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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna siete Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla).

Imagen 3

Taller La Argamasa

 

CERCA DE LA ORILLA

 Primavera del año 1950.

Oscuro atardecer sobre la laguna; sin vestigios de sol, ni aroma a primavera. La tormenta ennegrece el cielo,  un viento cálido mece el bote y él permanece de pie, la espalda encorvada; algo sujeta con las dos manos —¿la caña de pescar?— no le gusta la pesca, ni remar, ni  los días tormentosos, ni estar alejado del muelle que tiene la casa  donde vivían los tres.

Estaba, solo —una manera de decir— cuando sucedió: las llamas parecían atragantarse con los árboles que perdían su estirpe hasta caer, uno tras otro, sobre esos campos ancestrales y convertían en brasas las casas de madera que encontraba a su paso.

Se escuchaban cada vez más cerca la sirena del camión  autobomba; la labor de los bomberos había comenzado, las mangueras dejaban salir  chorros de agua osados que alcanzaban las llamas desafiándolas,  cortándoles el paso; del fuego al humo, que dejó en sombras las pocas casas que se salvaron de las llamas, los caminos y los pobladores, como figuras difusas, deambulaban para un lado para el otro.

Hacia el muelle otra figura fantasmal arrastraba algo pesado  —¿Una red? ¿Una  bolsa?—, la subió al bote, dejó las sombras atrás. Remó con la precariedad de su conocimiento, se detuvo; miró el muelle desdibujado.

 Dos hombres solos, oscuro atardecer sobre la laguna.

 Apretaba el palo con el mismo odio; se inclinó para soltar la red: el cuerpo ensangrentado de su pareja cayó pesado, tiñó de rojo el agua a su paso.

 Escuchó el ladrido de su perro en la orilla, y pensó con amargura: ¡si el fuego hubiese llegado antes...!


Imagen 4

taller La Argamasa

BUCLES

 Amanece en Daroca, pueblo de Zaragoza; verano tropical y árido; se escucha el cierzo soplar aún  sereno, dibujar  serpentinas en  la calle angosta; silbar en las ventanas de las viejas casas, y atrevido robarse los racimos de Jara que penden de los techos.

 Me quedé la noche despierta para terminar la tela: Sobre el vientre (Acrílico 27x35); entraban las primeras luces del día, corrí las cortinas;  la calle era una cinta adoquinada que se desperezaba antes que los zapatos repiquetearan  y los autos dieran saltos sobre ella. Recorro con la mirada esa pequeña geografía que abarca mi ventana y descubro una figura solitaria en la vereda de enfrente; entrecerré los ojos para acercar la imagen —¿era él?— Tuve la sensación que miró hacia donde yo estaba…

 Me saqué la camisa de pintar, salí lo más rápido que pude del Taller, bajé los escalones de dos en dos, cruce el patio (todos dormían), llegué al portón;  no lograba que la llave diera las dos vueltas, rabiosa agité el picaporte y la cerradura, por fin, dejó abrir la puerta; nadie había ya enfrente, me encontré de pie, en el medio de la calle, descalza, peleando con el cierre de mi vestido que se había trabado,  mientras miraba hacia el fin del camino, cuando dobla su curso hacia el convento de Santo Domingo.

 Ya se sentía el calor; empecé a caminar; las plantas de mis pies se tapizaban de hojas, pétalos, ¡una colilla de cigarro!; saltaba los charcos que dejó la lluviecita del día anterior y los recuerdos me iban apareciendo… confusos por los años transcurridos, confusos porque aquel verano, cuando se fue de casa,  el cierzo soplaba embravecido, agitaba las celosías, golpeaba las puertas y se mezclaba en la discusión de los dos;  a él casi no lo escuchaba  —siempre fue un papá tan invisible como amoroso—. No entendía, desde mis doce años, qué la hacía confrontar con tanta furia, y por qué  él siempre callaba.

 Esa noche ya no durmió en casa. Dos días después, entré al cuarto de mis padres  a cerrar una ventana (el cierzo seguía soplando) y vi el ropero abierto sin ninguna prenda de él.

 Hoy es la fiesta de Santo Tomás, sigo andando y me alcanza el recuerdo nítido: papá acaricia mis bucles, me toma de la mano, baja hasta mi oído y murmura: hoy es la festividad de Santo Tomás ¿ vamos a celebrar los dos con los  buñuelos de la Pastelería de Manuel Segura que tanto te gustan, y la chocolatada del almacén de Manolo..?

 Sacudo los pies para soltar pétalos, hojas… sacudo la razón para acercar nuevos pensamientos.

 No más silencios. No más el recuerdo del cierzo aquél, ni el de los otros vientos, los que erosionan…  a las personas,  cincelan su corazón y empujan fuera a aquél que ha perdido la dignidad de recordar lo importante que es.

 Como los primeros bosquejos de un cuadro, son hoy mis pasos por esta calle que me aleja de la ventana, me invita a caminarla,  juega a las escondidas, la alcanzo cuando escucho las campanas del convento,  y lo reconozco, sin entrecerrar los ojos, sentado en los escalones de la entrada, solitario…  hasta que mis brazos lo alcancen y me acerque a su oído: papá hoy es la Fiesta de Santo Tomás, te invito con una chocolatada y  los buñuelos de la Pastelería de Manuel Segura, que tanto nos gusta.


Consigna ocho Optar por una de las dos consignas (“alfa” o “beta”) que se proponen a continuación. (Extensión máxima: entre 1 ½ y 2 carillas.)

Elegida:

Ocho beta Escribir un relato a partir de uno de los casos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial (el de la mujer atropellada por un tren luego de ser asaltada en un yuyal, el de los amantes baleados en Quilmes o el del hombre hallado muerto entre los hierros retorcidos de un autor).

ESTACIÓN MORENO

 Fines de febrero, una noche de calor agobiante. El guardabarrera, en el cruce de la calle Soler, era lento de reflejos, un poco porque la naturaleza lo hizo así, otro poco porque la ginebra le hacía perder el sentido de ubicación en ese espacio tan propio como era la casilla desde donde manejaba la barrera del Ferrocarril Sarmiento, ramal Once Moreno.

 Asegura una y otra vez, cuando la policía lo interrogó, que esa noche no se había quedado dormido, no había tomado ni una gota de alcohol y que, cuando cambió el turno, se fue a su casa fresco como una lechuga;  que la piba ésa, seguramente se habría querido matar y se largó a las vías justito cuando pasaba el tren —hay cada mina rayada—.

 El sábado 18 de febrero, la fábrica tenía que hacer la entrega de los guardapolvos a los comercios de Moreno. El viernes, ella se quedó hasta mucho más tarde —le pagaban horas extras—, le avisó a su tía, para que no la esperara a cenar. Terminaron con el embalaje de los guardapolvos cerca de las 22.00 horas; entre una cosa y otra, salió todo el personal cerca de las 23.00 horas.

 ¿Te alcanzo? Estoy con la moto — le dijo un compañero.

No, gracias; quiero irme a pie, por el caminito al costado de las vías, que está más iluminado,  así me despejo un poco y llego antes a lo de mi tía.

Puso el saco de hilo en la mochila, era una noche cálida; se quedó con la musculosa, que hacía juego con la mini floreada, las sandalias al tono  y empezó a andar —más de un foco de la calle quemado.   No registró que la seguían, dos sombras silenciosas, cada vez más cerca y más… cayendo sobre ella, rasgando la pollera floreada, uno, mientras el otro le sujetaba los brazos y ahogaba sus gritos con labios impregnados de aliento a alcohol. Luchó como guerrera para defenderse de la violación, hasta que sintió la hoja de la navaja hundirse en su vientre, un grito de dolor saliendo de las entrañas y las piernas, agitándose, empujaron el  peso de esa miserable hombría al costado del sendero; otra patada, impactó sobre el miembro humedecido.

Se insultaban entre ellos, no querían llegar a tanto; salieron a la carrera entre los yuyos del costado de las vías, llegaban los gritos de la mujer pidiendo ayuda mientras intentaba ponerse de pie, tambaleando.

Atinó a ponerse el saco que tenía en la mochila, sobre la herida para detener la sangre; quería llegar a lo de su tía antes de perder las fuerzas, veía la luz del comedor desde donde estaba y decidió cruzar por las vías para cortar camino. Se le nublaba la vista, los pies descalzos la hacían pisar con más dificultad; ya llegaba, paso cansino entre las los andamios;  le parecía oler el estofado de su tía.

No escuchó el silbato ni vio venir la larga formación del  ramal Once-Moreno…

—¡Dale con que yo estaba mamado! Dígame una cosa oficial, porque yo seré un poco lento pero a usté ¿no se le dio por revisar, con sus secuaces, el caminito que hizo la piba esta hasta subir a las vías? ¡Quién le dice que  encuentre una pista y me deja de joder a mí!

 

Copyright©Susana García Amor

Agosto, 2017. Todos los derechos reservados por el autor

 


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.