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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías

Consigna dieciocho beta Seleccionar uno de los siguientes topónimos para describir imaginariamente el lugar y narrar la vida de sus habitantes. Los topónimos, nombre propio de un lugar, suelen portar resonancias de ese espacio. (Ver recuadro “Las palabras y las cosas”). (Extensión máxima 1 ½ carilla). 

Puerto Ángel,

Huehuecoyotl,

Loma Muerta,

El Tajin, Tocumba,

Polonchén de Rejón,

Boca Arenal,

Mc Ondo.

 


HUEHUECOYOTL

LA CIUDAD ESCONDIDA

Estaba yo en las inmediaciones de las sierras de Tepozteco, buscando el camino de regreso a casa, cuando choqué con el límite que separa el tiempo real con el destiempo, y crucé. Un día estuve de paso, y solo me bastó un día para mirar el paisaje que me circundaba y acechaba, envolviéndome como una sombra que se acerca de todos los costados a medida que el poniente culmina su esplendor. Aquellas carcajadas risueñas y nefastas traídas por la brisa fría, provenientes del interior de los templos del coyote con extremidades humanas erizaban mi piel. Estaba de paso, parado en un punto, tal vez era una plaza, no recuerdo con precisión porque hay un misterio que así me lo impide. El piso era de perfectas rocas rectangulares, gigantes como un ventanal de esos edificios hechos de paneles vidriados. A mis costados, en  cada diagonal, a unos ciento cincuenta metros de distancia, se elevaban cuatro torres piramidales de forma escalonada, hechas por las mismas rocas de piedra caliza, amontonadas unas sobre otras hasta culminar en una punta aplastada, y sobre el pináculo de la torre principal, se veía el brillo de las espadas resonando a metal y gordos tatuados con cabezas perdidas en la oscuridad de un bolsón que los cubría. Todo lo demás, por fuera de los contornos de la glorieta, eran moradas de piedras las menos;  y las más humildes y alejadas, de adobe con techos de paja y ramas de palmeras, de donde salían y entraban muchedumbres semi desnudas.

Cae de la pirámide imponente una alfombra de tierra aplanada, de la cual ruedan un sin fin de cabezas rojas de sangre, y sobre el pie de la torre una cantidad de gente de tez marrón y caras chatas que bailan disfrazados de lobos, de serpientes, de dioses que solo ellos conocen; gritando a una viva voz «Huehuecoyotl, Huehecoyotl» . Y uno que por ahí estaba, de largas canas hasta la cintura con franjas negras y anchas en sus pómulos y collares de colmillos circundando su cuello, descalzo como todos, me señala sin mirarme y lo escucho decir en vos baja pero con una repetición ascendente: «al extranjero, al extranjero». No estoy seguro si entendí su idioma, o el viejo habló en mi mente. Un fuego interno comienza a invadir mis pies, zapateo en un reflejo de ansiedad y las torres que estaban a mis contados se borraron en un pestañar. Ahora son paredes de piedra ópalo de fuego, que se iluminan con las antorchas que me preceden, lugar angosto y bajo, voy arrastrando los pies colgado de los hombros de los tlacotin, siervos de su dios. Escalan inagotables peldaños hacia el cielo de donde emerge un fornido perro guardián, que baila y ríe y nunca para de reír. Las antorchas se apagan, pero hay muchas otras a mis pies, un fuego que siento entrar desde las yemas de los dedos, descarnando mis uñas, subiendo poco a poco por mis tobillos, hirviendo la sangre que fluye dentro, quema, quema tan fiero que comienzo a gritar hasta que mis cuerdas vocales se desgarran de las paredes que las contienen en mi garganta, y salen hilachas por mi boca, filamentos rojos de sangre que al zarandeo del viento producen el sonido de una carcajada de niño. Miro al recio coyote que se eleva con sus brazos de humano ante mi presencia, y escucho su cántico encubierto por la risotada que también generan sus cuerdas entreveradas de colmillos, lágrimas de dolor caen de sus ojos mezclándose con las mías, y de un fino sablazo se desprende  mi cabeza y cae por la alfombra de la cúspide. Todos gritan, aplauden y bailan.

De nuevo estoy ahí, parado, en el centro de las pirámides, viendo cómo la sombra viene a buscarme, mientras mi cabeza sigue girando en bajada desde la torre. Me bastó ese día para decidir jamás volver, Huehuecoyotl hizo conmigo lo que no hace con sus siervos, después de reflejarme en los ojos de la divinidad, eso es lo que me ocurriría si decido quedarme.

 


Consigna diecinueve Describir subjetivamente un lugar real, haciendo un registro de impresiones (extensión máxima: 1 ½ carilla).

Observar antes los siguientes pasos e indicaciones.

-Elegir un sitio “extranjero” para visitar, o que sea habitual pero pueda ser mirado con ojos de extranjero. Puede ser un barrio, una calle, una zona de la ciudad. O un lugar más acotado: un café, un banco, una iglesia o nueva iglesia, un local de video-juegos, una institución educativa, una discoteca, un recital.

-Entes de ir, poner por escrito por qué se lo eligió. Se trata de apuntes para uno mismo. En el texto que explicite la elección, con frecuencia aparecen ideas o hipótesis previas que el observador tiene sobre el lugar y que van a orientar la mirada.

-Ir al lugar, con tiempo para recorrerlo y mirarlo, y libreta de notas. Caminarlo, observarlo desde distintos ángulos y en distintos momentos, dejarse penetrar por los ruidos, los olores, las tonalidades de luz. Tomar apuntes que registren las impresiones e ideas que aparezcan. Se trata de agudizarla mirada, esto es, de atender a las percepciones o impresiones fugaces que suelen desvalorizarse o descuidarse (por ejemplo, que nos recuerda tal lugar, que nos hace evocar tal cosa, que provoca tales sensaciones). También es importante registrar los aspectos más canónicos que una descripción supone y que puedan resultar útiles en la escritura final: dimensiones, partes o estructura, límites; quienes circulan, desplazamientos; colores, sonidos, olores.

-Trabajar sobre las notas con vistas a la producción del texto pedido (seguramente en el momento de la escritura aparecerán nuevas ideas impresiones). Habrá que operar una selección. Es importante no quedarse en la pura empiria o acumulación de datos. Es cierto que se trata de una descripción y no de un ensayo o de un texto argumentativo, de modo que no tiene que haber una hipótesis luego demuestre, pero sí el texto debe estar presidido por una mirada que, eventualmente, puede llegar a constituir una idea o hipótesis sobre el lugar.

Con frecuencia, esta mirada o idea no es previa sino que va apareciendo en la propia escritura (que puede suponer muchas reescrituras o escrituras fragmentarias). No se trata necesariamente de que aparezcan enunciados interpretativos explícitos. La descripción puede hablar por sí misma por la fuerza de la representación.

-Puede tratarse de una descripción diurna o nocturna, de la descripción del lugar en movimiento o con todo detenido, de una descripción con hipótesis sobre el pasado (como “Cinco días en Brasilia”) o sobre el futuro, de una descripción cinematográfica (que oscile entre plano general y focalización), etc. El lector tiene que poder encontrar una mirada que presidia la observación.

-El sujeto observador puede estar presente o no en el texto.

 

LA ESPERANZA DE UNA HABITACIÓN

Antes del orden es necesario cierto caos que domine el espacio, y en algún momento en que la esperanza se aliñe con la cotidianeidad, tal vez, ese lugarcito cumpla la función para lo que fue creado.

Es un poliedro rectangular del tamaño que da una pequeña biblioteca y un escritorio, encubierto desde la entrada de mi casa por un pasillo de tres pasos que corta una puerta de madera con la incrustación de un vidrio esmerilado, otro pasillo es la impresión que supone al visitante, pero queda tendido en el abismo, sin respuesta, porque inmediatamente girando en un golpe de tacón hacia la derecha uno entra al corazón de la casa: el living comedor, olvidando todo lo que precedía. Una gracia oportuna que no tenga yo que dar explicaciones al caos que se guarda tras esa puerta de madera, lugar de entrada y salida a la cámara rectangular. Una vez adentro, sobre el otro extremo frontero, hay un ventanal del tamaño de otra puerta, que solo se abre por la mitad superior, como un secreto de huida si las cosas no son como deberían en el devenir del living comedor. Un rayo de sol atraviesa furtivo por la mañana temprano, luchando contra el paredón del vecino hasta que el levante choca contra el dintel de la ventana, son minutos de oro donde se reflejan filigranas del tiempo que vuela en la pared lisa. En las tangencias del techo aparecen las buñas perimetrales, una especie de adorno que mantiene al cielo raso suspendido como un ente distante al resto. Allí, en las buñas, hay un diminuto mundo aparte, con ciudades enteras suspendidas sobre telarañas, cambian sus estructuras y se ensanchan a medida que transcurren los días, maravillosa es la contemplación de sus formas sino fuera por su inapropiada ocupación, serán barridos del mundo cuando los obstáculos, que interfieren hasta en mis sueños, me permitan llegar.

