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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

TIEL Módulo VI Focalización

Consigna cuatro Escribir un relato a la manera de Faulkner en “Mientras yo agonizo”. Pensar en una situación de la que puedan dar cuenta varios personajes, como protagonistas o testigos. La situación debe desarrollarse a medida que el texto avanza gracias a los monólogos de los personajes que alternativamente narran desde su punto de vista en primera persona. Por ejemplo: la lectura del testamento de una mujer ante sus herederos. La situación puede estar relatada desde la mujer que antes de morir imagina la escena, por el abogado que lee el testamento, por alguien que entra circunstancialmente a servir café y a retirar el servicio, por los propios herederos. Extensión máxima: cuatro carillas, aproximadamente.

 


IDIOSINCRASIA FAMILIAR


MARIO

Tengo que hacer una entrega y cobrar el cheque. Esto sí que ha sido una gran venta, claro que de palabra. Más vale no contar los pollitos antes de nacer. Esta vez voy a ir yo personalmente para asegurarme el cheque que tanta falta nos hace.

Después de haber andado y andado, de aquí para allá, toc toc, golpeando puertas y ofreciendo a medio mundo. Tanto más son los rechazos, y con la fortaleza que hay que tener para no caer en el estado desesperante de la obnubilación, aquella que te tira al desgano y a la incertidumbre de  “¿Qué estoy haciendo aquí?”. Más bien en esta la enganché justo, y a gran cantidad. Por eso es que la entrega la voy a hacer personalmente, para asegurarme el cheque y traérmelo de vuelta a casa. Mary, no va a poder creer que los rayos de sol de invierno crudo esta vez entran en nuestra casa, como si fuera por una ventana entreabierta o por las hendijas de las persianas, tímidos, pero capaz de templar el espacio que hace el hogar de nosotros, mi familia.

Y con lo que sobre del cheque voy a remendar el viejo Chesterfield, ya pide a gritos que lo renueven, pobre, como si tuviera vida propia o algún tipo de conciencia.


MARY

Que voy al trabajo como siempre, vuelvo cansada y, de paso, hago las compras para abastecernos de algo que no sea comer fideos blancos todos los días, preparo la comida para Juanito, que me espera siempre con los brazos abiertos corriendo al encuentro mío y gritando como un loco de felicidad. Luego limpio lo que puedo de la casa, hasta que me gana el cuerpo de cansada y me tengo que acostar dejando quehaceres para el otro día.

Me viene con que se tiene que ir a hacer una entrega de las malditas licuadoras. Como si no haya nada más que hacer. Y yo cansada día tras día. El trabajo, Juanito, que todavía es muy pequeño. Cómo amo verlo crecer. Las compras y la limpieza diaria.

Unas malditas licuadoras ¿para qué tantas? Pero claro, no puedo decirle nada, no sea cosa que hiera sus sentimientos. Con todo el esfuerzo que pone día tras día para pagar la hipoteca. No puedo decirle nada que lo ofenda. Como cuando quise tirar ese viejo Chesterfiel heredado de vaya a saber cuántas generaciones, que escándalo me hizo. Más vale que no se olvide del cumpleaños de Juanito.


SUEGRA

-Querido, parece que Mario se va a un viaje para el cumple de Juanito.

-No creo que se vaya con esa intención que refleja tu tono de voz.

-No lo sé, ¿me vas a decir que no puede posponerlo? En estos días la gente entiende las razones de sus semejantes.

-Tal vez sea algo de mayor importancia de lo que te imaginas.

Siempre defendiéndolo,  parece que ya nada le importa. Si yo fuera mi hija, ya le hubiese puesto los puntos a mi manera, determinante. Abandonar a toda una familia por un viaje, qué injusto.


MARIO

Ese pelo ondulado que cae hasta pasando un poco la altura de sus hombros, y esos ojos color miel que hacen juego con su pelo; sí, eso me enamoró de ella la primera vez que la vi, siempre se lo digo. Se va a poner contenta cuando tenga el cheque en la mano. Va a notar que todo el esfuerzo que hice valió la pena. Y todo gracias a su temple de aguantarme día tras día, al trabajo diario de ella y el cuidado de Juanito, que tanto adoro. Aunque él elige continuamente estar con la madre, como todo chiquito. Me complace el alma verlos dormir juntos y respirando al compás. No debe haber cosa más cálida para un chiquito ni tampoco para la madre.

Ella comprenderá que cada falta del tiempo en la presencia de nuestra casa fue para lograr el cometido, que nos salva de esta terrible agonía del capitalismo de estos tiempos, dejarnos sin un techo donde vivir. En dos días estoy de regreso.


