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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso.

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima. 2 ½ carillas)


CONEXIONES

Todas las mañanas, incluso esa, se iniciaban de igual forma: una sucesión de actos bien equilibrados que ejecutaba con el arduo fin de introducir la bici en el ascensor. Abrir la puerta ancha, parar el vehículo, calzar la rueda inferior en el ángulo trasero derecho del habitáculo, empujar el manubrio y deslizar la parte superior hasta que la rueda delantera apoye en esa misma pared. Recién entonces, meterse en el rinconcito libre apoyando los glúteos en el asiento para sostenerla, en forma tal que las manos queden libres para cerrar el ascensor. La mochila gorda, pesada de libros y cuadernos dificultaba aún más las maniobras. Finalmente lo lograba, sin romper el espejo. Aunque a veces, cuando estaba muy dormido, tenía que deshacer lo andado, volver atrás y reiniciar la danza.

Una vez afuera, el bochorno y el fragor de la calle lo embistieron. Se puso los anteojos de sol y partió. «Cuidate. Usá las bicisendas. Ponete el casco», los consejos que le machacaba la abuela cada mañana cuando le llevaba el mate a la cama con las tostadas y el dulce de leche. Saludó al diariero como siempre, también esa mañana. Un gordo desalineado que se desparramaba en los escalones del edificio. Suponía que él le traía el diario Ole que la mamá le compraba online desde Cacharí. Pero no lo podía asegurar.

Abrió los ojos y se conectó con su cuerpo. Su nuevo cuerpo. Le dolía la garganta. Ya la habían desconectado del respirador. Inspiración, espiración. ¡Que maravillosa sensación! Los ojos se le llenaron de lágrimas. Rezó.  Agradeció la vida, aún esa vida.

Empezó a pedalear rapidito, manteniendo el equilibrio. Tenía ganas de zigzaguear, de hacer acrobacias. Hoy le corría por el cuerpo un absurdo rio de fuerza y energía. Y ya se encauzaba por la parte más agradable del paseo. Avenida del Libertador amplia, arbolada, con ese olor a verde. Los jacarandás ya se habían quitado sus trajes violetas. Se acercaba el verano, los finales y el viaje al sur de mochilero.

Boca arriba, el fuerte olor a desinfectante fue lo primero que sintió. Lo reconoció de inmediato, ya formaba parte de su vida como el aroma de la sopa de verduras de su mamá. Vio las vías que salían de sus brazos tan delgados y pálidos. Notó que en el techo blanco solo algún foco estaba encendido. Las mamparas le otorgaban una cierta privacidad. Se imaginó todos los monitores y luces que centelleaban en la cabecera de su cama.  El ondulante trazado de la milagrosa actividad de su corazón. Escuchó quejidos, un ronroneo de pasos, palabras murmuradas. ¿Cuándo vendrían? Deseaba compartir su alegría con alguien, cualquiera. De lo contrario explotaría de felicidad.

Ni Rolando mismo sabía porqué estaba tan feliz ese preciso día. Tipas y jacarandás y palos borrachos parecían saludarlo. ¿Sería porque la noche anterior, unos compañeros de la facultad lo invitaron a tomar una birra? Su primera salida en grupo desde que vivía en Buenos Aires. «Estuvo buenísimo», pensó. Eran los chicos con los que había hecho el trabajo práctico de ciencias políticas y salieron a festejar el éxito. «Todos pibes del interior; los porteños chetos ni te saludan». ¡Mirá vos!, ¿y si de a poquito empezaba a adaptarse a esta ciudad tan seductora como agresiva? Había rogado para ir a La Plata con sus compañeros de escuela, pero no hubo caso.  En Buenos Aires estaba la abuela: menos gasto y más control. Dos por uno. Rio.

Una enfermera gordita entró en su cubículo. Sonrisa de oreja a oreja, un goteo de dulzura.

-Veo que nos despertamos. ¡Qué bueno! La intervención fue un rotundo éxito, dulce. Ya va a venir el doctor a hablar con vos. ¿Y cómo nos sentimos? ¿Duele algo?

Quiso hablar, pero la garganta no obedecía. Solo se percibió un «bien, muy bien» suavecito, raspado.

-No te preocupes. Ya va a pasar. Pronto vas a poder dar discursos–, sonrió –ahora te voy a controlar los signos vitales, y te voy a poner medicación por la vía y te vas a volver a dormir. Cuando te despiertes, vamos a tratar de comer un poquito. ¿eh?

María le señaló su teléfono, quería mandarle un mensaje al grupo familiar. Quería contar, gritar que estaba viva. Indicó los audífonos para escuchar la cuarta sinfonía de Brahms.

–Tu familia está al tanto de todo. Ya vinieron a verte. Escuchá tu música y descansá.  Eso sí, quédate boca arriba. Por la herida y los drenajes, ¿viste?

Pensó que extrañaba a su yegua Paloma, mansa como un corderito. Le encantaría poder hacer este trayecto al trotecito, con la boina, la bombacha de campo y las alpargatas. Recordó con simpatía el día en que se apareció en la facultad con las pilchas criollas. Lo miraban divertidos como a un bicho raro; se escuchó algún: «hola, gaucho».  Estaba más que clarito que no venía de la ciudad. Pensó que también echaba de menos a Rocío, y mucho. Seguramente estaba contento porque el fin de semana vendría a Buenos Aires a visitar a los primos. Le había prometido que la iba a llevar a conocer el Colón y el Jardín Japonés. Justo él que no entendía más que de rugby. Había representado a la selección del partido de Azul en los provinciales y muy orgulloso que estaba.

No pudo resistirse a la somnolencia que la envolvía. Dormida, boca arriba, soñó a su caballero andante que venía a salvarla montado en una potranca blanca. Robusto, deportista, con ojos color jerez (en realidad, no sabía cómo era el jerez, pero leyó esa frase en un libro y se la apropió). Lo más importante: era bueno como la compota.

Semáforo verde, se puso en camino. Fue ahí que percibió un bólido rojo que se le acercaba amenazante, feroz, lo tragaba. Se sintió un chirrido de ruedas, un lamento, gritos. Las expresiones de horror de los peatones, la gente que corría, las sirenas que tajaban el aire. El cráneo que golpeaba duro, grave, firme contra la calzada. Y no podía resistir a la oscuridad que lo envolvía.

Se despertó angustiada, sudorosa, su nuevo corazón le saltaba en el pecho. Un aullido apagado. La enfermera se sobresaltó. Tranquila. No era nada más que una pesadilla, la absurda materia de los sueños. Necesitaba imaginarse a su caballero y conectarse íntimamente con él.

 


Consigna veintidós delta Tomar un mito griego (Prometeo, los argonautas y el vellocino de oro, Fedra, Medea, Electra, Edipo, etc.) y escribir una versión en la cual se “traicione” algún aspecto de su historia o de su ideología. El relato puede hacerse a partir de un solo punto de vista narrativo o de varios que polemicen. Por ejemplo, contar la historia de Jasón y los Argonautas desde la perspectiva de Medea, que ya anciana recuerda las atrocidades que debió cometer obligada por la ambición de su prometido, y la de éste, Jasón, que pinta una Medea capaz de cualquier cosa debido a su locura. (Extensión máxima: 2 carillas)


LA VERDAD DE LA MILANESA

Yo, Heracles, soy el tipo que liberó a Prometeo, entre otras múltiples hazañas. No me quiten méritos que los tengo y muchos. La verdad es que no lo soportaba más quejándose todo el día: «uy, uy que me duele. uy, uy que me duele». No sé si saben que estaba encadenado en el Cáucaso, para ser más preciso en Chechenia. Al viejo Zeus se le puso en la cabeza que la palabra Chechenia sonaba de rechupete y le ordenó al lacayo lameculos de Hermes que lo amarrara ahí mismo.  Perdonen la expresión, pero la verdad es que no le cuadra otro calificativo. ¿Qué fue Hefesto? No, no, eso lo dice Esquilo, pero él no fue testigo ocular. Hefesto es el de Pandora. Esa es otra jugosa historia, que la dejaremos para más tarde. Bueno, sigo con el encadenamiento de Prometeo. Zeus entonces contrató a un águila, carancho o chimango que fuese para que le picotearan el hígado todos los días. Eso sí, no hay duda de que cuando al viejo se le da por la vendetta es peor que Aquiles.  El problema es que el pobre Prometeo es un Titán y por lo tanto inmortal. A la noche se le curaba el hígado y al amanecer nuevamente las rapaces a comérselo. Un ciclo de una crueldad increíble. Nada peor que ser inmortal, y si no me creen, pregúntenle a Borges que la tiene clarísima. ¿Será esto un oxímoron?

