Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

TIEL Módulo IX  Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

Consigna veintidós alfa  Tomar el siguiente relato sumario, extraído del ensayo Evaristo Carriego de J. L. Borges y escribir un cuento, haciendo todas las trasgresiones necesarias para convertirlo en una versión novedosa del texto de base.


Texto de Borges

“[Este es…] un instante desgarrado de un cuento que oí en un almacén y que era a la vez trivial y enredado. Sin mayor seguridad lo recobro. El héroe de esta perdularia Odisea era el eterno criollo acosado por la justicia, delatado esa vez por un sujeto contrahecho y odioso, pero con la guitarra como no hay dos. El cuento, el salvado rato del cuento, refiere cómo el héroe se pudo evadir de la cárcel, cómo tenía que cumplir su venganza en una sola noche, cómo buscó en vano al traidor, cómo vagando por las calles con la luna el viento rendido le trajo indicaciones de la guitarra, cómo siguió esa huella entre los laberintos y las inconstancias del viento, cómo redobló esquinas de Buenos Aires, cómo arribó al umbral apartado en que guitarreaba el traidor, cómo abriéndose paso entre los oyentes lo alzó sobre el cuchillo, cómo salió aturdido y se fue, dejando muertos y callados atrás al delator y su guitarra cuentera.”.


Texto de Laura Ferreyra

 La noche ya le pisaba los talones cuando llegó al umbral de la espantosa pocilga donde “el traidor”, sin saberlo, lo había invitado. Canturreaba en voz baja para un grupo desprolijo que, con vino en mano, atendían absortos el extravagante espectáculo. Ninguno se volteó cuando se ahuecó entre ellos. Se meció el pelo que le caía sobre los ojos y esperó.

 

Era un hombre robusto de una edad indeterminada que variaba, según quién lo juzgase. Con escasos rasgos que lo diferenciaban del resto de los mortales, monosilábico en la mayoría de sus conversaciones. Llevaba un par de atardeceres escapando de la policía. Habían intentado arrestarlo alegando contra él una marea de injusticias cuya verdad solo radicaba en el hecho de ser un criollo que poco tenía que perder y que nadie gastaría su tiempo en rescatar. Un parea de una sociedad diluida. Si no fuera porque se consideraba un vengador, no le habría importado comer y dormir gratis en alguna de las celdas de la ciudad, pero todavía era pronto para dejarse atrapar. Primero debía imponer su propia ley. Castigar a ese malnacido cuya traición le quemaba el orgullo.

Su rastro había permanecido ocultó para su olfato. Había tenido que andar frenéticamente por los laberintos que se habían ido entretejiendo entre ellos. Esa misma mañana, un viento casual que había soplado en una dirección contraria a la que estaba destinado, los había puesto finalmente en la misma senda. Había traído consigo las notas justas para que su cuentera guitarra le indicará el punto exacto para encontrarlo. Lo oyó reclamándolo a gritos por las calles de Buenos Aires.

Hubo un par de aplausos equidistantes en el fondo. El anfitrión hizo ademán de tomar un descanso para aclararse la garganta. Una mujer de formas finas le pasó un vaso con algún alcohol barato. Este le sonrió mostrando los pocos dientes que conservaba y dio un ruidoso trago de aquel brebaje. Una vida atrás, seguramente, lo habrían compartido.

El criollo dejó que la sangre bullera en su interior. No tenía prisa, aunque fuera esa la única oportunidad que tenía para cumplir su promesa. Lo haría, sí, saboreando el paso de las agujas del reloj. Dándole a su rival una pequeña ventaja para hacer más entretenida la velada.

Se palpó la cintura. Reconoció el filo del arma atrayéndola más hacia su centro, rozándola con la punta de los dedos. Un bálsamo para su ánimo inquieto. Levantó sus ojos pardos hacía la figura frente a él. Su mente se nubló, inundándose de los recuerdos que tanto tiempo llevaba conteniendo. La furia, el dolor de la perdida, sus brazos sosteniendo el cadáver equivocado, el bullicio de la guitarra rebotando en la humedad del suelo, sus convicciones colgando de la mano de un sujeto contrahecho y odioso.

Se levantó sin parsimonia. Ninguno de los oyentes reparó en el arma. Nadie anticipó el cuchillo clavándose en la garganta del delator, el ruido opaco de las últimas notas que raspó en la guitarra. Buscó en el bolsillo deshilachado del asqueroso saco, el papel que nunca dudo estaría guardado allí. Alguien se le tiró por la espalda y de un solo golpe le cortó la respiración. Nadie más se movió de su sitio. Les dedicó un repaso apurado a los cuerpos despojados de vida y salió aturdido dando tumbos por las calles que se le tornaron diferentes. Casi desconocidas.

La quietud al fin se hizo presente. El bajón de adrenalina lo dejo tumbado en el pasto con la electricidad batiéndole las venas. Las manos le palpitaban. Un llanto ahogado se alojó en su pecho, las lágrimas se desparramaron en su rostro. Lo había logrado. La odisea había terminado.

Un huérfano acorde resonó en la distancia. Y se sintió realmente muy solo.

 

Consigna veintidós delta Tomar un mito griego (Prometeo, los argonautas y el vellocino de oro, Fedra, Medea, Electra, Edipo, etc.) y escribir una versión en la cual se “traicione” algún aspecto de su historia o de su ideología. El relato puede hacerse a partir de un solo punto de vista narrativo o de varios que polemicen.


El Mito De Sísifo

Sísifo veía desde la cima cómo la roca volvía a rodar cuesta abajo dejando una estela de arenisca flotando en el aire. Tenía solo unos momentos para disfrutar del aleteo manso del viento antes de emprender nuevamente su búsqueda. Cerró los ojos unos contados segundos para expandir la sensación de plenitud a cada una de las extremidades de su moldeado cuerpo. Su piel condensaba el color del ébano del perpetuo verano. Cada vez que subía la pendiente, el sol lo encandilaba y apoyaba su mejilla contra la roca, sofocándose por el calor llameante que emanaba. Su hombro derecho soportaba la mayor parte del peso, sus brazos se tensaban a medida que sus pies se veían forzados a aprisionarse contra la aridez del suelo para poder subir. Al principio, llevaba la cuenta con la exactitud de las veces que repetía el proceso, ahora su mente le había otorgado la fortuna de desconocerlo.

Infatigablemente cumplía su condena. Los Dioses se la habían asignado, rodar sin cesar hasta la cúspide de una montaña, una piedra que volvería a caer por su propio peso poco antes de llegar, teniendo que volver a subirla. Un trabajo inútil, sin descanso, eterno. Estaba desnudo, otro capricho de las deidades. Igualándolo con su entorno. Para que él también fuera una roca rodando hacia el vacío. Un hombre tallado en piedra. ¿Quién hubiera sido capaz de predecir que él podría disfrutarlo? Sísifo sonrió al pensar en ello. Nunca lograrían domar su espíritu.

Las palmas callosas le ardieron. Añoró su imborrable Corintio, más que de costumbre. Era imposible no codiciar regresar. No intentar, aunque solo fuera por un instante, volver para ahumarse el aliento con el sabor del vino. Empaparse de dicha las pestañas contemplando las mujeres danzando a su lado, sumergirse en el suave aroma de sus pieles sudorosas. Atesorar el revoloteo de las aves que solían surcar los cielos cobrizos de su ciudad. Inmortalizar el sonido del agua de los ríos encallándose en las orillas. Reconquistar el soplo de la corriente que envolvía los acantilados en las noches en las que dormía a la intemperie a sabiendas que un día le harían falta.

Desde lo alto se podía permitir revivir sus andanzas en la faustuosa Tierra. Jactarse de su innegable astucia para engañarlos y atesorar el olor a la vida. ¿Qué era correcto o verdadero? Cada persona existía dentro de su propia realidad, cada uno tenía la facultad de crear su propio espejismo y vivir plácidamente en él.

Su risa irrumpió en el silencio que lo acompañaba. Su esperanza estaba intacta. Habían fallado. No lo doblegarían. No lograrían que se arrepintiera de haber vivido como había deseado. Había hecho y deshecho cada acto de su existencia a su antojo. Acarrearía esa masa contundente de piedra con la certeza de haber sido el hombre que había querido ser. Sin arrepentimientos ni remordimientos, condenadamente libre.

Con un grito de triunfo, Sísifo bajo corriendo la ladera.


Consigna veintiuno. Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo.