MARY

Y sí, ya lo veía venir. Se va a entregar las licuadoras, sin importar lo más importante: el cumpleaños de su hijo. Esto se lo voy a reprochar toda la vida. Yo también trabajo y sé muy bien que si las cosas se hablan, la gente entiende. Y este es uno de esos casos en el que hay que hablar. Pero siempre con la misma excusa: “que esto es una venta, que las oportunidades son en el momento mientras el cliente esta con la decisión tomada, que si el momento pasa, siempre hay otro vendedor a la caza de oportunidades”. Ese cuento viejo que le escucho desde que lo conocí. Qué ironía, es lo que me enamoró de él en su juventud, su persistencia ante lo que parece imposible, con su mente fría y calculadora; y siempre, siempre encuentra un lugar por donde entrar, como entró en mi corazón después de haberlo conocido durante un año entero.

Juanito amor de mi vida, no vas a comprender la falta de tu padre, pero algún día él te lo explicará. Tu Mamá aquí estará siempre a tu lado sin importar nada del mundo exterior. Que se encargue Mario de explicar su ausencia en el día más importante de Juanito.


JUANITO

Mi Mamá me ama tanto como el sol a la luna, y así, yo la amo a ella como la luna al sol. Pero la luna nocturna que brilla, un poco menos que el sol, pero tanto como las estrellas, aunque más grande que ellas.

Mi Papá se va y luego vuelve, ya me dijo. Como esas abejas amarillas que buscan las flores y, al día siguiente vuelven por ellas. Él me ama tanto como Mamá porque me lo dice; aunque se va y luego vuelve como las abejas. Abeja Papá y Sol Mamá y, las abejas vuelven bajo los rayos de sol.


CLIENTE

Estas batidoras si son buenas las compro. El negocio las necesita; la heladería crece gracias a ellas. Mario parece ser un buen tipo, me dijo que viaja a pesar del cumpleaños de su hijo. Cuando tenga esas licuadoras voy a abrir otra sucursal en el parque, frente al arroyo. Es un lugar ideal. La clientela espera ansiosa la nueva inauguración. No puede fallar.


JUANITO

Abeja regresó, porque acá estoy con él; me juega, se ríe y río también; me tira hacia arriba, y grito mientras él ríe y me besa, y sol de una esquina me dice que orgulloso que estoy de vos ¿de mí, o de abeja? Porque los dos estamos como uno en abrazos.


SILLON CHESTERFIELD

Mario llega cansado de un largo viaje, algo estresado se lo ve, a juzgar por su desgano al caminar y su ceño fruncido, como después de una larga lectura de interpretaciones inextricables. A manera de soltando las amarras de un dañoso contrapeso cae encima de mi falda mullida de plumas y envueltas en cuero fino, desgastados de herencias pasadas, y se desparrama en el hueco visible que lleva su contorno como una marca de posesión eterna. «Descansa», le susurro al oído, «descansa», mientras sus párpados se cierran poco a poco y su respiración se vuelve acompasada y profunda. El chiquito, encima de su cuerpo tibio, reposa de la misma manera, mientras una mujer de pelo ondulado hasta los hombros, del mismo color de los botones que aprietan mi lomo, sentada en un extremo mío, acaricia la frente de ambos y contempla como una vista magnífica que se mira a través de una ventana en los paisajes del sur, y dice algo en un tono casi inaudible, pero que llego a comprender al final de la penúltima sílaba, «cuánto los amo, cuánto los amo».

 


Consigna trece alfa: Relatar los hechos ocurridos en la tintorería de  La casa de los relojes cambiando el punto de vista. El narrador, en primera persona, puede ser Gervasio Palmo, Nakoto, la maestra del niño o uno de los invitados a la fiesta. Es necesario instalar al narrador en una situación comunicativa que haga posible sus palabras (por ejemplo, la madre cuenta a una vecina lo ocurrido, la maestra comenta la carta del niño a otra maestra de la escuela, uno de los invitados declara en una comisaría). Extensión máxima: dos carillas.

Escuche, oficial, le vuelvo a decir que yo solo estaba ahí mirando todo desde un costadito de la puerta de entrada. Nadie quería perderse el show en tan pequeño salón, a excepción del pequeño muchacho que lo único que le interesaba era ver las máquinas planchadoras, encima era insoportable el olor a amoníaco, porque como usted sabe, el chino Nakoto en su tintorería tiene toda clase de productos químicos que usa para las ropas, que deja como nueva. Le aconsejo que un día de estos le lleve alguna prenda importante, le prometo que no se va a arrepentir.

Estábamos de fiesta, queríamos agasajarlo y ver cuál era su reacción, la de Estanislao Romagán digo, porque nunca le habían festejado ni un cumpleaños, siempre escondido en su casa tapado de relojes de todo tipo, antiguos, modernos, a cuerda, y hasta alguno digital traído de china; eso lo sé porque me lo contó el chiquito, un amigo que siempre iba a la casa de Estanislao a ver sus relojes y a jugar con él. El único del barrio que se le acercaba.

Como le decía, no salía casi nunca de la casa, a excepción de cuando iba a la despensa a proveerse. Ni bien en la calle, uno se asustaba de verlo con esa joroba monstruosa, que parecía que llevaba una mochila de campamento a cuestas continuamente, la mitad del cuerpo medio torcido, rengo y el ojo mocho. Era una cosa de hacerle bromas todo el tiempo, imitarlo, y a veces, el que se le animaba, palpar la giba sin que se diera cuenta. Pero la preferida de todos era sacarnos los relojes de las muñecas y tirarlos al piso para que el viejo  se agache a recogerlos y se le doble aún más esa joroba, que manera de reírnos a carcajadas parecía uno de esos resortes de juguete que van y vienen entre una mano y la otra, doblados por la mitad, y Estanislao también se reía con nosotros, claro, las pocas veces que salía de la casa de los relojes.

Aquella tardecita de cumpleaños, se le ocurrió a alguno de los invitados tirarle vapor en la cara para verlo torcer aún más esa boca inclinada, para reírnos otro poco, creo que fue Gervasio Palmo, pero no estoy seguro. Entonces le dijimos al viejo que íbamos a plancharle el saco a la tintorería de Nakoto. Y fuimos todos para allá, entre canturreos y saltos. Casi que no entrabamos en la salita, por eso me quedé al lado de la puerta de entrada, y un chiquito de unos nueve o diez años estaba delante de mí, creo que era el amigo del viejo.

Estanislao, creyendo que le íbamos a planchar el saco, se lo quiso sacar, pero alguno de adelante no lo permitió, y le puso la máquina de vapor encima de la nariz y ¡chuf!, la primer bocanada de vapor, que fue grande, más de lo pensado, y encima salió un olor terrible a amoníaco, y antes de que nos diéramos cuenta le metió otra bocanada más grande en las narices del viejo. Se podrá imaginar usted que a esa altura ya no veíamos nada, era puro humo la sala y tuve que sacar al chiquito que no paraba de vomitar los pies de la gente, y me quedé afuera respirando aire puro, era imposible volver a entrar.

La cosa es que cuando salió tanto olor a amoníaco, la gente medio que se adormeció y no podían reír, no podían ver la cara del viejo, y yo menos, porque para esa altura ya estaba afuera con el chiquito.

Después, me dijo Nakoto, que el viejo no paró de vomitar al primer destello de vapor, se imagina verlo vomitar, lastima el humo no me permitió ver ese show.

Uno de ahí dijo que el viejo estaba descompuesto, que nos tendría que haber avisado antes, que se hubiera quedado en la casa haciendo reposo. Pero como el viejo no hablaba mucho, uno tenía que andar adivinando, así que lo llevamos para la casa medio dormido, lo dejamos tendido en el umbral de la puerta como para que pueda entrar una vez que se despierte.

Esa fue la última vez que lo vi. Qué pena no tenía la cámara fotográfica para sacarle una foto y mostrar esa joroba, le juro que nunca vi otra igual. Después me dijeron en el barrio que no apareció más. Quiero decir, se murió en su casa de una descompostura, vaya a saber uno que fue lo que comió que le cayó tan mal.

 


Consigna catorce: Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto sentido”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas.


EL DISCÍPULO VENGATIVO

El pequeño, de pies descalzos, que dormía en los vagones del tren cuando quedaban vacíos de las almas diurnas atareadas en sus quehaceres cotidianos, que después de tanto andar y andar sin destino, al fin había encontrado algo parecido a un hogar. Allí tomó la decisión de permanecer y pertenecer, en el único sitio que se sintió acobijado: el parque de diversiones. Aquí es todo diferente. La gente siempre está de buen humor, los niños y los adultos juegan sin preocupaciones. Y siempre que se portara bien, hiciese la tarea de limpieza diaria, tendría al final del día un plato de comida y un techo donde dormir, sin peligros a la vista.

Su vida transcurrió en el parque, y fue haciéndose un experto en reparación y el arte del manejo de los diferentes juegos mecánicos, la montaña rusa, el zamba y las hamacas voladoras.

El chiquillo se hizo hombre y se hizo viejo. Y esta es solo una pequeña parte de su vida adulta:

Un día domingo, que se había tomado libre para ir de visita hasta el puerto de frutos que tantos años hacía que no iba. Ese fue un día especial para el viejo. Estaba sentado en el tren, en la parte del fondo, mirando un punto fijo como quien se pierde en los pensamientos melancólicos del tiempo. Ese chiquillo lo transportaba a su infancia, “ese chiquito soy yo”. Sabía perfectamente que las historias se repiten, lo había leído en algún lugar. Y esta parecía ser historia repetida.

