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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima media carilla).

La Argamasa Taller de escrituraImagen 4

Tenía claro desde niña lo que quería ser, tenía grabado en su mente las peleas con sus padres, ellos querían una carrera convencional, sin sobresaltos ni sorpresas, sólo su abuela la apoyó y acompañó cuando decidió inscribirse en la escuela de modelos, tenía claro entonces, quién sería  su guía y consejera, tenía claro que había vencido todos los obstáculos, tenía claro que con mucho esfuerzo, convicción y  empeño había logrado crecer en el mercado interno, tanto que, en el país, era una de las modelos más requeridas por las grandes marcas, tenía claro en su mente y en su corazón, las privaciones, las renuncias, los sacrificios, tan claro las tenía que asumió que ese era el precio convenido y aceptado para llegar al lugar donde estaba. Tenía claro que su belleza, su figura y su estética despertaban admiración, no tenía claro si alcanzaban para este nuevo desafío, lo fue comprobando al ir pasando cada selección, el concurso le brindaba la posibilidad de viajar a Francia en una semana, ahí filmaría un corto referido a la historia de la moda. Tenía claro que faltaba sólo un paso, el jurado daría su veredicto en París, ella o una chica holandesa sería la protagonista. Los  días previos al viaje fueron increíbles, la emoción le explotaba en el pecho, lo soñado era poco, pero nunca desatendió su rutina, nunca se relajó, quería llegar en las mejores condiciones, ya habría tiempo para descansar. Tenía claro que estaba a un paso de la gloria, tenía claro que esas horas habían sido minuciosamente imaginadas, tenía  claro que no iba a desperdiciar la oportunidad, tenía claro que ella ganaría la selección. El día indicado un imponente automóvil la pasó a buscar, se sentía y estaba espléndida, pocos minutos después la dejaron en una pintoresca callecita de París, los vecinos se asomaban intuyendo el espectáculo, lo angosto de la calle parecía quitarle aire, estaba nerviosa, inquieta, trataba de concentrarse cuando se le acercó el director y le dijo: “la  muchacha holandesa falleció ayer trágicamente”. Tenía claro que se sentía capaz de hacer cualquier cosa con tal de llegar a la cima.

Taller de escritura La ArgamasaImagen 3

RUTINA

Cada tercer fin de semana del mes cumplía con su ritual estrictamente, ya habían pasado cinco años de aquella primera vez, ni siquiera se acordaba quién lo había invitado, pero hoy ya era un fanático de la pesca. Se levantó muy temprano, se preparó unos mates repasando mentalmente cada cosa que debía llevar, la casa estaba en silencio, demasiado silencio después de una noche movida, muy movida. Miró por la ventana de la cocina, el  sol que asomaba auguraba un gran día; así será,  pensó. Como siempre, todas las cosas estaban en su lugar, su caja de pesca recién estrenada, la carnada, las cañas, la red, sólo faltaban los víveres y la música, esta vez sería el musicalizador exclusivo, sus amigos no podían acompañarlo, tenían excusas irreprochables: familia, compromisos, aniversarios, mejor, “necesito estar solo”,  masculló. Cuando sintió que estaba listo, abrió la puerta, fue cargando prolijamente las cosas en la camioneta, de adelante para atrás, dejando cerca de los asientos traseros un amplio espacio, subió al cuarto de huéspedes y bajó con esfuerzo el último bulto que faltaba, lo colocó en el espacio reservado y cerró el baúl. Miró la casa, miró a su alrededor, nadie había madrugado, sonrió, subió a la camioneta y emprendió el viaje. Dos horas lo separaban de “Laguna del Salado”, el trayecto era agradable, el paisaje pintoresco y la ruta amigable. El encargado lo saludó tan secamente como siempre, le señaló la cabaña donde dejar sus cosas, le recordó donde estaba el bote y se fue, él no esperó nada, desamarró la embarcación y raudamente se dirigió al centro de la laguna, tiró la línea, tiró la red, se sentía en su lugar en el mundo, relajado,  encendió un cigarrillo, se puso su sombrero y se recostó a disfrutar. El silencio era estridente, la paz provocativa, la calma sospechosa, la quietud fotográfica. Nada parecía quebrar la hermosa monotonía. De  repente del bote cayó un bulto, el estrépito del golpe en el agua ahuyentó a los pájaros, el aleteo desesperado de las aves volando hacia el sur, sobresaltó a los visitantes, ¡qué raro! algo los asustó mucho, siempre vuelan hacia el norte, decían.


Consigna ocho beta: Escribir un relato a partir de los casos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial: hombre hallado muerto entre los hierros de un auto.

