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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

Consigna veintiuno. Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “La noche boca arriba” de Julio Cortázar con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original. (Extensión máxima 2 carillas y media).

SUEÑOS SON

Corría a máxima velocidad mirando hacia atrás y a los costados para medir la distancia con sus seguidores, estaba en aprietos pero llamativamente tranquilo, en definitiva, se había entrenado y preparado para un momento como éste, conocía la selva como la palma de su mano, no había caminos ni senderos que no hubiera transitado muchas veces, aunque claro, en circunstancias diferentes. Anticipándose a los escollos los salvaba con comodidad en busca de la salida estudiada y conocida, nadie como él saldría tan cómodamente de ese laberinto. Sin embargo le molestaba la situación, alguien lo había reconocido e identificado y ahora estaban sobre él. Se propuso no distraerse ni dejarse llevar por su enojo, ahora debía concentrarse en una sola cosa, llegar al Boulevard, allí estaría a salvo. Empezaba a cansarse, lo que indicaba que debía estar cerca, a su derecha un atisbo de claridad se filtró entre el follaje. Era la luz tenue y blanquecina de la sala de terapia intensiva del hospital del pueblo, tendido boca arriba no tenía conciencia de su cuerpo, los vendajes y los aparatos lo mantenían inmóvil, los sedantes lo invitaban a seguir soñando.

 Se sintió a salvo cuando pisó la carretera principal, pero fue un instante nada más,  un grupo de desaforados  a fuerza de golpes y empujones lo devolvió a la selva, lo habían tomado desprevenido, tardó unos segundos en empezar a defenderse y darse cuenta de que no se trataba de profesionales, sus golpes no eran certeros, pero estaban muy enojados y la  acumulación empezaba a vencerlo, cuando estaba a punto de desfallecer escuchó a lo lejos la sirena de la policía, los forajidos huyeron y él se felicitó por invertir tanto en la fuerza del orden.

Se sobresaltó cuando sintió que le hurgaban en la garganta, el doctor y las enfermeras luchaban con una traqueotomía que lo ayudaría a respirar, cuando notaron su molestia, aumentaron la anestesia, a medida que le ganaba el sopor ya no tenía claro si soñaba sufriendo o sufría soñando, pero estaba más enojado con él que con su cuerpo, ¿ cómo pudieron atraparlo?, un auténtico profesional, el cazador récord de la secta con diez capturas estaba atrapado en un hospital. Había seguido la tradición familiar empezada por su abuelo y continuada  con su padre, ellos eran integrantes de la célula de captores al servicio de los dioses floridos, rabiosamente convencidos, entregaban como ofrenda a niños menores, los llamaban imperfectos y eran sacrificados a cambio de la promesa de la buenaventura eterna. Pero el heredero fue más allá y con visión  empresaria decidió cambiar el destino de los chicos, las desapariciones se incrementaron y él empezó a enriquecerse entregándolos a los traficantes de órganos. Eran niños descartables, sin familia, pobres, indefensos, como los hay tantos por estos lugares, como los hay tantos en este mundo, nadie los buscaría. Los seleccionaba de los pueblos vecinos por edad, estatura y peso de acuerdo a los pedidos de sus jefes. Así fue que empezó a trabajar de noche, cazando y custodiando la guarida, de día atendía el almacén familiar. Tal vez fue el desarreglo de horarios, tal vez los remordimientos, el hecho es que comenzó a confundir situaciones, el día, la noche, la realidad, la quimera, los sueños, se mezclaban como en coctelera y ya no estaba seguro de nada.

Despertó en su quinto día en el hospital mirando el techo, tenía la impresión que la tenue luz blanquecina lo hipnotizaba, y cuando estaba dispuesto a entregarse, la  presencia del doctor lo despabiló un poco, trató de leer borrosamente el cartelito pegado en el lado derecho del guardapolvo blanco, decía Julio Cortez. Ahora sí estaba seguro, algo estaba muy mal, golpeado, inmóvil, confundido y ese nombre… de a poquito fue penetrando en su memoria somnolienta, Cortez era el nombre de una de sus víctimas, la tercera o la cuarta, no podía precisar, pero empezaba a sobresaltarse. En efecto, el doctor era el padre de Juancito Cortez, desaparecido hacía cinco años cuando recién cumplía siete. A él sí le interesaba esa criatura deseada, buscada, soñada, la había buscado desesperadamente y por todos lados, golpeó puertas de la policía, abogados, jueces, asociaciones protectoras, nadie pudo ayudarlo y cuando estaba a punto de desfallecer, empezó a escuchar a las chusmas del pueblo, hablaban de sacrificios, de ofrendas, de desapariciones. Con algunos datos endebles empezó a recorrer los pueblos vecinos, en todos recolectó información: nombre, edad, fecha de desaparición de cada uno de los chicos, y sobre todo datos de viajeros, forasteros, extraños en el pueblo. Se volvió  con retratos hablados de  cuatro posibles cazadores, muy rápido descartó a tres, el cuarto era Agustín Córdova, lo encontró en el almacén familiar, perdido, despistado, casi dormido contestó inocentemente todas las preguntas, esto y la descripción física que coincidía convencieron a Cortez, era el hombre que buscaba, sólo había que confirmarlo, decidió seguirlo y así constató horrorosamente que había encontrado al asesino de su hijo. A partir de ese momento sólo soñó el sueño posible.

Era cierto que nadie buscaba a los chicos, por lo tanto, le sería  difícil conseguir ayuda, entonces pensó en aquellos a los que había ayudado en el hospital rescatándolos del frio, del hambre, de la enfermedad, eran vagabundos, desocupados, desesperanzados, pero fieles, agradecidos y dispuestos a ayudar. Decidieron atraparlo cuando hacía su rutina física por los senderos de la selva, lo capturaron y  lo golpearon profesionalmente, no querían matarlo, contaban con que la policía lo llevaría al hospital, allí el doctor se haría cargo. A punto de hacer su sueño realidad, Cortez le confirmó a Córdova que era el padre de Juancito, y también de Pedro, de Cristian, de Alejandro y de tantos mártires más. Le explicó que estaba ahí para expiar sus culpas antes de emprender el sueño eterno. Con inquietante tranquilidad bloqueó el ingreso de la morfina en  el suero que colgaba a la derecha de la cama. Se puso los guantes, tomó el bisturí y empezó a hacer pequeñas incisiones en las plantas de los pies, en las venas de los brazos, en el cuello, en las orejas. Dibujando las palabras en su boca, lo miró y le explicó, “en cuatro horas la hemorragia empezará  producir fallas múltiples, uno por uno los órganos dejarán de funcionar, eso será el alivio, pero como sabe lo dificultoso siempre es llegar”. Ese tiempo era el que el doctor necesitaba para buscar a su esposa, desarmar la casa, cruzar la frontera y emprender vuelo hacia un lugar donde se puedan soñar sueños que no se cumplan.


Consigna veintidós alfa Tomar el siguiente relato sumario, extraído del ensayo Evaristo Carriego de J. L. Borges y escribir un cuento, haciendo todas las trasgresiones necesarias para convertirlo en una versión novedosa  del texto de base. (Extensión máxima  carillas.).

Este es… un instante desgarrado de un cuento que oí en un almacén y que era a la vez trivial y enredado. Sin mayor seguridad lo recobro. El héroe de esta perdularia Odisea era el eterno criollo acosado por la justicia, delatado esa vez por un sujeto contrahecho y odioso, pero con la guitarra como no hay dos. El cuento, el salvado rato del cuento refiere como el héroe se puede evadir de la cárcel, cómo tenía que cumplir su venganza en una sola noche, cómo buscó en vano al traidor, como vagando por las calles con la luna el viento rendido le trajo indicaciones de la guitarra, como siguió esa  huella entre los laberintos y las inconstancias del viento, cómo redobló esquinas de Buenos Aires, cómo arribó al umbral apartado en que guitarreaba el traidor, cómo abriéndose paso entre los oyentes le alzó sobre el cuchillo, cómo salió aturdido y se fue, dejando muertos y callados atrás al delator y su guitarra cuentera”.


SORPRESA

El cuento que les cuento lo escuché hace muchos años en un viejo almacén de Parque Patricios, guarida de cantores trasnochados, borrachos, intelectuales y melancólicos, cada uno de ellos lo repitió agregando su frustración, su experiencia, su optimismo y su inspiración. El que mi oído guardó, el que mi corazón cobijó, el que mi memoria rescató es éste  “El guapo Román había transitado su vida tratando de sostener un peligroso equilibrio, con los años y la poca fortuna su existencia prosiguió por un solo camino, el de la ilegalidad, el de la marginalidad, el de la delincuencia. Sin ser un ladrón exitoso, por lo menos logró mantenerse lejos de la policía y la cárcel, siempre pensando, imaginando, planeando un golpe que revertiera su escasez crónica, necesitaba un espaldarazo que le cambiara la vida. Su currículum exponía algún arrebato, algún asalto sin armas y no mucho más, su orgullo era nunca haber usado armas ni robado al que nada tiene, ni viejos ni pobres estaban en sus planes, siempre le sacó a quien tenía, y a quien tenía de más, y no precisamente gracias al esfuerzo personal. Pasaba el día entero en aquel almacén tratando de conocer a todos los personajes del barrio, sus rutinas, sus movimientos, sus hábitos, buscaba la presa ideal, pero matizaba trabajo y diversión, disfrutaba de escuchar tangos y milongas interpretados dignamente por Albero Corsini que se acompañaba con su guitarra, y decirlo así no se ajusta a la estricta verdad, en realidad, él acompañaba a la guitarra que parecía tener vida propia o ser ejecutada por un ángel, tal la belleza de su rasguido. Tan conmovido quedaba Román que por un momento olvidaba porqué  estaba en ese lugar, pero sólo por un momento, enseguida se centraba en su objetivo: observar detalladamente al “colorado” Nuñez, el quinielero del barrio, tomaba nota de su entrada, estadía y salida, sabía todos sus movimientos, lo había seguido unos cuantos días cuando recaudaba en negocios, oficinas, casas,  anotando  todo en su libretita negra. Martes y jueves, pocos minutos después de las diez, entraba en la sucursal del Banco Comercial, descontaba que a depositar la recaudación. Había concluido que el jueves era el mejor día para el golpe, veía menos gente en la calle y menos posibilidades de imprevistos, tenía estudiado el paso del patrullero por la puerta del banco como también la ronda del policía. El camión de caudales llegaba diez y quince, por lo tanto, en el lapso de diez minutos tenía que terminar todo. Se sentía confiado y decidió que el próximo jueves sería la acción. Ese día se levantó temprano, se afeitó la barba, se rapó la cabeza y probó frente al espejo un gorro de lana hasta las cejas y una bufanda que le tapaba casi toda la cara. Cuando se convenció de su camuflaje se relajó, desayunó escuchando las noticias y esperó el momento indicado. Vivía muy cerca del banco, así que faltando cinco para las diez partió en busca de su oportunidad, sólo llevaba una cartera que colgaba de su hombro izquierdo. Divisó al “colorado” que llegaba por su derecha, estaba en estricto horario, se le acercó por atrás sigilosamente, lo amenazó con su arma de juguete y en segundos  le arrebató el dinero envuelto en papel de diario, lo guardó en su cartera y aprovechando la sorpresa desapareció hacia la vuelta donde ya estaría llegando el colectivo que lo alejaría de ahí. Entre sonriente, nervioso y satisfecho no se percató que alguien se acercaba velozmente, cuando lo vio, ya era tarde, sintió un puntazo en la parte derecha de su bajo vientre, un primer chorro de sangre salpicó sus esperanzas, el segundo las ahogó definitivamente. Más sorprendido y aturdido que dolorido, Román levantó la cabeza y entendió, con la misma destreza que tocaba la guitarra Corsini le quitaba la cartera, la escondía en la guitarra y lo dejaba en el suelo humillado, engañado  y sangrante. Un rato más tarde ya en el almacén empezaba con su repertorio: “Que el mundo fue y será un porquería ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también, que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad  insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseados”.


