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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna siete Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla)

Taller La Argamasa

 

 

 

Imagen 1 (Fuente Google)

 


UN HECHO AISLADO

Hoy ya nadie recuerda esto, pero entonces, fue noticia de tapa en diarios y revistas.

La sorpresiva muerte de Fabio Reinaga en plena etapa de campaña para ser electo como diputado, había conmocionado a todo el pueblo. Estaba casado con Carola Ludueña, joven abogada, que había adquirido renombre por representar varios casos importantes y que era ácidamente criticada por su dudosa honestidad.

Yo fui el encargado de tomarle declaraciones después de la muerte de su marido ya que, por denuncia de los hijos del occiso, se abrió un expediente caratulado “muerte dudosa”.

Recuerdo que la susodicha era una mina atractiva. Ostentosa para ser de pueblo, con prolijas uñas largas y los dedos llenos de anillos. Hablaba hasta por los codos mientras revoleaba las manos para todos lados; a mí, me parecía bastante sospechosa.

Según declaraciones de los vecinos el matrimonio, andaba en cosas raras, pero nunca lo pudimos probar. Parece ser que esa noche discutieron y el tipo murió de un bobazo. Había un certificado que así lo demostraba, yo lo vi. Estaba en la causa; un expediente de hojas interminables.

Me llamó la atención la referencia que hacía un perito: “el cuerpo se encontró de cubito dorsal, con los ojos abiertos y una expresión de espanto”.

Recuerdo que alguien que vino a declarar me preguntó: “si murió de un infarto…, como cualquier hijo de vecino, ¿por qué lo velaron con el cajón cerrado?”.

 

 

Taller La Argamasa 

 

 

 

 

Imagen 4 (Fuente Google)

 


LA MUERTE DE G

Estaba decidida a encontrarlo por los callejones inquietantes y estrechos de la ciudad; había salido sin rumbo fijo, temprano, impulsada por la noticia de su muerte, que sabía, era falsa. Eligió ir primero hacia la zona vieja, cuna de sitios oscuros, antros nocturnos que mezclan alcohol, mujeres, dinero, soledad. Se encontró con rostros amanecidos, con balcones azules de ojos perdidos, con bocas abiertas, secas, ya sin rastros de rouge. Luego, tomó un atajo hacia el norte, aligerando el paso en medio de una mañana calurosa que alertaba de una lluvia inminente.

Transitó por portales de antaño que escondían tugurios gitanos colmados de trastos y plagados de una mugre antigua, instalada, eterna. No había rastros de él por ningún lado, nadie lo había visto.

Después de la charla nefasta que habían tenido la noche anterior, del llanto de ella y de la reconciliación indispensable antes de la despedida, G se había dirigido rumbo a la pensión donde vivía, dejándola amarrada al calor de sus besos.

No podía haberse muerto así como así, le había prometido cambiar, alejarse de aquello que lo transformaba en un ser despreciable y ruin.

Ella confiaba en su palabra, G la amaba, no le iba a mentir; menos ahora que estaban a punto de ser padres. Él estaba tan contento que hasta un trabajo iba a conseguir; así podrían alquilar algo donde vivir los tres y no así, ella con sus padres, él en esa pieza, ahora estaba el bebé. Con todos estos pensamientos rondando en su cabeza siguió caminando bajo la lluvia tenue de un verano sofocante. Todavía le faltaba mucho por recorrer en busca de esa esperanza, de esa confirmación de que la noticia fuese falsa.

 


Consigna ocho beta Escribir un relato a partir de uno de los casos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial (el de la mujer atropellada por un tren luego de ser asaltada en un yuyal, el de los amantes baleados en Quilmes o el del hombre hallado muerto entre los hierros retorcidos de un auto).


MADRUGADA SINIESTRA

El 25 de noviembre de 2017 Luciana Almada, de veintidós años, murió arrollada por el tren; el juez caratuló la causa como “accidente en la vía férrea con saldo mortal” pero su amiga estaba segura de que esto era imposible.

Pasada una semana de la sepultura, Sonia se presentó en la redacción del diario y me pidió que hiciera algo para que este caso no quede impune. Le pregunté por qué me decía esto a mí, ir a la policía hubiera sido lo correcto, pero la chica de ojos húmedos y enrojecidos por el llanto continuo me dijo con voz secreta: temo que a mí, me pase lo mismo.

