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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VIII  Espacios y travesías: viajar, ver, contar

Consigna dieciocho alfa: elegir uno de los siguientes inicios de Las ciudades invisibles y continuar la descripción de la ciudad como lo haría Marco Polo según Calvino:

“En Melania, cada vez que uno entra a la plaza, se encuentra en mitad de un diálogo…”


MELANIA

En Melania, cada vez que uno entra a la plaza, se encuentra en mitad de un diálogo, si es su camino habitual sabrá por donde transitar para no interferir, si es un viajero será inevitable detenerse, ya sea para decidir por donde seguir o para escuchar atentamente, si se queda,  en pocos minutos como mínimo se sentirá interesado, preguntará, averiguará, aprenderá. Grupos de tres y cinco personas  alrededor de una mesa de cemento con dos bancos a cada lado, debaten, dialogan, discuten, el tema en cuestión es señalado con un cartel en cada mesa, la gente elige así la que le interesa, son números impares porque cada grupo resuelve por mayoría, la conclusión a la que arriba tiene carácter de decisión laudatoria. Dividida a la mitad,  la plaza de Melania alberga discusiones que van desde lo cotidiano, familiar, mediático, hasta lo profundo, relevante y fundacional. Las jornadas son interminables, sólo la conclusión marca el final de cada debate. Melania está dividida en cuarenta departamentos, cada uno de ellos ocupa rotativamente la plaza para resolver sus conflictos, tomar decisiones, juzgar a quienes no las respeten y definir sus castigos. Las cuestiones menores se tratan una vez a la semana en la mitad oriental de la plaza, el plazo máximo de debate son siete días al cabo de los cuales cada grupo dialoguista deberá entregar su conclusión, ningún tema tratado puede quedar sin resolver. Supe un poco más de esta particular ciudad gracias a los dichos de un anciano observador, el resto de los habitantes que podrían denominarse “comunes” son los que presentan los temas a debatir, conflictos, entredichos, necesidades, iniciativas son presentados a los dialoguistas, sólo se recepcionan los que son novedad, se les comunica día y horario del debate para que puedan presenciarlo y anoticiarse del resultado, cada conclusión decisitoria genera jurisprudencia y ya no podrá volver a tratarse el tema resuelto. Los jurisprudentes tienen una importancia fundamental, son los encargados de redactar y codificar las sentencias que cada mesa de diálogo entrega. Parece ser que los dialoguistas son descendientes en primer grado de los dioses del saber, o por lo menos es lo que dicen, lo cierto es que nadie en la ciudad lo discute, sus puestos son hereditarios, y el saber se transmite genéticamente. Para ser totalmente sincero nunca encontré a nadie que esté en desacuerdo con esta realidad,  tal vez la aceptan por conveniencia, no implica mucho compromiso ni preocupación, y se sienten protegidos. Sólo una duda me quedaba después de la enseñanza del anciano, ¿de qué vivía Melania?, me dijo que los “trabajadores” de la plaza eran mantenidos por el resto de la población, alimentación, vestimenta y vivienda eran solventadas por una especie de impuesto que gustosos pagaban los “comunes”, en definitiva los dialoguistas brindaban soluciones, reglamentos, ordenanzas que regían los destinos de la ciudad, y eso tenía un precio. Pero además estos descendientes de dioses concedían a los habitantes el derecho a comercializar  las jurisprudencias, así los melanios  salían  a recorrer las ciudades vecinas ofreciendo por un precio a convenir, la más amplia variedad de reglas, decisiones legales, soluciones sencillas a problemas de convivencia, de bienestar, económicos, etc. , respaldados por una sobrada y propia experiencia. Grande fue mi sorpresa y también mi admiración, en todo lo que he recorrido no había visto un modo de subsistir tan original, una verdadera y envidiable demostración de marketing de proyección expansiva.

 


Consigna diecinueve: describir subjetivamente un lugar real, haciendo un registro de impresiones. Extensión máxima 1 ½  carilla.


SAN PEDRO

Rincón de San Pedro Dávila de los Arrecifes es una ciudad y puerto de la provincia de Buenos Aires ubicada en la margen derecha del Río Paraná. Distante 164 kilómetros de la Capital Federal y con una superficie de 1322 kilómetros cuadrados, basa su economía en la producción de naranjas, batatas, frutas, horticultura y una importante actividad portuaria con exportación de granos. Es además un lugar muy preciado de miniturismo en cualquier momento  del año. Cada vez que llegué a San Pedro, fue huyendo de alguna circunstancia molesta o indeseada y por poco tiempo, tal vez por eso me gusta tanto volver, siempre queda la sensación de poco. El casco urbano histórico es de la época de la colonia, conserva ese encanto intacto en sus casonas, edificios públicos, paseos y plazas. Puertas muy altas que invitan a pasar, ventanas enormes que invitan a ver, techos muy altos que invitan a volar, no falta, claro está,  algún edificio insolente con el único mérito de ser la excepción que confirma la regla. Sin embargo,  su presencia no ensucia su cielo abierto y diáfano, el sol impone fácilmente sus condiciones. Al caminar por sus calles el olor te lleva de las narices, olor a jazmín, a naranjas, a tilo según los lugareños, el perfume se mezcla y embriaga, los árboles de copas frondosas y muy verdes custodian la caminata alquilando su sombra y su aire fresco al viajero. En sus veredas, bancos que habitualmente se ven en las plazas  se ofrecen como un oasis de descanso y bienvenida,  que invitan  a saborear, a disfrutar sin apuro. Están encadenados a la pared, riesgos de la modernidad de los que tampoco escapa San Pedro. Indefectiblemente el olor, el perfume, los árboles son pasos necesarios y escalonados que confluyen en aquello que se quiere ver, aún cuando no se conozca la ciudad, siempre se busca la belleza. El camino termina en la costanera, la barranca, el parque, la arboleda y el río al fondo dibujan un paisaje que transmite antes que nada libertad, luego alivio, calma, tranquilidad, pausa. Ahí hay que respirar muy profundamente, tratando que esa aspiración lleve al alma lo que los ojos ven. La idea es internalizar lo que San Pedro ofrece, llevarse en el espíritu la maravilla de la naturaleza, llevarla a la ciudad para hacerla algo más respirable. En horas tempranas el silencio es ensordecedor, ni siquiera los perros que te acompañan se animan a romper el encanto. Los ojos se rompen de tanto mirar, y cuando con gran esfuerzo se los convence de mirar a otro lado, se presentan ante uno casonas espectaculares, con ventanales imponentes, casa construidas para mirar, para otear, para descubrir, pero en su mayoría están vacías, tal vez sean de fin de semana o de temporada, pero la belleza no se toma vacaciones, está siempre ahí, ¿ cómo se puede abandonarla? De “chatas” modestas, de camionetas impresionantes y avasallantes, de torinos y renault 12 que arrastran su historia, se nutren las calles de esta ciudad. Pero el ruido que predomina es el de las motos, sin duda el transporte más representativo, junto con la bicicleta, de una parte de la grieta que ningún paisaje puede cerrar. No se necesita un guía turístico para recorrerla, sólo hay que dejarse llevar por el corazón, por el espíritu, por lo que cada uno busca. La plaza de la Constitución alberga la iglesia de Nuestra Señora del Socorro construida allá por el año 1700 aproximadamente, un verdadero testigo de la historia, en la intersección de las calles 9 de Julio y Pellegrini una plaqueta testimonia el paso del General San Martin camino a San Lorenzo, a pocas cuadras la Plaza Belgrano homenajea al otro gran héroe argentino que le da nombre recordando su paso hacia Rosario, y otros héroes más recientes sin victorias,  pero con una inquebrantable voluntad y coraje para intentar cambiar una sociedad cruel e injusta, están inmortalizados en las baldosas de esta plaza, ocho sampedrinos desaparecidos durante la última dictadura militar. Las sensaciones, las cuestiones espirituales, emocionales, sentimentales son las que me vuelven a San Pedro, un excelente lugar de exilio racional.

 


Consigna veinte: escribir un relato en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar. El texto que sigue puede servir de ejemplo. (Extensión máxima: dos carillas).


DESAFÍO

Cuando el “manco” Casas le propuso ir a jugar a San Pedro, no lo dudó ni un segundo, lo habían despedido de su último club seis meses atrás y desde entonces no había logrado integrarse a ningún equipo, no lo necesitaban, es más, ni siquiera lo conocían, el “gordo” Carmona había deambulado por las categorías  más bajas  del ascenso argentino durante veinte años y ahora era un desocupado. Objetivamente era un buen jugador, un mediocampista aguerrido, pero de buen pie y mucho carácter, capitán en muchos grupos, tenía  sana ascendencia sobre sus compañeros, sin embargo, como tantos otros no logró destacarse, sólo lo mantuvo en la carrera su empuje, su fe, su esperanza, aún en su último partido soñaba con una mención en el “Olé”. Subido en el “Chevalier”, saludaba a cualquiera que pasaba, quería provocar una respuesta, un saludo caritativo de alguien que simulara conocerlo, ni eso. El “manco” había sido su compañero en Central Ballester y el año pasado se había vuelto a San Pedro definitivamente, le proponía jugar en la liga sanpedrina afiliada a la Federación Norte de Fútbol, eran pocos partidos, se cobraba en efectivo al finalizar el encuentro y podría haber algún premio extra por logro. La oferta era tentadora, además podría despedirse jugando como el “gordo” quería, y no como producto de una decisión indiferente de un dirigente. Ya tenía treinta y seis, una panza incipiente, y poco rollo en el carretel, pero  estaba dispuesto a entregar lo poco que quedaba en el Social Obrero de San Pedro. Casas lo estaba esperando en la terminal, se dieron un abrazo y salieron para el club, no hay tiempo que perder dijo, Carmona estaba seguro de haber escuchado club, como también estaba seguro de  que no estaba frente a un club, era un terreno grande que parecía un picadero, más allá campos muy verdes, naranjas, duraznos y un enorme galpón sin techo, hacia allí se dirigieron, esquivando colchones, frazadas, mesas, sillas, llegaron al escritorio donde los esperaba el presidente de la institución, también era el delegado sindical que representaba entre otros a los jugadores del equipo. Enseguida lo puso al tanto de todo, el club fue fundado por un conjunto de trabajadores de todos los grandes campos de la zona, los terratenientes ya tenían su equipo: Agricultores Club, así que el Social Obrero había nacido para representar a la gran mayoría olvidada. Era más que nada un anhelo, una esperanza, el fútbol no sólo podía ser un esparcimiento, sino una forma de conocerse, de juntarse, de hacerse fuertes. El presidente se sinceró, sabía que no tenían un buen equipo, pero  confiaban en que “el manco” y el “gordo” le darían un salto de calidad. Quedaban seis partidos, estaban últimos en la tabla pero el objetivo supremo era uno: ganar el partido que cerraba el campeonato contra Agricultores Club. Carmona se entusiasmó, se sintió importante por una vez en su vida, lo habían ido a buscar y confiaban en él, quiso saber más y le contaron: en ese galpón vivían, comían, cagaban, sobrevivían cincuenta personas, trabajando como mínimo doce horas, de lunes a domingo al mediodía, sin obra social, sin vacaciones, sin aguinaldo, sin  descanso para almorzar y por supuesto sin registración laboral. Cobraban mucho menos de lo que a sus patrones les costaba llenar el tanque de sus camionetas arrogantes, y a veces eran vales para gastar en los comercios que casualmente eran de esos mismos patrones. El “gordo” revivió en su memoria las charlas con su viejo, sentados en el comedor frente a los retratos de Perón y Evita le contaba cómo era la vida del pobre antes del general, parecían animales, decía, si no hubiera sido por el peronismo seguiríamos igual. Carmona no podía creer que tantos años después la realidad del trabajador rural no había cambiado nada, sólo el treinta por ciento es el personal registrado. Al “gordo” la indignación y la injusticia le prendieron la lamparita y le encendieron las ideas. Publicitaría en todo San Pedro un desafío que le hacía  el Social Obrero al Agricultores Club, en el partido de la última fecha estarían en juego además de los tres puntos clásicos, otros tres puntos elegidos por consenso de la lista de reclamos y reivindicaciones planteadas desde siempre por el sindicato rural, negadas desde siempre por la patronal. La publicidad expondría a los patrones, la aceptación estaba asegurada. Los trabajadores entrenaron como pudieron, los montones de bosta eran conos que se utilizaban para driblear, los terribles pozos obligaban a ejercicios atléticos para no matarse, pero sobre todo Carmona hizo hincapié en lo anímico, en el orgullo, en la oportunidad de sentirse ganador por primera vez, por sus mujeres, por sus hijos, por el porvenir, por el odio, por el rencor que se merecen, por la puta grieta. Como futbolista, nunca imaginó el “gordo” un partido tan particular, como tampoco imaginó ser capaz de hacer semejante arenga. De los partidos previos se perdieron cuatro, el anteúltimo se empató, y en todos se notó una evolución, Casas y Carmona estaban conformes y esperanzados. El domingo del partido en un gesto que los “enaltece” los patrones dieron la mañana libre, desde muy temprano se repitieron las arengas, las canciones, los compromisos, a las dos de la tarde saltaron a la cancha, el campo presentaba un verde hermoso, parejo, digno de una tierra privilegiada, los trabajadores se sentían pisando una alfombra, se los veía tensos, nerviosos, ansiosos por empezar. El “gordo” miró al cielo y   agradeció, se venía un tormentón, después de todo el papa era peronista. Los primeros minutos fueron de acuerdo a lo esperado, el Agricultores se floreaba y creaba  peligro, parecía inminente el gol, pero tal vez por exceso de confianza o por “sobrar” las situaciones se fueron diluyendo, el Social a fuerza de garra, mañas, pierna fuerte, y una entrega conmovedora logró llegar al entretiempo con un empate en cero. Cuando comenzó la lluvia, la cosa se emparejó totalmente, y como regalo del cielo el arquero contrario sacó del arco con tal mala suerte que la pelota rebotó en el ropero Diaz y entró lastimosamente  en el arco. El equipo de los patrones atacó con furia, pero la lluvia era un escollo insalvable, colgados del travesaño los jugadores del Social lograron la hazaña. Cuando el árbitro pitó el final, el “Gordo” Carmona se arrodilló, se persignó y agradeció a Dios. A llorar a la iglesia, a la iglesia cómplice, los tres puntos ganados fueron: obra social, jornada de ocho horas y vacaciones pagas. Carmona aprendió que la esperanza es lo último que se pierde.

 


Copyright©Horacio García

Marzo, 2018.  Todos los derechos reservados por su autor

Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.