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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa

Consigna veintiuno. Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Caseres con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima 2 ½ carillas).


LA VERDAD OCULTA

Amadeo, como todos los sábados en la tardecita, fue al galpón que hacía las veces de almacén en los días corrientes, pero los fines de semana se transformaba en una fiesta de tangos y milongas donde concurría la gente del barrio, y a veces, muy de vez en cuando, se mezclaba algún foráneo siempre con la oculta intención de alardear a su manera. Esas cosas de la gente brava que se mide con alguna vara que no les pertenece y al cabo poder decir “soy más guapo de lo que pensaba”. Los salones de baile se prestaban para estas cosas.

Amadeo,  que era un tipo apacible y amigo de casi todos los concurrentes del baile servía las copas siempre con una medida de más, era el secreto, según él, para que la noche despertara del letargo.

Los músicos despliegan la acompasada melodía por el salón y ya la gente baila entre el humo de los cigarros y el bálsamo del vino; la caña que circula entre las mesas de las orillas. La concurrencia va tomando forma y se termina de armar cuando al fin llega la figura del barrio, aquel que todos lo siguen y lo imitan hasta en su manera de escupir. Amadeo hace lo de siempre al servirle una caña bien llena hasta el borde y no cobrarla. El hombre, del que todos querían ser amigos, tenía fama de malo y varias historias que corrían a sus espaldas, entre ellas, dos muertes. Aunque como ustedes también saben, el tiempo y la fama agranda las cosas.

El baile se sumerge en la noche oscura y el alcohol hace lo suyo, pertinente para opacar cualquier vacilación. En eso entra un grupo de forasteros, liderados por un varón trajeado completamente de negro, grande y fornido, de cara más mala que el diablo. Entra de sopetón empujando y arma un revuelo a puro puño cerrado y manotazos distendidos por todo su entorno, siempre  comandado por la pandilla de muchachotes. Los golpes no le hacían ni mella, iba directo al fondo del salón como si supiera el lugar del fugitivo, hasta que se le planta de cara a cara a uno, le decían el Pegador, hombre de dos muertes a cuchillo, y le dice: «Yo soy conocido como el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es a un hombre». Las excusas no alcanzaron para ver en el segundo un tipo que se achicaba y perdía su tamaño  a medida que las palabras recorrían el salón: «No tengo miedo de pasar por cobarde. Podes agregar si te halaga, que me has llamado hijo de mala madre y que me he dejado escupir. Ahora ¿estas más tranquilo?». Eso sí, no se le movió ni una pestaña de la cara. Y se fue dejando a su mujer dispuesta con el forastero, más enamorada que un sol en primavera. Pero no huyó a su casa sin más, sino que, callado, con el sombrero ladeado y el infinito cigarro en el labio se dispuso a esperarlo afuera, a la vera de arroyo, entre el yuyal y la madrugada oscura. Pero esto nadie lo sabía, ni nunca nadie lo supo.

Amadeo, conocedor de historias afines, creyó leer la mente de la víctima, y entendió que contra un espejo nadie puede enfrentarse, aquí había dos de la misma estampa invadiendo un mismo espacio, resultante de un mismo destino. El mozo,  algo entristecido por la opaca presencia de su amigo, sale a fumar un cigarro y refrescarse la cara al viento helado, sumido en esos pensamientos que intentan entender mejor el paisaje. Entre el yuyal, a la vera del Maldonado descubre una luz incandescente que se enciende y se apaga como una estrella a lo lejos, da cuenta de que es el cigarro de Rosendo, el Pegador. Se acerca y lo paraliza la idea que subyace en la mente del bravo. Y piensa: “un tipo con tanta fama, capaz de llevar sobre sus espaldas más muertos que una parca, no le interesa hacer cáscara en un salón de baile”. Tuvo una breve conversación de compinches antes de no verse nunca más, el bravo en sus pocas palabras deslizó sus pensamientos que lo llevaban a la República Oriental esa misma noche, y como buen amigo, el mozo le ofreció el cuchillo que solía llevar envainado en el chaleco junto al sobaco izquierdo, en préstamo, pues era un recuerdo de su finado padre.

Volvió al baile a retomar el servicio de bebidas, con un secreto incrustado en su estómago, esperando que ocurriese algo que ya estaba escrito en el destino.

El hecho ocurrió sin más, el provocador salió del salón con su nueva amante, canchereando, como en su costumbre de malevo. Unos largos veinte minutos transcurrieron hasta que la mujer volvió a entrar con pasos ligeros y gritos desesperados, su voz pedía auxilio, su nuevo amante se iría por siempre a la otra vida, un surco de sangre oscura, casi negra, salía de su estómago a borbotones, hasta que el malevo pidió con sus últimas palabras que le tapen la cara, al cabo de un instante quedó duro y pálido, muerto. El barullo de la policía se acercaba y entre todos los concurrentes se dispusieron a tirar el cuerpo por la única ventana que daba al arroyo Maldonado, esa noche el agua corría con una mística fuerza de río.

Amadeo, ya en la soledad de su casa de la madrugada del domingo, limpió el cuchillo ensangrentado, luego, mientras sus ojos se iluminaban de un orgullo repentino que fluía  por sus venas, marcó una cruz en la empuñadura de plata, y lo guardó como un secreto que solo él conocía.

 


Consigna veintidós alfa. Tomar el siguiente relato sumario, extraído del ensayo de Evaristo Carriego de J. L. Borges y escribir un cuento, haciendo todas las trasgresiones necesarias para convertirlo en una versión novedosa del texto de base. (Extensión máxima. 2 carillas).


“[Este es…] un instante desgarrado de un cuento que oí en un almacén y que era a la vez trivial y enredado. Sin mayor seguridad lo recobro. El héroe de esta perdularia Odisea era el eterno criollo acosado por la justicia, delatado esa vez por un sujeto contrahecho y odioso, pero con la guitarra como no hay dos.

El cuento, el salvado rato del cuento refiere cómo el héroe se pudo evadir de la cárcel, como tenía que cumplir su venganza en una sola noche, cómo buscó en vano al traidor, cómo vagando por las calles con la luna el viento rendido le trajo indicaciones de la guitarra, cómo siguió esa huella entre los laberintos y las inconstancias del viento, cómo redobló esquinas de Buenos Aires, cómo arribó al umbral apartado en que guitarreaba el traidor, cómo abriéndose paso entre los oyentes lo alzó sobre el cuchillo, cómo salió aturdido y se fue, dejando muertos y callados atrás al relator y su guitarra cuentera.”.


EL DESQUITE

El hombre al que me refiero ha crecido como la espuma de mar, sus dotes en la guitarra lo afamaron más de lo convenido y ya se hace notar por el arcén de Buenos Aires el nombre de Javier “el guitarrero” Otárola. Pero no por eso era melodioso ni mucho menos, se ufanaba de la bravura del criollo de la pampa, sin tierras ni destinos, siempre dispuesto al último altercado. Y yo lo conocí en un entrevero en el boliche de “La Tablita”, lejos, por las extensiones de la capital, cerca del Maldonado.

Como le decía, sabía que el tipo andaba por esos lares, que frecuentaba las noches en ciertos burdeles, que en sus coplas hacía fama de víctima perseguido y que algunas que otras eran robadas de José Hernández.

Llegar a esos pagos no se crea que es cosa sencilla, uno agarra caminos impensados, como olvidados del universo. Los pastizales ensanchan el ojo, el lejano atardecer se mete dentro de uno como queriendo hacerlo llorar, es cosa distinta cuando uno se aleja de todo. Las miradas de los hombres cambian a rasgos duros y a cada paso parece que uno es un extranjero en el lugar equivocado. El viento es cosa normal, resopla en cada esquina entre el yuyal, y se desliza a campo abierto sin llegar a ninguna parte, la cara se le achina y la mirada de agudiza.

En eso que me adentro en lo profundo del arrabal, el viento del que digo acerca una tonada de la que supe interpretar, la tomé de referencia porque el sonido de lo conocido es tan inconfundible como una cara que no se olvida. Ya le digo, era bravo, porque atardecía y la muchachada pendenciera sale en busca de la hombría del día y yo no estaba dispuesto a cambiar el plan; la venganza espera y se hace blanda a medida que el tiempo corre.

La melodía recobraba fuerza en la medida que repetía esquinas imperfectas. El pulso comienza a temblar y la respiración se entrecorta, “yo, que soy un porteño de ley, ¿qué hago en estos lugares?” pensé, pero seguí camino con el cuchillo bajo la manga de la camisa.

Le digo que esa fue la segunda vez que lo vi, en una callecita a unos cincuenta metros de distancia, ahí estaba Otárola “el guitarrero” dele con esa guitarra cuentera, paradito en el umbral del almacén. No me acuerdo con precisión todo el recorrido hasta el final, solo vislumbro entre nebulosas el momento que lo alcé sobre el cuchillo y le vi la cara de terror al saberse muerto y que mi venganza cumplía su destino.

