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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura literaria

 

(TIEL) Módulo X El archivo del escritor

Catorce gama: Relatar un episodio histórico de su elección que se refiera a una muerte, una traición, un complot o un pacto; hacer una suerte de investigación bibliográfica sobre el hecho elegido, consultando libros de historia y/o archivos de documentos históricos.


MUERTE DEL GRAL. MANUEL BELGRANO

Supe que era el 19 de junio porque una sombra me lo susurró al oído. Lo cierto es que ya no me importaba el sonido del tiempo. El mío hacía varias cosechas que se había quedado silbando entre la tierra de los campos de batalla, en las expediciones, en el azul y blanco de una bandera que ahora flameaba a orillas del río.

Aspiré el olor frutal de los naranjos y azahares del San Juan que escondía mi infancia. Pude ver a mi madre bordando a la par de los gritos sonoros de los trabajadores de la casa del fondo. Me senté una vez más junto a Josefa para escribir informes interminables junto a una vela raída que apenas me dejaba vislumbrar los bucles de su cabello. El viento húmedo del Paraná se me estampó en los labios mientras los ojos de mi amada Dolores me observaban fijos en el umbral de casa. Los caídos, mis jóvenes soldados malheridos, la gloria de Tucumán. Las sensibles pisadas de mi hijita Manuela jugando cerca del aljibe. El triunfo abrazador de Salta. La guerra civil azotando a mi querida Buenos Aires.

Un paño húmedo en mi frente me devolvió a la desvalida casa de mi padre. A la oscuridad de una noche confusa. Las pisadas tristes en los suelos hacían eco en mis masacradas entrañas. Mi vida se extinguía entre el adobe de las paredes. Preso de la costumbre, busqué en vano el reloj en mi bolsillo. Un instante de lucidez me permitió saber que estaba en las buenas manos del doctor Redhead. La tos provocó una convulsión instantánea en mi deslucido cuerpo, arrebatándome de cuajo aquel recuerdo.

Una nostalgia agridulce enmarcaba mis últimas horas. ¿Cuántos abatidos había visto partir por causas más nobles? La batalla de Campichuelo había sido una inaudita excepción. Tacuarí, en cambio, pesaría sobre mi pecho persiguiéndome hasta el más allá. Ojalá pudiera pedir perdón a todos aquellos que no pude salvar, a mis compasivos hermanos que lucharon a mi lado sin vacilaciones. El remordimiento de acciones desacertadas. Las buenas intenciones borradas bajo espadas con sangre criolla derramada en Vilcapugio y Ayohuma. El pueblo jujeño aferrándose a mis huesos. El semblante en alto del inquebrantable Artigas. La convicción insoslayable de José de San Martín. Nuestro espíritu alcanzando la satisfacción de la anhelada independencia.

Aferrándome al remolino de recuerdos que envolvía el camastro donde descansaba mi alma, vislumbré el despertar de un nuevo amanecer. En un prudente silencio me despedí de mi familia a la que con lástima solo le dejaba deudas. En mi boca involuntaria se trenzaron las que se convertirían en mis últimas palabras: “Yo espero que los buenos ciudadanos de esta tierra trabajarán para remediar sus desgracias. Ay, Patria mía”. Luego, paz.

 


 

Consigna trece: Escribir un relato a partir de una frase que provenga del discurso histórico, una frase hecha del tipo de las que se transcriben a continuación y de las que ya no sabemos si se dijeron o si son un mito o una invención, pero que siempre se las repite refiriéndolas a la relación entre una situación actual y una remota o descontextualizándolas. O bien escribirlo a partir de una imagen histórica fuertemente convencionalizada.

Imagen: Cruce de los Andes Gral. San Martín

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EL ALIENTO DE LOS ANDES

Se giró de costado con un movimiento forzado. La camilla apenas se lo permitía. Estiró el brazo por fuera de la frazada polvorienta con la que uno de sus soldados lo había cubierto al despuntar el alba. Sus dedos arrastraron la tierra parda de la ladera. Se aferró a la humedad del suelo, acariciando las raíces carcomidas por el andar de los caballos. El viento gélido azotaba las carretas. Los ponchos flameaban entre las cumbres rocosas de los Andes. Un sordo orgullo reptaba por su pecho hasta desbordarlo. Todos los hombres que avanzaban por donde mirase lo seguían a él en esta travesía. Luchando a su lado por la emancipación de sus pueblos. Podía vislumbrar la victoria. La anhelada unificación del territorio. El rescate de los oprimidos por los españoles, esparcidos en las regiones usurpadas. Todo estaba a un paso de distancia.

El sabor metálico le apuntaló la garganta descendiendo hacia el estómago. Las úlceras estaban empeorando. La tos lo dominó completamente. Sintió el jaleó de los milicianos que lo transportaban. Disminuyeron la marcha hasta depositarlo en una zona más elevada. Le fue imposible ordenarles que siguieran. El Brigadier O`Higgins de pie ante él le abría paso al médico para que evaluara su precario estado de salud.

El cielo estaba oculto bajo un manto de nubes anaranjadas. Las águilas cruzaban por sobre ellos sin perderles el rastro. El puesto culmine no estaba lejos. La segunda columna ya estaría arribando a su posición, el tiempo apremiaba. Las recomendaciones seguían siendo las mismas: reposo y precaución. Con un gesto severo ordenó que continuaran. Ya habría tiempo para ocuparse de sí mismo. Ahora su gente lo necesitaba.

Su sable corvo descansaba sobre su costado derecho, su caballo blanco se distinguía relinchando en la cabecera de la fila. Se aferraba a sus más vulnerables pensamientos cada vez que el cansancio lo vencía, en los desesperados momentos en que su cuerpo superaba a su mente. Daba guantadas a sus condensados miedos que no lo dejaban descansar tranquilo. “Lo que no me deja dormir es, no la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino atravesar estos inmensos montes”, le escribió consternado una noche a su fiel compañero Tomás Guido.

Sus debilidades debían ser censuradas. Ninguno de sus soldados podía notarlas. Era el General José de San Martín, líder indiscutible de esta cruzada. Su vida era la garantía de que la libertad y la unión eran posible. La bandera que las damas mendocinas habían cosido con tanta dedicación, el emblema de los sueños compartidos. Atravesaría las montañas rozando el azul del cielo para cumplir su promesa.

Fue mientras masticaba un poco de charqui reseco y ennegrecido que oyó el primer cañonazo. Las tropas realistas iban a ser atacadas. Su más grande batalla ya estaba resonando en la lejanía. Miró a sus hombres prepararse para el ataque. El redoble de tambores empañándole los oídos. El saludo respetuoso que le dirigió cada uno de los gendarmes. A la voz de su Libertador, todos corrieron en busca de la independencia.

 


Copyright©Laura Ferreyra 

Diciembre, 2017.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.