Un buen día me dije: «Basta. Este Titán plañidero me tiene hasta la coronilla con sus lamentos», tomé una flecha, maté al pajarraco y liberé a Prometeo. Como dice Figaro: “Via piangione, ¡sta’ zitto una volta!”.  Pensé que el viejo, es decir Zeus, se iba a recalentar. Pero nada, toda buena onda, ya había sufrido un castigo severísimo. Lo peor de todo es que ya no se acordaba ni siquiera porqué motivo lo había puesto en penitencia. Me parece que ya le esta patinando un poco al dios, pero esto que quede entre nos. Y me dijo:

-Mirá, pibe (con lo de pibe se refería a mí, obvio) lo que hiciste te puede ayudar a aplacar a la sibila délfica. Tal vez te perdone alguno de los trabajos.

Ni por casualidad se le vino a la mente ahorrarme un laburito. Tuve que hacer los doce, ni uno mas ni uno menos. No sé si se acuerdan de que cuando maté a mi esposa se me vinieron las feministas, sibila incluida, al humo. En cualquier tribunal terrestre me hubieran liberado por homicidio bajo el imperio de emoción violenta, ¿no es verdad?

El resquemor entre Prometeo y el dios de los dioses viene de larga data. Lo que se comenta en los corrillos es que todo comenzó con un asadito de domingo, después de una competencia de jabalina y dardos. El Titán, que está fuera de cualquier esquema, se las arregló para darle los huesos a Zeus y la carne a los mortales. Un descarado. Al dios se le escaparon truenos y centellas, estaba furioso, no tanto por el hambre como por el papelonazo. Como consecuencia, proscribió el fuego en la tierra hasta nuevo aviso.  Se imaginan las manifestaciones. La primavera árabe fue un desfile de Boy­-Scouts al lado de estas. A decir verdad, yo creo que a Zeus lo carcomía la envidia porque Prometeo gozaba de gran popularidad entre los hombres. Imagínense que, a pesar de la expresa prohibición divina, tuvo la audacia de subir al Olimpo y robarle a Helios el fuego. Sin ese calorcito los humanos no pasaban el invierno. Y… ¡hay que pasar el invierno!, amigos. El asunto es que se ganó millones de bien merecidos seguidores. Además, le levantaron una escultura en el Rockefeller Center. Lo representaron un poco flacuchito para mi gusto, pero todo dorado. ¡La pucha, qué honor!  Incluso se rumorea que esta por fundar el Sindicato del Petróleo, Gas y Biocombustibles. Resultó astuto el Prome.

Y fue ahí el asunto de la susodicha Pandora. Zeus ordenó a Hefeste que hiciera una mujer para castigar a los mortales por el ígneo robo y la rebeldía del Titán. Era tan seductora como Angelina Jolie, quizás un poco más entrada en carnes, y como si esto fuera poco tenía un cofre lleno de dones divinos, una suerte de dote digamos. Fue dada en matrimonio a Epimeteo, el hermano de Prometeo, quien le advirtió que no hay que fiarse de los regalos de los de arriba. «Por algo están arriba» dijo «y siguen arriba, mientras nosotros estamos abajo y acá nos quedaremos». Fue inútil. El resto ustedes ya lo saben, este es un relato sin finales inesperados. El matrimonio dejó salir del cofre a todos los espíritus del mal y por eso, ustedes, sufren y lloran, gozan y se alegran, parafraseando a Goethe. Están en la Tierra y no en el Olimpo.

 

 


Copyright©Adriana Corral

Diciembre, 2019. Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.