Después de eso, Antonio, no volví a mis estancias, sino que me quedé en los arrabales de Buenos Aires. Uno no puede retomar aquella vida normal una vez que mató a un hombre.

 


Consigna veintidós delta. Tomar un mito griego (Prometeo, los argonautas y el vellocino de oro, Fedra, Medea, Electra, Edipo, etc.) y escribir una versión en la cual se “traicione” algún aspecto de su historia o de su ideología. El relato puede hacerse a partir de un solo punto de vista narrativo o de varios que polemicen. Por ejemplo, contar la historia de Jasón y los Argonautas desde la perspectiva de Medea, que ya anciana recuerda las atrocidades que debió cometer obligada por la ambición de su prometido, y la de éste, Jasón, que pinta una Medea capaz de cualquier cosa debido a si locura. (Extensión máxima: 2 carillas).


EL DIÁLOGO DE LA CAVERNA

A quienes se pregunten de donde rigen los destinos de cada uno de los vivos, pues yo les contesto con profundo conocimiento que aquello no les importa a los dioses del Olimpo. Ellos ya olvidaron la presencia finita de cada uno de los habitantes de la tierra. Allí, en la cúspide del Olimpo, el tiempo, que no es tiempo sino espacio, se hace liviano y fluido como fluye el agua en una baldosa lisa, y en ese fluir qué importan las migajas que se desparraman creando pequeños puntos negros, si uno de ellos es la tierra.

Pero yo  me siento más cómodo pisando el suelo sobre el que caminan los mortales. Los defiendo ante las imprudencias de los dioses, y por eso cedí el don de la muerte y cumplo el castigo de la inmortalidad día tras día con tal de verlos crecer en esta bola de migajas.

Mi casa es esta cueva bajo el monte Olimpo. La caverna donde el primer hombre miró las estrellas en busca de sosiego, aquí transcurren mis días en las profundidades de la montaña, pensar es mi único entretenimiento. Formulo la ecuación para transformarme en efímero, como quien escucha estas palabras sabe que pronto acecha la muerte. Y en ese porvenir se encuentra la dicha.

Hubo un cierto tiempo que facilité las herramientas para el progreso humano, sembré en el hombre el poder de la palabra que los distingue de todo ser vivo; también proporcioné el carácter taimado que los diferencia de toda criatura hecha solo para sobrevivir. Les di el fuego, recuerdo, en el tallo de la cañaheja; y con ella el progreso, la ciencia y la tecnología que supieron aumentar. A cambio, mi sufrir eterno que, ya libre del Cáucaso y la rapiña, una piedra me sigue y la eternidad se deposita en mis hombros, al igual que el mundo en los hombros de Atlas.

Si me escuchas y estas ahí parado, no tengas miedo, no soy distinto, tengo la misma forma de tu padre, de tu madre, solo me distingue la  fuerza de los titanes, que a diferencia de otros, no la he implementado. No tiembles de miedo -dijo. Te contaré un secreto -continuó. ¿Qué sería de los Dioses si no existieran los hombres?, ese lazo, esa conexión indefinida, pero adicta, supone a Zeus la inmortalidad que lo distingue. Ese poder está en manos del hombre. Esto te transforma en el rey del universo. Si comprendes este diálogo sabrás que eres un dios, como tal, debo pedirte mi único deseo, que espero sepas llevar adelante, como hacedor de historias. Te pido que me liberes de esta inmortalidad que pesa en mí.

Creo que fueron solo unos minutos, del fondo de la caverna provenía una humedad fría que aplastaba mis oídos, una llama diminuta resplandecía en la oscuridad como una vela de las farolas de antaño, pero no pude ver al sujeto, solo escuche su voz, temblorosa en cada palabra, como si el destino haya concedido por única vez en tanto tiempo esa oportunidad ante un humano. La llama del hondón se acercaba y comencé a temblar de miedo, mis sentidos se dispusieron a escapar de esa realidad, corrí al ritmo de mis latidos, la salida se agrandaba en la medida que el sol iba entrando en la cueva. En esa huida dejó dilucidar su nombre, recuerdo algo así: «Soy el Previsor, en griego antiguo; ustedes me conocerán como Prometeo, hijo de Jápeto».

 


Copyright©Antonio C

Mayo, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor