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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VI Focalización

Consigna cuatro: escribir un relato a la manera de Faulkner en “Mientras yo agonizo”. Pensar en una situación de la que puedan dar cuenta varios personajes, como protagonistas o testigos. La situación debe desarrollarse a medida que el texto avanza gracias a los monólogos de los personajes que alternativamente narran desde su punto de vista en primera persona. Por ejemplo: la lectura del testamento de una mujer ante sus herederos. La situación puede estar relatada desde la mujer que antes de morir imagina la escena, por el abogado que lee el testamento, por alguien que entra circunstancialmente a servir café y a retirar el servicio, por los propios herederos. Extensión máxima: cuatro carillas, aproximadamente.

 

Un encuentro accidental 

Alfredo 

Caminaba por la peatonal aquella fría mañana invernal cuando de repente papeles y más papeles se propagaban en el lugar. Mientras trataba de determinar su procedencia, escuché los gritos de una mujer que, con desesperación, solicitaba ayuda.

Carmela 

Como todas las mañanas, esperé a que el sol asomara para realizar el matutino paseo por las calles céntricas de mi ciudad. Bajo aquella serenidad, aromas citadinos invadían ánimos y rostros de tantos transeúntes que, sumergidos cada uno en su mundo, avanzaban hacia su destino. La luz solar era tan tenue que parecía que en cualquier momento nos abandonaba.

Pablito 

Eran las vacaciones de invierno y mamá cumplía su promesa de llevarme a desayunar a un café de peatonal San Martín. ¡Café con leche y bombones de chocolate!

Gabriela 

Siempre me había gustado efectuar trámites, gestionar, ir de una oficina a otra, entablar relaciones con responsables de las diversas secciones de bancos, registros, mutuales, entidades periodísticas, etc. Sin embargo, no era yo una persona ordenada; guardaba toda la documentación apilada en carpetas, libros y hasta en revistas. Y me proponía cambiar, organizarme, ubicar documentos y formularios en folios, con cartelitos, por fechas, por instituciones, o por orden alfabético según el apellido de los agentes; organización que nunca llegó, tampoco había comprado la tan anhelada carpeta con divisiones.

Carmela 

Siempre me sentaba en el mismo lugar y, mientras observaba una ciudad bulliciosa, intentaba analizar las razones de tanta prisa, por qué las personas corrían, ensimismadas, sin detenerse, qué recónditos motivos las llevaban a manejarse de ese modo, como si solo existiesen sus problemas, sus metas, su vida, diría yo.

Pablito 

¡Cuánto entusiasmo, cuántas ganas de sentarme en ese café! La noche anterior me había dormido preocupado pensando que quizás amanecía lloviendo, y mamá no iba a querer salir con la lluvia. Me parecía escuchar su voz que me decía “te vas a enfermar, mejor vamos otro día”. Y si bien el azul del cielo traía algunas nubecillas, mamá comprendió que no era una buena excusa para quedarnos en casa.

Gabriela 

Mientras transitaba, como tantas jornadas matinales, por peatonal Entre Ríos, sumergida en mi mundo de trámites, horarios y documentos, un fuerte e inesperado viento hizo que se desprendieran de mí casi todos los papeles que portaba en una carpeta con solapas, y con elásticos estirados. Copias de documentos personales, de partidas de nacimiento, de carnets de obras sociales, certificados médicos, formularios escolares, todo se disipaba. Al viento le siguió la lluvia, intensa, disparatada, lejana a mi aflicción, a mi congoja.

Alfredo 

No entendía qué le había sucedido a la joven; de repente me vi envuelto en un mar de papeles, entre los que enseguida pude distinguir membretes de instituciones públicas, formularios elaborados, sellos; no obstante, no los relacioné con ella. Pensé que alguien había intentado arrebatarle su cartera, y hasta que la había empujado.

Carmela 

Si se presentaba algún inconveniente, inmediatamente yo abandonaba el lugar. No estaba para presenciar peleas, discusiones, arrebatos. Sólo me distraía el deambular agitado de la gente, en fantástico contraste con la calma con que yo asumía la vida en esos momentos. Pero esa mañana no pude irme, permanecía en el lugar en el que coincidían personas desesperadas y papeles que disparaban a raíz de un gran ventarrón. La mañana se transformó en noche y tanto adultos como niños gritaban desaforadamente.

Pablito 

No podía creer la mala suerte que tenía yo. Justo que mamá había decidido salir, el temporal que nos jugaba una mala pasada. Cuando faltaba una cuadra para llegar al café, nos sorprendió una tormenta bastante fea. Lo raro era que, mientras casi todos corrían y se ubicaban bajo algún toldo o techito, dos jóvenes se quedaban bajo la lluvia, como buscando algo que se les había perdido.

Alfredo 

Había logrado rescatar varios formularios, arrugados algunos debido a la rapidez y torpeza con que los había agarrado; y algo sucios otros, ya que para que no se me escaparan, los había pisado. En eso estaba cuando sucedió algo peor, porque el viento fue la antesala de una copiosa lluvia, yo no lograba ver a la chica; y sí podía ver cómo se disipaban aún papeles que ya no podría recuperar, debido a que mojaría todos los demás que había logrado tomar.

Carmela 

Busqué refugio en un antiguo café, en el que una madre y su niño habían interrumpido su desayuno para observar a través de la puerta transparente lo que sucedía afuera. El niño parecía preocupado, o asustado; y no por el temporal, precisamente, sino por una joven que empapada y aún bajo la lluvia parecía que seguía buscando algo. ¿Sería –pensé yo en ese momento– la dueña de esos papeles que segundos antes habían circulado por las calles, como si caprichosamente se habían soltado de sus manos? Y con todo el candor que el inocente llevaba en su alma, solo quería ir en auxilio de la chica.

Gabriela 

“Soy Alfredo”, me interrumpió. Sentados a la mesa de un viejo café, empapados ambos; yo, trémula, enojada conmigo, con mi desorden, con el cambio tan brusco del tiempo, en escasos minutos le conté mi vida. Le hice una caracterización precisa de mi trabajo, de mis objetivos, de mis preferencias, de mis actitudes. Había hablado tanto, y no había escuchado nada. Ni siquiera su nombre le había preguntado, tampoco tenía la certeza de haberle agradecido a él cuanto había hecho por mí. Me di cuenta de todo en ese instante, cuando él se presentó:

–Y vos, ¿cómo te llamás? –me había dicho a continuación.

–Soy Gabriela, disculpame. No pienses que siempre soy así –pude manifestarle.

–¿Así cómo? –me preguntó rápidamente.

–Así como me ves, así como me presento ante vos que pusiste sobre tus hombros la difícil tarea de rescatar, en medio del viento y de la lluvia, la mayor cantidad de papeles posible.

–No te preocupes, me gustan las personas auténticas, que desde el comienzo se muestran con total naturalidad. Me hace pensar que confían en mí. Además, comprendo tu situación, tus nervios, tu malestar –reflexionó enseguida.

Alfredo 

Tantas cosas hubiera querido yo decirle cuando la encontré, empapada, angustiada, vulnerable en su fortaleza, bella en su pesar. Nos sentamos junto a la mesa de un antiguo café y me relató su vida en un instante, esa vida que ese día se había encargado de acercarnos, quizás para siempre.

Pablito 

De pronto entraron el muchacho y la chica que un rato antes buscaban algo bajo la lluvia. Me pareció que se habían hecho amigos.

Carmela 

Por alguna extraña razón me quedé en el café, no quise irme, creo que quise ser testigo de una gran historia, a pesar del viento, de la lluvia, de los papeles que se dispersaban, de todo.

 


Consigna trece alfa: Relatar los hechos ocurridos en la tintorería de “La casa de los relojes” cambiando el punto de vista. El narrador, en primera persona, puede ser Gervasio Palmo, Nakoto, la maestra, la madre del niño o uno de los invitados a la fiesta. Es necesario instalar al narrador en una situación comunicativa que haga posibles sus palabras (por ejemplo, la madre cuenta a una vecina lo ocurrido, la maestra comenta la carta del niño a otra maestra de la escuela, uno de los invitados declara en la comisaría). Extensión máxima: dos carillas. 

Una carta colmada de misterios e intrigas 

–Rosita, debido a que Ud. es una docente con una amplia trayectoria, y yo recién comienzo, le pido unos minutos de esta hora libre que compartimos para contarle algo. Se trata de un alumno de mi cuarto grado, Nicolás, quien escribe muy bien, y se comprometió a ejercitar a través de la redacción de cartas –le expresé a la maestra que llevaba en la  institución la mayor cantidad de años de servicio, ni bien ingresé en la sala de docentes.

Con la seriedad que la caracteriza, asintió, y así inicié yo mi relato:

–En la última carta, cuyo tema eran las vacaciones, Nicolás hizo referencia a una fiesta en la que había participado, por la celebración de un bautismo. Efectuó una descripción muy precisa sobre las personas, el decorado, la comida y bebida, el canto y el baile. Y en particular aludió a un hombre, de oficio relojero, que había asistido a la fiesta, con un traje bastante arrugado. Por lo que entendí de su escrito, a este señor lo habían tratado muy bien. Sin embargo, él se disculpó una o dos veces por el estado del traje, e inmediatamente un individuo, que según mi alumnito, tenía una tintorería por ahí cerca, le manifestó que irían a su negocio a plancharlo. Parece que todos asintieron ante la idea y varias personas se trasladaron enseguida al lugar. Lo que me sorprendió, Rosita, fue que Nicolás se entusiasmó y, a pesar de la negativa de su mamá, salió corriendo junto al grupo de adultos, siendo que él es tan obediente.

–Sí, de todos modos, querida, los niños suelen tener estas reacciones –me aclaró.

–Sí, claro; pero a partir de ahí, el contenido de la composición se tornó confuso. Los preparativos para el planchado eran prácticamente extraordinarios; Nicolás nombraba diferentes olores, a amoníaco, entre otros gases. Y lo más extravagante fue que Estanislao –así se llamaba el señor del traje arrugado– se había acomodado sobre una mesa larga, y que al traje lo plancharían puesto.  Caracterizó como extraña toda la situación, tan raros eran los movimientos de los hombres que allí se encontraban, como los objetos que ellos manipulaban.

–¿No se te ha ocurrido pensar que algunos detalles pueden estar vinculados con la imaginación de Nicolás? No lo conozco, pero viste que en esas edades, y hoy con tanto cine y televisión, el niño podría estar fusionando realidad y ficción, o quizás entretelones de algún sueño que pudo haber tenido –analizaba Rosita, con voz pausada y cauta.

–Es cierto, Señora, la mente humana hace lo suyo también. Y finalmente, en medio de tanta turbulencia, Nicolás se descompuso y lo llevaron a su casa. Obviamente, el pequeño desconocía el desenlace de este suceso, y no volvió a ver al relojero. Ante sus interrogantes, los mayores le respondían que Estanislao “se había ido a otra parte”.

–Y algo más –agregué– entre las personas y los automóviles que venían al taller a retirar los relojes, apareció un camioncito de una relojería que se denominaba “LA PARCA”.

–¡Uh! ¡Magnífica culminación! –exclamó irónicamente mi interlocutora.

–Atípica, estrafalaria, ciertamente, Rosita, esta historia. Para mí, esto no puede pasar desapercibido.

El timbre nos anunció un nuevo contexto para ambas, mas, antes de despedirnos, le supliqué: –Me ayuda, mi estimada colega, a pensar qué puedo hacer?


Consigna catorce: Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas. 

Una experiencia por las hamacas voladoras 

Había decidido ese domingo ir al parque de la ciudad y se había despertado feliz ante la idea de subir a las hamacas voladoras. A pesar de sus años, Ana no había pasado por esa experiencia. Sin embargo, la prueba no fue coherente con sus expectativas. El primer inconveniente lo tuvo con el sombrero, que casi nunca se quitaba, pero que en las alturas era difícil sostenerlo. Por suerte, llevaba consigo la medalla de la Inmaculada Concepción, de quien siempre había sido devota, y a la que se aferraba ante coyunturas complejas. Al comienzo, las hamacas volaban bajo, se iba acostumbrando a ese vaivén que le brindaba una perspectiva diferente de la ciudad, sus edificios, sus plazas, sus monumentos. De repente, la mujer se sintió mareada, le parecía que la velocidad era excesiva, pero se trataba de su primera experiencia, no tenía idea respecto de la prisa con que se manejaban esos aparatos. Desde la altura en la que se encontraba, oyó el crujir de las cadenas; se contuvo para no gritar, mas estaba ya en ese momento muy asustada. Una jovencita, ubicada muy cerca, logró también ahogar su grito, casi desesperado. Un hombre gordo, otro integrante de esa hazaña, perdía completamente la calma. Ana pudo pensar en él, y el agravante en ese trance, debido al peso de su cuerpo, desproporcionado con la debilidad del asiento de madera, que a esas alturas tampoco generaba confianza. Esperaba impaciente que el responsable de las hamacas, un señor mayor, serio, gruñón, tomara alguna decisión; no obstante, lo observaba desde lo alto, trémulo, dubitativo, hasta que vio que se acercaba, contrariado, hasta la palanca, conducida por un adolescente que parecía no comprender la gravedad de la situación, y algo le dijo, le ordenó más bien. En esas circunstancias, el miedo ya los había hecho emitir aquellos gritos que en un principio habían podido controlar. La dama del sombrero alcanzó a vislumbrar una multitud estupefacta, que desde abajo divisaba el aterrador panorama, una multitud condescendiente con ellos, con quienes unían sus voces en actitud empática, solidaria, mientras Ana creía morir, sentía morir.

 


Copyright©Nélida Delfin

Agosto, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.