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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “ El perjurio de la Nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima 2 ½ carillas)


Texto elegido EL PERJURIO DE LA NIEVE

LA CARTA


Padre:

A estas horas se estará preguntando, o quizás incrédulo,  por mi destino. Siento mucho decepcionarlo, pero este encierro casi acaba conmigo. Cada día transcurrido se transformó en un derrotero inagotable de súplicas y más súplicas, a las que siempre  les dió la espalda ¿Quién demonios se creyó  para decidir sobre mí vida? Si tenía que morir,  iba a ser a mi manera.

Mi espíritu clama libertad, acción, desenfado e infinitas sensaciones que todavía,  no puedo ordenar. Por momentos me siento atrapada en un mundo al que no pertenezco, pero del que no quiero seguir huyendo. Tengo sentimientos encontrados, tanto usted como mis hermanas se cansaron de repetir hasta el cansancio que todo lo que hacían era por mi salud y bienestar. Ahora bien, yo me pregunto: ¿Alguien consultó algo conmigo o yo les pedí esto? Pues no. Y ahí  está la cuestión y el motivo de mi hartazgo. ¡Treinta y tres años!

Me enteré de la suerte del pobre Oribe, él sólo fue un pasaporte a la libertad, verdaderamente lo siento, un buen revolcón y como polluelo comió de mi mano. No crea que no lo disfruté. En este momento imagino que mientras lee le late la vena de la frente y  no sabe qué placer me da imaginarlo.

Debo ser sincera y confesarle que a veces lo odié, otras lo amé, a la distancia puedo decirle que por momentos lo comprendo, quizá por los hijos se hace hasta lo imposible, no lo sé, no seré madre. Pero hoy valoro cada minuto de sol y cada segundo el aire que agita mi cabello. Sé que el tiempo es un enemigo que me persigue y va borrando con cada segundo mis posibilidades de existir, la suerte está echada,  sólo me resta esperar a que la muerte haga lo suyo.

Ojalá algún día lo comprenda, no me guarde rencor, a su favor le hago saber  que yo creo que no le guardo nada, aunque  quizás sí  un poco de pena, pero todos somos responsables de nuestros actos y usted cometió el peor de los pecados: matar.

Espero que  Dios lo juzgue y algún día usted apoye la cabeza en la almohada y pueda descansar en paz.

 Lucía

 

Las lágrimas le nublaban la vista, le dolían las mandíbulas de tanto apretarlas ¡Qué desagradecida!, pensó. Sólo quería darle un tiempo más de vida. Fingir su muerte sí fue algo de lo que se había arrepentido, porque cuando sucediera al fin,  no podría darle su último adiós. Lucia, la luz de sus ojos, el motor de sus días, desapareció una noche y desde allí nada fue igual,  hasta tuvo que inventar un velatorio, para  calmar su desesperación.

Pero cuando ese pobre diablo subió las escaleras y entró en su cuarto, se juró a sí mismo seguirlo hasta el último confín de la tierra y destruirlo, aunque ése fuera el más extremo de sus actos, pero no se iba a quedar con la sed de venganza, lo ejecutaría sin piedad.

Y así lo hizo.

Y hoy se encontraba pagando su propia deuda. Villarreal lo visitó en la celda un par de veces, el último día le dio el frasquito, tal como le había prometido, él era periodista y quería  y necesitaba una historia que,  finalmente,  el dinamarqués le dio.

Sentado solo en el catre maltrecho,  leyó por enésima vez la carta de su hija, la arrugó en un puño y tomó el sorbo letal. Cayó como un viejo saco.

Llegó el horario del almuerzo, el centinela aproximándose a la reja lo vio tendido en el suelo, con apuro dio vuelta la llave en la cerradura y llegó a él a paso vivo. Ya era tarde. Vermehren estaba muerto. Al lado de cuerpo encontraron un diminuto frasquito y no lo dudaron: el dinamarqués se había suicidado. Abrieron su mano izquierda y deshicieron el bollo de papel que había apretado.

Villarreal publicó a los pocos días la noticia en el periódico. La tituló “Locura”,  y fue un éxito.  Abandonó la redacción unos momentos y se acercó al cementerio. Depositó un ramo de flores en la tumba de Oribe, a fin de cuentas,  podría decirse que fue su amigo, y a unos pasos dejó sólo una rosa roja en la tumba de Lucía, tan frágil como hermosa, descansaba por fin en paz. Resultó tan fácil sucumbir a su belleza y convencerla,  ocultando su identidad y prometiendo liberarla. Y así accedió, escribió esa carta y huyó durante un tiempo que resultó poco, a fin de cuentas su salud estaba muy deteriorada. Podría decirse que algo la quiso.

Caminando con las manos en los bolsillos pensó que lo más duro de todo esto había sido la pérdida de su amigo, a fin de cuentas era sólo un poeta soñador. Pero necesitaba la historia, necesitaba mover cada una de las piezas,  como un juego de ajedrez,  y obtener así lo que más deseó en la vida y a cualquier costo: el puesto de Editor en Jefe, pero para ello había que hacer sacrificios. Y una tarde nevada puso cada peón en su lugar.

 


Consigna veintidós alfa Tomar el siguiente relato sumario, extraído del ensayo Evaristo Carriego de J. L. Borges y escribir un cuento, haciendo todas las trasgresiones necesarias para convertirlo en una versión novedosa del texto de base. (Extensión máxima. 2 carillas).


“[Este es…] un instante desgarrado de un cuento que oí en un almacén y que era a la vez trivial y enredado. Sin mayor seguridad lo recobro. El héroe de esta perdularia Odisea era el eterno criollo acosado por la justicia, delatado esa vez por un sujeto contrahecho y odioso, pero con la guitarra como no hay dos.

El cuento, el salvado rato del cuento refiere cómo el héroe se pudo evadir de la cárcel, cómo tenía que cumplir su venganza en una sola noche, cómo buscó en vano al traidor, cómo vagando por las calles con la luna el viento rendido le trajo indicaciones de la guitarra, cómo siguió esa huella entre los laberintos y las inconstancias del viento, cómo redobló esquinas de Buenos Aires, cómo arribó al umbral apartado en que guitarreaba el traidor, cómo abriéndose paso entre los oyentes lo alzó sobre el cuchillo, cómo salió aturdido y se fue, dejando muertos y callados atrás al delator y su guitarra cuentera.”


VENGANZA

Muda le decían, pero de cuerda suelta cuando salía la luna y embrujaba a todo gaucho débil y vago que pataconeaba por los campos como alma en pena.

Los acordes primero lentos y después más enérgicos, como brotando de entre los árboles hipnotizaban sin piedad. Carmelo Fuentes fue testigo. La vio allí, pero él, poco lerdo,  se escondió en la maleza para que no lo viera y lo llevara a rendir las cuentas.

Cada noche el mismo ritual, primero un sonido lento y como moscas a la miel caían, se dejaban atrapar hasta el mismo momento en que el lazo mortal los dejaba tiesos. Aquel hombre la vio sola y apoyada en un tronco, y la tomó sabiondo de  que,  con ese acto,  marcaría su destino, pero fiel a su condición de ser amigo de lo ajeno,  sin titubear salió al galope con ella entre sus brazos. No había mucho tiempo, temía que lo encontraran. Le hicieron saber que Evaristo se había escapado.

Recorrió las calles de Buenos Aires y se sentó en el umbral apartado y se dispuso a rasgar su cuerdas, le sorprendió lo raro que sonaba, no se parecía a su vieja cuentera, compañera de aventuras y conquistas,  pero poco a poco la música hizo que se olvidara de lo que en realidad estaba haciendo allí.

Evaristo tenía que encontrar a ese maldito e hincarle el cuchillo hasta ver que la sangre brotara como río y así acabar con esa risa socarrona que cada noche irrumpía en sus sueños y lo desvelaba, porque si había algo que no soportaba,  era la injusticia, y él pagaba por un crimen que no había cometido, a fin de cuentas robar algunas cosas para él  no era tan grave, pero matar si lo era,  y eso estaba fuera de todas sus posibilidades, pero ese ladino pagaría con su vida por haberlo metido en aquel brete, que si de algo estaba seguro ahora,  era de que ahora pagaría  con justa causa.

La melodía le marcó el camino, hasta llevarlo entre las calles de Buenos Aires donde el maldito cantaba con su guitarra cuentera y cual poseso se acercó hasta él. Las cuerdas de la muda hipnotizaron al traidor impidiendo que este pudiera moverse siquiera, y en ese instante sacó su hoja de la cintura y acabó por fin con ese maldito. Sintiéndose poderoso escupió sobre su cadáver y se dispuso a partir, pero al intentar dar un paso la guitarra comenzó a emitir su letal melodía a la que Evaristo no pudo resistir, y dando la vuelta la tomó y partió con ella hacia el bosque.

Sentado bajo un frondoso árbol rasgó esas malditas cuerdas que de a poco lo envolvieron dejándolo sin aire, viendo en pocos segundos su vida como si fuera una película, dándole unos momentos de placer antes de aplicar su justicia. Y así cayó Evaristo.

Carmelo testigo de todo el suceso quedó estupefacto, las rodillas de repente no le respondían, le sudaban las manos y le era imposible tragar, quiso huir pero de nuevo esa melodía lo atraía,  le nublaba el pensamiento hasta llevarlo hacia donde estaba ella, la separó del cuerpo de Evaristo para luego tomarla y volver a dejarla en el mismo árbol en donde comenzó todo. Como cada día, como en  cada noche.