En ese rectángulo, que por falta de vida se dispone subyugado al silencio y la lobreguez, el polvillo cae sobre todas las cajas y los bártulos, que se acovachan día tras día indiferentes al destino. Sin embargo, mantengo en mis secretos una alta expectativa a medida que la clepsidra completa la superficie. Los bártulos y enseres que dominan el plano se irán disipando en las ampliaciones del cimiento,  las urbes colgantes en telarañas ya no tendrán la quietud que dio origen a la primera atadura, y una bocanada de aire proveniente del ventanal impregnará las paredes de un blanco cuarzo, y al fin podré decir sin sorpresa de quien habita la casa: “me voy al escritorio a leer un rato”. Función para la que fue pensada.

 


Consigna veinte Escribir un relato que ocurra en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar. (Extensión máxima: 2 carillas).


EL ESCONDITE

-¿Álvaro, dónde estás?

El haz de luz que por la mañana atraviesa el ventanal refleja una sombra gigante a través del vidrio esmerilado, y a partir de ese momento comienza un juego de escondidas.

-¿Álvaro, dónde estás? No está Alvarito, ¿adónde habrá ido? -Digo en voz alta.

El pequeño encuentra lugares tan secretos y escondidos en el silencio y la quietud de la salita, sin saber que todos sabemos la preferencia de sus escondites.

Pero un día sucedió algo que no puedo entender.

Álvaro va con su pelota de goma color naranja en una de sus manos, como siempre lo hace, se aleja de mí, que estaba en la cocina preparando un desayuno, llega al pasillo de entrada atravesando un arco sin puerta, nos cruzamos las miradas en la distancia, yo sigo en lo mío, él sonríe y se mete dentro de la habitación de los bártulos. “ahí vamos, a lo mismo de siempre”, -pienso-. Termino de colocar el pan en la tostadora, y decido ir a buscar al pequeño para traerlo de nuevo ante mi vista. Cuando llego a la salita, descubro que la puerta está cerrada del todo, y que no hay sombra que delate la presencia de nadie. Entro de a poco y comienzo con el juego: «¿Álvaro, dónde estás?», -pregunté en voz alta-, abro las cajas, levanto las camperas, miro detrás de la repisa, debajo de la silla. No está. Observo a través de la ventana, que estaba cerrada, y descubro la pelota naranja tirada en el patio. 

El corazón se para y la sangre se aquieta por unos instantes que parecen eternos, busco en mis oídos un gesto de esperanza en el silencio que abruma y me hunde, una suerte que mitigue el dolor que atraviesa mi pecho. La mente deja de ser un aliado y las imágenes se transfiguran en horror. Vuelvo al juego «¿Álvaro, adonde te fuiste?», -digo en voz alta-, pero sé que no está. Ya no me interesa buscar explicación al hecho de su repentina desaparición, salgo sin más a buscarlo por el patio, donde vi la pelota de goma. Ahora la llamada es enserio, y el tono cambia, trémulo, «¿Álvaro, dónde estás?». Afuera hace frío, hay neblina y la humedad empeora las cosas. Busco debajo de los arbustos, detrás de las paredes, pero nada…

No quiero caer en la desesperación, hace un instante estaba conmigo en la cocina, no puede estar muy lejos, al menos eso es lo que creo, cierro los ojos, respiro profundo y vuelvo al interior de la casa. Repito el recorrido, voy al escritorio, que no es escritorio sino un vagón de guarda cachivaches, lo llamo constantemente «Álvaro, Álvaro», revuelvo y saco cajas, miro el cielo raso y no hay más que telarañas suspendidas, la respiración se entrecorta y pego bocanadas de aire bruscos, no queda lugar por buscar. Vuelvo tras mis pasos repitiendo el recorrido al levantarme, un zumbido lejano molesta mis oídos, la incomodidad se hace carne, miro hacia todos lados, aunque no estoy seguro de ver, voy a la habitación, enciendo la luz sin importarme el sueño de Natalia, que me mira y me pregunta fuera de tono: «¿Qué pasa?». Cuando estaba ya dispuesto a contarle, pálido y agitado, asoma una manito desde el interior de las sabanas, y entonces lo veo, acurrucado entre almohadones de la cama grande. Mi cabeza no entiende, está por explotar y el zumbido lejano se transforma en un sonido agudo que penetra mi cerebro, «Nada, no pasa nada» -digo.

Todo vuelve a su lugar, menos yo, me cae la mañana con el peso de un meteorito, mi estómago se desploma de nervios, ya terminó la pesadilla, decido acostarme y descansar unos minutos.

Cuando estaba por conciliar el sueño, recordé la tostadora encendida, y de un salto bruto y desesperado llego a la cocina, pero no veo nada fuera de lugar, ni una luz encendida, ni el pan cortado, ni una persiana abierta. Solo veo una sombra gigante que refleja el vidrio esmerilado de la puerta de la salita, y sin importar lo que antecedió, aún con un resabio amargo en mi estómago,  comienzo con el juego «¿Álvaro, dónde estás?».

 


Copyright©Antonio C

Abril, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor