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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo XII El archivo del escritor

Consigna trece. Escribir un relato a partir de una frase que provenga del discurso histórico, una frase hecha del tipo de las que se transcriben a continuación y de las que ya no sabemos si se dijeron o si son un mito o una invención, pero que siempre se las repite refiriéndolas a la relación entre una situación actual y una remota o descontextualizándolas. O bien escribirlo a partir de una imagen histórica fuertemente convencionalizada. Extensión máxima: 4 páginas.

Si Ud. elige partir de frases, les sugerimos algunas a continuación:

-Volveré y seré millones. (Tupac-Amarú. Adjudicada posteriormente a Evita Duarte).


VOLVERÉ EN UNO

Llueve, otro día bajo el cielo de Boulogne-sur-Mer. Escribo (dicto) con los pies en la tierra, no miento, no agrando, no especulo. Y dejo constancia sobre este escritorio una carta que, por algún motivo, en aquellos días revolucionarios a mis manos llegó.

Que un hombre de historia encuentre en las ruinas de Ollantaytambo, en las cercanías de Cuzco, un escrito guardado antaño en un cofre bajo tierra, siempre perdido, siempre buscado. Que este hombre posea en sus manos esta carta escrita en quechua y traducida por su propia claridad al castellano. Que este hombre, desprovisto de todo reconocimiento, haya manejado los hilos de la historia,  no es raro de entender, sino el hecho de no hacerlo público, de no extender su legado como un arqueólogo respetado que cavó en las entrañas de una cultura llegando hasta la pieza que todo lo une con el pasado. La carta, que ante mí se presenta, transcribe las últimas horas, fatídicas, de José Gabriel Condorcanqui Noguera, “Rey de América”, extinto y lejano hermano.

Mientras yo, en este lugar, lejos de todo lo que aconteció, viejo y cansado, dicto estas palabras (la ceguera impide la escritura). Tomo café, pienso y reflexiono lo que fue que ya no volverá.

La carta dice:

Aquí estoy, paisanos, entre estos barrotes que niegan mi libertad, próximo a ser sepultado por las manos de la cultura española. La tristeza que invade mi sangre no desampara mi ánimo. Ánimo que yo, Curaca de Ayllu, traeré a sus corazones a través de la Pachamama. El fuego no se apaga frente al verdugo yugo español, que tirano y cobarde vende su alma al diablo.

Ultrajarán mi cuerpo, mi sangre, mis sentimientos. Lo mismo harán con mis hijos, mi querida esposa; como lo hicieron con mis antepasados, pero no borrarán el comienzo de una idea emancipadora en busca de la libertad que nos pertenece y nos perteneció desde siempre. La inoculación de esta luz crece, como lo hace la sombra del Quisuar en el ocaso del atardecer.

No me iré, queridos paisanos, hijos del Sol; estaré siempre en la Pachamama, en la fuerza de los ríos Urubamba, Uyacali, Temuco, Hualiaga.  Confluiré como ellos al Amazonas, con ustedes a la libertad.

También estaré, por si acaso lo olvidan, en los picos montañosos de la cordillera occidental, donde el mar baña los pies de aquellos picos del cielo. Donde el cóndor, con su vista sagaz pergeña el mejor de los ataques.

Estaré presente en el viento, soplido del altiplano andino que baja hasta el cerro de los siete colores del sur.

También me hallarán en la meseta del Collao o en el espejo del Titicaca, donde el cielo y la tierra se encuentran en un solo lugar; para guiarlos, hijos del sol, a la libertad.

En los valles de Cochabamba existiré, omnipresente, caminando con mis hermanos degradados por la mita, susurrando al oído que todo pronto cambiará.

Mis paisanos, guerreros con ímpetu, la ciudad de los Cesares y el Amazonas es toda de ustedes, más solo podrá doblegarse en la imaginación del tirano y cobarde español.

Extenderé luz en el camino andino, estaré de pie en cada roca de la columna vertebral que nos levantó. Hermanos combatientes, como en el warachikuy resistiremos, resistiremos y ganaremos.

Mi aliento subsiste  entre los paisanos, y se expande en la flor de la Cantuta,  en la flor del Patujú.

Y volveré en carne y sangre a celebrar con ustedes, que serán millones, millones y millones.

No hay planes ni estrategias en esta carta escrita con sangre, no valen ya los reflejos de mis fibras, de mis carnes, pero sí de mi pluma y de mi espíritu.

El yugo extranjero recae sin piedad sobre mí; mas no sobre ustedes, luchadores eternos, que se multiplicarán por los tiempos de los tiempos junto a la imagen del Chakana, la cruz del sur.

¡Que saben ellos de libertad! Esclavos de su demonio: el oro, la plata y la ambición.

Inti, Dios del Sol, perdónalos,  no saben lo que hacen.

Hermanos míos, no se dejen engañar por aquel dios del otro lado de los mares, que castiga a quien no sabe robar.

La paciencia está de nuestro lado, el tenor de la sangre también. Con ella reivindiquen el dominio de sus tierras, nuestras tierras,  como lo hicimos en el Sangarará.

Estaré con ustedes, mis hermanos, como la serpiente resplandeciente que ilumina el camino de la libertad.


La carta, que no lleva firma porque la sangre la reconoce, no fue descubierta aún.

Hoy la frágil y cansada vista de este viejo General no puede leerla.

Un océano me aleja de la América que he visto soñar, pero que aún observo con fraternal amor, sabiendo que la ansiada libertad llegó a su fin. Aun así debo confrontar con la ingratitud y la ambición de unos pocos que dicen llamarse compatriotas y que transforman con recelos los designios de la América unida.

Dicto lo que mis pensamientos permiten dilucidar, la empuñadura del sable ya pesa sobre mi cuerpo todo. Y la pluma, más filosa que una espada, se desvanece entre mis dolores corporales, la ceguera y la extinguida llama de mi alma.

Soberanos de sus tierras labradas con sus manos, sean libres de toda injusta opresión, y sepan que yo, como Tupac Amaru II, estaré presente en cada rincón de la vasta tierra americana. Y quiero, en este tramo final de mi vida, compartir con mis hermanos las palabras más valiosas que me guiaron, como la cruz del sur, en toda la campaña libertadora y en cada batalla del pueblo americano.

Esta noche, dieciséis de agosto de mil ochocientos cincuenta, bajo el cielo lejano de Boulogne-sur-Mer, les he contado mi secreto más preciado.

Llueve en Francia, llueve en Buenos Aires. Llueve en mi corazón.

J. F. de S. M.

 

 


Consigna catorce Optar por una de las consignas que se proponen a continuación ("alfa" o "beta" o "gama"). Extensión máxima: 3 páginas.

Catorce gama Relatar un episodio histórico de su elección que se refiera a una muerte, una traición, un complot o un pacto; hacer una suerte de investigación bibliográfica sobre el hecho elegido, consultando libros de historia y/o archivos de documentos históricos.

-Veinte años después del asesinato de Urquiza (el 22 de junio de 1889 cerca del mediodía y en la calle Esmeralda de Buenos Aires), López Jordán es asesinado de un tiro mientras se oye el grito: "¡Viva Urquiza!". Narrar este hecho de modo de construir una versión. Sugerencia: revisar, antes, la historia y biografía de López Jordán y elegir el modo de narrarlo (desde un testigo del crimen; desde el asesino; desde los últimos minutos de vida de López Jordán; desde un soldado, un hijo o un partidario político de Urquiza, etc.).