El viejo conoce mejor que nadie el bajo mundo, la lucha por la supervivencia en un mar de gente, el hambre y el frío, y sin dudarlo toma al niño del brazo parando de un grito seco a dos policías que intentaban atrapar al pequeño: «Es mi sobrino, déjenlo en paz». El niño de unos siete años se aferra al viejo desconocido y se queda a su lado, sin mediar palabras ni preguntas que puedan volver el tiempo atrás y dejarlo otra vez solo.

Las mañanas del parque cambiaron por completo con la presencia de este nuevo personal, porque el pequeño ya formaba parte del staff diario, pero siempre bajo la supervisión del viejo, a quien le permitieron adoptar un discípulo.

Las enseñanzas al principio eran cosa fácil, no había más que explicar el método utilizado a través de los años por el viejo mismo, siempre con rigurosidad, con la misma rigurosidad que emplea un buen colegio en la tarea de sus alumnos. El pequeño no iba al colegio, pero el viejo cumplía con ese lugar, sustituyendo las materias escolares por las de maestranza y reparaciones en el parque de diversiones, que al fin y al cabo fue por lo que el viejo pudo tener una vida distante de los peligros que acechan en la calle.

El pequeño creció y se hizo adolescente, y con este porvenir también fue aprendiendo el manejo de algunos juegos mecánicos del parque, algunos de muy fácil manejo, y otros de más técnica y precisión; como el zamba o la montaña rusa. En este último, el viejo, siempre estaba atento a la sensibilidad del joven con el control de comando, ya que conlleva una gran responsabilidad. Por eso, alguna vez que el joven llegaba dormido o distraído y no lo hacía con delicadeza y técnica, el viejo no dudaba en golpearlo con un palo en la cabeza o a veces hasta con la hebilla del cinto, de tal manera que supiera la gran responsabilidad de aquello. Este muchacho tiene que aprender que los errores en estos juegos son asunto de vida o muerte, unos buenos golpes lo harán recordar por siempre, después de todo, yo aprendí de la misma manera y aquí estoy.

La gran recibida del joven sería el día que maneje el más difícil de todos los juegos, donde la técnica es imprescindible para que el público disfrute de una experiencia única en su vida, la sensación de volar; las hamacas voladoras.

Aquella mañana, todo se disponía para el bautismo de maquinista del muchacho, por eso se lo veía preocupado, serio como pocas veces y con la mirada un tanto distante. Los nervios relucían como un aura fuera de sí. El viejo no tenía palabras para acompañarlo, porque a él tampoco se las habían dado, no sabía expresar su sentir, pero mantenía un orgullo dentro de sí, sabiendo que el muchacho había resurgido de una vida corta y malgastada.

Abre el parque, y la multitud llena los espacios con sus copos de nieve, globos y risas. Cada juego con sus filas de gente esperando su turno. Pasa una joven rubia primero, le sigue un hombre gordo de mediana edad, y una vieja con un sombrero después, perdiendo la cuenta en la cantidad de jovencitos nerviosos de risas contagiosas a punto de subir a las hamacas voladoras.

El viejo, que está cortando los boletos, mira al muchacho en complicidad, dispuesto en el control de comando. Pero lo sigue notando serio y hablando consigo mismo, moviendo los labios, diciéndose cosas que solo quien las pronuncia puede escuchar.

Comienza el chirrido de los primeros movimientos, lento y suave, como siempre le había enseñado, la gente se acostumbra al vértigo poco a poco, el muchacho lo sabe y manda la segunda marcha un poco brusca, los nervios juegan una mala pasada. El viejo sigue cortando los tickets para la próxima vuelta. Se distrae en el ínterin corrigiendo una larga fila de jovencitos, el tiempo transcurre sin demasiada prisa hasta que en la sexta marcha todo cambia. El muchacho maquinista, con ojos de furia, cruza de una mirada al viejo intentando decirle algo, está fuera de sí, habla solo como maldiciendo, y da la séptima marcha con la brusquedad de un martillazo, los engranajes se calientan de golpe y se ponen rojos como la sangre viviente, las cadenas horizontales se tensan más de lo debido, la gente comienza a gritar en busca de auxilio, pero no se ven, porque están girando en el aire colgados de sus hamacas, el viejo solo puede ver un circulo grande que marca una línea entre todavía están, y ya volaron.

El viejo, con la desesperación saliendo de su garganta, agarrándose la cara de vergüenza, pena y frustración, corre hacia el maquinista desconocido, exorcizado por un demonio, y lo escucha decir con claridad absoluta «vení, viejo de mierda, que no van a pararme». Gritó: vengan, gran puta. Gritó: Me queda todavía un punto más. Mientras la línea circular que marcaba el límite ya se había quebrado, y las cadenas caían como gotas de una torrente lluvia de verano.

 


Copyright©Antonio C

Febrero, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor