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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VI Focalización

Consigna cuatro Escribir un relato a la manera de Faulkner en Mientras yo agonizo. Pensar en una situación de la que puedan dar cuenta varios personajes, como protagonistas o testigos. La situación debe desarrollarse a medida que el texto avanza gracias a los monólogos de los personajes que alternativamente narran desde su punto de vista en primera persona. Por ejemplo: la lectura del testamento de una mujer ante sus herederos. La situación puede estar relatada desde la mujer que antes de morir imagina la escena, por el abogado que lee el testamento, por alguien que entra circunstancialmente a servir café y a retirar el servicio, por los propios herederos. Extensión máxima: cuatro carillas, aproximadamente.


EL LEGADO DE LOS PACHECO


Raquel Pérez Gautier Vda. de Pacheco

Los veo. Se van a acomodar enfrentados en el estudio. Esos sillones de cuero gastados que tiene Iribarne son apropiados para marcar las diferencias. Raquelita y Julián por un lado y por otro Juan Cruz y Lorena. La boba de Evangelina parada, siempre, atrás, porque ha de llegar tarde.  Marginal. Sin comprometerse. Distrayéndose, seguro, mirando a través de  las cortinas de voile el jardín.

Lorena va a sentirse incómoda ante la presencia de Julián y su marido.

No quiero ni imaginarme cuando escuchen la pausada cadencia de la voz de Iribarne. Mantenidos, rufianes.

Qué horror el fin. Terminar así, acá en la cama, sin poder siquiera ponerme sola la bata. Qué cruel la vida, ¿no es cierto, Gregorio? Vos me decías eso. ¿Tengo la culpa? Definitivamente, tengo la culpa. Los acostumbré a la vida fácil, y ahora ahí los ves. Regodeándose como si fueran ellos los dueños legítimos de toda tu fortuna, Gregorio. Dilapidaron  en sus viajes y en sus casas. Jamás mezquinaron en fiestas ni en cirugías.

En cierta manera, anhelo la muerte. Esta vida sin vos y con ellos fue el castigo del que me hablabas, ¿no? Es una gran pena, Gregorio, que no los podamos ver cuando el Dr. Iribarne les lea el testamento.


Dr. Marcelo Iribarne

No es un testamento como otro. La vieja Raquel hizo esos arreglos que yo no sé si don Gregorio hubiese aceptado. Pero lo hizo porque él le había dado la potestad de hacerlo. Esa mujer fue lo que se dice una emperadora de su fortuna. No creo que  Pacheco hubiese hecho los negociados millonarios de haberse casado con otra. Raquel: ¡qué presencia en esa familia! Hasta el último día de su vida estuvo planificado. No dejó nada librado al azar.

Qué noticia para los hijos. No quiero saber la opinión de Julián. Él, que se cree dueño de todo. Ellos tan acostumbrados a vivir de las rentas, los yates y el lujo. Se van a querer matar. Un poco de lástima me da. Sobre todo la hija más chica. Siempre creció a la sombra de la familia y si cumplió con el mandato del apellido, fue porque quería mucho a su padre. Igual, la vieja fue imparcial. No se salvaron ni las mascotas.


Josefina Argüello

Cuando tenga que llevar el café, me parece que me van a temblar las piernas. Lo más terrible va a ser servirlo. Espero que esté rico. El Dr. Iribarne me dice que le gusta el café que yo  le preparo. Pero hoy me hizo sacar esas tacitas que están en el estante de arriba. Son como dedales, le dije. “Doctor, no entra nada de café en estas tacitas, son como dedales”. Él se rió. Me respondió “Josefina, vos siempre la misma”. Me da de temblar porque estos que vienen a enterarse de una herencia, me parece, son gente de mucho dinero. Son tan elegantes. Y la señora esa, la rubia, parece una de la televisión. No se puede dejar de mirarle  la cara. La tiene como de plástico. Es muy linda. Además parece que las tetas le llegan al cuello.

Cuando veo a estos cogotudos, como dice el Tito, me acuerdo de lo que decía el abuelo Antonio: los que nacen con guita no conocen otra cosa que la guita. Por eso son así, insensibles. Ni te miran.  No se dan cuenta de las otras personas comunes.


Raquelita Pacheco de Echeverría

Juan Cruz y Lorena siempre llegan diez o quince minutos más tarde a todo. Y Evangelina. Ni vale la pena. Si me enojo se me va a notar.

Las cortinas estas, tan berretas, las tiene desde que inauguró el estudio. Iribarne es lo más tacaño en persona que conocí.

¿Me parece a mí, o la chica que sirve el café es un poco renga?  A ver si me tira encima ese pocillito. ¡Ay! ¡Qué mal gusto usar un servicio de  porcelana tan demodé! Iribarne armó su fortuna mezquinando, de eso no cabe la menor duda. Un poco se lo debe a mi familia. Se crió bajo el ala de mi padre, y mi mamá lo quería más que a nosotros. No hubo aniversario en el que no hubiera un lugar designado en la mesa para él. Solterón. Es gay, le molestaba a mi padre cuando yo se lo decía. Ese anillo en el dedo meñique, ¡por favor, quéfalta de nivel!

Ahí llega Evangelina, media hora más tarde. Como si el tiempo de los demás no fuera importante. Nada es importante para ella. Es así.


Julián Echeverría

No sé por qué se demoran tanto en empezar. Raquelita tiene la frente brillosa. Está re incomoda. La conozco. Si empieza a  tamborilear  los dedos, la sigue con el rítmico movimiento de la pierna derecha y no deja de tocarse la nariz. Esa nariz que le lleva ya tres rinoplastias. En cualquier momento sale a fumar. Tienen los dedos manchados y el aliento no le cambia por más mentoliptus que se meta a la boca.

Espero que la quinta de El Cazador sea para Raquelita, al menos  me decía que su padre lo había estipulado así. Propiedades como estas, ubicadas cerca de las barrancas, hoy te dejan muy buen rédito.

Pensar que debería estar en estos momentos al aire libre. Es mi día de golf y tengo que estar con los impresentables de la familia de mi mujer. Cómo anhelaría el solcito otoñal y la caminata matutina en lugar de estar encerrado acá, viéndole a Iribarne el pelo engominado y la camisita al cuerpo. Maricón.

Lorena no me mira, está cada vez más linda. Se hace la mosquita muerta. Putita.

¡Pero, carajo, la renga de mierda casi me mancha con el café!


Juan Cruz Gregorio Pacheco

Iribarne no me va a mirar a los ojos. Tiene vergüenza. Se lo ve tan seguro y solvente en lo suyo. Le queda muy bien la piel con un ligero toque cobrizo. Parece que tuvo en cuenta mi sugerencia de cama solar. Me pregunto que estará pensando ahora que sólo conversa con la renga y ni siquiera nos incluye con algún comentario sobre el testamento. ¿Será que vamos a ser muy millonarios ahora que se murió la vieja y nos quedamos con todo? Seguro. Tal vez tenga  miedo que cambiemos la asesoría legal y lo dejemos afuera. Reprimido. Mirame. Lo que más me gusta de él son sus dedos largos. Hábiles dedos largos que acarician y exploran.

Juan Cruz mira su Rolex y la incomodidad de la demora se refleja en su cara. Se para, Iribarne levanta los ojos y admira su cuerpo esbelto. Juan Cruz camina por detrás del escritorio de Iribarne y sale al balcón a fumar con su hermana.


Lorena Méndez de Pacheco

Tal vez si me mostrara un poco angustiada le daría a la lectura un dejo de sensibilidad en el recuerdo de la muerte de Raquel. Sé que Julián me está mirando el escote. Me imagino una lágrima rodar por entre mis tetas. Muere Julián. No.

Me arruinaría el maquillaje, por empezar. No. No sería creíble. Nadie la soportaba. Ella lo sabía. Ni a ella, ni al viejo Gregorio. Abusador. Putañero. Las cosas que tuve que aguantar de ese perverso. Ya pasó. Bien muerto que está.  Nada se compara a vivir bien. ¡Qué me importa!

Creo que hice lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar: sostener la posición social, darle dos nietos a la familia, a pesar de no haber sentido jamás algo que me acerque a Juan Cruz, y posar para la foto como la nuera más querible y simpática. Sé que Raquelita piensa que soy trepadora y oportunista, eso hablarían de mí con su madre. Tenían razón. Sin embargo, siempre colaboré para que la imagen de la familia perfecta no se les venga abajo. Algo a cuenta merezco. Muchos años de asistir como la  señora de Pacheco, apretada como una Barbie a reuniones y eventos que no tenían nada que ver conmigo. Sonreír amablemente y fingir cordialidad se volvió un hábito en mí. Jamás podrán decir que me escucharon oponerme o discrepar con las decisiones tomadas, ni siquiera elegí el lugar en donde vivimos. Raquelita se quedó con el de la Recoleta. Nosotros fuimos al de Colegiales. Estuve de acuerdo. Está bien. Patada por mordiscón.   ¿Obtuve beneficios? Sí. La cochera doble, la piscina. Hice un buen trabajo durante todos estos años. No lo voy a negar. Por eso espero que en ese testamento se nos considere y se nos reconozca. Mejor que para Juan Cruz y nuestros hijos se determinen la posesión de la quinta de El Cazador. Si no, hoy me van a conocer.


Evangelina Pacheco

Estoy a punto de vomitar. Madrugar no me sienta. Escuchar lo que lea Iribarne me tiene sin cuidado. Sólo quiero que no me jodan y empiecen con eso de las ventas de los inmuebles. Julián no va a permitir que se metan con el astillero. Me gustaría ver la cara que pone Juan Cruz y Lorena.

Para Raquelita soy un incordio. No hace falta que me lo diga. Se le nota en esa cara reconstruida que se quiere quedar con todo por ser la hija mayor. Ella y Julián solo están juntos por la avaricia que comparten. Hicieron lo que se les dio la gana con el dinero ajeno. Yo también, no voy a ser injusta, pero ¿comprar al marido para que un Echeverría entre a la familia? Eso fue lo último. Julián no la quiere, jamás sintió algo por ella, se la pasa todo el tiempo con sus amantes, de una cama a otra. Un asco el tipo. Ahora la tiene con Lorena. Se creen que no lo sabemos. Juegan a los amantes ocultos como Juan Cruz con Iribarne.

Mi vieja hizo bien en morirse. Después que papá no estuvo más no pudo con todo. Creía que era ella el muro de contención de los Pacheco. Se equivocó, como cuando me mandó a Londres para que estudie idioma o cuando lo obligó a Juan Cruz a tener hijos.

Evangelina metió las manos en los bolsillos de su bleazer y se acercó hasta la ventana, mientras las cortinas de voile le volvían difusa la imagen del jardín, pudo ver cómo sus hermanos discutían murmurando en el balcón.

Pensó en las ventajas de tener mucho dinero, pensó en la fiesta de la noche anterior y se volvió a reconfortar imaginando que  las angustias se borran rápido yéndose a Europa en un vuelo de primera clase, unos dos o tres meses.

 


Consigna trece beta Escribir un relato en primera persona con un narrador deficiente. Las razones por las que el narrador no acaba de comprender los hechos pueden ser diversas. Es posible elegir alguno de los narradores caracterizados abajo o alguna otra variante no consagrada por la tradición. Extensión máxima: dos carillas.

Opción elegida: Es un iletrado, un niño, o pertenece a un mundo cultural muy distinto de aquel al que pertenece lo narrado.


FÁBULAS DE ABUELO

Cuando el abuelo tenía ganas de contar, contaba. “Aprovéchenlo, que esta con la buena”, decía Teresa, la mujer de mi abuelo, que  a veces le decíamos abuela pero sabíamos que la abuela era la abuela Margarita, que se murió adentro del baño porque le dio algo a la cabeza, pero que no tenía nada que ver porque estaba haciendo fuerza en ese momento y se le reventó una vena. Nené, mi prima, que tiene diez pero que yo tengo nueve, me dice que le diga a Teresa abuela, porque ella así nos quiere más y nos compra regalos mejores para el arbolito de navidad cuando sea la navidad. Yo sé que el abuelo la quería más a la otra, a la abuela Margarita, le digo yo. Aunque mi prima, Nené, que si fuera varón también le podríamos decir Nené, porque es como decir nene pero cambiándole el acento de lugar, dice que no, porque lo vio al abuelo darle besos en el cogote a Teresa y nunca lo vio ni siquiera darle la mano a la otra abuela.  Cuando mi abuelo está con la buena, nos junta a Nené a mí y a mi hermanito Riqui, que no entiende mucho porque tienen cinco y después le tengo que contar yo todo lo que el abuelo Miguel nos contó, alrededor suyo para que lo escuchemos. También nos contó cosas de cuando él era chico y vivía en el campo, porque era hijo de puesteros, nos decía. Teresa dice que esas cosas las cuenta cuando tiene unas copas de más y se acuerda de sus padres y se entristece y toma otra copa más de vino o también de ginebra. Yo las únicas copas que vi en esa casa están en un mazo de cartas con el que jugamos al culo sucio y a la escoba de quince, para aprender mejor a contar sin los dedos y la tabla del cinco, dice mi mamá.

El cuento que nos cuenta el abuelo Miguel se trata de un chico que llevaba a unas ovejas un poco lejos de su casa para que coman pasto. Se llamaba el zagal y las ovejas. Al principio para mi zagal era un nombre o un  apellido, y era español. Porque el abuelo Miguel decía que los españoles éramos mejores que los demás, también mejores que los ingleses. Mi mamá sabe y nos dijo  que el abuelo nació como todos nosotros acá y que sus padres eran asturianos. Así que no sé porque él decía que era mejor. El chico se iba a la mañana con sus ovejas, que era un rebaño, así decía el cuento, y que para hacerse el gracioso les mentía a los vecinos gritando y gritando como loco que lo atacaba un lobo y que le comía las ovejas. Si nos mirábamos en ese momento con la Nené, se nos escapaba la risa. Tanto Nené como yo sabíamos que si aparece un lobo de repente, las ovejas salen corriendo, porque cuando nosotros entramos de golpe al gallinero se van corriendo todas las gallinas para acá y para allá y no podemos agarrar ninguna. Lo mismo pasa con las palomas. Les tiramos trigo y bajan así en rebaño, como las ovejas, pero después salen disparando cuando nos acercamos. Entonces el zagal dele a mentirles a los vecinos que venía el lobo que venía el lobo y los vecinos se preocupaban, le iban a dar una mano y ese chico muerto de risa porque les hacía un chiste.  Pienso yo que los padres no sabían lo que estaba haciendo, si mi mamá se entera que ando jodiendo a los vecinos, ahí no más me caza del pelito de atrás de la nuca y me lleva adentro y no me deja salir en toda la tarde. Esa vez que sin querer le pegamos unos gomerazos al árbol de la señora Fita y le rompimos los gajos que ya tenían pelones verdes, porque había unos gatos malos de la otra cuadra queriéndose montar a la Monita, la gata del Lucho, y la señora Fita nos vio y vino a cada casa de cada chico, mi mamá me pegó unos chancletazos y me mandó a la pieza. Lo más difícil fue ir y decirle que le pedía perdón a doña Fita y ella de tanto amor que parece yo le di, me dio unos besos y me pinchó la cara con los bigotes cortitos que a veces se le veían a trasluz. Pero el chico del cuento del abuelo Miguel, zagal, al final parece que le llenó tanto la paciencia, le infló le infló tanto las bolas a los vecinos, que seguro también en esos momentos estaban ocupados con sus gallinas y sus palomas que no fueron a ver que le pasaba a zagal. Y el lobo les mató algunas de las ovejas, no a todas. Mirá si les va a comer a todas.  El abuelo decía que le mató el rebaño entero. Ahí nos  mirábamos con Nené y nos tapábamos la boca para que no se nos escape la risa. Nos daba mucha risa. El abuelo seguía contanto y mirando para arriba, tenía los ojos colorados y la voz era como otra voz, como una voz de borracho, terminaba el cuento diciendo “el zagal se desgañita”, “cuántas veces resulta de un engaño, contra el estafador el mayor daño” y otras palabras con ñ, que es una letra muy odiosa porque cuando jugas al tutifrutti más que ñoquis, ñandú, ñoño y ñandubay no podés escribir. Una vez Nené porfiaba que su señorita, que se llamaba Sonia, se escribía Soña, y hasta que mi papá le explicó mejor no hubo cómo hacerla entender.

 


Consigna catorce Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas.

