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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo III  Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna siete Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla). 

crmenes_y_castigos_imagen_3

 

 

 

 

Imagen 3

 

-Me pregunto qué hace el mayor de los García navegando con esta tormenta en ciernes.

-Y yo me pregunto qué haces chusmeando a los vecinos cuando tenemos que cerrar todos los postigos y sellar las ventanas. El viento se está enfureciendo, mejor nos apuramos.

Esa masa de nubes cargadas y oscuras amenazaban con desplomarse en cualquier momento. El viento sacudía las palmeras que se doblegaban mansamente ante su furor y el mar empezaba a encolerizarse. Sin embargo, el mayor de los García, nacido y criado en estas islas, estaba ahí con su lancha desafiando un temporal, cuando todos sabemos que es siempre una batalla perdida.

¿No llegaba hoy su hermano menor? ¿Cómo se llamaba? Sí, Juan. Me acuerdo que un buen día, hace cinco o seis años, tal vez más, Juancito, como le decían, desapareció de la faz de la tierra. Y se dijeron muchas cosas feas. Las habladurías del pueblo suelen ser despiadadas.


Taller Literario La Argamasa

 

 

 

 

Imagen 4

 

No son las sombras de la noche, sino el sol de las 3 el que protege al homicida, en los veranos bochornosos de provincia.

Gertrude entró en el callejón, flanqueado por casas modestas que se repetían idénticamente. Los postigos descascarados enfrentaban heroicamente el sol. Se podía oír el silencio de la siesta. Solo un perro esmirriado en un zaguán atestiguaba, a mala pena, la presencia de vida.  En la callejuela estrecha se mezclaban sin pudor olor de fritanga, guisos y orines.

Gertrude caminaba despacio; la panza ya pesaba. El sol abrazaba sus hombros dorados y el sudor le surcaba el rostro. Vista de atrás, parecía aún una niña.

Pudo sentir su perfume y la suavidad de su piel. Las manos le temblaban por la ansiedad. Temía que los latidos de su corazón galopante despertaran al pueblo dormido. Sintió la hoja fría y brillante en su bolsillo. Se sonrió. Y se fue acercando. La tierra de la calle enmudecía sus pasos.

 


Consigna Ocho beta Escribir un relato a partir de uno de los casos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial (el de la mujer atropellada por un tren luego de ser asaltada en un yuyal, el de los amantes baleados en Quilmes o el del hombre hallado muerto entre los hierros retorcidos de un auto).  

Muerte en Quilmes

Tiró el chicle por la alcantarilla. Desde que había dejado de fumar, el excomisario Rossi mascaba todo el día, pero un funeral tiene algo de sagrado, no podía entrar masticando. Antes tiraba la colilla, ahora la goma. Leyó: “Pedro Vásquez. Sala 3”. Rossi asistía al funeral de todos los casos que investigaba. Se sentía moralmente obligado a hacerlo, porque después de registrar el lugar de la muerte y escrudiñar el cadáver, creaba un vínculo muy estrecho con la víctima.

Vásquez había sido asesinado en un típico motel chato de las afueras: una hilera de habitaciones, frente a las cuales se estaciona el auto. La privacidad. Cuando llegó a la escena del crimen, dos agentes mudos, que franqueaban la puerta del cuarto, lo saludaron con un gesto afectuoso. Rossi se había jubilado hacía tiempo, pero un poco para matar el hastío y otro poco para no escuchar los lamentos de la esposa, seguía colaborando con la gente de la división homicidios. Todos lo apreciaban y las puertas se le abrían con una palmada en el hombro.

Sintió un fuerte olor metálico, dulzón. El cuerpo desnudo yacía en posición supina. Las masas musculares marcadas delataban horas de gimnasio en un estéril intento de aferrar el tiempo. El bronceado empalidecía y la rigidez helada de la carne ya emulaba el silencio del féretro.

Los ojos miraban el techo y sus mapas de humedad. Indudablemente habían visto al asesino. Se había incorporado y, entonces, recibió un disparo certero. Un profundo agujero le abría el centro de la frente. Sangre y fragmentos de sus sesos untaban la cabecera de la cama y la pared. Junto al cuerpo, un lago de sangre negra, pegajosa, sobre el fondo blanco de la sábana. Chorreadas en el piso.

El comisario Giménez se le acercó; una vieja amistad los unía.

—Hola viejo. Este era Vásquez, un reconocido comerciante del pueblo. Rozaba los 70. Ahí estaba la amante, Susana García. Le dieron en el pecho, pero sobrevivió. Está en el quirófano. Recemos.

—¿Por qué llevaban esa relación clandestina?

¡Clandestina un cuerno! Los dos son viudos… y todos sabían que se encontraban en este motelucho regularmente dos veces por semana. ¡Qué sé yo! Los excitaría…la gente es rara. ¿Viste?

Como Rossi se imaginó, las cámaras de seguridad del motelucho “ese día” no funcionaban. En realidad, no funcionaron nunca, por discreción. El empleado de la recepción había solo escuchado un ruido sordo, tal vez el disparo o el escape de un auto que pasaba por la carretera. Un huésped vio un sedán negro, bueno … oscuro que se alejaba a alta velocidad.

El punto era que no había motivos para tanto odio.  Las cuentas estaban limpias, no tenían grandes aspiraciones. No había traiciones, ni celos, ni herencias en riesgo. De la casa al gimnasio y al negocio y de vuelta a casa. ¿Por qué? ¿Quién?

La sala fúnebre estaba atestada. Realmente era una persona muy querida. El excomisario distinguió fácilmente a la hija del muerto. Abrazaba a dos muchachitos que lloraban a moco tendido. “¡Cuántas veces los habrá llevado su abuelo a la cancha!”. Y cómo le hubiera gustado a Rossi tener nietos varones, pero le tocaron chancletas.

De improviso, un flaco pelado se acercó al féretro.  Puteaba, se podía leer un rosario de insultos en sus labios. Rossi lo vio dejar un sobre bajo las manos cruzadas del difunto y salir disparando, sin saludar a nadie, empujando a los que se le cruzaban en el camino.

El excomisario intentó inútilmente hacerse con esa nota. Los parientes rodearon el cajón, se escucharon los sollozos, el responso, el cierre del féretro. Y ya estaba. La mayoría no había visto al pelado y los que lo hicieron no sabían quién era.

Rossi salió ni bien el decoro y el respeto se lo permitieron. Llamó a Giménez. Estaba ansioso, sudaba: “Soy un idiota”, le dijo.

—¡Pará loco! —respondió Giménez— fue el hijo. Susana recuperó la conciencia y aseguró que había sido el hijo. Parece que gestó un bastardo resentido en otro motel de la periferia. Lo de idiota, ya lo sé.

El cuerpo fue exhumado por orden del juez. La nota confirmó la identidad del asesino.

“Por fin me pude vengar, hijo de puta. La vieja te lloró hasta el último día de su vida, y vos nos abandonaste como si fuéramos la peor basura”

 


Copyright©Adriana Corral

Mayo, 2019. Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.