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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías

Consigna dieciocho alfa: Elegir uno de los siguientes inicios (ver alternativas más abajo) de Las ciudades invisibles y continuar la descripción de la ciudad como lo haría Marco Polo, según Calvino:

- Si queréis creerme, bien. Ahora os diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña [...]

- En Melania, cada vez que uno entra a la plaza, se encuentra en mitad de un diálogo [...]

- Dioses de dos especies protegen la ciudad de Leandra. Unos y otros son tan pequeños que no se ven y tan numerosos que no se pueden contar [...]

- Hacia allá, después de seis días y sus noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca [...]

- Lo que hace a Argia diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene tierra [...]


LA CIUDAD BLANCA

Hacia allá, después de seis días y sus noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca detenida en el tiempo, donde la gente viste con túnicas invariablemente blancas.  Impresionan  sus casas antiguas de piedra caliza, descascaradas y corroídas por el paso de un tiempo imposible de medir, frente al cual los relojes y los calendarios resultan inútiles.  El hombre que allí llega, ya sea por tierra o por mar, puede ver que de una casa a la otra cruzan las calles unas inmensas telarañas donde se acumulan barbas impuras como de hollín, que al mirarlas remiten al visitante a sus culpas, sus miedos y sus tristezas, pero que pronto se tiñen de blanco con el mismo polvillo de las piedras.

La gente, de extrema palidez, camina sin rumbo aparente, añorando acaso momentos de felicidad que quedaron en otra vida, según deducen quienes llegan a tan curioso e impensado lugar.

Los ángeles de mármol blanco, que cada casa tiene en su techo, están esculpidos con una expresión de consuelo. Sus ojos tristes miran con esa mirada penetrante que todos sabemos tienen los ángeles. Da la impresión de que vigilaran piadosamente a esos que caminan como espectros.

El hombre que llega a Zobeida, ciudad blanca, no sabe si sueña o si es real el lugar en donde está.  Duda, sobre si se trata de una ciudad o de una necrópolis.

Unos senderos, que rodean su polvorienta y amplia plaza, presentan formas semicirculares, bordeadas por claveles blancos que emanan un perfume que invade el aire hasta repugnar el olfato. El sepulcral silencio se interrumpe a veces por los sones de una campana plateada, que echa a tañer desde una alta torre, desdibujada siempre en medio de una bruma blanca, mientras desde sus nidos se desprenden bruscamente decenas de palomas blancas que giran en círculos en torno al campanario

 Tras ese sonido, salen de sus casas los habitantes de la ciudad y cada uno se dedica a regar un sector de los claveles. Se miran, no se hablan, en medio de algún ritual vinculado al oculto significado que les atribuyen a aquellas flores. Al terminar se retiran a sus casas con un saludo de complicidad: “Ya está, por hoy cumplimos”. Las túnicas blancas arrastran el polvillo de la caliza que se va desgranando con el tiempo y blanquea, como un fino talco, las calles de la ciudad.

La luz es algo que resalta en Zobeida y el limpio sol refulge en la blancura de todo.

Cuando el sol se encuentra en el cenit comienzan a propagarse unos sonidos que parecen ajenos a un lugar hasta entonces silencioso, solo alterado por las campanadas del riego. Ahora,  una variada sinfonía de ruidos se proyecta desde las distintas casas que simultáneamente  abren sus puertas. De todas sale un fuerte olor a humedad y encierro de mucho tiempo, un vaho caliente e intenso. Quien se asome a espiar podrá ver que las telarañas envuelven las lámparas y los muebles de aquellas pequeñas viviendas, y que todo está cubierto de polvillo blanco.

Desde algunas casas se escucha entonces la melodía apesadumbrada de un viejo violín. Desde otras casas se emite el sonido de una gastada máquina de coser. Los fuertes y rudos golpes de un martillo, claveteando maderas, aturden desde el interior de otras.

El viajero que visite el lugar se asombrará de que esto suceda cuando el sol brilla al máximo, para luego escuchar una especie de canto angelical, que va tapando los desacompasados ruidos a medida que los rayos solares pierden su verticalidad. Los últimos y tenues sonidos mueren al anochecer, cuando la luna empieza a enviar su luz blanca a toda la ciudad que queda en completo silencio.

Algunos han tejido una teoría sobre Zobeida, ciudad blanca, de imprecisa localización y que unos ubican en medio de bosques ignorados y otros en laderas recónditas de montañas siempre lejanas. Se atreven a pensar que es un cementerio, o mejor todos los cementerios.

Abona esta teoría una referencia, que ciertos eruditos atribuyen a Marco Polo, quien habría recogido testimonios de hombres que creyeron ver en lápidas de Zobeida  las inscripciones de sus propios nombres, mientras que otros alegan que habiéndose asomado por sobre las murallas que la rodean vieron, a poca distancia, las inconfundibles siluetas de sus propios pueblos.

 


Copyright©Graciela Lauretta 

Diciembre, 2017.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.