 


Consigna veintidós delta Tomar un mito griego (Prometeo, los Argonautas y el vellocino del oro, Fedra, Medea, Electra, Edipo, etc) y escribir una versión en la cual se traicione algún aspecto de su historia o de su ideología. El relato puede hacerse a partir de un asolo punto de vista narrativo o de varios que polemicen. Por ejemplo, contar la historia de Jasón y los Argonautas desde la perspectiva de Medea, que ya anciana recuerda las atrocidades que debió cometer obligada por la ambición de su prometido, y la de éste, Jasón, que pinta una Medea capaz de cualquier sosa debido a su locura. (Extensión máxima 2 carillas)


NARCISO

Cuando lo vio,  quedó prendada de su belleza, un cuerpo escultural capaz de derretir hasta un témpano, pero dada su condición,  la desilusión la envolvió sin piedad hasta volverla loca. Cada noche soñaba con él, caminando juntos de la mano descalzos y desnudos sobre la hierba, amándose hasta el fin de sus días, pero al despuntar el alba la cruel realidad caía como un rayo sobre ella y el espejo le devolvía esa cruel imagen arrugada y deformada por aquel fuego ingrato que una noche consumió el techo de su casa y se llevó sus sueños, fue un milagro que sobreviviera, pero las secuelas eran desastrosas.

Desesperada,  Ana,  visitó una tarde a la bruja del amor, se hacía llamar “Afrodita” y con lágrimas en los ojos le contó su desventura. Aquel muchacho la miraba como si fuera un insecto, un bicho raro del que mejor mantenerse alejado, se lo veía alegre y relajado,  disfrutando de la cortesía de muchas señoritas que sucumbían a sus encantos. Rechazaba sin ningún escrúpulo a la que no estaba a la altura de su belleza.

Afrodita le entregó un frasco que contenía el aroma del amor, solo había que destaparlo frente a él y al respirar la nube quedaría prendado de ella sin importar su aspecto, si no que le daría la suficiente sabiduría para ver en su interior y aceptarla tal cual era. Sólo tenia que esperar que se presentara la oportunidad y no desperdiciarla,  porque sólo había una posibilidad. Si ella no era capaz de enamorarlo que los dioses la ayudaran.

El tiempo transcurría y la fatalidad del destino hizo que él sufriera un accidente y quedara dormido durante mucho tiempo. No supo nada más, no volvió a verlo. Ana sintió que el mundo se caía a sus pies, todos sus sueños se desplomaron como un castillo de arena, pero la casualidad hizo que la contrataran como personal doméstico en una casa retirada del campo. Así es que resignada, tomó sus cosas y se fue.

Las tareas en la cocina del lugar eran sencillas, debía mantener la limpieza y el orden, y cumplir una regla,  tenía prohibido salir al salón principal y mucho menos tenía acceso a las dependencias de los dueños. Carlota la criada de las habitaciones,  enfermó y Ana debió reemplazarla. Era una tarea agotadora, ya casi llegaba el mediodía y sólo quedaba una por ordenar. Estaba al final de un largo pasillo. Cuando entró en ella, lo que vio la dejó sin respiración, la cubeta cayó con estruendo y casi incrédula avanzó hasta la cama que presidia el centro. Dormido, como en un cuento de hadas,  pudo verlo. El corazón se le desbocó, le temblaban las manos. Ahí estaba, la razón de su vida, el amo de sus sueños.       Con sigilo se acercó y apoyó su arrugada mano en la frente y casi sin saber cómo lo hizo, sacó con nerviosismo del bolsillo el frasco y lo destapó frente a él.

Inspiró profundo, era un aroma a rosas que lo trajo a la realidad, parpadeando un par de veces y allí la vio. De pie con ojos húmedos observando su reacción. La miró profundamente y una gran sonrisa iluminó su cara, si bien la joven tenía en su rostro las marcas de la tragedia, vio más allá de su aspecto físico  y se enamoró del corazón de Ana,   extendiendo un brazo la tomó del cuello y la besó sintiendo un torbellino de sensaciones que ni el mismo podía describir. No podía soltarla.

Desde aquel momento,  Ana se sentó a su lado en la cama todos los días, disfrutando de cada segundo a su lado tomando su mano y compartiendo su vida. Narciso tuvo una recuperación milagrosa, casi nadie creía que volvería a despertar y orgulloso paseaba con ella de su brazo. Ya no quedaban vestigios de aquel muchacho engreido y vanidoso que alguna vez fue, aceptaba a cada persona tal cual era, sin importar cómo luciera. No solo la nube de Afrodita lo ayudó, si no que en momentos en los que dormía el infierno se apoderó de él llevándolo a los más oscuros lugares de los que creyó jamás salir,  hasta que un ángel lo despertó de aquel tormento y supo que aquella muchacha lo había salvado y que daría su vida por hacerla feliz.

 


Copyright©Bárbara Larrusse

Diciembre, 2019. Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.