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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna siete: Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla).

La Argamasa

 

Imagen 1 

 

 

 


El Cuarto Oscuro

Mis ojos se abrieron, intenté poner en orden mi cabeza, a pesar de que un fuerte dolor me aquejaba, mi cuerpo no lograba articular un mínimo movimiento, dos o tres pestañeos más y logré vislumbrar el panorama. Un cuarto pequeño de paredes blancas despintadas, el piso sucio, cucarachas muertas por doquier, cual película de terror, odio las cucarachas, insecto inmundo, como presagio de un mal destino para mí Estoy secuestrada, mis manos están atadas, se me acelera el pulso cuando escucho la  puerta que se abre, en ese momento vuelvo a mi posición original y cierro los ojos.

Me colocan una bolsa de tela en la cabeza y con un zamarreo me obligan a despertar. Siento dos voces y un teléfono en la oreja, de repente  me ordenan: ¡hablá y decí  que estás bien y nada más,  porque te hago desaparecer de una paliza! En ese momento oí la voz de mi padre que desesperado me decía que todo iba a salir bien, que estaba haciendo todo lo posible por sacarme de ese infierno. Las lágrimas rodaban en mis mejillas, en una mezcla de miedo y tristeza, cuando quise abrir la boca,  las palabras se atragantaron en mi garganta pugnando por salir todas a la vez. Lo único que alcancé a decir fue “papi,  te quiero”.  Sentí un golpe fuerte en la cabeza. Y se fueron.

Al cabo de un rato volví a abrir los ojos, se nota que se me está dando esto de desmayarme, pero tengo miedo, mucho miedo, me cuesta respirar, lo único que hay a mi alrededor son cucarachas, estoy mareada, lo  que me  resta hacer es rezar para que esto se termine. Como sea,   pero que se termine.  Pienso, pienso y pienso, quién me trajo acá y cómo demonios sabe que odio las cucarachas, porque siento que no es casualidad que haya por todo este pequeño cuarto. Qué locura que en momentos como éste intente descifrar algo así. Se está haciendo de noche, con las pocas fuerzas que me quedan intento gritar, pedir auxilio es lo único que me queda, no tengo noción de cuánto tiempo llevo aquí.

La puerta se abrió de un golpe, no puedo ver quién ingresa, unos pasos vienen hacia mí, un fogonazo ilumina la habitación seguido de un estruendo ensordecedor, y algo  me quema la piel,  me incendia por dentro, me produce un terrible dolor y ya después no siento más nada, nada de nada. Nada.

 

Taller La Argamasa

 

Imagen 2 

 

 

 


El Caminante

Ya pasaron cuatro días, los diarios siguen con la noticia en primera plana: “NO HAY PISTAS FIRMES ACERCA DEL ASESINO” . La sociedad aterrada ante tan brutal suceso, dado  que en Carro Quemado todos se conocen,  es imposible  de imaginar un  crimen así, una familia completa compuesta por la abuela, el matrimonio y un hijo en silla de ruedas, hasta el cuerpo del  perro  apareció diseminado por la cocina. Porque no sólo fue la cantidad de puñaladas que tenían cada uno en su cuerpo,  sino que hubo un ingrediente que complicó más a los investigadores: el lugar fue parcialmente  incenciado.

Recopilando información,  hace poco llegó al pueblo, un día de intensa lluvia, caminando por la ruta un señor llamado Alfonso Del Río, amable en su trato,  pero serio y distante. Cuentan los vecinos que desde que ocurrió el asesinato de la familia Fontainet no se lo volvió a ver por el pueblo. Casualidad o no,  desapareció de la misma forma que llegó, un día de intensa lluvia y por la noche. Este señor aparentemente tenía trato con Salvador Fontainet, ya que ambos se dedicaban a las tareas rurales. Más de un vez se los ha visto tomando una cerveza en el bar del pueblo, nadie hubiera sospechado nada de Alfonso, en estos lugares la gente confía entre sí. Pero a decir verdad de la forma en que fue asesinada la familia y la saña con la que el asesino asestó cada puntazo en el cuerpo de Salvador hace pensar que el odio motivó tan triste desenlace.

Sigo recorriendo las calles, hablo con cada persona que cruzo, a decir verdad,  es tarea difícil establecer alguna charla, la gente tiene miedo, temen que el caminante vuelva, porque doña Patricia, la anciana más vieja del lugar, supersticiosa sobre todo,  dice que el asesino  no ha terminado con su trabajo y que va a volver. Tomo nota de cada mínimo detalle, para reforzar, por momentos hasta siento un poco de miedo.

Soy reportero, mi nombre es Jano Sanchez y esta es una grabación de mi trabajo para el diario “NOTICIAS DE LA REGIÓN”.

 


Consigna ocho: Optar por una de las dos consignas ( “alfa o beta”) que se proponen a continuación. (Extensión máxima: entre 1 y ½ y 2 carillas)

Historia original: En la década de 1910 fue detenido R. S., un ingeniero alemán, soltero, de 29 años, por haber cortado  un mechón de pelo a una adolescente, G. M. con una tijeras durante un viaje en tranvía. Luego e reconocer que había cortado el cabello para satisfacer su deseo sexual, fue enviado a la Sala de Observación de Alienados donde entabló un buen vínculo con un médico que le pidió que pusiera por escrito lo que el mismo R. S. llamaba su “enfermedad”.


Construir el  relato del paciente incluyendo en él alguno de los fragmentos originales que se transcriben a continuación:

“Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho”

“De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que me adivinasen por qué las estaba siguiendo”.

“En Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas”

“Fui detenido por segunda vez en Hamburgo”

“Habiendo cortado cabellos, me voy a la cama y estoy besando y besando los  lindos cabellos; los aprieto a las mejillas y las narices y estoy gustando el rico olor de los cabellos. Acostándome los tengo sobre la almohada besándolos, y entonces vienen los movimientos del cuerpo y después soy muy feliz.”

“Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino”

 

Consigna Alfa de la tallerista.

Doctor:

Con esta tarea que usted me encomendó,  voy a intentar explicar esta “enfermedad” que me acompaña hace ya tanto tiempo, nos conocemos desde que yo tenía 29 años y solía ser un exitoso ingeniero  y es la segunda vez que me lo solicita, y yo me pregunto:  ¿algo ha cambiado?

Verá, usted,  que esta “enfermedad” sea la de ser un simple loco, no lo sé,  no lo considero tan así, soy  un simple coleccionista, aficionado por lo que me hace sentir bien,  pero debo admitir que  por momentos se tornó inmanejable. Cómo describir la sensación que despierta en cada uno de mis sentidos el aroma, la textura, tan suave, que no puedo parar de besarlos, me transporta a mundos que usted no llegaría a comprender jamás, es que ese cúmulo de sensaciones envía electricidad a todo mi cuerpo y hace que estalle en mil pedazos, me eleve y me olvide que el mundo es tal como lo conocemos.

Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho. Pero lo tomaron como una travesura  y a medida que transcurrió el tiempo se convirtió en una obsesión, una necesidad, como una droga, necesitaba cada noche dormir sintiendo el contacto del cabello de una mujer diferente cada día. Mi preferencia siempre fue el cabello largo, lacio y rubio, aunque no me va a negar,  doctor, que una buena morena o una dama de cabellos color del fuego no le hacen cierta cosquilla ahí, usted me entiende.

Como le decía al principio siempre fue algo inocente ¿por qué yo no podía coleccionar cabello de mujer? Hay mucha gente que lo hace con estampillas, o recortes de periódicos. El problema para mí era la forma de obtenerlos, porque debía ser sin que la mujer se diera cuenta, debo decir y sentirme orgulloso de que muy pocas sintieron el roce de mis afiladas tijeras listas para la ocasión.

En mis tardes de largos paseos por el parque solía sentarme en un banco a elegir, hasta que daba con la que esa noche sería mi oculta prisionera. Me sentaba a su lado, conversaba algún tema banal y, en cuánto se descuidaba, mis manos y mis tijeras iban al ataque.

He intentado varias veces abandonar esta afición, hacer desaparecer todas las tijeras, intenté con el dibujo, la pintura, algo de música, aunque usted no lo crea, probé hasta enamorarme, pero siempre volví a lo que yo denomino mi primer amor.

El hecho es que con el correr de los años me fui poniendo viejo, y mi reflejos ya no eran los mismos, por lo que cada vez que lo quiero hacer, empieza alrededor mío un alboroto tal que debo salir corriendo, la última vez el agente me alcanzó  y aquí me encuentro encerrado, por momentos desesperado, porque hasta enfermeros hombres me asignaron, y hace ya tanto tiempo que no veo una mujer, es desesperante y angustiante; así que aprovecho estas líneas para solicitarle y  rogarle me consiga unos cuantos mechones, variados si puede, no se olvide que los rubios son mis preferidos, para aliviar mi pena nocturna. Piense que no me queda mucho tiempo, y, qué mejor que para el paso hacia el  otro mundo lo haga de la mano de un puro, femenino, cautivante y hermoso mechón de cabellos de una mujer. No le encuentro maldad alguna, nunca he sentido atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino. He tratado de llevar una vida normal, tengo mi casa y un gato que si Dios quiere a lo mejor me siga esperando. Espero haber evacuado sus dudas acerca de mí y sobre todo aclararle quién soy nuevamente. Hágale este favor a este pobre y solitario viejo que sólo desea descansar en paz.

Atentamente lo saluda.

R. S.

 

 

Copyright©Bárbara Larrusse

Febrero, 2019.  Todos los derechos reservados por su autor

 


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.