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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo XI. Historias de familia

Consigna dos Escribir el monólogo interior de un niño o niña en la siguiente situación: 

Un niño/a va al dentista. Está en la sala de espera con su mamá o papá, aguardando que lo atiendan. En la sala hay carteles didácticos con dentaduras, cepillos, instrucciones de lavado, y una vitrina en la que se exponen dentaduras de yeso.


Maldito torno

Siempre pasaba con mamá por este viejo edificio y lo miraba con algo de miedo, no sé porqué, seguramente por sus paredes, que ya ni color tienen. Y cuando mamá hoy de mañana me dijo que íbamos a venir a un médico por mi muela, ni me imaginé que podía ser acá.

Ya el cartel del frente no me gustó, porque está mal escrito, dice “ASISTENCIA PVBLICA”, si es la palabra que yo conozco, no se escribe con esa V, se escribe con la U, además, la señorita nos dijo que las palabras de tres sílabas y con acento en la primera se llaman “esdrújulas” y llevan siempre el acento escrito, aunque sea en mayúsculas, y esta no la tiene. A mí no me gusta entrar a los lugares que tienen carteles mal escritos. ¿No habrá ido a la escuela el que lo escribió?

Y esa señora gorda que nos atendió estaba muy seria, mamá la habló bien, pero yo me di cuenta de que ella no tenía muchas ganas de hablar, pobre, capaz tenía algún problema. Y ahora acá, esperando, en este lugar con muebles muy viejos, oscuros. Me llama la atención el aparador, tiene adentro muchas dentaduras, son muy blancas, a lo mejor son de yeso, porque el abuelo trabaja con yeso, él me lo mostró y es igual, o muy parecido. Para mí no tendrían que ponerlas así, porque los nenes chiquitos pueden asustarse cuando las vean. Los carteles están buenos, me gustan, el que los hizo dibuja muy bien, y usa colores lindos; te muestran cómo lavarte los dientes. Es muy difícil, además cuando me cepillo me sale sangre de la boca; si mamá no le dice, le digo yo al dentista.

Ahora que no hay tanta gente, escucho la voz del doctor, y un sonido raro, bastante feo, como de un aparato que no para. ¿Qué será?

–Mami, mami, ¿qué es ese ruido? ¿Es una cosa fea? ¿Algo que me van a poner en la boca? ¡Noooooo, me va a doler mucho! ¡No quiero entrar!

–Pero, Marinita, quedate tranquila. Todavía no sabemos de qué modo el doctor te va a curar tu muelita. ¿Por qué tenés que pensar así si todavía no entramos al consultorio?

Mamá me dice todo esto para que yo no haga lío, pero Lucía me contó que cuando ella fue al dentista le curaron el dolor de muela con un aparato  que le pusieron en la boca.  Era una manguera con una aguja en la punta, que tenía un motorcito que hacía un ruido horrible y a ella le dolía un montón.

Mientras forcejeamos con mamá, se abre la puerta, aparece un señor alto, serio, me mira y dice mi nombre. Yo aprieto mi mano a la de ella.

–No me sueltes, mamita.

 


Consigna tres beta Tomando el segundo texto de Steimberg como modelo, intentar recuperar recuerdos infantiles que se relacionen con la enfermedad de seres queridos o la muerte de abuelos o de personas próximas a sus familias (siempre y cuando pueda mantener una distancia con ellos y no les hagan desplegar emociones demasiado fuertes, que dificultan la escritura). Elegir uno de ellos e intentar ficcionalizarlos. Recordar que la construcción de escenas, la representación de un mundo a partir de detalles, la sujeción a la mirada a la hora de escribir son fundamentales para construir un texto interesante.


¿Se puede entender?

Transcurren las horas y todo es igual. Una casa colmada de gente, adultos que lloran, niños que corren. Tíos y primos que no vimos en años y hoy están aquí, junto a nosotros. Parientes que no sabemos que lo son, simplemente, porque mi familia es multitudinaria y no hay tiempo para conocerla entera. Vecinos, viejos conocidos, y una muchedumbre de desconocidos que llegan, saludan, rezan, se quedan o se van. No entiendo mucho qué pasa, pero entiendo que no es una situación cotidiana.

No puedo quedarme en ningún lugar, busco respuestas en el rostro de mamá, de papá, de alguna persona que quiera explicarme algo; sin embargo, no lo consigo. Y me uno a otros niños, desconcertados, curiosos, al igual que yo, pero también como yo, con unas ganas de corretear por el patio, por la vereda, por la calle. Por momentos nos abrazamos a nuestros mayores, hasta que nuestras infantiles miradas se buscan, se encuentran y deciden. Y la decisión es siempre huir de este espacio que, bien sabemos, no nos pertenece.

Mamá me aclara que tía Alicia se fue al cielo, de todos modos, es tan raro, porque ella está ahí, dormida, en paz. Y los chicos no podemos preguntar mucho, no nos dan respuestas exactas.

Tía Alicia es hoy la gran protagonista, dentro de un cajón que ocupa el centro del living de su casa. No sé porqué, tengo la impresión de que hoy todos la quieren, se acercan a ella, la saludan con afecto. A la distancia, yo la veo más linda que nunca. Mucha gente se aproxima, gente con gestos de dolor, con lágrimas en sus ojos. Detrás de ella, una inmensa cruz, y la mirada de un Jesús que este día parece más comprensivo, más protector.

Llega el momento de despedirnos. Claro, recién me doy cuenta de que es imposible mantener esta situación. Porque yo hoy no fui a la escuela, papá no fue a trabajar, muchos familiares no son de acá, tienen que regresar a sus casas. Todo esto tiene que terminar. Tía Alicia deberá quedar en un lugar donde “descansan” los muertos. Es lo que me dijo la abuela, que todos los años me lleva a su pueblo a visitar a sus papás, que están “descansando”. Y cuando desesperada busco a mamá, ella hace lo mismo conmigo, y tratando de esconder toda su angustia, me dice dulcemente:

–Ven, querida, el tío te va a ayudar a que saludes a la tía.

También este tío es uno de los tantos familiares ignorados por mí hasta hoy. Y en una mezcla de miedo, sorpresa y dudas, soy elevada, hasta acercar mi rostro colorado y vistoso al de mi tía, ahora pálido, inflamado, ya desfigurado casi. Beso su frente y, sorprendida, voy retrocediendo, y siento como si con mis labios beso la latita de bronce en la que guardo todos mis collares. Me considero observada, como si toda esta gente lee mis pensamientos. Me pongo triste, vuelvo corriendo a los brazos de mamá.

El tiempo ha pasado y no he podido aún volver a acercarme a una persona en ese estado. ¿Se puede entender la muerte a los diez años, cuando el alma infantil, con pocas e inocentes metas, solo quiere jugar?

 


Consigna cuatro Utilizando construcciones nominales que al modo de fotos o momentos detenidos de una escena den cuenta de una historia, relatar la siguiente situación:

Cuatro beta: Una noche de Navidad, con la llegada de alguien disfrazado de Papá Noel para repartir los regalos, desde la mirada de un niño o niña pequeños.

El patio de la casa de la abuela. Un árbol navideño, alto, enorme, con adornitos de muchos colores. Un pesebre, como el de la iglesia, con el Niño Jesús, la Virgen María y San José. La familia junto a la mesa grande. Todos vestidos de fiesta. Mantel blanco, rojo y verde en varios objetos. Platos y vasos que van y vienen. Mujeres preocupadas por ver todo organizado. Ricas comidas, bebidas frías. Correteos y gritos nuestros. Juegos y más juegos.

Miradas permanentes a la puerta grande. Larga espera. De pronto, prohibido movernos. Retos, pedidos de tranquilidad, algunas advertencias. Adultos con gestos raros. Preguntas, dudas, miedos. Lento correr de las agujas del reloj. ¿Las doce? Feliz Navidad. Brindis, “salud”, chin chin, choque de copas, saludos interminables, alegría.

De repente, silencio por la llegada de un señor gordo, barba blanca y larga, traje rojo, gorro con pompón, cinto y botas negros; y una enorme bolsa, pesada. ¡Bienvenido! Aplausos, risas, reparto de cosas, para todos. Pelotas de fútbol y autos para los varones; muñecas y juegos de cocina para las niñas.

¿Y yo?, ¿y a mí?, ¿nada? Seriedad, enojo, al borde del llanto. Inútiles intentos de consolarme. Compasión de mis primas, que buscan compartir conmigo sus regalos. Huida de ahí.

Que nadie me diga nada. Y alguien que me toca el brazo en ese instante, sí, él, el señor grandote de traje rojo, Papá Noel. Una mirada cómplice y una muñeca en su mano: vestido rosado, zapatitos blancos, pelo largo y oscuro con vincha, y una carterita en su brazo. No más lágrimas.

Felicidad infinita.

 


Copyright©Nélida Delfin 

Enero, 2019.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.