Consigna veintidós beta. A lo largo de un relato en primera persona, diseminar alusiones y citas pertenecientes a “El Matadero” de Esteban Echeverria y lograr que esas referencias intertextuales cobren sentido a partir del efecto final, donde se evidenciará explícitamente el vínculo entre el nuevo relato y el mencionado cuento, tal como hace Borges en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” o “El Fin”.


TESTIGO

Lo que les relato aquí ocurrió hace veintitantos años en un pueblito olvidado de la provincia de Buenos Aires. Eran aquellos tiempos  difíciles y tempestuosos con una sociedad que empezaba a dividirse, Rosas despertaba amor y odio por igual. La mía era una familia de agricultores que se había quedado sin trabajo, la política del gobierno privilegiaba claramente a los hacendados, latifundistas que se dedicaban a la ganadería. Grandes territorios eran cedidos por el gobierno a los amigos estancieros. Mis padres y yo tuvimos que buscar trabajo en un establecimiento ganadero. La estancia de don Marcos Echeverría era un lugar de privilegio que muchos compadres envidiaban, algunos antiguos empleadores de mis padres habían hecho la recomendación y ahí estábamos en un nuevo hogar, por lo menos así lo sentían ellos, yo era por entonces un mozo joven, rebelde, indomable, el hogar era una choza inmunda con dos camastros roñosos y alguna arpillera para usar como colchón, la paga era la comida, la tarea cuidar el campo de posibles ataques de cuatreros, enemigos envidiosos,  contrarios políticos. El patrón en ese entonces no se llevaba bien con el gobierno, y solía recibir en la estancia al cura Juan, el banquero García y al turco Salim, dueño de un almácen de ramos generales, para despotricar contra el “Restaurador”. Sin embargo para ellos los negocios iban cada vez mejor, el circuito del ganado se completaba con los saladeros, grandes establecimientos donde se  mataba a las bestias, se extraía el sebo, se salaba, se secaba la carne y se preparaban los cueros crudos para la exportación. Los intermediarios eran grandes comerciantes que exportaban fundamentalmente a Inglaterra. Para contentar a mis padres trabajé primero en la estancia y después en el sebadero, la explotación era la misma, se entregaba el cuerpo por horas interminables y la paga era vergonzosa. El resto de la  sociedad eran los  olvidados del Señor, ya sea el  de la tierra o el del cielo, eran los  indios, los gauchos, los negros, los marginados en general,  pobres  que por acción u omisión no estaban en los planes de nadie. El señor hacendado había aumentado a tal punto el precio del ganado que sometía a la población a una cuaresma permanente, no era Semana Santa, pero el pueblo no comía carne, se había convertido en devoto católico practicante evitando violar los mandamientos carnificinos. Era sin duda una contribución del Señor de la Tierra a la iglesia católica,  tan afecta a perdonar y expiar culpas de los  poderosos, mientras tanto los representantes de Dios en la tierra les aseguraban que la pobreza era el camino a la salvación eterna. Este humilde relato pretende retratar sin exageraciones el entorno social de la época, para tratar  de entender. Cansado de la injusticia a la que era sometido yo y mis compañeros decidí irme, para dolor de mis padres me enrolé en el ejército y marché  a la frontera, esperaba encontrar un sentido mejor para mi vida, pensaba sentirme importante defendiendo a la Patria de estos salvajes ignorantes que ocupaban nuestras tierras, poco tardé en darme cuenta lo cruento e injusto de esta campaña, yo representaba a los verdaderos salvajes que tenían como único propósito desalojar a los dueños de