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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo II Relatos del yo

Consigna dieciséis

a. Usted es Emilio Renzi y le envía una carta a Bartolomé Marconi en la que critica la actitud que tuvo  con respecto a las cartas de la mujer fea. Renzi, como buen intelectual, enmarca su comentario en un tema más amplio: la relación vida/literatura.

b. Como en un juego de cajas chinas, incluir esta carta dentro de un relato que explique la necesidad de la publicación de la mencionada carta.

 

a.

A Bartolomé Marconi:

Quizás Ud. considere que lo mío es un enorme atrevimiento, y quizás tenga razón; sin embargo, a veces gestos y actitudes como los suyos superan nuestra… “prudencia” si se quiere, y nos conducen a este tipo de reacciones.

 

Jamás antes había pensado yo que podría llegar a entablar algún tipo de comunicación con Ud., pero ya ve, aquí estoy para expresarle lo que seguramente sabe, y en demasía. No es mi propósito, ni me corresponde, juzgarlo, simplemente plantearle que si bien la Literatura opera con la memoria, con la historia y con la realidad, no siempre consigna los acontecimientos; los fusiona, pero no para efectuar precisamente un registro, sino para transformarlos y crear a partir de esta transformación otra realidad, por medio del lenguaje, obviamente.

Y aunque es real que dentro de las numerosas categorías que existen en la historia de la literatura, varias designan lo que todos conocemos como “la literatura del yo”, por ejemplo, memorias, confesiones, diarios íntimos, no se trata de algo excluyente de todo cuanto se puede escribir. Además, hay cuestiones del género autobiográfico sobre las que no todo escritor pretende reflexionar, como lo son el estilo, la verdad, los destinatarios de su obra, elementos estos que se encuentran en el centro de sus interrogantes, justamente porque se ubican en la frontera que separa la interioridad del yo de la peligrosa exterioridad del mundo.

En otro orden de cosas que también se relacionan con la temática que Ud. trataba en la carta a la mujer “de los relatos extraños”, me permito recordarle que Borges había manifestado en “El aprendizaje del escritor” que cuando escuchaba una anécdota, la contaba primero y la anotaba luego, quizás –aclaraba el genial autor– esto último pasaba varios años después debido a que para él se trataba de un lento proceso. ¿Ve Ud., Sr. Marconi, cómo Borges se nutría de otros relatos y no de aquellos que pertenecían a su propia vida?

En virtud de mi planteo, otra apreciación, García Márquez, en un escrito periodístico, había expresado que su escritura literaria más difícil había sido la preparación de su obra “El otoño del patriarca”, porque durante casi una década había leído todo lo que le había sido posible sobre los dictadores de América Latina, justamente para que su libro se pareciera lo menos posible a la realidad. Más allá de haberlo logrado o no, y en qué medida: ¿puede Ud. desconocer las intenciones del gran autor colombiano?

Ricardo Piglia, a su vez,  relaciona la vida en un hotel con el hecho de no tener una vida personal, de no tener “nada personal para contar”, sí se nutre –asegura el autor de “Respiración artificial”– de los rastros que otros dejan. Otro ejemplo por analizar de otro gran intelectual, ¿no le parece, mi estimado Marconi?

Para finalizar, no olvide que el lingüista Jonathan Culler, a quien acudimos, entre otros, cuando queremos interiorizarnos respecto de la teoría literaria, destaca la relación ficcional con el mundo dentro de las características de la función estética de la literatura, además de los niveles de organización lingüística y de aspectos inherentes a la teoría de la enunciación.

Espero que entienda Ud. las razones por las cuales he decidido escribirle y expresarle mi total desacuerdo ante sus actitudes para con una humilde mujer en quien usted mismo reconoce las facultades que un artista requiere; y que, con certeza, Ud. y yo podremos afirmar que ella no es responsable del contexto en el que desarrolla su vida, con sus respectivas limitaciones. ¿Por qué no, entonces, continuar escribiendo estos relatos, “extraños”, mas “casi perfectos”?

Atte.

Emilio Renzi

 

b.

En mi habitual recorrido matinal, que incluye instituciones comerciales, bancarias y culturales, entre otras, decidí hacer una pausa en un viejo café concordiense. Sumergida en ese magnífico mundo de seres apresurados que caminaban las calles y la plaza, y que yo apreciaba a través de la vidriera, reconocí de pronto a Emilio Renzi, profesor, narrador, poeta, filósofo, intelectual, que cruzaba la plaza en dirección al café; recordé al instante sus clases magistrales de aquella Preceptiva Literaria, del antiguo plan de estudios de mi carrera docente. Grata y sorpresivamente confirmé que se dirigía hacia mí. Me expresó que le agradaba ese encuentro, nada mejor en ese momento –me decía– que estar frente a alguien que había estudiado literatura, porque se encontraba ante un dilema para él preocupante. Y me sintetizó la situación que lo embargaba.

Una noche en el club –me refería– se había reencontrado con un antiguo discípulo suyo, después amigos, o al menos, viejos compañeros de noctámbulas tertulias literarias, quien le había contado que desde algún tiempo había estado recibiendo cartas de una mujer desconocida, en las que ella relataba historias algo extrañas, no obstante, de una gran calidad literaria; hasta llegó a decirle –Bartolomé Marconi, de él se trataba, aunque al principio no había querido mencionarme su nombre– que no podría bajo ningún aspecto compararlas con sus propios escritos. Y las llegó a calificar como “casi perfectas”. La señora había insistido en que quería una entrevista con él, quien tras haberse negado primero, había cambiado de parecer luego y había decidido recibirla. En esa conversación –me contaba Renzi– la mujer le había hablado a Marconi de su vida, de cosas que jamás había escrito en sus cartas; se trataba de una persona sencilla, que vivía en las afueras de la ciudad y se ganaba la vida bordando manteles. Sostenía ella que era inútil dedicarse a la literatura, porque esta se vinculaba directamente con la vida de quien escribía, y su vida era bastante abúlica, por lo que no podía ser tema de sus textos. Y aquí estaba el gran cuestionamiento de mi admirado Renzi hacia su amigo,  no solo le había corroborado lo que la humilde mujer opinaba, sino que, además, y contrariamente a lo que él creía, subestimó categóricamente sus relatos y le sugirió que continuara con el bordado o buscara otras habilidades manuales.

Tras haber finalizado su relato, continuó mi profesor con una nómina de críticas hacia Marconi, a quien le había escrito una carta que ponía a consideración mía y me preguntaba si me parecía adecuado que la llevara a su editor, que trabajaba en su último libro sobre Teoría Literaria, próximo a publicarse, para que pudiera ubicarla (con una adecuada contextualización en el momento más oportuno) en el capítulo que planteaba la teorización desde distintas perspectivas de la literatura; debido a que cada capítulo comenzaba con un ejemplo de situaciones concretas sobre el subtema que analizaba en cada caso para establecer una real conexión entre teoría y práctica.

Leí inmediatamente la carta, él me insistía en que era un enorme atrevimiento haber escrito esa carta, y yo, en que el mío era mucho mayor evaluándola, ya que él era un gran intelectual, autor de numerosas obras, y yo había sido su alumna y, si bien había enseñado Literatura durante varios años, estaba recién comenzando, tímidamente, a escribir. De todos modos, le agradecí su consideración y su confianza y le manifesté que compartía su repudio hacia las actitudes de ese señor y que estaba completamente convencida de que tenía que publicar esa carta, que era formal y que exponía sólidos argumentos en cuanto a la relación vida/literatura, con conceptos contundentes y ejemplos concretos de grandes autores que expresaban su postura ante la respectiva temática.

La serenidad, poco a poco, le fue ganando la partida a mi interlocutor, quien me interrogó luego sobre mi presente y mis actividades de escritura. Y, como no podía ser de otro modo, me ofreció gentil y humildemente su asesoramiento. Pagó nuestros cafés y con la misma prestancia y con la misma simpatía con que lo vi llegar,  lo vi partir; obnubilada me quedé observándolo hasta que se esfumó en la multitud de esa inolvidable mañana otoñal.

 


Copyright©Nélida Delfin 

Abril, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor 

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.