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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías

Consigna dieciocho beta Seleccionar uno de los siguientes topónimos para describir imaginariamente el lugar y narrar la vida de sus habitantes. Los topónimos, nombres propios de un lugar, suelen portar resonancias de ese espacio.


Puerto Ángel 

Allí donde la naturaleza deleita a quienes se acercan, donde cielo y mar se funden en un abrazo fraterno, está Puerto Ángel. Todo viajero supone que ese Ángel debería ser Ángela, femenino, pues el nombre se relaciona directamente con esa naturaleza majestuosa que supo conjugar todos sus elementos para conformar la ciudad.

El sol permanece en pie durante varias horas; la luna se yergue altiva y victoriosa durante las noches. El mar transmite serenidad a los transeúntes, los morros saludan gráciles. Cada sendero colma de bonanzas a quienes lo caminan; la vegetación obsequia colores y fragancias. El viento no agrede, acompaña.

En ese sutil bienestar, un pueblo escribe día a día su historia, sin alteraciones, sin sobresaltos, sin angustias. Sus habitantes están atravesados por una rara armonía, incomprensible por momentos, como si algún ser supremo les ordenara la vida. Cuesta creer que no encuentren obstáculos, más bien alguien los ayuda para que puedan sobrellevarlos con esa placentera calma.

Algunos son pescadores, han hecho del mar su hábitat y le conocen sus secretos; otros son responsables de la vegetación, a la que acompañan en las diferentes fases de su arduo proceso. Y un número importante de personas atiende a los peregrinos durante su estadía en el lugar, ya sea en hosterías, comedores, visitas a sitios naturales, entre otras posibilidades.

Las comidas se elaboran con ingredientes del lugar; las bebidas se reducen a jugos de frutas naturales. La vestimenta es fabricada en cada hogar, con telas de tonos llamativos y alegres.

Los lugareños no hacen cuestionamientos metafísicos, ni de ningún tipo, simplemente desarrollan su existencia en completo asentimiento con lo que la vida les asigna.

Mientras el tiempo sigue su marcha, dejando huellas y lecciones, descubro el misterio que rodea a este humilde poblado, que nació junto al mar en un día ya lejano: Ángel es ese ser celestial que durante cada jornada colma de paz a su gente. Historias legendarias de un ser que se fue para no volver –pero que parece que nunca se fue del todo– se tejen en torno a su existencia.

 


Consigna diecinueve Describir subjetivamente un lugar real, haciendo un registro de impresiones. (Extensión máxima: 1 ½ carilla).

La plazoleta del barrio 

En el corazón del Barrio “La cantera”, donde confluyen las calles Saavedra y Alvear, animada durante el día, soberbia y misteriosa durante la noche, se halla la antigua plazoleta.

Nuevas luminarias engrandecen el lugar y regocijan a los paseantes. Hacia calle Saavedra, la ermita de Madre Maravillas convoca a fieles y devotos, quienes depositan diariamente sus ruegos, y también su gratitud.

Junto al santuario, enhiesto, orgulloso, un viejo paraíso contribuye con la calma que todo el espacio transmite. Una palmera más bien pequeña también dice presente y entrega ese verdor que tan bien recoge la vista del visitante. Con la misma tonalidad esperanzadora, el césped cubre todo el suelo y acompaña a las plantas, cuyas hojas y flores ornamentan la escena. Fragancias diversas se expanden e inundan de gozo a los peregrinos.

Hacia calle Alvear, la estatua del Boxeador rinde justo homenaje a quienes se han dedicado a este deporte, y todos los 14 de septiembre celebran su día. Una obra cuyo valor es esencialmente significativo para los deportistas, para sus familias, y para tantos aficionados a esta disciplina.

En el centro, la glorieta luce un relevante elemento arquitectónico, una pérgola, que con dos hileras de columnas que soportan un techo de viga, es el refugio constante de plantas trepadoras. Todos los senderos internos conducen hasta allí a los caminantes. Bancos de impecable blanco completan la obra.

Un viejo kiosco provee de golosinas a los niños, cuyas demandantes vocecitas se escuchan en tardes de domingo, en que el sitio se transforma en un verdadero paisaje recreativo. Don José lleva muchos años conquistando un público infantil siempre fiel, a pesar del recambio generacional que el transcurrir del tiempo conlleva. ¡Cuánto regocijo imprimen garrapiñadas, pochoclos y copos de nieve! Casi todos lo sabemos, como si al ver ese mar de golosinas, un poquito nos duele haber crecido.

Un pasamanos, un tobogán, un sube y baja y varias hamacas colman el paraíso infantil por el que día a día circulan los niños del barrio, y muchos que no son del barrio también. Una ligera melancolía caprichosamente se detiene en nuestro ánimo y nos transporta a otras épocas, mágicas, irrepetibles, cuando el cielo, el sol, el pasto, el parque, todo nos pertenecía.

Completan este panorama personajes que diariamente se congregan, algunos que han hecho de él su hogar. Un hogar con quien han construido una perfecta simetría, al que cuidan, y al que no le generan ninguna complicación. Atentos con los adultos, generosos con los niños, ven pasar la vida en un espacio que los acepta sin condicionamientos. Sus voces se escuchan apenas, como si por momentos ellos tomaran distancia de su realidad y se sumergieran en cavilaciones filosóficas, metafísicas quizás. ¿Habrá en ellos dudas existenciales? Contrariamente a lo que se podría pensar, por las noches, su presencia impregna el lugar de cierta seguridad, más aún, de serenidad. Sin embargo, y sin que en ningún momento pierda la calma, el misterio ronda a veces esta plazoleta, que la vida ha ido convirtiendo en escenario de aventuras, de historias románticas, que a través del tiempo se han ido tejiendo, y que alguna vez algún poeta intentará desentrañar.

 


Consigna veinte Escribir un relato que ocurra en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar. (Extensión máxima: 2 carillas).

Una noche diferente 

Los minutos transcurren, se hace tarde y quiero llegar cuanto antes a mi hogar. Camino abrumada con la idea de que no lo voy a lograr. ¿Por qué los seres humanos quedamos en determinadas coyunturas presos de esa intuición, que nos anula el razonamiento? ¿Por qué no habría de llegar?

Hace mucho frío. La brisa, que no advierte mi apuro, no me ayuda, va en sentido opuesto al mío, hoy no nos entendemos. De repente, empiezo a escuchar ruidos, distantes primero, más cercanos luego; no quiero darme vuelta, quiero creer que esta palestra será mi remanso, como lo ha sido durante tantas noches. Con mi itinerario habitual, me considero un pedacito de su alma, la atravieso todos los días, de regreso a casa.

Sin embargo, esta noche percibo todo de forma diferente. ¿Dónde están los habitués, cuya presencia, tantas veces, acompaña gentilmente a los transeúntes? Ninguna existencia humana, como si mágicamente han huido del sitio, al que muchos habían transformado en su hogar. Sus voces y sus risas han sido reemplazadas por estruendos indefinidos, enigmáticos. Un enorme abanico de sensaciones me invade: temor, incertidumbre, agotamiento, y esa impresión de un cuerpo que se hace lento cuando más móvil debiera estar. Como puedo, apresuro el paso, quiero salir cuanto antes de la plazoleta, mas siento que no lo voy a conseguir. En un lapso muy breve de tiempo me alcanzarán. ¿Quiénes me persiguen? ¿Cuántos son? ¿Dónde estarán los “dueños” naturales de este, otrora, paradisíaco espacio?

La brisa se ha transformado en un viento fuerte, cómplice de mis perseguidores, y me provoca nuevos temores. Por momentos, creo que me despego de la zona peligrosa, que los ruidos me dan una tregua, pero es solo eso, una tregua, al instante retornarán. Pronto estaré en la calle nuevamente, puede que haya ahí mayor movimiento, autos, motos, estaré más protegida. Ellos no se atreverán, pues tendrán que afrontar luego problemas mayores. De todos modos, hace rato que lo he decidido: les entregaré el bolso, con algunos papeles, cosméticos, pequeños objetos de escaso valor, y se irán satisfechos.

Alcanzo a salir airosa de la plazoleta, no obstante, la tregua se termina. Ellos ya están muy cerca, percibo detrás de mí su respiración. Llego a la esquina, el miedo me paraliza; me detengo frente a la casa grande, golpeo con fuerza la puerta, en vano. Y mientras espero y desespero, la sirena policial envuelve con su inquebrantable sonido la cuadra, el barrio, la ciudad. Uno de los vehículos de la patrulla se detiene frente a mí y un uniformado abre la ventanilla y me pregunta si estoy bien, y si observé o escuché algo extraño. Trémula, con un confuso balbuceo, ensayo una respuesta que los oficiales no entienden. Creo que no la necesitan, que ya manejan suficiente información al respecto, ya han conformado un gran operativo. Se ofrecen a trasladarme hasta mi casa y me hablan de los riesgos que acarrea el andar sola en la calle.

Me cuentan: dos sujetos con actitudes sospechosas acaban de atravesar la plazoleta, coincidentemente con la fuga de dos delincuentes peligrosos de la unidad penal de la ciudad, ubicada a pocas cuadras del lugar. Varias unidades policiales van por ellos.

 


Copyright©Nélida Delfin

Septiembre, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.