las tierras para cedérselas a los amigos terratenientes. Sentí que era el momento de partir, de buscar mi destino, de conocer nuevas realidades, llevaba en mi piel experiencias dolorosas, tal vez el viaje pudiera aliviarlas,  no todo tenía que ser tan duro. Fue doloroso para mis padres pero me entendieron, tomé mi guitarra olvidada con la intención de recordar las melodías que los viejos peones me enseñaron en tantas noches de fogones, esos sí fueron buenos tiempos, quería aferrarme a ellos. Cierto, también tomé “prestado” un caballo y algo de comida, no sabía bien cuánto duraría el viaje. Para ser sincero me tienta llegar a lo importante del relato, pero el repaso me ayuda a ser certero con mi recuerdo. Del viaje puedo decirles  que no alivió las heridas, en todos partes el padecer para algunos era el mismo, poseedores y desposeídos, los que mandan y los que obedecen, poderosos y desprotegidos, la injusticia era general. Lo diferente fue que pude vivir de la guitarra, en bodegones, pulperías y donde lo requerían, entonaba chamarritas, milongas y candombes aprendidos en la Banda Oriental, la paga era módica pero alcanzaba,  y el cantar me alegraba el alma. Cuando sentí que había visto lo necesario, emprendí el regreso, estaba muy decidido, rondaban por mi cabeza  ideas, proyectos, esperanzas, ilusiones que hicieron muy rápido el viaje de vuelta. Cerca del pueblo estábamos muy cansados mi caballo y yo, la pulpería “La Providencia” era una tentación y decidí echarme en sus brazos, precavido y conociendo lo que pasaba, me asomé para ver en que territorio estaba,  no quería ir al matadero. Enseguida vi al patrón Echeverría, estaba el cura Juan, el banquero y el turco Salim, me senté entonces tranquilo a reponerme con alguna ginebra de la aridez del camino, cuando empezaba a alegrarme, notaron  la guitarra y me pidieron que amenizara la reunión, orgullosa empezó a sonar la guitarra y mi voz se escuchaba como nunca, los presentes aplaudían y seguían el ritmo con cualquier cosa que hiciera ruido, hasta que  el hombre sentado a mi lado muy bien vestido y arreglado me pidió que lo acompañara porque iba a recitar algo, se lo veía en no muy buen estado, pero a esta altura no era la excepción. Dijo en tono de payada: “alzo mi voz para decir con decisión y sumo coraje, que ya es hora que el gauchaje advierta la situación, no hay libertad ni comida,  muera la Santa Federación.”. Recuerdo exactamente, fueron cinco segundos lo que tardaron en abalanzarse sobre el payador, lo que me parecía increíble es que el primero fue Echeverría, el segundo fue el banquero y el cura aplaudía. No había lugar del cuerpo golpeado del que no brotara sangre, atiné  a protegerlo y recibí insultos y golpes que me adormecieron, con la mente y la vista borrosa alcancé a ver la horda de patoteros golpear y humillar al forastero, el piso era todo sangre y era de uno solo, era del unitario que había vuelto a morir. Me costaba entender, giré la cabeza y vi el nombre de la pulpería, se llamaba “Encarnación”, carteles vivaban al Restaurador y a la Santa Federación. Me culpaba por lo sucedido, había confiado en los ideales de la gente, no supuse que el poder tan fácilmente podía corromper, cuando me fui, estaban de un lado , cuando volví,  se habían convertido en patoteros intolerantes y asesinos al servicio de cualquiera que tuviera poder, por mi culpa murió el unitario, para aliviar mi pena y remordimiento es este relato,  para advertir que ese día en mi opinión se abría una historia de diferencias  irreconciliables y eternas  consecuencias insospechadas.

 

Copyright©Horacio García

Abril, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.