Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo II Relatos del yo: ficción, realidad y cajas chinas

Consigna dieciséis Usted es Emilio Renzi y le envía una carta a Bartolomé Marconi en la que critica la actitud que tuvo con respecto a las cartas de la mujer fea. Renzi, como buen intelectual enmarca su comentario en un tema más amplio: la relación vida/literatura.

 

Mi estimado Marconi:

Anoche me quedé hasta la madrugada discutiendo con Tardewsky, nuestro amigo polaco, sobre ciertas modificaciones que deberían introducirse en el juego del ajedrez. Habría que elaborar un juego, sostenía Tardewsky, en el que las posiciones no permanezcan siempre iguales, de esa manera las piezas se volverían más eficaces o más débiles. En medio de todo este debate figurado, me cuenta Tardewsky la historia de las cartas que te enviaba la mujer fea. Hoy, luego de venir del diario donde me dedico a escribir bosta (para peor, bosta sobre literatura) me he puesto a pensar en ese tema y ya llevo dos horas acá sentado sin saber por dónde comenzar todo lo que tengo para decirte. Vos mismo reconociste, me dijo Tardewsky, que las cartas eran lo más parecido a la perfección literaria que habías leído en años de años, y  estaban escritas en un español tan puro y cristalino que, comparadas, tu propia escritura te parecía tosca y de una torpeza inesperada. Te deberías haber frenado ahí, en cambio dijiste, según me dijo Tardewsky, que la mujer era increíble y perversamente fea, y con eso, mi querido Marconi, te fuiste a la mierda. Me dice Tardewsky que la mujer te dijo: ¿Sobre qué puede un escritor construir su propia obra si no es sobre su propia vida?, y vos aprovechaste para saltarle a la yugular diciéndole que tenía razón, que ella no había nacido para la literatura y que sus cartas eran tan informes como su cuerpo. También le dijiste, me dijo Tardewsky, que se dedique a bordar manteles ya que la literatura es siempre autobiográfica por lo que, al ser ella tan fea, jamás iba a poder escribir algo bello. Mirá quien lo dice, vos Marconi justamente, que vivís en esa pensión maloliente y que me hacés acordar a un párrafo de Ricardo Piglia cuando dice: “Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de tener una vida personal, de no tener nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros”. Ahora yo te pregunto (y me pregunto) ¿La literatura tiene que ser ficción o realidad?, ¿se puede inventar lo que uno quiera?, o solo hay que apegarse exclusivamente a nuestra vida tal y como sucede. Me viene a la memoria una noche, en la que descorchamos varias botellas mientras leíamos a Walter Benjamin, ¿te acordás, Marconi?, en una parte él decía que: “Existe, es cierto, un régimen crudo de la experiencia ?igual como existe un régimen crudo del estómago? a saber: las experiencias en carne propia. Pero el arte de la narración al igual que el arte culinario, recién comienza más allá del producto crudo. ¡Y cuántas sustancias nutritivas caen mal cuando están crudas!

Cuando salí de la oficina me fui para tu casa, para decirte en persona todo esto que te estoy escribiendo. Estaba por golpear a la puerta cuando se me acerca una mujer: ?¿señor Marconi??, le dije que sí, que yo era Marconi, me entregó una carta (que te adjunto), y se perdió de vista. La leí. Vos la mataste, Marconi, no con tus manos sino con tus palabras, mi castigo va a ser insignificante al lado del que realmente te merecés, te voy a contar el final de la carta, o mejor no, sólo te voy a decir que tuviste la suerte, o la desgracia, de que ella no muriera con tu nombre en sus labios.

Emilio Renzi.

 


Consigna diecisés beta Como en un juego de cajas chinas, incluir esta carta dentro de un relato que exprese la necesidad de la publicación de la mencionada carta.

Señor Marconi:

Mi nombre es Blanca, soy la hermana de Esperancita, la bordadora de manteles. Vivimos, mejor dicho vivo (ella falleció el mes pasado) en las afueras de Concordia. Luego del entierro, revisando sus cosas, encontré varios borradores de cartas que ella le escribía a usted, se nota que lo apreciaba mucho, ella era retraída y me sorprendió que volcara su alma en las cartas que le enviaba. No encontré ninguna con su respuesta, pero supongo que el cariño ha sido mutuo por lo que me veo en la obligación de contarle cómo fueron sus últimos momentos. Ella se dejó morir, señor Marconi, no sé la causa pero algo pasó, usted debe saber porque ella le contaba todo, le suplico me escriba a la dirección que le dejo más abajo y me cuente, algo, lo que sea que me ayude a entender qué la llevó a perder las ganas de vivir. En el velorio no hubo nadie quien la llorara, y yo me pasé toda la noche al lado del cajón, mirándola, parecía una muñeca de porcelana, cubierta de tules y flores de azahar. Querrá usted saber que antes de morir me miró a los ojos y dijo algo que quizás para usted tenga algún sentido: “Buenos Aires, Buenos Aires”.

Blanca Romero

Calle de los Tilos 123

Concordia.

 

 

Copyright©Diana Cornejo

Febrero, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor