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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo II  Relatos del yo, ficción, realidad y cajas chinas

Consigna quince Seleccionar una de estas alternativas, alfa, beta o gama, y una vez escrita agregarle el punto “delta”. Extensión máxima: 2 carrilla

Consigna quince gama. Seleccionar una de estas palabras: patio, domingo, vereda, silla de paja, garúa, diarios. Luego, elaborar a partir de ella, por asociaciones libres, una serie de no menos de cinco palabras y no más de ocho. Finalmente, recuperar a través de la escritura algún recuerdo de la infancia utilizando esas palabras. Para hacerlo, tener en cuenta estas indicaciones:

*evitar toda explicación o sobreabundancia de información,

*evocar narrando y sugiriendo,

* trabajar la entrelínea, es decir, no contarlo todo, elegir solo lo más significativo

Otra vuelta de tuerca:

Consigna quince delta. Cualquiera haya sido la opción elegida, agregar al texto una nota a pie de página firmada por El Editor, o un prólogo, o un relato, que le sirva de marco como en el inicio de “Loco” y justifique su publicación.

Palabras elegidas: garúa: gotas, lágrimas, lluvia, barro, botas de goma.


LÁGRIMAS

Hubo durante todo ese día una incesante llovizna fría que perlaba las hojas del ligustro, hasta que el peso de esas pequeñas gotitas acumuladas se transformaban en una gota grande y la hoja, como sin importarle, se movía y la dejaba caer. Desde las diferentes ramas  se podía ver ese movimiento, casi tan involuntario que parecía el pestañeo de los humanos.  Así estuve desde que terminamos de almorzar, mirando un rato largo por la ventana tratando de adivinar el momento que la resistencia de la hoja era vencida por el peso del agua. Para adentro decía “¡ahora!”, pero nunca acertaba y la gota caía a destiempo, lejos de mi orden. Los vidrios de las ventanas ya no servían para dibujar porque la condensación adentro de casa, gracias a la estufa a querosén,  era  abundante y superaba la bruma necesaria que permite dibujar con el dedo. Además era una acción que hacíamos a escondidas de mi mamá. Ella  no nos dejaba hacerlo porque, decía,  aparecían después en las ventanas de la cocina, como fantasmas, los dibujos en  los días de sol, y eso le daba miedo.  Pero ese día de garúa mi mamá ni siquiera había almorzado.  Lloriqueaba, se sonaba de vez en cuando la nariz haciendo mucho ruido y repetía, así, murmurando “qué va a ser de nosotros”. Me entristecía su tristeza. Y para llorar  con ella  pensaba en mi tío Nabor, que hacía poco una máquina del puerto le había amputado la pierna, que todavía le dolía mucho y había que llevarle la comida a la pieza. Estuvimos así un rato. Abrazadas. Llorando.  Ella tenía olor a jabón en el pecho.  Mi mamá  siempre usaba el delantal de cocina, por más que no estuviese cocinando. El delantal olía a jabón de pan. Ella al jabón blanco lo llamaba jabón de pan y era con jabón de pan que lavaba los repasadores y los delantales, la ropa blanca, le decía;  por más que fuera de otros colores. No le pregunté por qué lloraba. Había en mi familia tantas razones para llorar que tuve miedo de enterarme de otra. La lluvia y las nubes entristecían más la tarde. Se acercaban las vacaciones de invierno y nos había prometido ir al cine, a Saavedra, a pasear por Cabildo. Entonces empecé a pensar que ese desconsuelo podía ser el preludio de unas semanas de silencio y  estando así, angustiada, no nos iba a llevar a ninguna parte. El llanto se hizo más profundo cuando llegó mi papá. Él también tenía los ojos colorados, le chorreaba el agua por el pelo y tenía las botas de goma llenas de barro. Los días de lluvia no entraba el colectivo hasta el barrio en el que vivíamos y había que caminar diez cuadras desde la estación de trenes. Mi mamá no esperó a que se saque el piloto. Lo abrazó. Mi papá era más alto que ella y las gotitas del pelo resbalaban a la frente de mi mamá y se encontraban con las otras, las gotas de las lágrimas. Yo los veía desde la penumbra del pasillo y pude escuchar lo que le dijo mientras le daba palmaditas en la espalda: “qué va a ser de nosotros, vieja. Qué vamos a hacer ahora” (1), mientras tanto  el delantal de algodón mi mamá  iba absorbiendo la lluvia del lunes.

 


(1) El general Perón volvió de su exilo en el `73 a nuestro país y lo que la mayoría del pueblo argentino esperaba no se cumplió. Dentro de un  marco de oposiciones sociales de izquierdas y derechas quedaron perdidas  las ilusiones de muchas personas que anhelaban aquellos años felices de la década del ´50. Todos recuerdan esa despedida en junio de `74 cuando el Gral. desde el balcón de la Plaza de Mayo mencionó que se llevaba en sus oídos la más maravillosa música, que para él era la palabra del pueblo argentino, esa fue la imagen guardada para siempre. Su muerte a los 78 años ocurrió un lunes 1º de julio de 1974, un día frío de lluvia, más doloroso aún para los que esperaron darle su último adiós haciendo filas interminables y que por meses lloraron su ausencia. Había sido el padre de tantos “cabecitas negras” que vieron sus vidas mejoradas a partir de la dignificación de un salario merecido, de vacaciones, de salud y educación.


Copyright©Lidia Jaureguiberry

Agosto, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor