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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo X  Pasajes y fronteras

Consigna veintitrés beta. Relatar el atentado a las Torres Gemelas, ocurrido el 11-09-01 en Nueva York, desde el punto de vista de un pastor perteneciente a alguna secta religiosa. La situación en que el relato se produce es la siguiente: el pastor está dando un sermón a otros miembros de su secta y ve en el atentado el cumplimiento de algún designio divino.

CONVICCIÓN

Salomón Parker amaneció aquel 11 de Septiembre de 2001 convencido de que era el día esperado, el día en que los dioses hablarían haciendo tronar el escarmiento, no sabía ni cómo ni dónde, pero estaba convencido de que el mundo sería otro a partir de ese momento. Lo venía escuchando de su abuelo pastor desde hace muchos años, desde que incluía en sus sermones las disculpas y los rezos por las víctimas de Hiroshima, también de su padre pastor que le hablaba de los muertos de Vietnam, lo comprobó él, ya como pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día de Nueva York, supo incluir en sus oraciones a los desaparecidos en Libia, a los desgarrados de la Guerra del Golfo, a los mutilados de Afganistán o Yugoslavia. Claro, había sentido lo mismo cada mañana desde hace veinte años y ese día no era diferente, estaba totalmente preparado, había nacido en un país que era el mayor ofensor de las leyes de Dios y eso algún día se paga. Así lo advertía cada miércoles a sus feligreses, “el que las hace las paga”, “el que siembra vientos recoge tempestades”, “la venganza es el placer de los dioses”. Aquel día salió de casa temprano como siempre, antes de las ocho entraba a la Torre Norte del Word Trade Center, su puesto de trabajo era un cómodo ascensor en que pasaba ocho horas del día. Enseguida empezó a escuchar las noticias en la radio y en la televisión, hablaban de probables secuestros de aviones comerciales; se sobresaltó un poco, pero enseguida se tranquilizó, no era ni  más ni menos que un vestigio profético, ahora hablaban de la desaparición de los radares de al menos dos aviones, la realidad se imponía,  la verdad por fin llegaba, todo estaba en su sermón, cuando el estruendo estalló en el costado de la Torre Norte  supo que era el momento, aunque no fuera ni su iglesia ni su púlpito, sus feligreses serían las desesperadas almas que corrían aterradas, ensangrentadas, que se amontonaban en las posibles salidas, en la posible salvación, fuego, humo, gritos, desesperación, escenario perfecto para, quizás,  el último y más importante de sus sermones:  “Y un día el abofetado dejará de poner la otra mejilla, y un día el ofendido será el ofensor, la víctima será el victimario, el rencoroso será el vengativo, el sometido el asesino, y el justo injusto. Y el Todopoderoso lo permitirá en la convicción de que sólo la gran destrucción permitirá la resurrección, el nacimiento de la nueva universalidad, cuando el imperio arrogante e invasor vea su cielo ensombrecido por aves gigantes y asesinas, cuando escuche el grito desgarrador  de inocentes y culpables, de católicos y no católicos, de negros, blancos, o musulmanes, comprenderá. Comprenderá que Dios le está dando la última oportunidad, que nadie es infalible, que nadie es invencible, comprenderá que o lucha por una paz eterna o desaparecerá en una guerra infinita”. El derrumbe de la Torre Norte sepultó a Salomón y a sus nobles intenciones, gracias a Dios no tuvo que ver el futuro que le esperaba.


Consigna veinticuatro. Elegir uno de los tres sintéticos y apretados argumentos que siguen, para escribir la línea argumental de un posible relato. Se trata de contar, a modo de resumen, los hechos que llevarían a cabo los personajes de la historia, en el orden en que se presentarían en el relato, situándolos en un espacio y un tiempo. Extensión máxima: una página.

 Beta. Dos personas esperan en la calle un acontecimiento y la aparición de los principales actores. El acontecimiento ya está ocurriendo y ellos son los actores.

MAGIA

Una pareja de mediana edad despierta con las primeras luces del día en lo que parece ser una plaza, confundidos,  y sin saber cómo llegaron hasta ahí, comienzan a reconocer el lugar, parece estar en ruinas, gradas semidestruidas  rodean lo que alguna vez pudo ser un escenario, tal vez se trató de un teatro al aire libre. De ventanas y balcones empieza a asomarse gente que actúa como preparándose para ver algo, inquietos y expectantes parecen esperar por algo importante.

Ana y Augusto Montalvo son un matrimonio maduro, ambos comparten la pasión por la medicina, ella es enfermera de terapia intensiva, él, cardiólogo. Trabajan en un hospital modesto situado en una barriada pobre de la provincia. Cada día de trabajo impone una gran dosis de sacrificio, esfuerzo, penurias, tristeza y alguna inocente alegría. Si bien la costumbre suele construir una capa de resistencia extra que ayuda a curtir el alma, nunca dejan de conmoverse. Tanta miseria, tanto dolor, tanta desidia, tanta desigualdad, tanta muerte despintan al más pintado. Sin embargo, con ganas, pasión y vocación tratan de cumplir con su compromiso: ayudar a los más necesitados. El final del día los encuentra normalmente agotados, preocupados y desilusionados, llegar a casa es como encontrar un oasis en el desierto, se refugian en una vieja costumbre de solteros,  recreada hoy que los hijos ya partieron del nido, lo llaman “el rincón retro”, sentados en el amable sillón del living, frente al televisor, se transportan a aquella época de cine y series de sábados por la tarde donde escaseaba el dinero y sobraba el amor. El remedio no fallaba, las heridas ardían un poco menos. Ana apoyaba su cabeza en el hombro de él, Augusto disponía del control remoto y calmaba a Capitán, un bullicioso ovejero alemán que reclamaba caricias. Esta vez la serie elegida es El Túnel del Tiempo.

En la pantalla, la pareja sigue buscando explicaciones, rodeada ahora de algunos soldados  van quedando apartados del resto de la gente, las gradas se van llenando, los gritos se acrecientan, la expectativa aumenta. La chica parece recomponerse primero, coteja información con quienes comparte la escena y se va reencontrando con ella misma, se acerca a su compañero que luce desorientado, intercambian explicaciones y estrenan preocupaciones y temores. Están en España, más precisamente en Málaga,  corre el año 1937 y se desarrolla la Guerra Civil Española, la ciudad en la que se encuentran acaba de caer en manos del ejército franquista y ellos dos son prisioneros. También son médicos y ahora recuerdan cómo llegaron a allí, habían estado atendiendo enfermos toda la noche anterior, la muerte de un alto oficial del ejército rebelde originó el conflicto, aduciendo que se habían negado a atenderlo, con la prioridad que correspondía, los acusaron de traidores. Iban quedando en el centro de la escena junto a desertores, insubordinados y soldados republicanos. Y en efecto, esperaban por algo, en minutos llegarían los jueces que los juzgarían y fijarían su condena, ese era el espectáculo prometido.

Augusto sube el volumen de la tele y se inquieta un poco, le parece reconocerse en algún aspecto, pero no se atreve a decir nada. Ana duerme plácidamente, piensa y sonríe, yo sería republicano musita. Los jueces son altos mandos del ejército franquista, uno a uno  van pasando los detenidos, todos son condenados y llevados hacia un costado de la plaza donde un paredón ejerce como límite. Cuando Augusto escucha: “Ana y Augusto Montalvo al estrado” comprende, pero no quiere creer, fantasía y realidad se confunden en un final impensado o no.


Consigna veinticinco. Escribir un relato a partir del argumento desarrollado en la consigna anterior.

MAGIA

No tenían la menor idea de porqué estaban ahí, tampoco sabían cómo habían llegado, a juzgar por los gritos de la gente algo muy importante estaba por pasar, o alguien muy importante estaba por llegar. De ventanas y balcones la gente se asomaba curiosa, expectante, por los caminos que rodeaban la plaza más y más seguían acercándose, muchos, ya subidos a lo que parecían gradas, comenzaban a exacerbarse, a descontrolarse. La escena parecía corresponder a un anfiteatro destruido, en el centro de lo que parecía un escenario, ellos se miraban desconcertados, desesperadamente trataban de recordar, de reubicarse aunque sea en la noche anterior, tal vez un festejo alocado, o una borrachera que terminó mal podría justificar esta amnesia, total e inquietante, necesitaban aferrarse a algún indicio, a alguna pista que les sugiriera donde estaban. Se incorporaron y trataron de ampliar su campo visual, a unos metros de ellos, un grupo de dos mujeres y cinco hombres compartían el escenario, sólo que a diferencia de ellos, parecían saber de qué se trataba. Se acercaron a ellos tratando de escuchar lo que hablaban, el idioma era el mismo, pero había en sus palabras un tono distinto, mas no desconocido.

Ana y Augusto Montalvo compartían la vocación, ella era enfermera, él, médico terapista, trabajaban en un hospital olvidado de un barrio pobre de la provincia. Casi acostumbrados al dolor, al olvido, a la indiferencia, se sentaban a la mesa de la desesperación cada día. La cotidiana rutina laboral les imponía recorrer quirófanos, salas de operaciones, pasillos atestados de gente doliente, lo hacían como quien recorre una oficina de correos, o el salón de un banco. Pero eso era apariencia, las marcas se les notaban en la carne, en las arrugas, en las ojeras, en los ojos vidriosos, en las noches de insomnio. Terminado el día, archivaban innumerable cantidad de historias clínicas, nunca dejaban de sorprenderse, hojas y hojas de diagnósticos, tratamientos, internaciones en chicos de dos y tres años, ¡ tanto sufrimiento en tan corto tiempo!, imposible no pensar que a ese ritmo pronto esas historias se cerrarían. Vueltos a casa su refugio era el viejo sillón del living, antes de preparar la cena  la tarea era recuperar almas. La terapia elegida era compartir en la “tele” algún ciclo “retro”, los transportaba a una época feliz de recién casados, no había niños, no había plata, pero sobraba el amor. Cine y series de súper acción, era los sábados un plan maravilloso y económico para suturar  heridas. Ese día, como siempre, Ana apoyó su cabeza en el hombro de Augusto, él la abrazaba ofreciéndose como pausa para su cansancio. La serie elegida: “El Túnel del Tiempo”. Con suma atención seguían a la pareja que en el centro de la plaza continuaba desconcertada y, ahora, ciertamente preocupada. Una última caricia a “Capitán”, el ovejero alemán con el que compartían la casa y a sumergirse en un mundo fantástico e imaginario.

La pareja parecía empezar a recordar, con una sonrisa iban reconstruyendo el living de la casa, el sillón, y luego un vacío enorme y oscuro, la sonrisa que desaparece y en un segundo todo se aclara. La noche la habían pasado trabajando en un hospital de las afueras de Málaga, no habían podido descansar ni un minuto, los rebeldes habían dado el golpe final y logrado la rendición de la ciudad, franquistas y republicanos cargaban con numerosas víctimas fatales, otras tantas se debatían entre la vida y la muerte. Demasiada tragedia para un pequeño hospital, en plena tarea y en medio de la madrugada, arribó una patrulla rebelde con un alto mando muy herido, luego de múltiples intentos y procedimientos médicos, no pudieron salvarle la vida. Esto generó la ira de los soldados que acusaba a la pareja de no haber atendido a tiempo al superior, sostenían que habían privilegiado la atención de los enemigos. Ahora sí entendían porque estaban ahí, los soldados los tenían detenidos.

Augusto pensó en voz alta, pero no se atrevió a pronunciar palabra “se parecen a nosot…”.Corría el año 1937, España estaba sumergida en una guerra civil y en febrero de ese año caía Málaga en manos de las tropas franquistas. Sintió cierto escozor, cierta inquietud, pero prefirió afirmarse en un pensamiento “yo hubiera sido republicano”.  Miró a Ana que dormía plácidamente,  totalmente convencido de que ella pensaría igual. No le costaba tomar posición, fanático lector, recordó claramente que la Alemania nazi y la Italia fascista colaboraron activamente con el franquismo, su mismo padre había sufrido las consecuencias.

En la “tele” los soldados custodiaban a los prisioneros, la gente en las gradas se impacientaba, gritaba, insultaba, parecían reclamar por un espectáculo que estaba demorado, el miedo empezó a apoderarse de los médicos, se preguntaban a quién esperaban y sobre todo para qué. Alguien del público se apiadó y les confió que esperaban al juez que los juzgaría, estaban presenciando un acontecimiento que se repetía cada vez que el ejército tomaba prisioneros, se convocaba al pueblo para que asistiera al juicio, al veredicto y para que tomara debida nota. La polvareda anunciaba la llegada de los esperados, eran todos militares de alta graduación a juzgar por las insignias que lucían. En instantes, montaron una sala de audiencias de campaña, un escritorio y algunas sillas daban marco a la justicia que ejercía un general. Uno a uno fueron pasando los reos, uno a uno fueron declarados culpables sin posibilidad de defensa alguna, uno a uno fueron escoltados por los soldados hasta el paredón que cerraba la plaza. Cuando el militar pronunció “Ana y Augusto Montalvo, al estrado”, Augusto saltó del sillón, en un segundo su mente fue y vino cien veces, entendió, dilucidó, comprendió, aterrorizado intentó alcanzar el control remoto, si apago el televisor pensó, todo será un mal sueño. Escuchó “Armas, apunten, fuego”. El estampido asustó a “Capitán” que intentaba desesperado despertar a sus dueños bañados en sangre. En la “tele”, un locutor hablaba de la magia de la televisión.

 


Copyright©Horacio García 

Mayo, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor 

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.