La Noche Boca Abajo

Volvió bruscamente del desmayo. Algunos hombres, con bastante esfuerzo, estaban sacándole de encima la moto que había quedado tiesa sobre su magullado cuerpo. Su mejilla descansaba sobre un charco de sangre. La sintió áspera, brillante, ligeramente ácida. La rodilla le quemaba contra el asfalto y el brazo derecho apenas estaba unido al hombro. El dolor se le expandía hasta completarlo. Las voces graves que lo rodeaban le dieron una perspectiva aún más atroz de cómo se sentía. A pesar del estado de confusión que intentaba engullirlo con premura, supo que la mujer estaba ilesa.

No quisieron moverlo, quedó tumbado de culo a la noche que se ensombrecía a medida que pasaban los minutos. Los escalofríos esporádicos le sobrevenían mientras esperaba la ambulancia. Las náuseas le acribillaban la garganta. Alguien le pasó un trapo medio sucio por la boca, un hilo de baba le quedó colgando de la comisura. Se concentró en los ruidos inconfundibles del pulular nocturno, las sirenas acercándose, las pisadas de las botas casi al ras de su cabeza. Su aspecto se le asemejó a un perro moribundo olvidado al costado de la ruta. Si hubiese podido llorar quizás ese fuera el momento oportuno, lo desaprovechó. Necesitaba agua.

Balbuceó unas palabras que nadie percibió. El viento cambió de rumbo y lo sintió en lo bajo de la espalda. Los párpados quemados comenzaron a enceguecerlo. A pesar de ello, pudo distinguir un objeto que volaba hacia él. Contundente, macizo, certero. Un olor letal le invadió las fosas nasales y un puñal de piedra se le clavó en la frente.

Se despertó en un estado de entumecimiento corporal. Los antisépticos, las gasas y la claridad abrumadora de las luces le hizo saber que ya estaba en el hospital. Su rostro pringoso estaba pegado al almidón de las sábanas, en vano intentó girarse. En un espejo que estaba frente suyo, pudo contemplar su semblante sin rastro de violencia, intacto. Una mano enguantada se posó sobre su nuca intentando calmarlo.

—Se va caer de la cama —le dijo mientras le suministraba un analgésico.

Estaba seguro que había otros pacientes a su alrededor, no los veía, pero oía sus respiraciones pastosas implorando sanación. Un calor atípico languideció sobre él, dedujo que serían algunas líneas de fiebre.

—Descansé —le ordenaron.

“Agua”, demandó mientras la escena se desvanecía y su estómago quedaba hundido en un charco de barro. La oscuridad destilaba el claro perfume del miedo. Del terror a yacer boca abajo ignorando los peligros circundantes. La frente le ardió, no podía mover los brazos para secarse las gotas de sangre que descendían por el tabique de su nariz. A unos metros brillaba el filo del puñal. Una risa etérea resonó en su tímpano. Venía por él, por todos ellos. Por los que peleaban por levantarse.

El líquido descendió otorgándole una satisfacción instantánea. Unos ojos silenciosos le sonrieron sosteniendo el pico ladeado de la botella para que pudiera ingerirlo.

—Ya le bajó la temperatura —le dijo pasándole el dorso de la mano por la mejilla izquierda.

Aspiró el momento en que volvió a dejarlo solo. En el piso habitaba una inmovilidad absoluta. Algunos ronquidos devolvían la vida a la pulcra sala. Fuera las estrellas iban perdiendo vigor, la luna se hamacaba en las tenues luces de un nuevo amanecer. Trataba de fijar el momento del accidente. La rabia colmó los latidos de su corazón, ojalá no hubiese tomado la decisión de salir. Ahora estaría recostado en su cama durmiendo plácidamente de cara al cielo. Sin extrañas pesadillas, sin el sabor de la muerte entre medio de los dientes.

El murmullo de la celda lo despertó. La lengua le caía de costado, intentando involuntariamente lamer las migajas de líquido esparcidas en el suelo. Ya era hora, el alba se arrimaba atrayéndolos hacia él. El peso de un pie lo hundió, sí se podía, aún más. Las risas se expandieron. El delirio los reunió en torno a los caídos. Le vendaron los ojos y descubrió una blanca habitación de hospital. Se vio a sí mismo postrado boca abajo, el brazo vendado, las piernas inmóviles, una mesa con una botella de agua a medio tomar y un cuchillo con mango de piedra ensangrentado. Vislumbró una noche predestinada, un motor rugiendo en la lejanía de un camino, una impaciente mujer parada en la penumbra, el estallido, un final.


Copyright©Laura Ferreyra 

Octubre, 2017. Todos los derechos reservados por el autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.