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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima: 2 ½ carillas)



Una mujer diferente


Por aquellos años yo me había hecho fama por ser la mujer de Rosendo Juárez, “el Pegador”; además de determinados atributos que toda persona debe, principalmente, a la juventud. Nadie sabía mi nombre, para todos yo fui “la Lujanera”, por el nombre de la ciudad de donde venía.

Rosendo era un hombre respetable, más bien temible, carpetero, hábil con el envenado. Al menos eso era lo que yo había creído hasta esa noche.

Aquella velada habíamos ido a milonguear a lo de Julia, se trataba de un viejo galpón de chapas raídas, un lugar bastante incómodo, pero la juerga y el entusiasmo por un tango eran tremendamente superiores. Y en eso estábamos, cuando de repente, un individuo extraño, vestido de riguroso negro, tieso, soberbio, ingresó en el lugar, y raudamente, no entendí bien porqué sacó el cuchillo y con mirada desafiante desapartó del camino a uno, dos, tres, y a varios más, como si con ese gesto dijera “presente”, “aquí estoy yo”. Los primeros se achicaron y se hicieron enseguida a un lado, los siguientes habían ido juntando coraje y respondieron a sus provocaciones con insultos, empujones, pechadas y salivazos.

No reparé mucho en detalles por observar detenidamente a Rosendo, hacia quien el despreciable sujeto se dirigía, o más bien la multitud lo fue dirigiendo hacia él, como si la gran meta para toda esa gente fuese la disputa entre ambos. Rosendo permanecía serio, callado,  inmutable, hasta que tuvo frente a frente a ese personaje, tan raro como provocativo. Yo atravesé el salón, abriendo paso entre hombres y mujeres, llegué hasta él, cuidadosamente saqué de su pecho el cuchillo y se lo puse en su mano. Misteriosamente, “el Pegador” observó el arma, como sin reconocerla, y la revoleó. No atinó a dar respuesta de ningún tipo, ninguna palabra salió de su boca, ningún gesto que delatara sus sensaciones.

Solo entendí en un segundo que Rosendo ya no era aquel hombre valiente, audaz, arriesgado que todos habíamos conocido, ni un hombre ya, parecía. Con la misma convicción con que siempre lo había seguido, esa noche decidí dejarlo; y de inmediato me arrojé a los brazos del otro,  de Francisco Real –era ese su nombre–.

El baile se nos metió en el cuerpo, en la mente, en el alma; sin embargo, no quedaba mucho tiempo y, con vértigo, huimos con la intención de no regresar, ni a lo de Julia, ni al barrio. Afuera la vida nos indicaría qué hacer, a dónde dirigirnos.

Nos fuimos hasta el arroyo. Feliz, creí que ahí sí estaba yo junto a un hombre digno, la cabeza me volaba con planes futuros; no obstante, el Corralero –así lo conocían, de mentas– estaba raro, más bien conmocionado. Yo le hablaba sobre la posibilidad de trasladarnos a un pueblo vecino, de trabajar juntos para paliar la situación. Necesitábamos cambiar de ambiente, de aire, y a falta de respuesta, le grité, lo sacudí, hasta que la furia me invadió, llevé mi mano hacia su pecho y, al igual que como lo había hecho con Rosendo en lo de Julia, extraje el cuchillo; quise darle un susto, hacerlo reaccionar, mas él percibió en mí otra intención y me quitó el arma.

Un innecesario forcejeo apresuró el final. Apenas pudo mi compañero balbucear:

–Hay algo, no sé, un líquido cálido, que recorre mi cuerpo.

 


Consigna veintidós beta A lo largo de un relato en primera persona, diseminar alusiones y citas pertenecientes a “El matadero” de Esteban Echeverría y lograr que esas referencias intertextuales cobren sentido a partir del efecto final, donde se evidenciará explícitamente el vínculo entre el nuevo relato y el mencionado cuento, tal como hace Borges en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” o “El fin”.

Por ejemplo: desde la perspectiva del unitario, narrar la historia de un hombre que esa mañana decide salir a pasear a caballo y se pierde y aparece en un lugar que le resulta hostil y en el que se encuentra con gente que preferiría no haber encontrado. Al final, se descubre que este personaje es el unitario que, en el cuento de Echeverría, morirá sobre la mesa de la casilla del Juez del lugar.



Camino a Barracas


Un cielo sin nubes y la serenidad de aquella mañana se prestaban para efectuar mi postergado recorrido desde la ciudad hacia el sur. El temporal de días anteriores había complicado el trabajo y el traslado a vecinos del lugar.

Barracas era mi plan, y con esa meta preparé mi alazán y partí. Con un trote lento, apacible, creí que nada podía perturbar ese bienestar que me suscitaba el paisaje sureño. Sin embargo, el camino enseguida comenzó a mostrarme algunos escollos. El barro, primero, como consecuencia de las lluvias interminables; algunas lagunas, luego, que aún quedaban debido a que tanta cantidad de agua había resultado imposible penetrar en el interior de los terrenos.

Estaba habituado a transitar por senderos anegados, había cabalgado muchas veces a ritmo lento, con paciencia, sabiendo de antemano que el trayecto se extendería por un lapso mayor de tiempo que en jornadas normales. Tormentas, precipitaciones, inundaciones eran moneda corriente durante el otoño, y recrudecían aún más el despiadado invierno, época en que toda tarea se lentificaba y había que redoblar esfuerzos. Por esto, me había despertado al alba y había tomado la decisión de salir a completar algunas diligencias pendientes en ese sitio.

En ningún momento había yo evaluado que las circunstancias ese día serían mucho más engorrosas. Llegó un punto en que el lodo transformaba en impenetrable el acceso a Barracas, por lo que debí efectuar un giro inesperado, que lejos de llevarme a la resolución del problema, me causó nuevos obstáculos.

Me vi, de repente, envuelto en una coyuntura completamente imprevisible: una multitud enardecida, peleas, gritos, insultos, empujones, lanzamientos de piedras, de trozos de carne, de barro. Entendí que cada quien se hacía responsable de sus acciones, y que yo podría continuar mi itinerario, teniendo en cuenta que no me involucraría en ninguna disputa, y con la certeza de que al respetar sería respetado.

Mas, en un instante, un batallón de individuos embravecidos descargaba sobre mí toda su furia y, a partir de ahí, todas mis convicciones se derrumbaron. Eran tiempos difíciles, y más allá de que no había por qué coincidir en ideales políticos, hubiese correspondido la aceptación del otro, condición normal de la convivencia social, pero  durante mi convalecencia entendí cuánto variaba la distancia que nos separaba del otro, el grado de otredad, de extrañeza y de carga afectiva, y la actitud apreciativa, o despreciativa, con que nos acercábamos a él.

En una sucesión confusa de personas y de hechos, solo la imagen de mi alazán unido a mí me devuelve hoy la memoria.

 


Consigna veintidós delta Tomar un mito griego (Prometeo, los argonautas y el vellocino de oro, Fedra, Medea, Electra, Edipo, etc.) y escribir una versión en la cual se “traicione” algún aspecto de su historia o de su ideología. El relato puede hacerse a partir de un solo punto de vista narrativo o de varios que polemicen. Por ejemplo, contar la historia de Jasón y los argonautas desde la perspectiva de Medea, que ya anciana, recuerda las atrocidades que debió cometer obligada por la ambición de su prometido, y la de éste, Jasón, que pinta una Medea capaz de cualquier cosa debido a su locura. (Extensión máxima: 2 carillas)

 


La hora de la venganza


Electra respiró profundamente, como hacía mucho que no lo lograba, en busca de la tan anhelada calma. Los sucesos de los últimos días se habían precipitado de tal modo que no le habían permitido reflexionar sobre lo sucedido. Había llegado, ahora sí, el momento de un reparador descanso, de liberar su mente de tantos tormentos y de tanto dolor.

Electra, la hija de Agamenón y Clitemnestra, era una jovencita de buenos modales, con la justicia como bandera de los valores con los que había que conducirse por la vida. Mientras su padre, un noble y valiente guerrero, permanecía en Troya, al acecho de la ciudad, su madre conquistaba al ambicioso Egisto.

Cuando su padre regresó, Egisto y Clitemnestra pactaron asesinarlo. Electra fue  testigo de tan estremecedor crimen, por lo que tomó la decisión de no detenerse hasta vengar su muerte. Así, envió a su hermano menor Orestes hacia el monte Parnaso hasta que pudiera él ejecutar su plan.

El tiempo transcurría y parecía que Orestes seguía siendo aquel niño travieso, como si ese tiempo que avanzaba normalmente para todos, se había encaprichado en detener su crecimiento. Y Electra iba perdiendo la paciencia, en aquellos tiempos, el deber iba de la mano del honor; y hasta que el honor de su padre no fuera reivindicado, seguiría en su entorno reinando la injusticia. Un delito de tanta gravedad continuaba impune.

Llegó el momento en que Electra ya no podía seguir esperando, su tolerancia se acababa; ese niño que ella había querido proteger para que se convirtiera en un adulto sano, decidido, enérgico, no aparecía. Y comenzó a diseñar ella misma el resarcimiento por la tan horrorosa muerte de su padre.

Raudamente pasaron por su mente algunos cuestionamientos: que una mujer no reunía las condiciones para ejecutar una venganza, que ella desconocía el funcionamiento de las armas, que ninguna persona la apoyaría, que quedaría prácticamente sola, entre una catarata de pensamientos que no se detuvieron ni interfirieron en la concreción de su proyecto.

Electra sentía que ya no era la misma, ya no era esa jovencita que había aguardado tanto la madurez de su hermano pequeño para cumplir con su deber. Porque ella misma, desde su condición femenina, desde el manejo de elementos materiales necesarios, desde la conversión de ancestrales ideas arraigadas,  había podido consumar el acto.

Con sigilo se había preparado para alcanzar su meta, su sed infinita de venganza la había atrapado. La muchacha le había perdido el miedo a las armas, podía manipular el gatillo con la misma naturalidad con que cuando niña manipulaba sus juguetes nuevos. El odio declarado abiertamente a su madre la favorecía, pues creía que Clitemnestra ya no merecía su respeto, ni su consideración.

Cuando entendió que había llegado el momento, que era en vano seguir expectante, tomó el arma, revisó su munición, se ocultó en un minúsculo punto de la sala, invocó a Dios y a su padre, y permaneció exaltada ante la inminente llegada de los amantes, quienes, justamente ese día, demoraban su presencia en el lugar.

Y cuando estaba a punto de desistir de su obra, asomó, primero Egisto, luego su madre. Había ideado, imaginado, soñado tanto ese instante que, presa de una enorme confusión, cuando perdía la certeza, sus manos la ayudaron a recuperarla, y fueron uno, dos, tres, no sabrá nunca cuántos, disparos.

Quedaban dos almas que quizás habrían de seguir unidas, pero no en este mundo, no como ellos macabramente lo habían perpetrado.

Electra ya no era la misma, tampoco sabía qué rumbo tomaría su vida a partir de ahí, cuál sería su nuevo enfrentamiento; no obstante caminaría por ella con la convicción de que Agamenón, su amado padre, finalmente, después de tanto tiempo, descansaba en paz.

 


Copyright©Nélida Delfin  

Noviembre, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.