LA BALA EN LOS RECUERDOS

Es invierno, hace frío en la calle y la humedad penetra en los huesos del general ya retirado desde hace más de una década. Reniega para sí, pero no hay reflejos en su rostro, ni muestras de dolor alguno. “Es que todo hay que aguantarlo” –pensaba siempre el general. Esa tarde de junio, después de almorzar con su familia, decide visitar a un amigo federal de los viejos tiempos, Dámaso Salvatierra. Y en esa marcha adormecida por el almuerzo su mente divaga, sin conexión alguna, por toda su vida. El peligro acecha en cada paso para quien supo ser catalogado de bandido en los barrios porteños, sabe que diez años de exilio no es tanto para olvidar un rostro que supo estar bajo el mando de miles de paisanos. Que estos paisanos cumplieron su deber, otros no. Que todas las batallas perdidas en el campo fueron ganadas en lo ideal, porque fueron leales. Que la muerte del otro general se le adjudica como un absurdo. Que él no lo mató ni lo mando a matar. Que cien mil duros es mucho para una cabeza, pero que mil no son nada, y que mil valían más que cien mil. Que ver el cadáver de tu peor enemigo, al fin, no da consuelo alguno, más que saber que la próxima muerte es la de uno. Pero a pesar de todo, la ciudad ya no es la misma. Todas estas cosas y muchas más se le cruzaron por la cabeza al general, esa tarde de junio de 1889.

Camina lentamente por la calle Esmeralda, advierte en el aire un cierto olor a transpiración que lo retrotrae al campo de batalla, a la guerra, más precisamente a ese minuto previo antes del ataque donde la adrenalina recorre todo el cuerpo sin dejar extremidad sin movimiento, los nervios se endurecen y la atención de agudiza. Pero claro, el general, que tiene más batallas que dedos cuentan las manos, no estaba en una guerra, sino en la ciudad cosmopolita de Buenos Aires. Se extraña de esa sensación que parecía haber olvidado.

En ese instante en que los pensamientos abruman, ve cruzar de la vereda de enfrente al coronel Leyra, viejo compinche, dispuesto a saludarlo. “¿Aún me reconoce? ¿Acaso los años no deforman las caras de las personas?” –piensa.  El olor a transpiración penetra como la humedad porteña, el coronel Leyra, en dirección a él, levanta la mano para saludarlo; tal vez no, para empujarlo o para esquivarlo. Por detrás del general se aproxima, con paso torpe, un joven de barba tupida con una pistola Lafaucheax del calibre 12 en la mano derecha, que al grito de “¡Viva Urquiza!”, le inyecta dos balazos certeros, uno de las cuales se introduce en la parte posterior de la cabeza del general, cerca de la oreja derecha, atravesando la masa encefálica.

El recorrido de la bala no pudo ser mucho más de doce centímetros, que alcanzaron para despedazar en migajas pedacitos de cráneos, ya dispersos por la calle. La imagen es la siguiente: un hombre inerte embebido en sus jugos. El líquido encefálico  huye por el orificio perfectamente circular y chorrea junto a la sangre que escapa por la nuca y los oídos.

Retrocedamos unos segundos para ver qué sucede por dentro: el perdigón busca salida por el cuerpo calloso, rozando el hipotálamo y dejando sin efecto las conexiones nerviosas de todo el cuerpo. Todo se entremezcla: pelo, sangre, materia gris, cartílago y huesos. La bala sale por las antípodas. Pero en ese recorrido surge un cambio radical en la variación del tiempo. La descomposición de las partículas quemadas desordenan, en una fracción  de milisegundos, los neurotransmisores encargados de la razón tal y como la conocemos; o mejor dicho, como la conocía el general, que vio pasar la escena delante de sí como quien lee un cuento de niños.

En ese lapso de tiempo retardado en su mente, mientras la bala se abría paso entre tanta materia gris, vale la pena mencionar lo que el general no recordó, dado lo que sí recordó.

No recordó la batalla de Arroyo Grande bajo el mando de Manuel Oribe, ni las batallas de India Muerta o Laguna Limpia. No recordó el día en que ascendió a grado de Jefe de caballería en el Ejército Grande por el pronunciamiento del general que tanta admiración le tenía. De la vez que juró defender la federación con todo el amor de su patria al grito de: ¡Viva Urquiza! Tampoco recordó parte, ni escenas, de la batalla de Caseros bajo las órdenes del General Urquiza. Ni el desfile del día después de Caseros por las calles porteñas y la estampa federal de los provincianos enardecidos del triunfo aplastante a Rosas. Del mismo modo no recordó la injusta guerra del Paraguay, ni se recordó diciendo: «Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca, general, ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos para pelear a porteños y brasileños. Estamos prontos. Estos son nuestros enemigos». Tampoco recordó sus diez años de exilio en el Uruguay ni nada de lo que allí aconteció.

Por lo contrario, esto es lo que recordó: el calor intenso en la noche previa a Caseros. Cada una de las charlas con sus soldados, algunos muertos de miedo, otros con la sangre hirviendo dispuestos a reventar en el campo de batalla. Las contadas veces que vio a su familia, su mujer y sus hijos. Cada uno de los almuerzos con ellos. Los consejos y la divertida risa de su hija Florencia. Los ojos llenos de brillo del gran General y su estatura acorde a su voz de mando, lista para la orden. Recordó, en un tiempo interminablemente largo, cada una de las batallas perdidas: la batalla de Ñaembé, el combate de Gená, el combate de Punta del Monte y tantas otras; y las ganas de volver a su casa después de cada una de esas revueltas. Recordó el primer estruendo de los modernos fusiles Winchester y los cañones Krupp, que por cierto eran dirigidos a él. La muerte de Sarmiento y su despedida fervorosa por las calles de Buenos Aires. Recordó en un pasaje corto, cuando pensó que lo habían matado, y era solo el dolor punzante que sintió en el pecho por la traición del general. Recordó, en ese instante, ver cabalgar hacia el bando federal a un inglés la noche previa a la batalla contra Mitre, recordar su apellido: Yatemon, porque unos de ahí le dijeron. Ver a Yatemon entrar al cuartel general donde yacía Urquiza. Acudir en su defensa a punta de sable dispuesto a darlo todo y matar al gringo. La imagen del general, en movimientos lentos, abriendo un sobre cerrado, ver el contra dorso del sobre donde se leía: “De las más altas esferas republicanas. Don Bartolomé Mitre”.  Y al día siguiente la retirada de Urquiza y su ejército grande. Recordó con dolor que él pertenecía a ese ejército.  Y supo en ese acto que el gran general, Urquiza, al que él tanto conocía y admiraba, había muerto.

Mientras caía el cuerpo inerte, López Jordán fijó su vista en los ojos del matador, Aurelio Casas. Cuánto le hubiera gustado decirle que conoció a su padre por haber peleado juntos en el Uruguay. Pero vio en Aurelio lo mismo que en Yatemon: el hilo conductor de la traición. Y supo que al fin de cuentas, a él también lo habían arreglado por dinero, solo que el dinero no le correspondía, porque era incorruptible.

Todo eso y mucho más pensaba López Jordán, mientras la bala ya sale de su recorrido natural, dejando tras de sí un cometa polvoriento y quemado, y un cuerpo inmóvil sobre el quinientos sesenta y dos de la calle Esmeralda, domicilio de uno de los hijos de Urquiza, llamado Diógenes. Casualidades de un mundo inverosímil.


Fuentes citadas:

 

1. Alejandro Gonzalo García Garro: “A 130 años del asesinato de López Jordán, una muerte misteriosa en lo más íntimo del poder entrerriano”. https://www.informedigital.com.ar/opinion/88727

2. Wikipediahttps://es.wikipedia.org/wiki/Ricardo_L%C3%B3pez_Jord%C3%A1n

3. http://www.lagazeta.com.ar/pavon.htm

4. Felipe Pigna. “Mitos de la Historia Argentina 2”

 

 

 

 Copyright©Antonio C

 Octubre, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor

 

 Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.