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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo X Pasajes y fronteras

Consigna veintitrés Elegir una de las siguientes consignas (alfa o beta). En ambas se requiere “jugar” con el punto de vista o focalización y con el saber del narrador. Estos recursos suelen ser de vital importancia en muchos relatos de pasaje, como en todos los incluidos en este módulo. Extensión máxima: 1 página.

Veintitrés alfa

Imaginar la descripción de un canguro, un oso hormiguero o un ornitorrinco realizada por el cronista de un viaje a las Indias Orientales durante el siglo XVI. Habiéndose detenido la expedición en las actuales Australia o Nueva Zelanda, el cronista describe un animal que ve por primera vez en su vida y lo sorprende.


BITÁCORA DE VIAJE

15 de Diciembre de 1770

Nuestro mayor, James Cook, ordena a la tripulación hacer un parate en la parte Este de la nueva isla ahora llamada New South Wales. El capitán del Endeavor se adjudica el descubrimiento, nadie lo contraria. Aunque solo por ser reflexivo ante estas líneas, recuerdo en la taberna de “Gordon” un viejo holandés de años incalculables me indicó que una gran isla de pantanos y arena fina existe debajo de la inmensidad oriental, tiene el tamaño de un nuevo mundo y una circunferencia casi perfecta que flota entre espumas de agua salada.  Lo que siguió a esa conversación, mareada por los vaivenes del ajenjo, fue una clasificación de los nuevos habitantes que miran desde una distancia prudencial las embarcaciones que asoman a la costa de esta isla amarilla, les decían orejones. Hombres amarillos y grises de larga estatura, con facciones extrañas pero no tan alejadas de las nuestras de no ser por sus grandes orejas; con dos piernas poderosas que, desde la distancia de los barcos, se notan flexibles y dispuestas al salto de grandes distancias. Las madres llevan sus críos en su panza, en una mochila hecha de piel de la zona. Y mucho más contaba el viejo.

La tripulación desembarca a la orden de nuestro capitán. Seguimos el protocolo de cada llegada a tierra, pero esta vez veo a lo lejos hombres amarillos con sus brazos flexionados y su mirada curiosa, advirtiendo en la distancia al extranjero de piel blanca. El viejo tenía razón. Esta tierra pertenece a otras especies de humanos.

Me separo del grupo, rompo con el protocolo de desembarco y cruzo un trecho de arena fina que se mete entre mis botas y molesta, el calor pega fuerte en esta zona. Me acerco poco a poco a uno de los orejones, no se mueve, no dice nada, y en la distancia, ahora corta, entiendo que es un animal de extensas patas encogidas, con hocico largo y ojos negros que marcan la profundidad de la mirada atenta. En la cercanía me veo en sus ojos como un reflejo que trasluce mi figura, hace tiempo no me reconozco, el mar borró la memoria de mi aspecto, el animal me la devuelve en sus pupilas ajenas de la conquista que emprendemos. Me quedo un largo rato ensimismado en esta conexión, pienso en lo que será de mí a través de su mirada, o él piensa en su mundo a través de mis ojos cristalinos de sol. El rato duró una eternidad, en ese instante ya no era Duncan Schneider tripulante de la HMV Endeavour, sino el reflejo de un hombre desfigurado de mar y hambriento de amigos y amor fraternal, pero encarnizando un símbolo inequívoco de tinieblas, gritos y fuego de conquistas que nuestro temible Cook  abordará en el plan maestro de su regreso.

El animal (que meses después J. Cook dará a conocer como kangaroo) se marchó dando media vuelta de un salto certero, y con él mi reflejo manchado por el símbolo de la conquista, alusión que jamás podré disipar.

 


Consigna veinticuatro Elegir uno de los tres sintéticos y apretados argumentos que siguen (alfa, beta y gama), para escribir la línea argumental de un posible relato. Se trata de contar, a modo de resumen, los hechos que llevarían a cabo los personajes de la historia, en el orden en que se presentarían en el relato, situándolos en un espacio y un tiempo. Extensión máxima: 1 página.

 Veinticuatro gama

Un hombre lee un cuento y comprueba que éste se desarrolla contra sus intenciones, que los personajes no obran como él quería; ocurren hechos no previstos y se acerca una catástrofe que él trata, en vano, de eludir. Este cuento podría prefigurar su propio destino y uno de los personajes es él.


RESUMEN

Un hombre lector comienza un nuevo cuento en la comodidad de su sillón. Marcos es el personaje principal de ese cuento. Un tipo con una vida absorbida por la rutina de todos los días: su trabajo, el camino hacia su trabajo, la mecanización de su labor, con la única satisfacción de la llegada del viernes, fin de semana. Marcos siente que alguien lo sigue, lo espía, y comienza a teorizar sobre este acontecimiento. La imagen de los espejos enfrentados donde todo se repite infinitamente es el centro de su teoría y quiere liberarse de esa sensación. Decide escapar en un viaje en tren hacia el sur, dejando todo atrás. Las cosas cambian, los paisajes se abren y la rutina desaparece. Pero esto solo sucede en su mente.

En intermediaciones el hombre lector principal termina su cigarrillo y su café, excusa para demostrar que hay alguien que efectivamente lee a Marcos y lo sigue con la vista (como Maros sospecha).

La vida de Marcos pasa sin pena ni gloria. Un día se levanta de su cama y se da cuenta de que está viejo, que nunca escapó hacia el sur, que la realidad de la rutina lo transformó en un engranaje de un sistema gigante hasta convertirse en viejo sin aventuras que contar. Se dispone a leer un cuento. El cuento se titula “La odisea del porvenir”. Para sorpresa del hombre lector, es el mismo cuento que él también lee: “La odisea del porvenir”. Al final del cuento el hombre lector también sospecha, se siente perseguido, alguien más lo está leyendo, el cuento se titula “La odisea del porvenir”.

 


Consigna veinticinco Elegir una de las consignas que siguen (alfa o beta). Extensión máxima: 3 páginas.  

Veinticinco alfa

Escribir un relato a partir del argumento desarrollado en la consigna anterior.


LA ODISEA DEL PORVENIR

Un hombre prepara su café, enciende un cigarrillo y se sienta en su sillón predilecto para la lectura vespertina de todos los días. Su mente comienza con la sigilosa disposición concatenada de neuronas al acto de la lectura intensa. Se pierde la realidad del entorno y del tiempo.

Mientras del otro lado, Marcos, sin saberlo, podía sentir los ojos que lo seguían, expectantes de una aventura que valga la pena ser contada. Solo tenía una manera de eludir la mirada que posaba sobre él, cada vez que dormía y caía en la profundidad de los sueños. Los primeros meses, luego de haber descubierto este fenómeno, no dio mayor importancia; la suposición de algún efecto psicológico debido a las pocas horas de sueño respondían a todas sus dudas. Pero con el correr de los días, aunque tal vez fueron años, esa mirada continuaba fija sobre sus actos. Una vez atrás la juventud, las dudas  se vuelven pesadas y molestan, la conciencia se agudiza; entonces la mayor aventura consistía, para Marcos, en doblegar esa mirada ubicua en cada uno de sus actos. Porque ahora sí el efecto se intensificaba y era cosa seria. Sospechar de un ataque de paranoia sería fácil. Conjeturar sobre vidas invisibles más allá de la nuestra fue su primer esbozo a la teoría de los espejos: que enfrentados entre sí el reflejo muestra siempre alguien del otro lado, y siempre hay alguien del otro lado… Todo esto y mucho más sucedía en la mente de Marcos.

Toma un sorbo de su café al tiempo que larga una bocanada de humo, las letras se juntan a la segunda página, pero sus lentes resuelven la nebulosa con el solo acto de usarlos. En esa pausa, el hombre cae en pensamientos filosóficos que lo distraen de las hojas; retoma.

A veces tenía la intención de irse de la ciudad para no volver por largo tiempo y salir de esa encrucijada que lo abarca todo la realidad del momento: el trabajo, el horario, los trámites, la espera interminable del viernes. Una escapada a otra realidad, a juntar andanzas por el camino impreciso, a divertirse o a salir del contexto grisáceo que lo aplastaba, porque el tiempo lo convierte en un engranaje de una maquinaria inmensa. Pero la rutina de todos los días lo vuelve a su lugar y a esa multiplicación eterna. Era repositor en un supermercado, que a su vez era una cadena de supermercados. El trabajo consistía en etiquetar cada producto (que eran miles) con su respectivo precio y reponerlos en caso que alguno faltase.  En la secuencia repetida de los días el tiempo se había apiñado. Marcos ya no podía distinguir un largo lapso sino como una pequeña pelota en que todo se junta sin orden, porque los días pasan sin más y entonces ya todo es lo mismo.

Un despertar rompiendo con lo cotidiano, sale de su departamento a la hora pico, la muchedumbre se estruja entre sí, el subte de todos los días. Toma un tren directo a alguna parte del sur, en la lejana distancia ya no conoce el paisaje que lo alienaba hasta hace instantes. Las calles se abren y los patios tímidamente aparecen entre las verjas de las casas. Se baja en una estación distante después de horas transcurridas, es tarde. El aire más fresco que de costumbre lo marea. Una señora de avanzada edad le indica un hostal a unas cuadras. Camina en esa dirección atento a todo lo distinto. En ese transcurso recuerda un libro que leyó de niño en la biblioteca de su padre “Las aventuras de Tom Sawyer”, no por encontrar similitud en sus hazañas, sino por lo que subyace en la palabra aventura que parece haberse borrado del planeta Tierra.

El lector pasa las páginas una tras otras, parece haber un mundo entero en la distancia entre las hojas y la vista. Ciudades no tan desconocidas, paisajes aéreos, aunque el transcurso sea en tren, largos campos interminables, vidas horrendas de pueblos perdidos  y vidas de ensueños que pertenecen al ocaso del poniente (solo un instante). Un mundo que se mira desde todas las perspectivas y al mismo tiempo, pero desde un solo lugar, el sillón. De no ser por la escritura que es un juego consecutivo para la explicación de los acontecimientos, entonces todo cabría en un pestañar. El cigarrillo se termina, del café solo queda la borra mientras las letras abarcan el plano de fondo blanco haciendo un catalejo sobre todos los personajes que circundan el mundo de Marcos, y Marcos.

Una vez en el Hospedaje cae en un sueño profundo. Duerme hasta mediando la mañana. Cuando despierta (tal vez pasaron años y una vaga historia que no merece ser contada), la lentitud de sus movimientos lo traen al presente, mira sus manos arrugadas, dobla sus dedos con la molestia de la artritis. Ya nadie lo espera en ningún trabajo, cree que la jubilación lo va a desesperar, aunque sabe que no es eso, sino el tiempo apiñado, todo aquello que no hizo antaño, eso de escaparse en tren hacia otro lugar, nunca ir al sur, nunca perderse en caminos distantes, nunca vivir una aventura fuera de su trabajo de repositor, nunca ver el ocaso abierto entre los pastizales de la pampa, o dormir cansado de tanto caminar entre veredas de verjas abiertas y patios de fondos, y terminar en un hostal que nunca conoció; todo eso y más tampoco hará en la vejez. Una fastidiosa angustia lo devuelve a su hogar, y como todas las tardes se sienta en su sillón predilecto para la lectura vespertina de todos los días. Comienza con un nuevo relato que se titula “LA ODISEA DEL PORVENIR”.

El hombre que lee a Marcos piensa dubitativo, mira por la ventana los reflejos de luz que aún quedan del resplandor del sol. Se siente observado, y entiende que alguien lo está leyendo, como los espejos que enfrentados se multiplican hasta el infinito.

 


Copyright©ANTONIO C

Julio, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor