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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías: viajar, ver, contar

Consigna veinte Escribir un relato que ocurra en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar. El texto que sigue puede servir de ejemplo. (Extensión máxima: 2 carillas).


LA FORÁNEA

Lidia parece un animal exótico en medio de la fauna local, la del gimnasio. La vi hacerse paso entre las cintas para caminar y entrar en el salón principal: una pecera donde se ejercitan más de cuarenta personas. Hermosa, a pesar de sus 60 y tantos, con bucles rubios, el seno erguido y la más cálida de las sonrisas. Reparte besos y saludos, un cómo estás que suena sincero y lo es. El ambiente se caldea con su presencia.

Yo ya había preparado colchoneta, pesas, tobilleras, elástico y disco. Nosotras nos ubicamos siempre en el lado mayor del prisma rectangular, junto a la pared espejada. Buscamos que el aire acondicionado nos alcance directamente. El profesor saltó sobre la tarima, conectó su celular a los parlantes y partió la música. Comenzamos a movernos en forma acompasada, tratando de imitar a nuestro modelo, allá arriba en la plataforma. Lo observamos nosotros, así como los gimnastas que se encuentran afuera de la pecera, más allá de la pared vidriada. Y él está muy consciente de las miradas de los otros, por eso despliega toda su simpatía y destreza física. Necesita reclutar más fieles: el grupo es relativamente pequeño.

El espejo nos permite contemplarnos, verificar que nuestros movimientos y poses se asemejen a las del entrenador. Deben ser estéticamente agraciados y trasudar todo el esfuerzo. Yo me concentro en las imágenes que se multiplican hasta el infinito. Los que caminan o corren en la cinta, aunque la temperatura exterior sea agradable. Los atuendos deportivos que siguen los cánones estéticos establecidos.  Los cuerpos sólidos y esbeltos. Veo a Claudia que adelgazó muchísimo después del divorcio y levanta cada vez más pesas. Pato es viuda, pero declara tener un amigo con derechos. Marcela es tan delgada que parece anoréxica, tal vez lo sea. María Marta tiene un marido diez años menor que ella y a sus 70 años deja la vida en la pista. John es canadiense, y la mujer argentina, vienen dos veces por año. Cada uno teje su propia historia, con astillas de experiencia y de fantasía.

Se abrió la puerta (vidriada) y entró una gordita cincuentona, pantalón jogging de los 80 y remera amplia. Era evidente que quería esconder su cuerpo. Todos miramos a la extraña. Estaba tan fuera de lugar como los aplausos luego del primer movimiento de una sinfonía.

-Es mi primer día en el gimnasio –dijo ruborizada– perdón, no encontraba el salón.

Decenas de ojos dispararon saetas. ¿Cómo osa fracturar mi concentración? ¿Cómo se permite interrumpir mi clase?

-Bienvenida. Soy Marcelo. Buscá los elementos que tienen tus compañeros y ubícate donde quieras. Recién empezamos.

Perdida dentro del frio y despojado habitáculo, miró el entorno en busca de pistas. En la pared de la izquierda, había una montaña de colchonetas y discos de distintos colores y tamaños. Logró alcanzarlos, esquivando piernas y brazos que se extendían hacia adelante, hacia atrás, hacia el costado.

-No, esas no. Esas están sucias, la pila de al lado–. La orientó el entrenador –ese disco es muy pesado, agarrá el rojo pequeño.

Nuevas miradas de fastidio apuntaron a su carita regordeta. No faltaron los que cuchichearon burlones. Dispuso colchoneta limpia y disco pequeño junto a la pared vidriada. Miró para atrás. Debe haber pensado que los ojos de los caminantes se iban a enfocar en su trasero, trastabilló; para mí dudó entre continuar con esa tortura o ir a la esquina a tomar un café con medialunas. Tuvo que atravesar el salón nuevamente, esta vez hacia la pared de la derecha, junto a la puerta. Ahí, se encontraban la cordillera de pesas y los ríos de bandas elásticas como únicos elementos decorativos. También identificó la caja con pelotas, pero nadie usaba pelotas. Respiró aliviada. Eso hubiera significado otra travesía y otros tantos «permiso, perdón».

Empezó a moverse tratando de imitar al profesor. En instantes, la izquierda y la derecha se transformaron en sus peores archienemigas. Cambió al vuelo la estrategia, y se concentró en el compañero de adelante, el canadiense. «No es tonta la gordita», pensé. A esa altura, estábamos todos desconcentrados y el entrenador a duras penas podía encauzar su rebaño.

La nueva se había colocado debajo de la hilera de ventiladores que coronaban la mampara de vidrio. Sus pelos al viento se enmarañaban dificultándole la visión. Trataba sin éxito de domarlos detrás de la oreja. Alguna risa contenida se sintió por ahí. Lidia en ese momento no pudo más. Revolvió en su bolso salvavidas, encontró la hebilla bienhechora y no solo se la dio a la compañera en desgracia, sino que se quedó a su lado. Si vieran ustedes qué gracia y salero resultó tener la gordita. Ahora sabemos que se llama Lucia, gracias a Lidia.

 


Copyright©Adriana Corral

Diciembre, 2019. Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.