Opción elegida: la chica rubia


EL VESTIDO COLOR CALIPSO

Había dormido pésimo toda la noche. La cabeza le pesaba como una bolsa repleta de estopa  y tenía un dolor profundo en la nuca. Justo en el centro de la nuca, un pinchazo de  aguja de tejer le oprimía el cuello y le hacía achinar más  los ojos. Eran los ruleros. Toda la noche con los ruleros para vencer la naturaleza del lacio, le afeaban la cara, aunque ahora el cabello se veía ondulante y dorado al viento. A pesar del teñido y del consejo del limón para que el rulo durara más tiempo, sentía que lentamente el pelo se le alargaba sobre los hombros. La tarde había sido interminable y dormir una pequeña siesta hubiera arruinado los rulos que tenían que aguantar hasta encontrarse con José Luis. Ni siquiera veo al hermanito para que vaya corriendo a decirle que estoy acá, que ya llegué.  Pero ¿por qué no vienen? ¿Por qué no llegás, José Luis?,  ¿por qué tengo que estar acá, parada sola, en la fila de las hamacas? A lo mejor si me ve que elegí las hamacas voladoras va a creer que soy diferente a las demás. ¿A qué chica, José Luis, se le ocurriría subirse a las hamacas voladoras con vestido y en plena tarde? Y nada menos que con ese vestido color calipso. El color calipso es el preferido de José Luis, y ella sin saberlo se lo había puesto para el baile de carnaval y ahora, a propósito, porque se iban a encontrar de nuevo.

En la pensión comentan que la tucumana esa tiene fama de ligerita, que no es difícil para nadie y que si la invitan con una coca, enseguida se deja besar. Pero son comentarios de charlatanes que no tienen nada que hacer. Si ni siquiera la conocen, si es nueva en el barrio. Se quedan con la ilusión, paparulos, impúdicos. ¡Qué ganas tendrán de acariciar esos rulos, esos rulos rubios dorados que tanto cuestan domar!

Siempre se acuerda que elegían a las otras en la escuela, a las más blanquitas para el coro. Nunca una morocha se llevaba el protagónico. De ahí que de grandes la mayoría se decoloraba el pelo y se ponía un rubio que le asentara con la piel. El platinado era para las audaces. Ella nunca se hubiera animado a algo así.

Bueno, parece que la señora de sombrero que viene para este lado también se va a animar a subir. ¡Pucha! Creía que iba a ser la única mujer en la fila llena de pibitos  y ese gordo de la camisa manchada con mostaza. De todas maneras, cuando empiece a girar y se me vuele la falda, voy a ser el lugar de miradas de muchos. Ojala esté entre los que miran el bobo de José Luis. Y así siente celos de ver que otros me comen con los ojos las piernas. Lindas piernas tengo yo. Piernas fuertes y torneadas. Bien depiladas para acariciar, si él quiere. No sé qué le pasa que no se anima a nada José Luis. ¿Qué tengo que hacer para que me lleve a un lugar oscuro, me bese, me apriete contra la pared y me susurre al oído esas cosas que los varones dicen cuando se les sale el alma por la boca y el corazón le late fuerte, poniéndole tensos los brazos y la bragueta? José Luis es muy tímido. A lo mejor escuchó algo sobre mí. ¡Qué me importa! Si secretean, es porque me miran y les causo interés. Pero hoy tendrá que ser el día. Si no viene y me deja acá, plantada como un perejil, le corto menos diez y listo. Pasarme toda la noche sin dormir, casi, ponerme el mejor vestido, depilarme y quedarme sin visitas, es injusto.

Cuando las hamacas comenzaron a girar y el aire se puso más frío, la piel se le volvió áspera y los pelos decolorados de los brazos le asomaron como un césped que recién comienza a brotar. El vestido color calipso era hermoso, pero demasiado finito para esa temperatura. El mareo poco a poco le hizo olvidar el dolor de cabeza. ¿Qué le pasa a ese pibe de los controles que cada vez hace rodar más rápido las hamacas?

El chirrido de los engranajes empezó a escucharse más fuerte que la música de los parlantes. Por un momento todos miraron en una misma dirección. La gente que estaba cercana a los puestos de los panchos dejó de masticar y siguió con los ojos como los bultos, que eran personas despedidas por el aire, surcaban en un instante  el cielo y se reventaban contra los paredones de los edificios lindantes. Lo último que le pareció ver al salir despedida fue al Dani, el hermanito de José Luis, que observaba boquiabierto, como los otros, el espectáculo de las hamacas.

José Luis la pudo reconocer por el vestido color calipso. La vida de ella había terminado en las hamacas voladoras, aquella tarde calurosa de marzo.

 


Copyright©Lidia Jaureguiberry

Octubre, 2020.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.