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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TEC) Módulo VI La trama

Consigna T 2 Escriba tres textos breves con los temas más abajo transcriptos. Cíñase exclusivamente al conflicto, no aborde otras instancias narrativas. (Máximo ½ página cada uno)


El personaje y su oposición a la sociedad de su tiempo.

El personaje consigo mismo.

El personaje contra su entorno familiar.

 

Personaje en oposición a la sociedad de su tiempo 

 

Habían pasado más de cincuenta años desde que las ciudades sufrieron los cambios. Al principio James se jactaba de ellos y ¡cómo no hacerlo! si Glasgow y Manchester poblaron sus calles con esas inmensas construcciones llamadas fábricas. El humo que afianzaba el progreso era sol de que amanecía cada mañana.

La nación engrandecida, todo era un mundo nuevo montado por las máquinas; máquinas que ahora superaron al hombre y también comenzaron a prescindir de él. James recordaba sus tiempos de joven y a los otros tantos que como él fueron jóvenes inventores.

Ahora sí, el sueño poderoso y multiplicador de los bretones estaba en plena marcha y James estaba llegando al final de sus días. En la plaza que estaba lejana al centro fabril, se sentaba a recordar con cierta nostalgia sus inicios; el taller de Baldon y la creación de su condensadora. Fueron pocos los hombres que habían logrado tanto en tan poco tiempo.

Hoy Glasgow había perdido a su gente, las calles transitadas por overoles que uniformaban a los trabajadores... todo eso lo hizo repensar. El sonido alborotador de los relojes fabriles, que marcaban las entradas y el breve descanso hasta la prolongada noche; el sistema se había convertido en una cárcel a sueldo. Los periódicos daban cuenta de las muertes cotidianas por mala alimentación, de la falta de higiene en las fábricas y de una prole que solo se reducía a eso.

Una tarde  en el banco de la plaza  recordó con nostalgia  a su abuelo, el viejo artesano rural, que de pequeño le había enseñado a hilar. También con gozo evocaba su pequeño mundo en la aldea, las familias vecinas y los niños que jugaban entre los ligustros mientras entre todos iban terminando sus tejidos.

Su edad no le permitía el paso ligero, así que decidió mirar con quietud la cara de la ciudad. Cada adoquín acomodado sobre las calles era un nuevo acceso para las empresas. Y era cierto, la vida había cambiado para todos, finalmente la sociedad era otra.

La pesadumbre lo acompañaba en el letargo de sus días, James no pudo evitar inhalar el humo denso y plomizo que arrojaban las chimeneas, ni observar las calles pobladas de overoles gastados.  Paso tras paso recordaba la aldea, su pequeño mundo y los ligustros que hilvanaron su vida.



Personaje consigo mismo


Si hubiéramos sido más fuertes, si desde el interior se hubiera mantenido nuestra liga, éste no sería un país de estancias. Los otros tiñeron la patria con el rojo que los distinguía, con la sangre que brotaba del matonaje que surgió de la misma campiña de Buenos Aires.

Pocos  recuerdan mi paso por el Ejército del Norte y Arequito, pero casi nadie podrá olvidar la batalla de Venta y Media. Mi brazo derecho, el que quiso unificar a un país quebrado y dividido entre hermanos, ya no me es herramienta de combate. Desde ahí en adelante fue el gozo indecoroso de los adversarios... pero mi talla traspasa  la erguida impronta del estanciero. Sé que siempre he sido algo parco  y también reservado, pero fiel en mis convicciones y de sólida estrategia militar.

Saben que fui un convencido federal que detestó el caudillismo y a la vez un unitario, que intentaba federalizar a un país de muchas repúblicas.  Los largos ocho años de prisión me dieron la mayor libertad en esta vida, y a pesar de mi mote de “manco”, esta  pluma... todavía sigue hablando.

Después creyeron liberarme, pero yo lo estuve desde siempre. Nunca traicioné a mi patria ni a mi amada esposa Margarita,  ella fue el espejo de mis días y el sol de mis noches. Mientras tanto, unos desde el litoral y otros desde Buenos Aires, sortearon mi suerte muchas veces y a pesar de todo ello, me siguen necesitando.

Hoy el estanciero ya está en el exilio, el entrerriano cree que gozará de los mismos privilegios que él, aunque aún no conoce Buenos Aires. Yo también he padecido en silencio mis propias ausencias. Ahora sé con certeza, que los trazos que deje esta pluma serán imborrables.

Quizá  pasen más que décadas hasta que se produzca un destello.  Quizá esta vez el interior que disiente con el litoral no quiera replicar la misma sentencia política.

Quizá sea posible que surja el brote más fuerte y el retoño más sostenible para un país tan divergente.

 


El personaje contra su entorno familiar


La verdad es que hay que reconocerle el temple que tuvo desde niña. No cualquier mujer se plantaba con esa osadía frente a sus padres para decir que no. Ni mucho menos animarse a enviarle una carta al Virrey, para que desautorizara un matrimonio que ya estaba pautado.

Pero agallas nunca le faltaron a Dona Mariquita, ella conocía muy bien la calle del empedrado y a todos los que transitaban por ahí. Las fuerzas vivas de la aldea pasaban por su casa. Y si a todo esto se le agrega su modo de crianza y la educación tan minuciosa, que desde muy precoz ha recibido, nada debería de sorprender. Algunos dicen que por eso ella salió así, que fue una transgresora casi consentida, a veces hasta una insolente con clase.

Claro, como toda dama de esa sociedad cuidaba muy bien sus modales y su presencia, pero lo cierto es que jamás acató las normas. Sus padres sabían muy bien lo que tenían que enfrentar con ella, porque a pesar de haberla internado en un convento,  no pudieron evitar el casamiento con Don Martín.

Hasta llegó a presionarlo al mismo  Don Martín acerca de que si “no era suya, no sería de nadie”, y entonces después de todas las desgracias de la familia de Doña Mariquita,  los dos le mandaron una nueva carta al flamante Virrey Sobremonte. Este a pesar de todos los problemas que tenía que afrontar, no dudó ni un instante en aprobar ese matrimonio.

El padre de Mariquita había muerto hacía ya unos cuatro años, y su madre en consecuencia se hizo monja. Ella no dudó en la felicidad que podía vivir con Don Martín. Y así fue que eludió todos los rumores y condenas, salvo la de sus sentimientos más  profundos. Por eso y a pesar de haber enviudado algún tiempo después,  supo que ese amor valió todo su temple, toda su indocilidad y toda su osadía.

 


Consigna T 9 Cambie el desenlace del cuento Los nutrieros, de Rodolfo Walsh.


La quietud en la costa de la laguna les daba tranquilidad.  Chino Pérez le dijo a Renato que descansara, porque iba a necesitar fuerzas para el día siguiente. Comenzaba a anochecer, la luna asomaba fulgurosa  y todo el alrededor parecía ser el panorama esperado.

En el borde de la isleta, Chino fumaba impaciente, pensando en las nutrias que había cuereado. Ahora tenía que tapar los fogones con mucho cuidado. Se subió al bote y sacó  unas líneas de pesca que había armado y cambió los anzuelos.  En esa noche de tanto calor, abundaban las pirañas, y él no dejaría pasar esa presa tan codiciada.

Chino Pérez era un hombre hosco, fornido, algo torpe en sus movimientos, pero en las cercanías era  conocido por su precisión con el rifle. Dejó tendidas varias líneas alrededor del bote; comenzó el pique y una tras otra empezaron a salir las pirañas. El riesgo estaba ahí, había que sacarles el anzuelo con sumo cuidado para evitar la mordedura y después... el golpe seco no más. Chino era un hombre de mucha  experiencia en estos asuntos.

Alrededor de los matorrales, entre la estancia y la laguna, en medio del sosiego plomizo de la noche, lo aguardaba el mayordomo. Con una calma pavorosa comenzó a moverse bordeando la laguna. Su andar cansino lo mimetizaba en el ambiente y su estampa pasaba inadvertida.  Llevaba en las entrañas la imagen de su hijo, partido en la garganta por un tiro seco.

Chino sabía que esa noche iba a ser la última y por eso decidió cruzar la laguna por otro camino. Una extraña sensación de espanto comenzó a invadirlo, el agua gorgoteaba espesa mientras surcaba los matorrales con el remo muy lento. Por un instante creyó escuchar ruidos en el silencio. Pensó en Renato, que ya descansado tomaría las riendas del asunto en el amanecer. Los ecos en la quietud de la laguna agitaban su pálpito.

Del otro lado, como una sombra entre los pajonales el mayordomo aguardaba, de pie, erguido, expectante. Ensimismado y con su cabeza aturdida solo tenía que esperar. Sabía deslizarse con ductilidad en los aledaños, allí donde la estancia era el todo para los nutrieros.

Chino Pérez sintió una congoja en la garganta e instintivamente sacó su rifle  y se paró de manera tan brusca que el bote se tumbó. El grito desesperado rompió la noche donde había dormido la laguna. El mayordomo estaba frente a él, viendo con deleite, con sublime placer,  su cuerpo despedazado en esa noche cálida.

En la costa,  el viento suave acariciaba los juncos; Renato acababa de despertar.

 


Copyright©Alicia Jadrosich 

Noviembre, 2017.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.