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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL)  Módulo IV La literatura y los géneros discursivos de uso cotidiano

Consigna nueve Escribir una receta, un reglamento, o unas instrucciones con uno de los siguientes objetivos: “conseguir amigos influyentes”, “sobrevivir en la Argentina actual”, “ser una chica fashion”, “no morir a la hora señalada” “volver a un estado amniótico”, u otro objetivo. Extensión máxima: una carilla.


TÍA NORMA

A mi querida tía y amiga,

con la cual compartí la historia del arte

y la literatura.

 

Era un día especial, se celebraba la primera comunión de María Cristina, su sobrina mayor, y la casa como como tantas otras veces debía vestirse de fiesta para la ocasión, ningún detalle debía faltar o sobrar. Las flores, el vestido y la nómina de los invitados ya estaban listos, pero ahora Norma, su tía, debía ocuparse de ayudar en la cocina como lo hacía siempre. Ya sabía ella que no era su lugar, que su padre Romeo, con su figura patriarcal y presencia imponente, no permitía que sus hijas mujeres se detuviesen en ese lugar destinado a la servidumbre, pero ella se las arreglaba para escabullirse y encontrar refugio en ese sitio que le daba tanto placer. También estaba la abuela Esther que la protegía y la cubría en esos menesteres y era la que le había enseñado todos los secretos de la alquimia para lograr esos sabores y

texturas únicos. Y entre las dos fueron preparando ese chocolate caliente. Vertieron en  una vasija de cobre cinco litros de leche, fueron revolviendo para que no se pegue, le agregaron las tres tabletas que cayeron en trozos mientras seguían mezclando con una larga cuchara, para ejecutar esa magia de la fusión de la leche y el chocolate, le agregaron dos litros de crema, cinco cucharadas de azúcar, tres cucharaditas de esencia de vainilla, por último lo rociaron con canela, y siguieron revolviendo para que su consistencia se espesara y llegara al punto justo para ser servido al estilo francés en esa porcelana Limoges, espeso, perfumado, con aroma a abuela, a primos, a risas.

Pasaron los años… y Norma ya no andaba rondando entre cacerolas y vasijas, la vida la estaba preparando para librar otras batallas, se había convertido en una gladiadora. Había cumplido con todos los mandatos que le habían impuesto, ya no era la niña mimada de siete hermanos, la menor, la protegida, ya tenía que protegerse sola, era una mujer que debió enfrentarse a fuertes realidades y se había sometido con rigor a los tratamientos médicos que le habían señalado.

Tenía una cita pendiente a la que debía concurrir: martes 7 de abril, 16h. turno con el médico. Ahí es donde le darían su diagnóstico definitivo. Norma quiso detener su tiempo, buscar algún milagro que modificara su rumbo, es entonces que recurre a ese refugio que siempre la había hecho feliz, la cocina. Volver a esa época donde nada malo podía ocurrir, donde el dolor todavía no se había hecho presente y buscó en su memoria la receta de ese budín inglés, que siempre había sido motivo de alegría, de encuentros, de amor, de seguridad.

Nueces, pasas de uva rubias y morenas, frutas abrillantadas flambeadas, azúcar impalpable, limón, harina leudante, azúcar, whisky, canela y manteca. Con ese recuerdo preparó con minuciosidad ese budín, donde todos los ingredientes se amalgamaron y con movimientos envolventes se convirtieron en esa tersura que se volcaba en la budinera donde iba cayendo lenta, dibujando formas en su caída.

Ella lo llevaría como un tributo a su médico, otorgándole así un poder mágico; ese obsequio iba a retener su vida, en él estaba su juventud, sus años más felices. Esa porción de masa elaborada con los ingredientes que tantas veces repitió no podía fallarle. Así se presentó con esa ofrenda en sus manos, con él quiso detener esa verdad que sospechaba. Confiaba en esa mezcla milagrosa de harina, huevos y confites dulces y sabrosos.

Pero la verdad la golpeó, no era el sabor dulce de su niñez y adolescencia, ahora ese budín tenía un sabor cruel, se despedazaba en migajas que se esparcían por el piso; la receta no alcanzó, su magia se había apagado. No quería morir a la hora señalada, deseaba que el tiempo se alargara, que su historia continuara, que no se escuchara la palabra que no quería oír.

Norma sólo quería desandar el tiempo, regresar a esa querida casona, con el aroma del chocolate caliente y de ese budín inglés.

 


Copyright©Stella Maris Pardo

Noviembre, 2020.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.