Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Modulo XI Historias de familia

 Consigna uno:

-Elegir a alguna persona conocida (no necesariamente familiar) que les resulte interesante o que tenga características destacables.

- Detenerse a pensar en ella y escribir, en columna, una lista de atributos de esa persona. Incluya atributos físicos.

-Al lado de cada atributo escribir una o varias oraciones en las que ese atributo se exprese mediante una acción. Tener en cuenta que incluso los atributos físicos pueden expresarse a través de acciones. (Ejemplo: gordo: le cuesta encontrar ropa a su medida y ha desarrollado un poder especial para detectar los carteles o publicidades que anunciaban talles grandes).

- Usar lo que escribieron para armar un retrato de la persona elegida en la que sus atributos están expresados a través de acciones.


Le gustaba ver pasar las nubes. Afirmar su cuerpo delgado en alguna superficie y contemplar el cielo. No importaba si llovía. Allí permanecía, estático, mientras las gotas se deslizaban sobre su pulido rostro. Pestañaba pocas veces, lo justo y necesario, para no perderse nada. Como si se proyectara una película fantástica y temiera perderse la mejor parte.

A mí me gustaba mirarlo a él. Me fascinaba la idea de que algún día algo me apasionara tanto como para tener el poder de apagar el mundo y disfrutar exclusivamente de eso. En mis fantasías era un ser que apuntaba su luz poderosa solo hacia adonde quería mirar, mientras al resto de nosotros nos sumíamos en la penumbra.

Los días de mucho viento eran mis preferidos. Tenía el cabello bastante largo y lo dejaba bailar a su propio ritmo. Eran los momentos en los cuales me acercaba un poco más para no perderme el despertar de sus sentidos, entre medio de sus mechones oscuros, buscando el infinito.

Algunas veces alguien lo llamaba gritando desde un rincón de la casa, ni siquiera se molestaba en contestar. Nada. Recién cuando, de alguna manera fortuita salía de su trance, se dirigía hacia la persona que lo había reclamado. Sin prisas, guiado por el reloj de arena que regía su vida.

Todos los vecinos le tenían en alta estima. Era amable y generoso con los suyos. Dotado de esas personalidades que irradian energía positiva y da gusto tenerlas cerca. Yo era la única que sabía que tenía un punto ciego en donde el frío invadía su alma y por eso buscaba el calor del sol para acallarlo.

Fue un día azul el que decidió invitarme a recostarme a su lado. Lo hizo con un escueto gesto. Me sorprendió que supiera que yo andaba por ahí. Sus finos ojos me dedicaron una única mirada antes de perderse en la nebulosa. Me costó un poco no quedarme encandilada ante su rostro, seguramente por costumbre. Levantó un brazo abarcando la totalidad del alba para luego posar su palma sobre la mía. Fue magia, a pesar de no creer en ella. Ver el océano del cielo desde una perspectiva nueva, la suya.

El tiempo perdió su ritmo y fue mi respiración la que comenzó a marcar los minutos que pasaban. Las nubes volaban rozando las alas de los pájaros que se alzaban sublimes hacia ellas. Los colores crepitaban al contacto con el aire que hacia piruetas sobre un tobogán de hojas otoñales. Solo se escuchaba la armonía de la naturaleza, cantando para nosotros. Su serena sonrisa se expandió por mis huesos hasta plasmarse gigante en mi pecho, ofreciéndome el más sagrado de los legados: paz.

Al izarse la primera estrella, con un breve suspiro, me indicó que se iba. Se alejó con su clásico andar despreocupado, perdiéndose glorioso entre las begonias de su abuela.


 

Consigna dos: Escribir el monólogo interior de un niño o niña en alguna de las siguientes situaciones. Intentar incorporar en él otras voces o discursos

- Un niño/a acaba de tener un hermanito/a y viaja con su abuela en colectivo, rumbo al hospital, a conocerlo y a ver a la mamá, que está internada.


La abuela huele a galletitas. Siempre huele a cosas recién horneadas. Una vez le pregunté si se bañaba, y me contestó que todos los días menos los domingos. Ese día no se hace nada, nada de nada, me dijo aplanándose la camisa con las manos. Esas manos con muchas venas que dan la impresión de ser diminutas montañas alzándose en un desierto de lunares. Cuando me acaricia los cachetes me sorprende lo suaves que son.

Miro por la ventanilla del colectivo. La abuela me explicó que era un viaje un poco largo, pero que podíamos jugar a buscar autos color azul. No quiero. Ni mamá ni papá durmieron ayer conmigo. Mamá porque tenía a Emma en la panza y quiso salir de pronto. ¿Y papá? No entiendo porque papá no volvió o directamente para qué tenía que ir. Si él no tenía nada en la panza salvo grasa. Eso dice Mimi, mi otra abuela, esa que no huele a nada rico.

El nombre fue idea mía, se lo pedí prestado a mi amiga del jardín porque ella es buena. Juega conmigo y no me pelea. En cambio, Mariela, me saca todos los muñecos que llevo. No sé para que lo quiere si a ella no le gustan los superhéroes. Espero que, a Emma, si le gusten. Igual le voy a enseñar que mejor que Batman es Naruto. No pienso prestarle mis juguetes, pero es bueno que sepa quién es quién.

Cuando bajamos la abuela me agarra fuerte la mano. Lleva un paquete que me preguntó si quería dárselo yo a mamá. No quiero. Yo solo estoy esperando volver a casa y mirar los dibujitos mientras como unos caramelos que me trajo el tío.

Todo huele raro dentro de los hospitales y algunas caras son tristes. La abuela me dijo que a donde íbamos todos estaban contentos porque la vida se recibe con alegría. Yo la verdad no sabía que “la vida” era una persona.

Lo primero que veo al entrar a la habitación es a mamá. Siento de pronto muchas ganas de llorar y que me abrace, pero me lo aguanto. No soy un llorón. No soy como Mateo que se la pasa llorando por todo. Entonces mi papá me toma en brazos y me apretuja todo. Le digo que me suelte, no me hace caso. Se ríe y en voz bajita me dice que me estaban esperando para presentarme a alguien que me va a querer mucho. Yo miro a la abuela, ella ya me quiere, me lo dice todas las veces que me ve, que son muchas. Pero no es la abuela. Nos acercamos a una cama muy chiquita donde una pelotita con pelos y ojos pequeños duerme. Emma. Y yo sin pensarlo le acaricio el cachete mientras le prometo que le voy a prestar a Luffy, mi mono, pero solo si se porta bien.


Consigna tres alfa Buscar fotos familiares viejas u hojear sus álbumes de infancia. Dejar pasear la mirada sobre ellas, lentamente, dejando que aparezcan recuerdos, situaciones, anécdotas. En un papel, anotar imágenes o palabras clave que ayuden a recuperar los hechos recordados. Elegir una o varias fotos relacionadas y escribir el recuerdo tratando de ficcionalizarlo (siga los consejos del recuadro anterior para evitar hacer un texto confesional).

Conviene decidir si en el texto producido se va a hablar de las fotos de las que partieron, de las huellas de la actividad misma de recordar, o, por el contrario, va a borrarse el origen de ese recuerdo (en ese caso, las fotos habrán sido utilizadas, simplemente, como fuente externa del recuerdo mismo y como una ayuda para construir detalles del lugar, la época, los personajes, y darle corporeidad a la representación.


La luz estaba apagándose entre los edificios aledaños. Escuchaba las conversaciones atenuadas de su familia en la cocina. La música rozaba las paredes. Estaba sentado frente a su escritorio y lo invadió una sensación insípida. Se miró las manos y le desagradó la idea de reconocerlas. Exhaló un suspiro contenido. Se levantó cansinamente. Se plantó frente a un espejo que silenciosamente lo había acompañado por años junto a la puerta. Inspeccionó su figura algo torcida por las malas posturas, su barriga apretada dentro de una remera desmejorada. Ese era él. Un hombre de ojos dormidos, de barba desprolija y labios resecos. Aún no era viejo, todavía el tiempo estaba a su favor.

Fuera había empezado a llover. Las gotas repiqueteaban contra la ventana, dibujaban diminutas sonrisas que permanecían adheridas contra el vidrio. Su mujer solía recriminarle que era un hombre demasiado serio. Se indignaba ante los hechos inevitables de la vida cotidiana. Quizás debería aprender a relajarse. Cambiar no era fácil.

Estudió la habitación descubriendo toda su intimidad contenida dentro de ella. La idea al mudarse había sido refaccionarla para que toda la familia la utilizara en distintas circunstancias, pero él, con astucia, la había convertido en su estudio. Fue casi imperceptible la usurpación que había hecho de aquel hábitat. Con una constancia que, si hubiera tenido en otros aspectos de la vida, hoy su historia sería totalmente diferente. Lo recorrió un escalofrío, su “yo” cabía en ese minúsculo rectángulo.

La taza en la que solía tomar el café al comenzar la tarde era, sin lugar a dudas, su reflejo. Desgastada, con restos insalvables en el fondo, de cuyo color original solo quedaba el recuerdo. La tomó entre sus dedos. Era pesada, recubierta de esa loza que hoy en día había sido sustituida por plástico. Un regalo de su hermano cuando sus gustos eran los mismos, cuando pensaban que la vida los mantendría unidos sin importar sus actos. Aquel día que creyeron ser únicos. Les gustaban las historietas. De niños solían juntar un poco de plata para correr hasta la librería y tratar de comprar algún nuevo ejemplar. Su hermano mayor era el primero en leerlo, eso era indiscutible. Posó la vista sobre las revistas que estaban en los estantes, ahora tampoco leían lo mismo. Nadie peleaba defendiendo a su personaje favorito, los héroes reposaban sin inmutarse entre medio de las páginas.

Muy a su pesar, era consciente de que la realidad era la que decidía cuándo encontrarlo y no al revés. Esa tarde lo había ido a buscar, postrándolo delante de su propio ser, sosteniéndole los párpados para que no pudiera cerrarlos.

Su vida no tenía nada en particular ni en general. Era una más entre tantas otras. La cuestión radicaba en su forma de llevarla. En la pesadez con que la recorría, en las escuetas decisiones que tomaba, en el letargo en que sus días transcurrían. Se había amoldado a sus meticulosas rutinas. Sentándose sobre su mullido sillón para perderse en cualquier programa de la televisión, evitando ser protagonista de su existencia. Acostándose todas las noches al lado de su mujer sin confesarle que seguía amándola. Retando a sus hijos para que hicieran el menor ruido posible, cuando en realidad sus dulces voces le colmaban el espíritu. Alejándose de sus padres para no tener una carga extra que atender porque quería seguir siendo un niño.

Se había convertido en un hombre cómodo.

El eco de los platos sobre la mesa le anunció que estaban por cenar. Se imaginó caminando hacia el comedor, tomando los cubiertos y masticando con fruición. Se asqueó. Al terminar se entretendría con cualquier actividad hasta que ella estuviese profundamente dormida y se pondría en el costado opuesto de la cama, dándole la espalda, intentando no rozarla. Por la mañana habría olvidado los sueños que posiblemente hubiese tenido. Tocó el centro de su pecho y encontró el vacío que lo habitaba. La vista se le nubló y por fin comenzó a ver claramente.

Salió de la habitación tomando lo único que quería llevarse. No se despidió de nadie. Camino sin prisa por la noche que avanzaba a su lado. No se volteó, no dudo ni por un instante. Por primera vez era dueño de su destino.


Consigna cuatro Utilizando construcciones nominales que al modo de fotos o momentos detenidos de una escena den cuenta de una historia, relatar cualquiera de estas dos situaciones, cuatro alfa o cuatro beta.

Cuatro beta. Una noche de Navidad, con la llegada de alguien disfrazado de Papá Noel para repartir los regalos, desde la mirada de un niño o niña pequeños.


 

Mi mamá nos hace salir al balcón unos minutos antes de las doce de la noche. Nos indica que busquemos entre las estrellas la más brillante, anticipándonos que esa, sin vacilaciones, es él que se está acercando. Los nervios me pueden y me parece que todas me encandilan. Mi hermanito da saltos entusiasmado, dice que lo vio soltando un regalo desde el cielo.

Luego, un sabio silencio pronosticando la algarabía.

La puerta resuena con unos golpecitos y su redonda figura brota imponente en el umbral. Mi familia lo acompaña con una gran exclamación de sorpresa. De pronto toda la calma se desvanece y el caos de las risas junto con el asombro envuelve la casa. El olor de los regalos que comienzan a pasar de mano en mano, las cintas de colores volando por los aires, el grito de mis primos al descubrir sus sueños dentro de los paquetes. Emoción mágica.

Me doy cuenta que no me he movido, que mis ojos tratan de asimilar que realmente existe. Su voz resuena profunda entre el tumulto. La barba es tan blanca que estoy segura que tiene un poco de nieve enredada entre medio. El rojo de su ropa danza con cada movimiento y siento ganas de abrazarlo para saber si es suave como las nubes. El rostro me es extrañamente familiar, tal vez sea un pariente lejano de mi tío, tienen el mismo color de ojos.

Cuando lo veo ante mí, me tapo los oídos. Como si al no poder escucharlo evitara que me viera. Mis pies se mueven distraídos tratando de dirigir mi atención a ellos. Lo espío entre los volados de mi vestido y me tiende una llamativa caja rosa. El trabajo de miles de duendes está dentro de ella. Minuciosas manitos esforzándose para fabricar la muñeca que le he pedido. Mi corazón siente una explosión de entusiasmo mezclado con responsabilidad. Soy la encargada de cuidar ese tesoro. Extiendo la yema de los dedos para tomarla hasta que me encuentro sentada en el piso abriéndola desesperada.

Resuena una campanita a la distancia. No quiero que se vaya todavía, tengo muchas preguntas para hacerle. Corro esquivando la mesa con el pan dulce y las nueces. Al llegar a la puerta ya no está. Ha desaparecido mágicamente. Ni siquiera pude acariciar uno de sus renos. Me prometo en silencio que el año que viene voy a lograrlo.

Los fuegos artificiales resplandecen en las ventanas. El estruendo es la fiesta que le hacemos a modo de agradecimiento. Las carcajadas, los vasos cantando en cada brindis, mi abuelo durmiéndose en la reposera, mi tío que se asoma transpirado preguntando qué ha pasado, los mayores guiñándole el ojo con una mueca de diversión, los chicos apresurándonos a contarle. Sí, ha llegado la Navidad.

 


Copyright©Laura Ferreyra 

Noviembre, 2017.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.