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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL)  Módulo I Variaciones

Consigna 1 Escribir dos nuevas variaciones para agregar a las que fueron transcriptas en el inicio de este módulo, respetando el argumento mínimo de alguno de esos textos. Extensión máxima de cada variación: media carilla.

 


VARIACIÓN 1:


ESTRÉS

Ese médico debe vivir en otro plantea. Así que para bajar el colesterol tengo que bajar el nivel de estrés. Como si fuera tan fácil. Lo quiero ver a él si fuera el dueño de un bar a dos cuadras del obelisco. No tiene ni idea lo que es estar detrás de una caja registradora, lidiar con la AFIP y con los proveedores. Y los mozos, sobre todo los mozos. A éste que tengo enfrente, por ejemplo, lo tengo entre ceja y ceja. Estoy convencido que me afana. Con ese pelo engominado y esos aires de formal, se cree que vive en la década del ´40. Ahora se hace el galán con esa morocha de vestido floreado y zapatos rojos. Es tan salame que no se da cuenta que hay un tipo en la mesa de al lado que la viene relojeando y me parece que se la ganó, porque la mina también lo mira. Y es tan lento atendiendo que la gente viene a pedirse el café a la barra y después se lo lleva para la mesa. Como éste, que justo se lo lleva a la mesa de la morocha y se sienta con ella. Ya está, perdiste Gutierrez: está acompañada. Y encima le respondió con un “sí” que se escuchó hasta afuera. ¿Qué le habrá preguntado el tipo a la morocha para que conteste con esa contundencia? Capaz que le preguntó si quería irse a un bar adonde atiendan mejor. Ya está, se van. Primero: ella; prudentemente después: él. Seguro que andan de trampa. ¿Qué hace ahora Gutierrez, que sale corriendo del bar? ¿Se habrá vuelto loco? Nooo. No te digo que es un inútil. Mirá que chocarse y tirar la bandeja al piso. Treinta años de mozo para nada. Me rompió tres tazas. Se las voy a descontar de su sueldo, obviamente. Y a la próxima que se mande, lo rajo.

 

VARIACIÓN 2:


JUSTO ANTES

Las páginas de la historia han conjeturado largamente sobre los momentos previos al célebre discurso. Cierto es que buena parte de los archivos de aquella época se borraron para siempre por obra del virus Alejandría, que en el año 2025 suprimió la mayoría de los registros digitales del primer cuarto del siglo XXI. Pero la leyenda (o el mito) cuenta que ella, en la plenitud de sus 30 años, llegó con un vestido floreado y zapatos rojos y entró al bar que existía en la intersección de la Avenida Glaciares (entonces Avenida Corrientes) y Talcahuano, donde hoy se encuentra el museo Finnis. Allí, con lógico temor, esperó la llegada del General. El lugar se encontraba repleto de agentes de inteligencia, tanto locales como extranjeros. Lo poco que se conoce de la escena surge de la escueta referencia que el General Caminos le dedicara al incidente en sus memorias. Allí asegura que llegó tarde adrede al encuentro, que primero pidió un café en la barra, para hacer más torturante la espera que ella debía soportar y luego se sentó a su mesa. Sin embargo, cuando llegó la trascendente pregunta, la respuesta que ella dio fue tan firme que se oyó en todo el bar y se sintió como una proclama. Ese “sí” marcaría un antes y un después en la historia argentina. Si bien nunca quiso ahondar en el tema al ser preguntada, ella juraría que fue el momento de su vida en el que más miedo sintió. Una vez dejada la afirmación indubitada, salió raudamente; no lo esperó, ni quiso subirse al auto oficial. Se subió a un colectivo de línea que pasaba y que la llevaría a su destino. Luego, lo conocido.

