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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo II Relatos del yo

Consigna quince gama. Seleccionar una de estas palabras: patio, domingo, vereda, silla de paja, garúa, diarios. Luego, elaborar a partir de ella, por asociaciones libres, una serie de no menos de cinco palabras y no más de ocho. Finalmente, recuperar a través de la escritura, algún recuerdo de la infancia utilizando esas palabras.

Acomodaba cuidadosamente todos los elementos y ordenaba los lugares  que en la casa estaban a disposición de los niños, se trataba del patio y de una vieja habitación ubicada en el fondo, en la que había de todo, la mesa para planchar, antiguos aparadores de madera repletos de objetos que en mucho tiempo ni se utilizaban, diarios y revistas que permanecían ahí “por si alguien los necesita”, eterno justificativo de mamá que jamás se deshacía de nada, y los infaltables, sublimes, cajones de juguetes. Y así me preparaba y esperaba ansiosa durante días la visita de mis primas.

Y esos seres –imprescindibles en la infancia de todos– arribaron una tarde y, felizmente, interrumpieron nuestra rutina dominguera. Tras el ritual de los saludos, las niñas nos escabullimos para raudamente ascender al gomero, aquel árbol de hojas grandes, ovaladas y brillantes, ubicado en el centro del patio; majestuoso,  generoso siempre, por su sombra, y por esa veta humana llena de complicidad hacia nosotras, sus compañeras incondicionales. Podíamos pasar horas sobre sus ramas; cuentos, confidencias, chistes, charlas interminables, supo con lealtad conservar durante su prolongada existencia.

No obstante todas esas virtudes, esa tarde nos preguntamos por qué no nos brindaba flores decorativas, como esas que veíamos en los libros de cuentos, o como aquellas tan lindas y coloridas de la casa grande. Así la llamábamos a una antigua vivienda vecina, que era habitada por una señora mayor, a quien por no sé qué extrañas cavilaciones nuestras no tolerábamos. Un comentario trajo otro y la conclusión fue que jamás podríamos disfrutar de esas flores, a no ser que extrajéramos algunas por nuestros propios medios, e inmediatamente fuimos en pos de ese objetivo.

Ya en la calle, obstáculos diversos fueron apareciendo, restos de barro debido a la lluvia de días anteriores, suciedad en el calzado que nos hizo suponer que traería una reprimenda de nuestras mamás, mucho frío y haber omitido llevar los abrigos, porque en esa instancia constituirían una carga, miradas extrañas de niños de esa cuadra que no nos veían habitualmente por ahí, la tos incesante en una de mis primas visiblemente afectada por una gripe invernal; y esa rara sensación que fusionaba emoción ante la aventura y recelo ante lo desconocido, o mejor, ante una empresa que definitivamente sabíamos que no estaba bien, porque sus intenciones no estaban bien, pero que de ningún modo estábamos dispuestas a abandonar.

Caminamos primero, corrimos después; se nos sumó un perro, cuya carita nos decía “no me dejen, yo también quiero ir”, y el rincón de personitas buenas de cada una lo aceptó sin miramientos. Nuestro destino estaba muy cerca, sin embargo, parecía muy lejos. Cada paso implicaba un tropiezo, baldosas flojas en las veredas nos salpicaban la ropa; un auto, cuyo inexperto chofer se introdujo en un charco y arruinó lo que aún quedaba en condiciones. Y “¿con qué van a cortar las flores?”, fue la inoportuna pregunta de la menor de mis primas, además de  indiscreta, ya que no reparó en quiénes alrededor podrían haberla escuchado, y tardía, pues ninguna estaba a esa altura dispuesta a volver por una tijerita. De todos modos, había que avanzar hasta el final, no sería en vano tanto esfuerzo.

Desde el lado derecho, llegamos por fin a la casa y, antes de que cada cabecita pudiera concretar lo que traía programado, del lado izquierdo, correcta, atenta, gentil, apareció su dueña, lejos de parecerse a esa bruja de los cuentos con quien siempre la habíamos comparado, y con voz muy suave nos dijo: soy afortunada, siempre me genera miedo entrar sola en la casa, hoy  ustedes me van a acompañar, no saben cuánto se los agradezco”.

 


Consigna quince delta: Cualquiera haya sido la opción elegida, agregar al texto una nota a pie de página firmada por El Editor, o un prólogo, o un relato, que le sirva de marco como en el inicio de “Loco” y justifique su publicación.

Quien puede plasmar su vida en un papel, una etapa o una situación concreta de ella, escribe una autobiografía. Muchos estudios teóricos, filosóficos, psicológicos, lingüísticos y literarios plantean hoy peculiaridades que nos permiten analizar este género.

La autobiografía se escribe en un tiempo que difiere del tiempo de los sucesos, generalmente nos lleva a nuestra querida, remota e inalcanzable infancia, y es ahí donde la nostalgia juega muy bien su rol de exponernos, como en la más elegante exhibición artística, nuestros más caros recuerdos, y desfilan lugares comunes como los rincones de la casa, el patio, las diligencias, los juegos, las vacaciones, los abnegados cuidados de mamá, las visitas, las interminables travesuras con primos y vecinos, que componen ese enorme abanico de posibilidades que cuidadosamente el escritor elige, selecciona, elide y, minuciosamente, describe, enmarca en ellos sus relatos, los hace protagonistas, a partir de un estilo propio, según las variedades que la lengua le otorga.

Una anécdota, en este caso, constituye un capítulo en “las escrituras del yo”, como identifica al género el autor francés Jean-Philippe Miraux.

 


Copyright©Nélida Delfin

Mayo, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.