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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo V Oralidad y Escritura

Consigna doce beta: seguir los siguientes pasos y elaborar un relato tal como se indica en el punto “d”.

 

a. Seleccionar uno de estos personajes:

-un compadrito de principios de siglo,

-una señora burguesa perteneciente a la alta sociedad,

-un inmigrante de origen europeo, latinoamericano u oriental,

-un nuevo rico con escasa cultura,

-un villero,

-un delincuente perteneciente a las clases populares,

-un carnicero,

-un adolescente perteneciente a alguna “tribu” urbana,

-cualquier personaje cuya voz sea la vía de entrada a una determinada clase social, partido político o subcultura.


b. Construir su perfil a través de la elaboración de una ficha donde figuren todos sus datos personales como así también costumbres, gustos, características.
c. Convertir a este personaje en el narrador de una historia, cuyo origen puede ser alguna anécdota, un texto literario, una película, una noticia, e insertarlo en una situación comunicativa en la cual sea verosímil su discurso.Ejemplos: un futbolista va al psicoanalista y refiere algo que le pasó; un carnicero hace la denuncia de un asalto del que fuera víctima ante un policía de la seccional de su barrio; una mujer perteneciente a la alta sociedad les explica a sus nietos cómo es la gente pobre, usando todos los estereotipos a través de los cuales su clase social mira a los diferentes.
d. Con todo lo anterior, escribir un relato que tenga una extensión de 2 1/2carillas.

 

UN COMPADRITO DE PRINCIPIOS DE SIGLO


Apellido y nombre: Soler, Juan.

Fecha de nacimiento: 30 de junio de 1912.

Nacionalidad: argentina.

Estado civil: soltero.

Domicilio: Barrio Pompeya.

Oficio: desconocido.

Aspecto físico: escasa estatura, piel trigueña, cabello oscuro y corto, rostro alargado, ojos marrones.

Características personales: cobarde, desleal, engreído, ostentoso, provocativo, desconfiado.

Hábitos y costumbres: gastador, timbero, bebedor, milonguero, pendenciero, siempre armado, y a la ofensiva. Vestía pantalón de campana, chaqueta más bien corta, camisa con voladitos plegados, corbata angosta, sombrero chico, algo echado sobre los ojos; puñal en la cintura o en la bota de becerro.

 


María no era una mina interesada, no le importaba la pinta ni la guita de un tipo. No quería un dandy, ni un cajetiya engominao; tampoco le preocupaba si andaba en el bondi o en una carrindanga. Las pebetas del barrio le decían que lo que ella tenía conmigo era un berretín, que se le iba a pasar. ¡Si me habrán chismeado esas chirusas cada vez que yo llegaba a su casa! ¡Me relojeaban de arriba abajo! Ella confiaba plenamente en mí; me contaba todo eso, y hasta llegó a decirme que siempre había soñado con un novio milonguero, y que le decía a su mama que si lo encontraba, nunca lo dejaría alejarse de su vida. Le gustaba mucho bailar, era una apasionada del gotán, hasta que un día la suerte la favoreció –porque yo creía eso en ese momento… ¡si me viera ahora!– y se encontró conmigo, con mi chamuyo y mi firulete.

Luego de dar vueltas por algunos peringundines, desilusionado de las percantas que se me arrimaban por interés, me había acercao yo una noche al viejo club donde milongueaba gente de otra estirpe; y enseguida la calé, estaba solita, parecía aburrida y con más ganas de apoliyar que de bailar; encima se le habían arrimao unos mozos bastante guarangos; y peor aún, un curdela que ya había enfilao pa’ su lado. Y cuando se paró pa’ tomársela, la encaré.

Buen afilador, agayudo, langa, piola, yo reunía todo lo que un chabón tenía que tener pa’ conquistar a una pebeta de su clase, bien empilchada, con un lindo peinado, pero sin alardear. La invité a la pista y ella no se hizo rogar, de una salió a milonguear; yo me mostré muy canchero, y ella no salía de su asombro. ¡Claro, si nadie bailaba mejor que yo! Esa noche nomás di el batacazo. La festichola, el bailongo y mi chamuyo la entusiasmaron, y María quedó encantada conmigo; además de mi elegancia, porque yo sí que alardeaba con lo poco que tenía. Siempre tenía que mostrar como que tenía más. Y se lo hice notar, menos el puñal, por supuesto –firme en la cintura o en la bota de becerro–, me le pinté de cuerpo entero. Debió pasar bastante tiempo pa’ que yo pudiera pensar en todo lo que había hecho. Y me tomó años entender las cosas que me iban pasando.

Allí empezó todo. Cuando la dejé en su casa, pude ver que se trataba de una casa modesta pero confortable, parecía pertenecer a una familia sin apremios económicos. Aún hoy no puedo aceptar todo lo que le hice, una mina fiel, de buen corazón.

Un lujo fueron los primeros días. Salíamos pa’ todos lados pegaditos uno al otro. Pasaba por ella casi todas la noches e íbamos a cuanto bailongo se nos aparecía en el camino. Y le repetía todas las noches lo mismo, que ella era la moza más linda que había caminado a mi lao, que lucharía siempre por ella, todas esas cosas que dice un tipo chalado. Y María me creía, como creen las mujeres cuando confían plenamente en un chabón que las conquista.

Una noche caminaba por un callejón rumbo a su casa, y al llegar a una esquina poco iluminada, sentí pasos apresurados, y de inmediato una mano sobre mi hombro que me obligó a darme vuelta, una biaba que me dejó tirao en el suelo por varias horas hasta que pude moverme y volver al conventillo. Fue la primera vez que pasé tantos días sin ir a verla, no cabía ninguna explicación sobre las heridas que demoraron en cerrarse. Volví un mes después y le dije que la había acompañao a la vieja por unos días a la casa de su hermana en el interior. Había zafado, o al menos eso creí yo en ese momento.

Pero las semanas pasaban y yo otra vez desaparecía. Ya no iba a buscarla muy seguido, le decía que estaba todo bien, pero ella no tenía nada de tonta,  presentía que yo andaba en algo raro; a veces aparecía un ratito por su casa y me retiraba apurao. Pobre, ella me decía que me extrañaba. Hoy, después de tantos años, me apena pensar en todo lo que habrá tenido que bancarse en aquellos momentos. Y yo siempre metido en algún baile, y no gotán precisamente.

Aparecí otra vez por su casa, esa vez con la excusa de que la vieja estaba enferma y yo sin la biyuya pa’ los remedios. Me dijo que ya volvía y lo hizo con un sobrecito en la mano que contenía unos billetes y unas monedas, que los ocupara tranquilo, que lo importante era la salud de mi mama. Le hice largar toda su meneguina, cubrí una vieja deuda de juegos y logré así salvar el pellejo. Solo el tiempo me hizo tomar conciencia y reprocharme por qué me manejé yo de ese modo.

Hasta que una noche me dije es una buena mina, voy a dejar todos mis asuntos y me voy a buscarla. Ella se emperifolló, aceptó mi brazo y nos fuimos a una milonga que un antiguo compadre organizaba. Años más tarde, después de tanto padecer, pude reconocer que aquella pudo haber sido una de las mejores noches de mi vida, sin embargo no había sido así.

Desde muy joven ya me había yo metido en bardos de distinta calaña. No me gustaba laburar y me mandaba con cuanto negociao me proponían pa’ hacerme de unos mangos. La timba había sido mi primera debilidad, los matungos luego, anduve también por algunos reñideros, y así podría hoy seguir enumerando tantas malas maneras de hacer guita. Al principio me iba bastante bien, pero claro, siempre arriesgando la vida, en el camino iban quedando cuentas pendientes, enemigos declarados, traidores y traicionados; y pa’ colmo, casi siempre adobado, y encima mujeriego, cuanta chabona cruzaba, no me importaba si acoyarada o no, igual me venía bien. De todo me fui haciendo mala fama. Y me jaboneaba porque podía llegar a oídos de María qué clase de tipo era yo.

Arribamos temprano esa noche al viejo bar. Parecía que todo iba a estar bien, yo pedí una caña, ella no quiso beber. Salimos a bailar; la orquesta de Pichuco era siempre la principal animadora del fandango. De repente, un guapo abrió cancha y nos separó, al  pucho se armó un batuque de aquellos, a María la empujó, a mí me hizo salir afuera y tras un saque me acanaló sin darme tiempo pa’ rajar ni pa’ sacar el fierro. ¡Y eso que yo era ligero para el tajo! ¿Quién había sido el batidor? ¿Cuál había sido la batida?

La de Blanco no había querido cargar conmigo nomás. Cuando desperté, el soplón que estaba a mi lao me preguntó cómo estaba y al contestarle yo que estaba bien, dispuso inmediatamente mi traslado a la comisaría, y en unos pocos días a la gayola.

Una tarde recibí ahí la visita del viejo compadre, dueño del bar, y me contó de aquel guapo que aquella noche casi me amasijó. Se trataba del fiolo de la Lidia, una percanta con quien me había enganchao una noche de juerga; supe de mentas que ese guapo era muy peligroso y siempre pensando en María había decidido dejarla; pero esta paica, como que tenía gente en la azotea, se encaprichó y me amenazó que si la dejaba yo, ella sabría muy bien qué cosas era capaz de hacer, que yo no la conocía enojada. Me convencía yo que al día siguiente la dejaría, y al siguiente, y así hasta que el fiolo me ganó de mano, me buscó, me encontró, casi me transformó en fiambre, y derechito a la gayola me mandó, donde quedé por mucho tiempo, solari, amurado, sin un Ave Negra que pudiera atender mi situación.

Conseguí un lápiz y un papel y enseguida escribí unas líneas; le pedí a mi visitante que me hiciera de chasqui. Supe después que mi carta nunca había llegao donde yo quería. Ya nadie había podido localizar a su destinataria.

Otra vez el tiempo y sus enseñanzas, esta vez pa’explicarme que ella seguramente habría vuelto a aquel lugar de donde nunca debió salir, su lugar.

 


Copyright©Nélida Delfin 

Julio, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.