—Luciana jamás se hubiese animado a atravesar las vías por ahí, un lugar lleno de pastizales, sin cruce peatonal, ni barrera, ni nada.

—¿Y qué te hace pensar que yo podría investigarlo?

—Confío más en usted que en la policía.

Su figura era delgada, frágil; parecía atemorizada pero tan decidida a la vez, que acepté tomar el caso. Lo único que me pidió fue que no la nombrara; que de ser necesario le inventara un nombre.

—Yazmín, me gusta.

—No te preocupes, no suelo hacer referencia al informante —le respondí.

—Sabe, yo la quería mucho. Ella no la estaba pasando bien…

—¿A qué te referís con eso?

—Nos conocíamos de chiquitas, fuimos juntas al colegio, compartíamos juegos, salidas, venía mucho a mi casa. Después en el secundario empezamos con los bailes, los cumpleaños de quince. Nos contábamos todo. Éramos como hermanas.

Luciana le tenía mucho miedo a su padre, siempre me decía: es un hombre muy estricto, aunque no lo parece; si usted lo viera diría que es un tipo bonachón, tranquilo, pero en más de una ocasión Lucy llegó a casa con golpes de cinturón en la espalda; me pedía que no me preocupara, pero cómo no iba a hacerlo.

Recuerdo que una vez…, tendríamos dieciséis años, pasé por la casa a buscarla; como nadie respondía, me asomé por una ventana que daba al jardín delantero de la casa y la vi salir corriendo de su habitación; lloraba mientras se acomodaba la ropa. Pensé que estaba escapándose de alguien y seguí su carrera hasta que atravesó el comedor y se encerró en un lavaderito que tienen en el fondo. Cuando vi que era su padre quien la acechaba, con la cara desencajada, puteándola, me alejé asustada. Ella nunca me contó ese episodio, pero yo lo recuerdo como si fuera hoy, me dio miedo, fue tan extraño y violento.

¿Usted sabía que Luciana tiene un medio hermano?, es un hijo que tuvo el padre en su juventud, Enrique se llama. No me gusta.

Sonia estrujaba sus manos al hablar, miraba el piso y todo el tiempo movía la cabeza de un lado a otro como diciendo no. Sentí que ya había relatado demasiadas cosas dolorosas y que era momento de dejarla ir. La cité para otro día.

—Voy a hacer lo posible, pero no te prometo nada, si las cosas se ponen pesadas, lo dejo, no tengo ganas a esta altura de mi vida de meterme en quilombos.

—Ese Enrique anda de fiesta en fiesta con los hijos del gobernador —dijo mientras se retiraba.

Inmediatamente me puse a trabajar para lograr la mejor nota de tapa. Si bien Sonia me provocaba cierta sospecha y su relato tenía inconsistencias, confiaba en que lograría sacarle toda la información que estaba escondiendo.

La investigación fue muy larga; me llevó a sitios oscuros, de límites inciertos y de mucha promiscuidad.  Lo que empezó siendo un desafío editorial, un último galardón antes de jubilarme, se convirtió en una obsesión peligrosa.

Pude comprobar que Sonia, o Yazmín como preferiría que la nombrara, conocía todos los actos cometidos por Enrique, de quien estaba perdidamente enamorada, y por sus amigos poderosos; que ella fue el nexo para que esa noche Luciana concurriera a la fiesta y que, sin que Sonia lo supiese, terminara abusada por cinco muchachotes desencajados, que actuaban amparados en el poder de sus apellidos, en este feudo patriarcal y arcaico en que vivimos.

Me hubiera gustado poder publicar todo esto que les cuento, pero no fue posible, mi jefe de redacción dijo que era muy arriesgado y pretendía que tapara todo lo concerniente al hecho; lo desafié con denunciarlo, con hacer públicas las presiones que estaba recibiendo. Hasta le dije que llevaría la investigación al matutino que lidera el mercado de noticias del país, pero no me escuchó.

No alcanzo a comprender por qué mecanismo vertiginoso se aceleraron los sucesos; solo sé que ellos, acorralados, actuaron con una celeridad estrepitosa.

Y aquí me encuentro, tirado sobre las vías, a punto de exhalar mi último aliento, a escasos metros del lugar donde arrojaron a Luciana aquella madrugada de noviembre hace un par de años atrás. Fui arrollado por el mismo tren.

 


Copyright©Mónica Faraldi

Noviembre, 2020.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.