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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos

Consigna siete: elija dos imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla).


Taller literario La ArgamasaImagen 4


Habíamos leído una de las tantas leyendas urbanas que circulaban a través de relatos orales que, en algún momento, la literatura los rescataba y plasmaba sobre el papel. La temática había motivado a casi todos mis alumnos de aquel quinto año; de pronto, uno de ellos nos indicó que muchas veces tras la aparente “rareza” de algunos relatos se escondían situaciones reales, que incluían determinados delitos pero que, al infundir miedo, las personas no se atrevían a involucrarse. E hizo mención a un callejón en medio de dos edificios de paredes muy altas, en él –según expresiones populares– todo se entendía a partir de la existencia de seres extraños,  de ruidos sospechosos, además de movimientos, de los que se infería que se relacionaban con viejos muebles de madera raída. Aparecieron otras historias, de las que concluimos que podrían haber sido productos de la imaginación, de sueños que se confundían con la realidad, resultados de haber pasado una noche de insomnio, cuando el silencio nos hacía escuchar extraordinarios sonidos, y la oscuridad, ver individuos casi fantasmales. O el hecho de haber mirado tantas películas de terror, que nos dejaba susceptibles respecto de estas situaciones.

 

Pasaron las horas y no pude abstraerme de los comentarios de aquel callejón. Y al domingo siguiente, a las nueve de la mañana, me encontraba, con recelo pero con firmeza, en ese misterioso lugar. Grandes ventanales decoraban los viejos edificios, algunos árboles aportaban algo de color a ese lúgubre paisaje urbano, que ningún indicio de presencia vital reflejaba.

De repente, una sirena interrumpió el silencio, hombres y mujeres uniformados descendieron de sus respectivos autos, prisa, inquietud, intercambios gestuales, y en medio de la escena, yo,  estupefacta, tiesa…

Y cuando entendí que ese no era mi lugar, un oficial vino hacia mí y con sobrada actitud autoritaria me exigió que permaneciera, que me sumara al equipo de trabajo, ya que debía oficiar de testigo de los hechos.

–¿De qué hechos me habla? –balbuceé apenas.

–Usted no está aquí para preguntar, sino para colaborar, señora –rerecibí como única respuesta, y de ahí en más no pregunté ni obtuve ningún tipo de explicación.


 

La Argamasa Taller literarioImagen 3

Me integré al grupo conformado por miembros de un equipo de investigación de la policía provincial y me propuse efectuar un registro mental de todo cuanto observaba, con la mayor precisión posible. Lejos quedaban ya las conjeturas respecto de algo lúgubre, y rondaban mi mente las elucubraciones de aquel alumno; debí, necesariamente, cambiar el género de mi relato.

Caía la tarde, enormes nubarrones colmaban el cielo, latía una amenaza de tormenta; sin embargo, el pescador permanecía allí, solo ante la inmensidad, una vez más parecía dispuesto a enfrentar lo que la naturaleza proponía. El mar había sido, y seguía siendo, su vida, y a su alrededor había tejido muchas historias en las que el desafío y el coraje eran protagonistas. Evidentemente, no le gustaba volver con las redes vacías, por eso, cuando no lograba sus objetivos, persistía en quedarse hasta muy tarde en la noche, además de soportar casi todas las inclemencias del tiempo.

De todos modos, era un poco extraño que, en ese particular atardecer, insistiera en quedarse; ya estaba grande, tenía dificultades para ver y para escuchar, no poseía buenos reflejos, sus manos y sus brazos tampoco respondían como otrora, cuando lograba, con su barca, salir airoso de temporales, sin importar qué estación del año transitaba.

La pesca era su pasatiempo preferido, no constituía su medio de vida. Entonces: ¿era necesaria tanta constancia, o algún misterio justificaba su comportamiento? ¿Estaría allí por voluntad propia, o porque algún compañero, un secuaz quizás, se lo exigía y él no podía negarse? ¿Qué explicación daría a las autoridades marítimas, cuya presencia era inminente?

 


Consigna ocho beta: escribir un relato a partir de uno de los relatos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial (el de la mujer atropellada por un tren luego de ser asaltada en un yuyal, el de los amantes baleados en Quilmes, o el del hombre hallado muerto entre los hierros retorcidos de un auto).

Intempestivamente el ruido de la sirena partió en dos la noche. Ambulancias y patrulleros salieron de sus puestos, con la misma vana ilusión de siempre –de encontrarse con un incidente menor– y arribaron inmediatamente al lugar requerido.

En un histórico baldío, hallaron a un joven cuya edad oscilaría entre veintidós y veinticinco años. Estaba herido, moretones, hemorragias intensas, politraumatismos indicaban la gravedad de su estado; su cuerpo yacía entre los hierros retorcidos de su coche. Con todos los recaudos que su situación requería, lograron cuanto antes ubicarlo en la camilla y disponer con urgencia su traslado a un hospital cercano. Nada pudo hacer la ciencia, casi al instante el muchacho fallecía. “Un accidente”, determinó la policía.

Esa noche Tomás había salido con sus amigos a festejar la finalización de una etapa; todo había sido algarabía en aquella cálida jornada de diciembre. Era él un muchacho sociable, y la situación lo ameritaba. El reencuentro con aquellos seres, con quienes había compartido ese año que ya se despedía, había sido cordial, gratificante; un asado, charlas interminables, un brindis con los mejores augurios colmaron su alma. Sin embargo, el cansancio lo superaba y había decididoretirarre retirarse más temprano de lo que había previsto, y así con chanzas y risas saludó gentilmente a todos y abandonó el lugar. Era esta la descripción que al día siguiente efectuaban sus contertulios.

Por esta descripción comenzó mi investigación, porque más allá de la primera determinación policial, el médico forense había descubiert descubierto inmediatamente después, un balazo en la cabeza, un balazo que momentos antes nadie había podido detectar.

¿En ese clima tan ameno, participando, como Judas, de la cena se encontraría el asesino, quien habría seguido luego sus pasos? ¿O una tentativa de robo, la resistencia de Tomás y la furia del delincuente que, irremediablemente, habría sacado a la luz su instinto criminal?

Siempre  se vuelve al lugar del crimen. No obstante, allí, esa misma noche se había levantado todo. Y ese escenario, que siempre habla, no había sido preservado. Por esto, mucha imaginación en las hipótesis, poca contundencia en las pruebas.

También Sofía esa noche festiva había salido a la calle y, si bien era una de las tantas invitadas a aquel encuentro, no había concurrido; y un margen de dudas quedaba en el grupo, ya que había sido una de las gestoras del evento. Por esas horas, una mujer, cuyo retrato se correspondía bastante con la caracterización que de Sofía se realizaba, había transitado la ciudad, con mucha firmeza hasta aquel barrio misterioso del terreno baldío. Discretamente vestida, había descendido de su auto y había mantenido una breve conversación con extraños personajes del lugar.

Allí estaba yo esa mañana, mientras los vecinos, consternados bajo una nube de conjeturas e incertidumbres, habían detenido su diaria rutina.

¿Quién era Sofía? Había llegado el momento de ir por ella.

 


Copyright©Nélida Delfin

Junio, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.