MARCAS

Era el  último, por lo menos,  el último pensado, planeado, premeditado. Tenía la loca idea de una especie de retiro, había juntado unos mangos que lo animaban a intentarlo, una ciudad nueva, desconocida, soñada,  lo esperaba. No conocía Mar del Plata, jamás había visto el mar, sin embargo, desde muy chico se veía correteando en la playa, saltando olas, tomando sol. En cada momento de paz soñaba con ese momento,  se pensaba lejos de la villa, del hampa, de la muerte. Terminó como todos apostaban que terminaría, sin los detalles puntuales, todos sabíamos que acabaría mal. Así fue que apareció en los diarios, en aquellos más sensacionalistas, en los noticieros que repiten el mismo crimen cada cinco minutos. Juancho Aguilar era el protagonista, no había precisiones aún, sólo que fue identificado por testigos como el autor de un asesinato en la villa de Retiro. Escapaba en un auto con pedido de captura cuando embistió a una ambulancia, como resultado de la colisión, resultaron muertos los cuatro ocupantes del coche. Las primeras imágenes de “Crónica TV” mostraban un coche destruido, zapatillas, ropa, armas, desparramadas alrededor del vehículo, sutilmente disimulada con algún cartel, borroneada, se podía ver la imagen de los cuatro cuerpos entreverados entre los hierros retorcidos. Lo que no se sabía  todavía, era que Juancho sobrevivió al impacto, aturdido y muy dolorido, miró a su alrededor, oyó las sirenas que se acercaban, y muy especialmente escuchó los gritos desaforados de la gente: “no los ayuden, que se caguen, son unos negros de mierda, se tienen  que morir todos”. Me pareció ver en su rostro, una expresión que significaba “ya está”, cuando me disponía a ayudar, se voló la tapa de los sesos, mi primer impulso fue taparme la cara con las manos, pensé que la sangre me salpicaría. Me fui tan rápido como pude, en mi cabeza, esa imagen se acomodaba como el único final posible para una vida de mierda.

Siempre me llamó la atención las marcas que Juancho tenía en sus brazos, cortes, quemaduras laceraciones, pensaba que eran producto de sus mil peleas y entreveros, pero no sólo eso, constituían una verdadera agenda de recordatorios, vejaciones, humillaciones, abusos que  constaban en su cuerpo, no quería olvidarse, quería tener presente los rostros de los que desde chiquito le cagaron la vida. Comencé a asistirlo legalmente cuando era un niño, pero un niño chorro, drogadicto, peligroso, lo hice por pedido del padre Alberto, un incansable redentor de almas perdidas. No pude negarme, siempre sentí que les debía algo a estos chicos, con el tiempo comprendí que esa deuda era impagable. Juancho era fruto de una violación, aunque lo sabía, elegía creer la historia de la mamá, ella decía que su papá era  policía y que  murió asesinado en una refriega en el bajo Flores. Recuerdo que en nuestro primer encuentro, relató minuciosamente su miserable existencia, los detalles no parecían lastimarlo especialmente. Esa vez me mostró una marca, no era la primera, pero era fresquita, era para recordar las palizas que su madre recibía de una pareja abominable. El segundo encuentro fue para acompañarlo a un instituto de menores en Marcos Paz, muerta su madre de una neumonía, le había reventado la cabeza de un balazo al tipo que la golpeaba. Cuando se escapó del instituto, ya era mayor de edad, logró contactarme, me dijo que estuviera a disposición porque tenía dos nuevas marcas, una en “honor” al Suboficial  Argañaraz ,  él fue quien facilitó e instigó a la violación, era la bienvenida al novato, la otra para acordarse del “ruso” Ojeda, el primero que lo penetró, a  los demás no los vio, estaba casi desmayado. Quise decirle: “por favor,  no lo hagas”, pero no pude, estuve más cerca de animarlo. Cuando las noticias policiales informaban la muerte misteriosa de un penitenciario y un recluso, entendí que tenía que estar preparado. Sorprendentemente nada pasó, nadie lo relacionó con el hecho. Hace dos días me contactó, quería que nos encontráramos en el bar que está  frente a la entrada de la villa, me dijo: “me queda curar la última marca, después me rajo”, y habló de Mar del Plata y sus sueños, “por las dudas estate atento”, me dijo y se despidió.

Estos recuerdos ordenaba en mi cabeza mientras caminaba hacia la villa, abriéndome paso entre policías y periodistas logré ubicar al muerto, cuando vi al padre Alberto chorreando sangre con un balazo en la frente todo se aclaró, la primera y más grande marca de Juancho recordaba al primer abusador.


Copyright©Horacio García 

Noviembre, 2017. Todos los derechos reservados por el autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.