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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo II Relatos del yo

Consigna dieciséis Usted es Emilio Renzi y le envía una carta a Bartolomé Marconi en la que critica la actitud que tuvo con respecto a las cartas de la mujer fea. Renzi, como buen intelectual enmarca su comentario en un tema más amplio: la relación vida/literatura. Como en un juego de cajas chinas, incluir esta carta dentro de un relato que explique la necesidad de la publicación de la mencionada carta. (Extensión máxima 3 carillas).


a)

Estimado Marconi:

Sin ánimo de entrar en una controversia literaria, o caer  en un debate  acerca de las actitudes humanas, la envida, el rencor o el ego de escritor, se me ha hecho casi imposible olvidar una historia que me contó nuestro amigo Tardewsky hace un par de semanas la última vez que nos vimos. Me refiero a la mujer fea con la que entiendo usted se ha estado escribiendo. Todavía me imagino a esa mujer volviendo a su casa, con una confirmación errónea acerca de sus textos. A la luz de los hechos creo que usted, amigo Marconi, incurre en la más insensata de las empresas, creer que con las pequeñas contribuciones cotidianas  se pueden modificar procesos globales e irreversibles. Es decir,  quizás usted, pudo haber neutralizado el nacimiento de una escritora nueva capaz de dejarlo en ridículo o superarlo en la escritura, pero de la misma manera que existen en el mundo millones de escritores mediocres, existen también millones de promesas literarias que no se encuentran en su camino con personajes mal intencionados que avasallen su carrera.

Esta señora podrá abandonar la escritura y dedicarse a bordar manteles, pero eso no impedirá que otros escritores -cuyas vidas tampoco sean dignas de ser contadas- salgan a la luz y tengan el reconocimiento que se merecen.

Querido Marconi, si una persona necesita vivir experiencias  interesantes para luego ser un escritor no existirían los escritores, la escritura nos muestra lugares y hechos asombrosos que pudieron suceder o no, que podrían transcurrir en el futuro o no. Es fácil contar sobre lo que se ha vivido, interesante o no, es una tarea sencilla, ustedes mismo lo debe haber notado, escribir sobre un hecho vivido se escribe de un tiro.  Se escribe sin correcciones, yendo al grano, usando los matices adecuados, poniendo énfasis en lo que se quiere contar y ocultando lo que no. Pero contar una historia que ni por asomo pertenecería a nuestra vida, eso es lo realmente difícil y valorable.  Si bien es cierto que es imposible segregar el escritor de su obra,  esto no tiene nada que ver con la necesidad taxativa de la vivencia de los hechos en carne propia, no tiene nada que ver con la experiencia vivida. Una persona puede contar con lujo de detalles cómo cometería el crimen perfecto, podría  contar por donde entraría a la escena del crimen, cuales serian sus frases a la víctima y hasta la coartada perfecta, pero esto no significa que esa persona alguna vez, pudiese cometer  delito alguno.  Una persona podría escribir la epopeya de amor más grande de la historia, aun cuando  no pudiese nunca viviera una historia de amor genuina. No son las experiencias las que deben ser vividas, si no es la mágica capacidad de  hacerse cargo de los pensamientos que vivirán esas personas que transitan esas experiencias.

Estimo que sería más fácil para  Neil Armstrong contar cómo se ve la tierra desde el espacio, pero no significa que no se puedan escribir aventuras espectaculares donde el hombre domina el cosmos.  Colega Marconi, me gustaría ?si no le molesta, y no ha tomado a mal mis palabras? me pase algunas cartas de esa mujer, es más, quisiera su número de teléfono si se puede. Tal vez yo podría darle otra visión a esta mujer, confío en su caballerosidad.

Un gran abrazo.

Emilio Renzi

 


b)

Renzi pasó semanas recordando la historia de Marconi contada aquella noche en la voz de Tardewsky. Daban vueltas en su cabeza esas imágenes descriptas, una mujer fea, poemas tan maravillosos que eran dignos del más grande escritor, la desilusión mutua. No podría decir que seducía más a Renzi, conocer la persona detrás de esos maravillosos escritos,  o la experiencia de conocer esa fealdad ridícula,  que quizás sería una belleza infinita. Entonces dudó si la historia de Marconi había sido cierta. Quizás los escritos no eran tan buenos,  o quizás la mujer no era para nada fea. Un día fue a una plaza, donde se vendían libros usados a precios excelentes. Vagó por varios puestos hasta que en uno de ellos encontró a una mujer buscando libros de sonetos, lo supo porque escucho que se los pedía al vendedor. Intentando no quedar como un acosar, Renzi observó a la mujer, la recorrió de arriba hacia abajo. Incluso caminó alrededor simulando buscar un libro. La mujer notó la presencia de Renzi y se incomodó al sentirse observada.

—¿Le sucede algo? Preguntó la mujer.

—Buenos días. Dijo Renzi. Veo que usted aprecia los sonetos al igual que yo.

La mujer no dijo nada, devolvió el libro al vendedor y se fue hacia otro puesto. Renzi decidió arremeter y volvió hablarle a la mujer.

—¿Es usted escritora?

—Sí. Dijo la mujer.

—Yo también lo soy. Dijo Renzi. Si a usted no le molesta ¿aceptaría tomar un café, y hablar un momento?

La mujer dudó pero aceptó. Entraron en un café que estaba cerca de la plaza, se sentaron en una mesa en el fondo. Renzi sacó de su maletín un libro, y le mostró poemas y sonetos que había marcado con separadores improvisados con hojas de papel madera. Le indicó varios poemas, la mujer no emitía casi palabra, por momento asentía con la cabeza y tomaba su café. Ya no estaba asustada y de vez en cuando sonreía.

—¿Usted, tiene algo suyo? ¿Algo escrito por usted?

La mujer no dijo nada pero sacó un cuaderno, con anotaciones, y se lo dio a Renzi. Eran poemas. Estaban bárbaros. Poemas, sonetos, frases, en algunos había dibujos e ilustraciones.

Hablaron por algunos minutos más, e intercambiaron teléfonos.  Al día siguiente llamó al número que le dio la mujer, llamó a las 11:30 aunque había tenido ganas de llamarla desde las 8:00 am. Le pidió a la mujer que necesitaba algunas copias de su trabajo, conocía un editor que estaría interesado en un material semejante. La mujer se sorprendió, incrédula, aceptó la propuesta y quedo en reunirse al día siguiente para darle las copias. La cita era en el mismo café a las seis de la tarde.

Al día siguiente la mujer faltó a la cita, Renzi llamó al número que le había dado pero la mujer ya no atendió. Luego de esto pasaron dos semanas en que Renzi intentó comunicarse con ella en vano llamándola todo los días a las diez de la mañana. Entonces en su cabeza le acosó una idea, una idea que aunque podría parecer poco probable quizás era cierta, que la mujer que encontró por casualidad, por esas providencias del destino, que a veces son tales, sea la mujer de la anécdota de Marconi. Solo había un punto de conexión entre esa misteriosa mujer y la mujer de la anécdota, una prueba irrefutable de que se trababa de la misma persona: su número de teléfono. El nombre con el que dijo llamarse la mujer en el café no significaba nada, quizás era un pseudónimo.  Entonces le escribió una Carta a Marconi solicitando el número de esta mujer. Y si era el mismo número, era la misma mujer, y si era la mujer de las cartas, en las cartas estaría su dirección, ya estaba grande para andar con juegos y era capaz de caer a la casa de la mujer para seguir en contacto con ella. Esa misma noche escribió la carta que ahora les transcribo.

 


Copyright©Daniel Aguilar

Agosto, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.