencia no mostraban, en ese momento, emoción alguna. Uno a uno formaron la hilera y permanecieron así, con los dedos entrecruzados a la altura de sus estómagos ante la presencia de su señor, mirando hacia el suelo. La última en llegar y acomodarse en la hilera  fue Li Yan, la cocinera. Una vez que  Chang Yi contó con todo su personal se puso de pie, y mirando hacia la nada les refirió la novedad que había ocurrido hacía solo unos instantes. Les conversó como un padre sobre la necesidad de proteger a Ch’enniang y no difundir la noticia en el pueblo. Chang Yi habló de fidelidad al linaje que servían  y de honestidad a quien le otorgaba un jornal digno por sus trabajos.

Cuando Li Yan  escuchó de Chang Yi el pedido de fidelidad y la solicitud de compromiso de no divulgar el hecho, asintió con la cabeza, como los otros, y  mirándose los dedos  desprolijos que asomaban de sus sandalias se sintió un poco más vieja. Nunca había sido fiel. Hasta se rumoreaba en la casa los amoríos con Chang Yi. La fidelidad no era una virtud que ella hubiera alcanzado en su vida. Tenía cuatro hijos, de diferentes padres. Jamás consiguió que Chang Yi reconociera que Li Xian era su hija. La jovencita, ahora convertida en una hermosa mujer, tenía la misma edad que Ch’enniang, pero no la misma suerte. A la cocinera no le importaba lo que decían sobre ella, debía mantener a su familia y cuidaba su trabajo como ninguna. La notica de la vuelta de Ch’enniang la llenó de furia, tenía la esperanza que en algún momento su hija ocupara el  sitio vacío de amor en el corazón de Chang Yi.

Pudo haber sido ella la que hizo correr el rumor de la  vuelta de Ch’enniang. El regreso de la hija sin conciencia, dormida en una cama por cinco años, se supo hasta en la  aldea más lejana de Huan. ¿Quién divulgó el hecho?, eso no se sabrá con certeza jamás. Muchos creen  que Li Yan  se encargó de menudear entre sus conocidos lo ocurrido en la casa del funcionario, e hizo lo posible para que esa historia permanezca en el tiempo. El despecho es una ampolla que nunca se cura en el pecho de las mujeres.

Otros culpan a Zhang Yan, una de las doncellas, de distribuir por rencor la noticia en todos lados. Cuando Ch’enniang volvió a la vida ya no tenía trabajo en la casona y fue la primera elegida para abandonar el servicio. Esa doncella era una mujer sin familia, que se encargaba de cuidar el cuerpo de la joven mientras estuvo en su cama sin conciencia. Preservaba la tersa piel de la muchacha desvanecida, masajeándola a diario  con aceite de rosas y chuanxiong para activar sus músculos. Cuidaba de cambiarla de posición de manera constante y se ocupaba  que  la habitación siempre oliese a  jazmines y nunca faltasen flores frescas en los jarrones. Además, peinaba a diario el largo cabello de Ch’enniang y lo acomodaba en dos gruesas trenzas que enlazaba con un moño de seda verde. Guardaba la esperanza de que un día la joven despertara y agradeciera su dedicación. Ch’enniang jamás se enteró que alguien se brindara a su cuidado y no conoció a Zhang Yan, cuando abandonó el lecho en el que había permanecido inconsciente tanto tiempo. Pasó por delante de ella,  se acicaló  mirándose en el  espejo y se sonrió al verse rozagante. Ignorando por completo a la mujer que día a día se había preocupado por su semblante, caminó airosa  atravesando el camino que serpenteaba la casa hasta la salida y luego el largo sendero que la conducía al muelle. Iba feliz, despojada de limitaciones.

Zhang Yan ya había escuchado el relato de Wang Chu escondida tras los cortinados, y su turbación fue en aumento cuando Chang Yi le ordenó que vaya hasta el amarradero en compañía de Chen Na  para confirmar  el suceso. Quiso mostrarse feliz al regreso, pero no pudo emitir sonido. Escuchaba cómo Chen Na contaba maravillada la veracidad del hecho a Chang Yi y cuando quiso hablar, para testificar también ella, se dio cuenta que había enmudecido. No pudo articular una  palabra.  Solo mostró  emoción cuando por sus mejillas  rodaron abundantes lágrimas. Todos creyeron que era el amor que sentía por la niña  recuperada. Solo ella supo que no era por amor sino por ira. Dicen que al quedar sin su empleo, fue rodando por las calles de la aldea pidiendo limosnas y prostituyéndose en la fonda del puerto. También dicen que  haciéndose entender por señas, fue distribuyendo la historia entre los marineros que llegaban en busca de arroz a cambio de pescados fresco. Otros confirman  que tuvo una hija de un padre desconocido, a la que le trenzaba el cabello y le enlazaba con sedas de colores los rodetes a la nuca. Comentan que a esa niña su madre la había llamado Ch’enniang y que una vez también desapareció en alta mar.

A pesar del mandato de Chang Yi de castigar al que compartiera la noticia de la hija recuperada, la leyenda fue relatada en cada aldea, en cada paraje de Hunan y por momentos modificados sus entornos y hasta los personajes. Desde entonces comenzaron a circular incontables relatos de la mujer desvanecida o tal vez muerta o dormida, que siguió a su amado convertida en espíritu benigno llevada por el viento marino, o en una luz de luna manifestada en el sueño del hombre, o de una sirena convertida en mujer por amor,  que vuelve a su casa y se encuentra con su familia. Hasta se cree que en alguna aldea se mercadeaban lazos de seda verde a las mujeres que  buscaban el  amor eterno.  Muchos interpretaron que fue Chen Na  la que prometió guardar el  secreto, pero que por la envidia que le tenía a Ch’enniang, hizo de esa buena noticia un relato de castigo divino.  Chen Na  era la otra doncella que velaba por la joven durante su inconsciencia.  Se encargaba de almidonar los camisones blancos y de que  la ropa de su ama  siempre oliera a jazmines. Cuando Ch’enniang volvió al hogar con sus dos hijos ya no necesitó de sus atenciones, entonces  fue designada a la tutela de los pequeños descendientes. Ante la mirada de Chang Yi o de Ch’enniang, se mostraba sonriente y solícita junto a los niños, sin embargo,  la envidia que le causaba la llegada de esa desconocida a la casa, era  suficiente para destratar a los chiquillos cuando nadie la veía.  Los peinaba  bruscamente tironeándole los cabellos, los vestía zamarreándoles los cuerpos frágiles  y muchas veces le agregaba sal de más en la comida. Luego alegaba que habían sido muy mal criados por su madre y que nada hacían bien. Su ira crecía conforme crecía la felicidad Ch’enniang de y Wang Chu en la casa. Chen Na  no podía entender cómo esos primos, que se habían jurado amor eterno siendo muy jóvenes, habían  sostenido su promesa a través de los años. Su rencor era tal que por las noches, cuando espiaba a la pareja de enamorados caminando bajo en encanto de los cerezos, encerraba en sus puños la envidia hasta hacerse sangrar las palmas de las manos.

Nada de lo que transcurriera fuera del amor a Wang Chu podía empañar la felicidad de Ch’enniang. A ella, que se había animado a  cumplir la promesa de amor eterno realizada  durante su infancia al padre de sus hijos, no podían dañarla. El mandato de su progenitor de casarse con un funcionario, había sido quebrantado por su inconciencia en esa cama de niña rica. Una parte de su ser se había quedado en el hogar con sus padres,  en su lecho de soltera, permaneciendo en una vigilia que solo esperaba encontrar el momento de unirse con la otra parte,  esa otra parte de la mujer que era. La  mujer que había subido al barco con Wang Chu el mismo día en  que el joven amante, desesperado por la angustia que le causaba saber que su novia terminaría casada con otro, se había lanzado al mar. Esa mujer que había vivido una vida feliz, pero incompleta, durante cinco años volvió y se reencontró con la parte que le faltaba de su vida pasada. Pudo así fusionar en un solo instante la historia  familiar que anhelaba desde muy niña, y  de esa manera ser mucho más feliz junto a su familia y su marido por más de cuarenta años.

 


Consigna diecisiete beta: Amplificar las dos historias y contarlas según la técnica temporal de la “alternancia” de modo tal que cada una de ellas desarrolle una de las versiones del sueño Chaung Tzu. (Extensión máxima: 2 carillas).


SUEÑOS DE MARIPOSAS

Chuang Tzu había nacido muy  pobre. Muchos como él conocían de antemano el destino que les esperaba. Apenas superaban la altura de una pala y tenían fuerza suficiente, se le cruzaba sobre la espalda un palo con  dos pequeños baldes a cada lado, y  debían ir y venir del río acarreando agua. Con el paso del tiempo, las manos de esos niños se volvían callosas y se iban endureciendo a medida que la infancia los abandonaba. Eran diestras para manejar la azada, remover el estiércol de los chiqueros y abonar los campos,  eran fuertes para palear los gruesos terrones del suelo sin lluvias y armar los surcos, pero eran tan rústicas y tan  ásperas que nunca aprendían a dar caricias o a atrapar mariposas sin quebrar sus alas.

No había alegrías en el campo. El trabajo  no tenía más recompensas que un cuenco de arroz y un tazón de té fresco cuando el sol picaba más. El único premio que tenían  era ver en primavera cómo de la nada aparecían entre el cultivo millones de mariposas.  Ávidas de deseos de continuar con la promesa de la vida, surcaban el aire y dibujaban en las caras de los labriegos un poco de ilusión. Chuang Tzu las envidiaba, se preguntaba cómo esos insectos tan intrascendentes eran capaces, por un momento, de hacer que el tiempo se detenga. Los campesinos se colocaban a modo de visera la mano y suspendían la tarea para verlas pasar airosas, coloridas, perfectas,  moviendo todos al mismo tiempo la cabeza, siguiendo el trayecto de las alas. Era solo un instante.

Cada vez que Tzu se dormitaba bajo la media luz  de su sombrero de paja, soñaba con ser mariposa. Entonces volaba tan alto, tan alto, que podía sentir el calor profundo del mediodía en su cara. Sus alas membranosas se agitaban rítmicas al latido de su corazón de niño. Eran suaves y coloridas, y adheridas a ese cuerpo tan liviano ya no necesitaba más que el viento para vivir. Florecía en ese instante la felicidad en su vida.  Flotar mariposa en el aire le  hacía hormiguear el corazón y olvidar el color de la pobreza.  Atravesaba presuroso el olor fecundo de la tierra, que desprendía flores humanitarias llenas de dulces jugos para enriquecer el espíritu. Solo por ese  instante había desaparecido de la  vida del  niño campesino, el sufrimiento de saberse vivo, pobre y cansado. Ahora era un niño que volaba y veía a otro niño con los piececitos terrosos, las manos agrietadas y el cabello sucio. Ese niño que rebotaba  de flor en flor sintiendo que nada le llenaba el estómago, que tenía hambre de verdad, hambre de amor, hambre de justicia, un hambre que tenía la historia de toda su familia de niños mugrientos y necesitados, era una mariposa.

Era la mariposa que soñaba que era un niño. Entonces sería diferente a las demás.

Lo primero que supo fue que eso que brillaba tanto  era el sol, tuvo esa certeza. Sin embargo, no podía explicarlo, algo muy internamente se lo decía. Más tarde lo comprobó, el sol era ese calor que le había secado las alas y lo había llenado de vitalidad. Dejó su vida de larva y  rápido salió del capullo. Se dispuso a ser el mejor.  Se dedicó a descubrir todo lo que lo rodeaba, debía vivir rápido.  El tiempo lo iba a llevar por delante. Mientras veía que las otras recién ensayaban torpemente el vuelo, él agitaba con energía sus alas. ¡Tenía tanta fuerza en esas alas que minutos antes había estrenado! La vida le iba a permitir ser otro, no quería ser igual a las demás. Sin embargo, lo era. Fue parte de esa nube de mariposas blancas que encegueció a los hombres y detuvo el trabajo en los surcos. Fue una mariposa más, que mareada por la luz atravesó el cielo del mediodía. Fue la mariposa que cruzó cerca de Tzu, justo en ese momento que  se despertaba por los gritos de los niños que descalzos y desobedeciendo a las madres, corrían para atraparlas. Asombrado de verlas y casi sintiendo eso parecido a la felicidad, Tzu también fue un niño más que corrió para aferrarse de la alegría breve de mariposa. Solo por un momento una mueca semejante a una sonrisa se le dibujó en el rostro. Tzu había sentido el regocijo en su corazón de mariposa,  pero luego se le transformó en lágrima. Siempre le pasaba lo mismo cuando atrapaba mariposas entre sus manos ásperas. Sus cuerpos de alas frágiles terminaban rompiéndose y, entre los dedos gruesos y torpes veía como la mariposa le dejaba su vida.

 


Copyright©Lidia Jaureguiberry

Diciembre, 2020.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.