 


Consigna 2 beta: Escribir un texto breve a partir de una frase críptica


UN NUEVO COMIENZO

Era lunes y, como siempre, Pedro fue el primero en llegar al diario. A diferencia del resto de los mortales, saboreaba arrancar la semana. No le importaba levantarse tan temprano, ni viajar apretado en el subte. En unas horas, veinte columnistas y reporteros inundarían el lugar, por lo que aprovechaba intensamente (y con placer) ese amanecer semanal.

Todavía ignoraba que ese lunes, que amanecía tan amigable, dinamitaría sus rígidas estructuras.

Se sentó en su computadora e ingresó su contraseña. Siempre tecleaba la misma. Imaginaba que la contraseña –una palabra- era la puerta a un mundo secreto, al que sólo él podía tener acceso. Su mente, tan ilustrada como infantil, tenía fascinación por los mitos, en los que creía encontrar grandes verdades, rodeadas de belleza literaria y misterio. De acuerdo a uno de ellos –que siempre citaba- el alma humana tenía, antes de encarnarse en la tierra, un profundo conocimiento de las cosas. Sin embargo, en tránsito hacia esta vida, al beber las aguas de un río, había olvidado todo. Por eso, el ser humano ansía en su vida recuperar ese conocimiento. Por eso, conocer es recordar. Ese río era la clave. Gracias a ello, pensaba Pedro, la vida era una aventura que buscaba ser descubierta, o mejor dicho, redescubierta. Veía así al mundo como una oportunidad para comenzar de nuevo en una gran búsqueda del tesoro.

Cuando el gentío empezó a poblar la oficina y el bullicio empezó a extenderse, Pedro casi había terminado su texto. Estaba conforme. El “bruto” ya estaba allí, aunque faltaba el arduo trabajo de pulir, reescribir y, sobre todo, eliminar. Sus columnas eran muy leídas y gozaba de especial popularidad entre el género femenino. Inclusive (para su espanto) un grupo de mujeres había formado un club de fans en su honor. Su plato fuerte –aseguraban todos- eran sus columnas de los martes que, no casualmente, escribía los lunes a la mañana.

Mientras buscaba dar precisión a un párrafo que no lo dejaba satisfecho, un compañero de trabajo le susurró que el jefe estaba presentando a una nueva dibujante.

-¿O se debe decir dibujanta?-, preguntó.

-No sé. No me gustan ni los dibujantes ni las dibujantas-, contestó Pedro. –Lo gráfico es un arte primitivo que representa la realidad de una manera superficial. Retrata al ser humano en su imperfección actual. Las palabras tienen mayor profundidad y mayores ambiciones. Mirá como terminó todo en una cultura boba como la nuestra, en la que la mayor aspiración es sacarse una foto en todo momento, en todo lugar y, encima, compartirla con el mundo entero-.

Cuando el jefe vino a presentarla, Pedro no retuvo su nombre. La evaluó como una morocha insípida, petisa, con el pelo largo y lacio. Observó que sus rasgos tenían algo de oriental y que llevaba unos anteojos de marco blanco. “La nueva” se sentó en su puesto, hasta que llegó la encargada de informática quien, con la alquimia necesaria, fue poniendo a punto su máquina. Antes de retirarse, la experta virtual, anunció a todos que debían renovar la contraseña, porque al haber ingresado una nueva usuaria en la red, debían resetearse todas las claves.

Por último, se dirigió a “la nueva”:

-Vos ahora también podés volcar tu contraseña y arrancar-, y sin esperar respuesta, se retiró.

-Muchas gracias-, contestó “la nueva” en un tímido tono, sin poder evitar sonrojarse. Luego, tomó asiento, dejó su campera en el respaldo de la silla y, sin pérdida de tiempo, empezó a trabajar.

Pedro se dispuso a renovar la contraseña (aunque de renovar no tenía nada, porque él ponía siempre el mismo término, todo lo cual le parecía ridículo). Se detuvo para atender su teléfono, aunque nadie contestó. Seguramente, una publicidad, imaginó. Colgó el teléfono y colocó sus dedos sobre el teclado, donde pulsó la letra L y luego el resto de las letras que formaban su palabra elegida. Pero, para su espanto, un impersonal mensaje en la pantalla lo anoticiaba que esa contraseña había sido utilizada por otro usuario de la red y que, por política de seguridad, tendría que optar por una diferente. Se estremeció. ¿Cómo podría ser?, se preguntó. Estaba convencido que todos ponían el nombre de sus hijos, de su mascota o la fecha de casamiento. Pero, fundamentalmente, lo más lógico era que todos hubieran puesto la misma clave que tenían antes, dedujo. Pero alzó los ojos y allí estaba la empleada nueva que, obviamente, nunca había introducido ninguna clave antes. Ella era el factor variable, por lo que se convenció de que era la culpable. Elucubró que habría leído la palabra (y usurpado su clave) en el crucigrama del domingo o en algún programa de televisión de preguntas y respuestas. Durante un rato se quedó meditando sobre cómo actuar. Se propuso reaccionar con sangre fría, conversar con ella a la primera oportunidad que tuviera y buscar convencerla para que cambiara su contraseña. Mientras esperaba para dar el zarpazo, poco y nada pudo avanzar en su columna. Para su sorpresa (y bronca) su plagiadora no frenó a almorzar; se la veía demasiado compenetrada en lo suyo. A las 4 de la tarde, “la nueva” finalmente se detuvo, se echó para atrás, miró para arriba meneando la cabeza y se levantó. Entró a la cocinita vidriada (bendita arquitectura panóptica, pensó Pedro) y se sirvió un café. La oficina, a esa hora, había quedado casi vacía. Pedro aprovechó la oportunidad y fue a unírsele.

-Bienvenida. Soy Pedro-, le anunció, mientras buscaba un vaso plástico para inundarlo de cafeína.

-Loreley-, le contestó con suavidad y casi sin levantar la mirada. –Yo sé quién sos. Leo tu columna y disfruto mucho tu erudición. Además, me encantan tus enigmas y tus mensajes cifrados. Yo creo que el misterio es una parte esencial de la vida-.

Pero Pedro no la escuchaba. Todo tema que se apartara de su objetivo le parecía intrascendente. Decidió ir al grano, antes que ella terminara su colación.

-Este tema de la contraseña es una pesadilla. Yo ya no sé qué poner. Te piden contraseña para todo-.

Loreley tomó, con sus dedos pulgar e índice, las varillas de sus anteojos y se los puso, con delicadeza, arriba de su cabeza. Lo miró. Tenía unos ojos verdes, que a él le parecieron profundos.

-Yo hoy puse 5 letras que forman un nombre propio. En realidad fue en tu honor, al saber que íbamos a ser compañeros de trabajo y vecinos de escritorio. Es un término que siempre está presente en tus columnas, aunque nunca nadie lo vaya a encontrar. Me recuerda, además, que siempre nos viene bien un baño de humildad. Creo que nuestro mayor mérito y fuente de felicidad es no olvidar nunca nuestra pequeñez-.

A Pedro le costó reaccionar y no supo qué ni cómo responder. Atinó a buscar dos vasos, abrió la canilla que estaba a su lado y los llenó de agua. Le ofreció uno de ellos.

-¿Un poco de agua? Aunque de lo turbia que está parece que viene de un río-, le dijo trasluciendo, muy a su pesar, su deslumbramiento.

-Gracias- dijo, tomando el vaso. Luego, alzándolo, continuó: -Propongo un brindis por el olvido y por los nuevos comienzos-, lo que provocó la risa cómplice de ambos. -Y quedate tranquilo, que ya cambio la contraseña para que la puedas ingresar vos. Después de todo, prefiero que te quedes con la palabra y me devuelvas mi imagen insípida que dibujé hoy para vos-.

 


Copyright© J. L. Crochenson

Noviembre, 2019.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor