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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la escritura literaria

 

(TIEL) Módulo VIII Espacios y travesías: viajar, ver, contar

 Consigna dieciocho alfa  Elegir uno de los siguientes inicios (ver alternativas más abajo) de Las ciudades invisibles y continuar la descripción de la ciudad como lo haría Marco Polo, según Calvino:

 

- Hacia allá, después de seis días y sus noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca [...]


Hacia allá, después de seis días y sus noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca. Se sienta ante la entrada principal de la villa para quitarse los desgastados mocasines. El único requisito para ingresar y recorrer este singular rincón del planeta es el de sacarse los zapatos. Los pisos fluyen ante sus ojos, recubiertos por una inmaculada cerámica albina. Contrario a lo que se imagina, son cálidos al tacto. Camina entre el sin fin de transeúntes que circulan alegremente iluminados por los rayos del sol que jamás los abandona. Este páramo no conoce el brillo de la luna, la noche nunca llega.

  Escucha el andar sigiloso de los miles de pies que lo rodean. No hay medios de transporte desentonando esta melodía, porque no están permitidos. Ningún humo puede estropear la blancura de los edificios de nácar que se alzan bondadosos, conformando un marco perfecto de armonía.

Después de tantos años, al fin se siente en paz. Se interrumpe en una esquina y contempla las caras serenas de los lugareños. Nadie lo juzga. En cambio, le sonríen complacidos por saber que aún existen personas capaces de afrontar el extenso viaje para conocer su inigualable tierra nívea.

Ante el mercado principal queda absorto por la insólita variedad de productos que no reconoce. Esta seguro que es la primera vez que los ve. De colores desgastados por el eterno amanecer en que se vive. Con tonos claros, salvo por la sal que es negra. La única mancha en un marco de algodones. El trueque de mercancías es la forma de pago. No hay discusiones ni regateos. Una simple palmada al aire cierra el trato. En su conjunto conforman una especie de coro de pequeños y reconfortantes aplausos.

Una solitaria plaza se haya perpendicular a la mayoría de las construcciones. El suelo es de arcilla. Si parpadea parece nieve. La estatua del Mago Blanco Zobeida brilla en el centro. En sus manos abiertas puede observar el sin fin de rosas de papel que la gente ha dejado como agradecimiento por sus cuidados. Se paraliza hipnotizado por sus gestos. Tallado en una sola pieza de mármol, es obra de un artista desconocido. Se arrodilla ante él. Le implora su perdón.

Al final del recorrido se desprende un lago que cae en forma de lluvia sobre el océano. El agua posee un singular olor a plata. El hombre deja sus pocas pertenencias a un costado de la orilla y se sumerge en él. Esa es la única forma de salir de esta ciudad encantada.


Consigna diecinueve: Describir subjetivamente un lugar real, haciendo un registro de impresiones.

Verde. Cuando pienso en Manuel Antonio es el primer adjetivo que inunda mis recuerdos. Un verde puro, natural, emblemático. Hojas gigantescas que se mecen con el viento cálido que sopla desde las rocas que sirven de barrera para esta paradisíaca bahía.

La playa es extensa. Un lugar ideal para que tus pies descansen arropados por la arena clara y suave que se extiende hasta tocar la orilla del mar. Sus aguas son templadas. Cristalinas, de matices azulados. Se podría decir que Neptuno suele divertirse jugando con las olas, adormeciendo a las embarcaciones que reposan apacibles en la cercanía.

Sus pobladores, la gentileza que emana de sus cuerpos trigueños envolviendo tu corazón por completo. La manera cariñosa que tienen de brindarte una parte significativa de su vida, como son sus costumbres, sus creencias, la ferviente certeza de que el otro debe sentirse a gusto. Son la fertilidad que nutre la tierra. Su alma.

No es raro ir acompañado por el canto de las aves que vuelan libres luciendo sus trajes de intensos colores. Una explosión de rojos, amarillos y anaranjados sobrevuelan el andar de los visitantes. Se entremezclan con los perezosos que descansan en las copas de las frondosas arboledas, ajenos a cualquier atisbo de barullo del entorno. Se contraponen con los monos que suelen, traviesos, robarse la comida que encuentran en su simpático andar. Alguna iguana puede estar observándolos desde las macizas piedras en donde disfrutan de la infaltable tibieza de los rayos del sol.

Manuel Antonio tiene esa clase de magia que te permite encontrarte si andabas buscándote o perderte en los brazos del ancestral sentimiento del amor. Redescubrirte entre sus sabores, con sus plátanos y frijoles. Perder la razón al compás de los merengues. Olvidarte por un instante que la tierra gira sobre su eje y moverte al ritmo que desees. Quizás sea el lugar existente más parecido al mundo de los sueños.

El Parque Nacional que lleva su nombre es el despertar de la naturaleza abriéndose camino ante la evolución de los hombres. Es el punto final del recorrido y el estímulo necesario para poder tomar conciencia de la verdadera fuerza del medio ambiente. En los labios solo sentirás la voluntad de pronunciar la frase que se repite en cada una de las huellas que dejará en tu ser: “Pura Vida”.

 


Consigna veinte Escribir un relato que ocurra en el lugar que se eligió para describir. La historia debe sucederle o ser protagonizada por un personaje ajeno al lugar o debe tratarse de una historia que rompa con los hábitos del lugar.

Cumplir un año más le daba igual. Si no fuera porque su familia había insistido tanto al respecto, no se hubiera embarcado en ese viaje. Viajar sola tampoco le entusiasmaba. Ya pasaría y volvería a casa, con suerte sana y salva.

Llegó a Manuel Antonio un día después de haber despegado de su querido y ya extrañado país de origen. No había vuelo directo, así que había tenido que soportar las escalas, la muchedumbre agolpándose para bajar, luego para subir y finalmente para volver a descender. Un ir y venir entre cuerpos desconocidos que la había dejado agotada. Se consolaba pensando que esa noche al fin descansaría en una cama, por más dura que fuera. A pesar de todo, estaba de vacaciones.

El camino era de ripio. Ella, con sandalias blancas y un sobrio conjunto de pantalón y remera beige gastado, desentonaba con un entorno tan colorido.

La primera sonrisa involuntaria se la arrancó un pelícano que estaba parado en el umbral de la puerta. Se volteó para mirarla con su gran pico y emitió un sonido a modo de saludo. En ese momento no lo supo, pero esa era la bienvenida para aquellos predestinados que, si sabían dónde buscar, podían vivir sus fantasías.

El hotel era bellísimo, no podía negarlo. Cuya simpleza le daba el toque necesario para hacerla sentir cómoda sin esfuerzo, con personas de una amabilidad genuina recibiendo a sus huéspedes. Quedó gratamente sorprendida. La habitación la terminó de dejar pasmada. De estilo natural, con vista completa a la bahía, gobernada por un mar imponente de un azul intenso. ¿Era real?

A pesar de que su idea primaria había sido descansar, no pudo evitar escuchar el murmullo en sus oídos que la invitaba a sumergirse en esa playa bañada por arena que parecía de oro.

Se sentó sin mucho protocolo, rodeada de verdes, de amarillos y de azules. Pensó que le hubiera gustado saber dibujar. Pintar detalladamente el sentimiento que la invadía al contemplar la salvaje naturaleza que, por suerte, el hombre no había logrado domesticar. Cerró los ojos para lograr guardar los detalles de la plenitud que la rodeaba y al abrirlos, él estaba parado frente a ella.

Él. Su nombre le empapó la boca.

Se sonrieron. Él se acercó sin preguntarle nada y se colocó a su lado. Sus olores se mezclaron y le resultó familiar. El sol refulgió con más intensidad. Unos pocos turistas deambulaban a esa hora. En la lejanía, un barco se mecía sereno. Un mono pasó ligero con un plátano en la boca. Él la tomó de la mano y acaricio suavemente las yemas de sus dedos. No era la primera vez que lo hacía, su cuerpo se lo indicó. ¿Se conocían?

La brisa marina les hizo compañía. Ella estudió sus facciones. Se contuvo de acariciarle esa barba incipiente al recordar que otras tantas veces le había hecho cosquillas.

Si, lo amaba.

El tiempo se fue agotando. Una lágrima surcó su rostro al saber que él ya debía irse. Se giró para mirarlo una vez más, intentó preguntarle cuándo volvería, pero no halló su voz. Él le apartó un mechón de pelo que jugaba en su mejilla. Susurró unas palabras que no fue capaz de descifrar y la besó sutilmente en los labios.

Lo vio desvanecerse en la lejanía. En un dedo llevaba enroscado un hilo rojo, semejante al que ella llevaba en su meñique.

Tardó unos minutos en recuperarse. En esconderlo nuevamente dentro de su alma. En sentirse aliviada, ligera.

Libre continuó su marcha hasta el Parque Nacional donde se dio un festín de hermosas visiones. De aves, de plantas, de frutas, de insectos de tamaños insospechados. Tomó varias fotografías de las danzantes mariposas. Frente a la cascada se dio cuenta que había encontrado lo que tanto anhelaba.

Por la noche, con la luz ya apagada de la habitación, una carcajada brotó de su garganta. Su familia había tenido razón, no había mejor regalo que ese. Su lugar en el mundo. “Feliz cumpleaños”, se dijo, dejándose acurrucar por la magia que entraba por la ventana.

 


Copyright©Laura Ferreyra

Agosto, 2017. Todos los derechos reservados por el autor

 


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.