Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Crímenes y castigos: pervertir el género 

Consigna siete Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla)

La Argamasa taller literario

 

 

 

Imagen 2

 

LA JUGADA FINAL

La verdad que el pucho y el whisky me acompañaron todo el tiempo. Me asomo a la ventana. Ya amaneció. El sol abre sus ojos y espera. Empieza el trajín del día. Un grupo de estudiantes se refugia en un café. Un cruel presagio me golpea. Me siento de nuevo y recomienzo la escritura, debo concluir la historia.

Te estás preparando para salir. La mano toca tu cabeza rapada, tus ojos miran los dragones tatuados que cubren tu cuerpo. Finalmente te ponés una campera negra. Sos un solitario, no tenés amigos, por ahí alguien ocasional, en uno de esos días en que deambulas sin rumbo, tratando de calmar esa ansiedad que te hace temblar.

Me duele la cabeza, me voy a refrescar y a tomar un café fuerte, ya no puedo pensar, tengo sueño. Me alejo del escritorio, me quiero separar de vos, no te tengo confianza, no sé qué estoy creando. Vuelvo a mi lugar, algo me llama y no puedo detenerme.

Te ves nervioso, caminás dando giros por el cuarto como si quisieras pelear contra vos mismo, como si un espíritu infernal te hubiera poseído. Te acercás a un armario y vas sacando de uno en uno aquellos objetos que formarán parte de tu ritual y los colocás en forma prolija en un bolso. Abrís la puerta y salís a recorrer la ciudad, la de siempre. Estás alterado, cargás una mirada furtiva.

Tengo sed, busco un vaso de agua fría. Quisiera detenerme aquí, pero no puedo.

Tu cuerpo se ha cubierto de un sudor anticipatorio y todo él demuestra tensión. Tenés todo listo, sólo falta elegir el blanco. El grupo de estudiantes sale a la calle. Has encontrado a tu presa.

No. Debo detenerme, no puedo continuar, no debo seguir avanzando. Anticipo el final y una agonía me pega como un latigazo, me sacude y hace que intente arrojar la computadora para terminar con esa jugada final. Ya se me termina el tiempo.

Es sólo un flash. Se escuchan en esta negra y luminosa mañana de Buenos Aires, siete disparos, uno de ellos es mortal.

 

 

crmenes_y_castigos_imagen_3

 

 

 

Imagen 3

 

EL OLVIDADO

Allá en los pastizales, entre sauces y aromas de río, entre esas dos orillas que se mecen intentando amigarse a través del agua descolorida, teñida por el fango, y con la tristeza amarronada de un futuro sin esperanza, en medio de la oscuridad del día, veo mi pasado, el transcurrir de mis días. Soy hombre de río, tengo la sed del desposeído, todo me arrancaron, ni la sombra de mi propia muerte tendré como tumba. Se escucha a la distancia el golpe de la máquina del hombre, que tortura y corta la simiente de la vida.

Estoy acá tendido boca arriba, mirando este cielo amarillo, que golpea mi cara pintada con gruesas líneas, donde la vida dejó su huella.

Todo lo di en esta rojiza tierra, donde el monte impone sus leyes y el hombre acepta su destino como un mandato supremo, como única respuesta a su andar desvalido.

En el viejo muelle donde se tiñen las formas, y se apacigua el miedo, con el viento sacudiendo las densas telarañas del olvido, me recuesto en ese pasado, donde mis manos supieron ser amables y jugaron con la tibieza de un cuerpo sin freno.

Recuerdo esa noche en que el patrón fue al pueblo, a esa vieja cantina y había vuelto en la canoa traído por el diablo, con ese vaho que siempre lo acompañaba, y con ese olor a pecado, a muerte.

Y ahí atacó a la mujer que era mi compañera, ya otras veces lo había intentado, pero esa vez yo me había olvidado el machete a mi lado. Fue sólo un movimiento y todo se volvió negro, intensamente oscuro.

 


Consigna ocho Optar por una de las dos consignas (“alfa” o “beta”) que se proponen a continuación. (Extensión máxima: entre 1 ½ y 2 carillas.) 

Ocho alfa

En la década de 1910, fue detenido R. S., un ingeniero alemán, soltero, de 29 años, por haber cortado un mechón de pelo a una adolescente, G. M., con unas tijeras durante un viaje en tranvía.

Luego de reconocer que había cortado el cabello para satisfacer su deseo sexual, fue enviado a la sala de Observación de Alienados donde entabló un buen vínculo con un médico que le pidió que pusiera por escrito lo que el mismo R. S. llamaba su “enfermedad”.

Construir el relato del paciente incluyendo en él algunos de los fragmentos originales que se transcriben a continuación.

“Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho.”

“De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que me adivinasen por qué las estaba siguiendo”.

“En Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas.” “Fui detenido por segunda vez en Hamburgo.”

“Habiendo cortado cabellos, me voy a la cama y estoy besando y besando los lindos cabellos; los aprieto a las mejillas y las narices y estoy gustando el rico olor de los cabellos. Acostándome los tengo sobre la almohada besándolos, y entonces vienen los movimientos del cuerpo y después soy muy feliz.

“Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino.”

 


COMPULSIÓN

Doctor, usted me ha pedido que le pusiera por escrito lo que llamo mi enfermedad. Le voy a relatar con las más precisas y concisas palabras que encuentre qué es lo que padezco desde hace tantos años. No sé bien si podré expresarlo o será capaz de interpretar mis padecimientos, no crea que no luché contra ellos toda mi vida, espanté a mis monstruos, pero es inútil, se aparecen cada día, y me acechan, me rodean y aunque lo intente no puedo cambiar esa sensación que me lleva a concretar ciertos actos que me envilecen, y que se hallan tan lejos de lo que considero valores morales y éticos. De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles, siempre teniendo miedo de que me adivinen porqué las estaba siguiendo. Debe saber usted que yo no deseaba hacerlo, pero algo superior a mí me marcaba a cometer una acción que yo no elegía, alguien actuaba en mi lugar, yo sólo cometía el acto. Bien, pero ahora en este pabellón plateado, donde los muros me aprietan y me obligan a desprenderme de mis ropajes, me presento en total desnudez frente a usted.

Sí, es cierto, no lo puedo negar, no tengo cómo desmentirlo, hay pruebas que me incriminan y es por eso que estoy escribiendo esta carta. ¿Para librarme de mi culpa o quizá para inculparme en un acto de contrición? No lo sé en realidad. Admito sí el hecho, no puedo no aceptar mi parte de culpa en esta acusación. Sí, tomé el tranvía, como tantas otras veces, y ahí estaba ella, joven, con sus cabellos largos y rubios, que me desafiaban con sus movimientos, estaba un poco alejada y temí perder la ocasión de poder tener contacto con esa parte de su cuerpo, que era la que me atraía, no otra, ni sus ojos, ni sus manos, sólo eso, sus cabellos que caían sueltos y alegres sobre sus hombros. Entonces, en forma sigilosa, tomé las tijeras que llevaba conmigo y le corté un mechón de ese pelo abundante y tentador que me insinuaba y me invitaba a que fuera mío. Sólo eso nada más.


Te voy siguiendo por esa calle está oscura ahí estoy yo con mi paso apurado y te veo con tus trenzas y te escapas y yo agitado te veo y te corro me acerco te toco  y te escapas veo a mi padre escucho el grito de mi madre tirada en el piso veo su cara tiene sangre yo lloro me asusto tengo miedo veo pelos rubios caídos en una mancha roja me agacho tomo sus mechones veo a la chica que me mira y se asusta y busco mis tijeras quiero estar solo mi padre me mira me escapo no quiero que me vea con el mechón de pelo mis manos se acercan a esa trenza firme y orgullosa que se resiste a mi intento y la veo a mamá sacudida tendida en el piso yo me escondo pero no suelto ese pedazo que me queda de ella y mis tijeras se clavan en su cuello debajo de esas trenzas que no dejaron que las acaricie con mi mano ¿Por qué? no quise matarla yo no fui ¿Por qué corriste? ¿Por qué no me regalaste tu trenza? yo no quería no fui yo mi mente me ordena tu grito me lastima no puedo dejar de pensar soy culpable no soy culpable tengo miedo sólo quería un recuerdo ya no tengo miedo guardo el mechón debajo de mi almohada mi madre me protege no quiero ver sólo huelo ese olor a piel ese olor a miedo ese olor a sangre ese olor a tu trenza cortada.


Hasta aquí mi relato, doctor, pero sepa usted que yo fui un solitario, acechado por pensamientos obsesivos y destructivos. Mi única compañía es un gato peludo y mañoso que cada noche se enrosca a mi lado, maullando como si con ese sonido pudiera apagar mi gris obsesión. Sepa que mi mente no descansa, que mi sentido del placer toma formas diferentes, que mi vida está forjada por rituales y que estuve condenado a un aislamiento emocional. Le diré que el peor de los castigos es y fue siempre mi propia mente.

Ahora le quiero hablar de mi futuro. Deseo liberarme de este sufrimiento interno y espero que la condena mitigue mi enorme culpabilidad. El miedo me llevó a hacer cosas terribles. Todavía conservo conmigo el mechón de pelo de mi madre, lo guardo como una caricia, lo sigo colocando debajo de mi almohada y siento aún su perfume en la profunda ausencia de ruidos de la noche, la tengo conmigo, ya nadie podrá castigarla, yo la protejo eternamente.

Hoy quiero escapar de mí, dominar el impulso que manejó mi vida. Acá volcaré toda mi verdad, sólo una vez. Me entrego a usted, tome entonces nota de los detalles a los que me referiré.

Randolf Schreiber

 

 

Copyright©Stella Maris Pardo

Octubre, 2020.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.