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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Consigna diecisiete alfa: Reescribir esta historia comenzando por el final y reconstruirla seleccionando una serie de escenas claves que se narren repetidamente desde diversas perspectivas, tal como hace Faulkner en Mientras agonizo y Absalon, Absalon! (Extensión máxima: 3 páginas).


El brazo de mi adorada esposa estaba entrelazado con el mío cuando emprendimos la última caminata juntos hasta la orilla del río. El viento de la tarde giraba a nuestro alrededor. Lo sentí con la misma intensidad que aquella mañana en la que habíamos regresado a nuestra añorada ciudad, con tantas dudas, miedos y amor en el pecho que apenas podíamos contenernos el uno al otro. Cuarenta años habían pasado ya de todo aquello.

Yo era la única hija del respetado funcionario Chang Yi. Me había criado junto a mi joven, inteligente y hermoso primo Wang Chu, con quien mantenía la más estrecha de las relaciones desde que ambos éramos apenas unos niños. No había persona que pudiera discutir el amor que nos profesábamos, ni siquiera mi padre, quién, ante mi insistencia, no tuvo dudas en aceptar a Wang Chu, en un futuro próximo, como su yerno.

Los sirvientes de la casa fuimos testigo de cómo su amor fue creciendo a la par de ellos. Tangible, puro e irrevocable. No había día en que no soñaran despiertos sobre sus planes, anhelando la fecha en que por fin se casaran. Ninguno vislumbró el vendaval que azotaría sus ilusiones, mucho menos de la magia que la salvaría y de la cual seríamos testigos.

Mi hija se había convertido en una mujer irresistible. Bella, sagaz, con una gracia natural que atraía a todo aquel que tenía el placer de conocerla. No me resultó raro que apareciera un apuesto joven funcionario pidiéndome permiso para desposarla. Sin dudarlo le di mi consentimiento, consideré que era un hombre digno de ella. La promesa que le había hecho a mi sobrino en su dulce infancia, se me había olvido por completo.

Al enterarme que mi padre había otorgado mi mano a un desconocido, sentí que la vida se me escapaba. ¿Dónde había quedado su promesa? La pena comenzó apoderarse de mi corazón haciendo explotar mis más preciados sueños. Mi amado Wang Chu, preso de la desesperanza, había resuelto que lo única opción que tenía, era huir antes de verme casada con otro hombre. Supe enseguida cuál era la decisión que debía tomar.

Me subí al primer barco que encontré en el puerto a punto de zarpar. No pregunté el destino, el mío estaba roto. Sabía que no encontraría consuelo en ningún lado que no fuera con ella. Abatido, ni siquiera pude conciliar el sueño mientras el barco descansaba amarrado en alguna costa no muy lejana. A media noche, al escuchar unos pasos que se acercaban, pensé que era mi cordura que ya me estaba abandonando. Compungido me incorporé y al ver a Chienniang de pie ante mi puerta, la felicidad me colmó por completo. Había desafiado los deseos de su padre para seguirme, para convertirse en mi mujer y con el temor latente en su mente de verme cometer la locura de quitarme la vida en algún páramo desolado que me encontrara hundido en la desesperación.

Prosiguieron el viaje a Szechuen, en donde me rentaron una pequeña habitación. Doy fe que nunca perdieron el entusiasmo y la esperanza. Apostando al amor irrefrenable que los unía sin objeciones. El tiempo les regaló dos preciosos hijos y me sentí verdaderamente afortunado al poder compartir con ellos la dicha que embriagó sus vidas.

Éramos felices, pero no pasé ni un solo día sin pensar en mi padre. Rogando en silencio su bienestar, conviviendo con la culpa de sentirme una hija injusta. Preocupada, una noche, le manifesté mi angustia a Wang Chu, quien juzgó que cinco años ya era tiempo suficiente para emprender el regreso y despojarnos de los antiguos enojos.

En la orilla de nuestra ciudad natal nos esperaba el añorado aroma de la brisa de la mañana. Los ojos se nos llenaron de suaves lágrimas. Fui yo quien se ofreció para dar a conocer la noticia de nuestro regreso. En cuanto divisé la figura de mi suegro, me arrodillé ante él implorando su perdón. El asombro en los ojos de Chang Yi fue desbordante. Según me anunció, en la cama descansaba su hija sin conciencia desde hacía cinco años. Preso del desconcierto, lo negué rotundamente, jurándole que su hija lo estaba esperando a bordo del barco encallado en la margen del río, en el cual acabábamos de arribar.

Envié a dos de mis criadas para corroborar la veracidad de las palabras de Wang Chu, sin saber que, al mismo tiempo, el cuerpo de mi hija enferma que descansaba en la cama, se levantó con la luz resplandeciendo nuevamente en sus ojos y se dirigió a la embarcación.

Los cerezos en flor, junto con nosotras que habíamos sido enviadas para confirmar la historia, fuimos los únicos testigos del recuentro. De la fundición de su cuerpo con su alma en el más cálido y emocionante de los abrazos. El bello rostro de Chienniang se llenó de júbilo.

Me permití unos minutos para disfrutar en soledad la sensación de volver a sentirme una. Tantos años ansiando este instante. Por él había valido la pena la espera. El murmullo del río entonaba una canción de bienvenida, los cerezos bailaban a mi lado. Emprendí el camino a casa, donde mis padres me recibieron con los corazones alborotados. Sonrieron al ver, otra vez, la juventud latente en mi rostro.

Nos ordenaron guardar silencio sobre aquel milagro. Nunca hubiéramos pensado traicionar la confianza del señor Chang Yi. Aun así, con el correr de los años, la historia cobró vida propia y recorrió los rincones de la ciudad hasta convertirse en una fábula de amor y buenos deseos para todos los enamorados.


Consigna diecisiete beta: Amplificar las dos historias y contarlas según la técnica temporal de la “alternancia” de modo tal que cada una de ellas desarrolle una de las versiones del sueño Chaung Tzu.


Al extender sus brazos se despliegan sus imponentes alas turquesa. El mundo a sus pies se abre como un abanico de incontables oportunidades. Salta alto, guiado por el murmullo de las nubes. Sus antenas le muestran el camino hacia las flores que brillan en las verdes arboledas. Cae en picada para regocijarse con el néctar que fluye de su centro. Se impregna de su aroma, dejando escapar su propia esencia.

Chuang Tzu abre los ojos. Tiene el rostro pegajoso. Le duelen notablemente todo el esqueleto, como si hubiera recorrido kilómetros corriendo. La habitación está impregnada de un olor dulce, casi empalagoso. Intenta ponerse en pie, pero no puede. Aletea intentando no caer. Un precipicio se abre al borde de su cama. El vértigo se cierne sobre él. Los párpados se le cierran como guillotinas impidiéndole ver el pozo que lo engulle.

Necesita descansar. Otras mariposas cuyos colores contrastan con el suyo, también buscan refugio. El silencio indica el fin de la expedición. Se mimetiza con la fuerte corteza de los troncos atento a los depredadores que lo acechan, cubriéndose con el resplandor de las estrellas. Desafía a la naturaleza que lo instiga a cumplir su ciclo vital. Gotas de sangre se escurren entre unos dedos que no le pertenecen, magullados por el esfuerzo que le implica mantenerse asegurado para no caer. Aun así, se suelta.

Cae sobre el rugoso colchón. Se cubre con las sábanas bañadas de hojas. Tiembla ante los ojos que lo están observando allá afuera. Se queda inmóvil controlando cada una de las exhalaciones que deja escapar involuntariamente. Se frota su larga trompa. Finalmente siente el sol aferrándose a sus tensos músculos. La luz baña la habitación. Se sacude el estado de vigilia poniéndose de pie. “Soy Chuang Tzu”, se escucha decir con voz de insecto.

Golpes en la puerta le indican la hora de partir. Ha llegado el momento de emigrar hacia la calidez de otras regiones. Tiene poco tiempo para hacer su trabajo. Un par de días apenas para polinizar las selvas adyacentes. Se pone su chaqueta y vuela hacia su destino.


 

Consigna diecisiete gama: El texto leído es una adaptación de los fragmentos finales de “La marca de nacimiento” de Nathaniel Hawthorne. A partir de esta escena final imaginar los antecedentes del suceso y escribir un racconto.


 

Cuentan los viejos pobladores, los pocos que han quedado algo sensatos, que un día de un tiempo ya olvidado, el diablo estaba aburrido. Veía pasar monótonamente las almas en pena, torturadas, marchitándose lánguidamente ante sus ojos y no le proporcionaban placer alguno. Despiadado, vagó por los rincones más tenebrosos de su mente y se le ocurrió una idea.

No eran estos condenados con lo que quería jugar. Eran los hombres cuyas almas aún habitaban sobre la Tierra los que necesitaban aprender. Habían dejado de temerle. Ni siquiera temblaban ante la idea de una eternidad reviviendo sus castigos. Tenía que recobrar su respeto, gobernarlos y finalmente, corromperlos.

Con un solo movimiento de su muñeca, hizo surgir de la niebla, una esbelta figura. Tomó la forma de una mujer cuya belleza era absorbente. La dotó de humildad, simpatía e inteligencia. La cubrió de buenas intenciones y cierta ingenuidad. La bañó con el aroma de los jazmines, de los valles más fértiles, de la esencia que habitaba en el rocío de los verdes prados de las regiones inexploradas. Le concedió la voz melodiosa del viento, la gracia al moverse de las suaves arenas del desierto y el espíritu aventurero de las vertientes que circulan las montañas empinadas. Por último, con el calor de una brasa, aguijoneó su piel haciéndola brillar. Conforme con su obra, la contempló con ojos humanos y supo que estaba lista. Ningún hombre sería capaz de mantenerse alejado del abismo de la locura con tal de poseerla.

El cielo había estado atento a la actividad del oscuro averno. Supo que esos ardores que ascendían en forma lenta pero constante, solo podía indicar que algo se estaba maquinando. Fue entonces que vieron surgir del epicentro de su dominio, envuelta en humo, a una encantadora y joven mujer cuya voluntad estaba subyugada por el mismo que la había creado. Un rayo de luz se abrió paso a través de las abultadas nubes y en forma de caricia acunó su rostro dejando una rozada Mano Carmesí en su mejilla izquierda. Mientras que ese sello habitara en su rostro, ella estaría a salvo de cumplir su oscuro propósito.

Vagó errantemente por distintas regiones del planeta. Estudió los idiomas del mundo. Fue bautizada con el nombre de Georgina, en la casa de una humilde familia que le dio asilo una noche de fuertes tormentas. Aceptó la desconfianza que causaba su rostro marcado. Ahuyentó los malos pensamientos que irremediablemente solían azotar su manipulada mente. Finalmente, en el lugar menos pensado, encontró el amor.

Aylmer era un aficionado químico de la industria farmacéutica. Un hombre simple, con una curiosidad asombrosa y una voluntad implacable, que lo llevó a desear hacerla suya apenas la descubrió entre la multitud de una feria. La enamoró con atenciones, cuidándola con ternura, ganándose su afecto en la medida que ella le fue permitiendo entrar en su solitaria vida. La amó con devoción una noche sin luna y la hizo su esposa en la más sigilosa armonía de su intimidad. Se convirtieron en una pareja feliz, envidiada en más de una ocasión por ese profundo cariño que se profesaban.

Los años fueron dejando rastro en él, en cambio ella se veía cada amanecer igual de joven y bella. Aylmer no podía evitar sentirse intrigado por esto. A veces cuando ella dormía perezosamente a su lado, le pasaba un dedo por la Mancha Carmesí que decoraba su tranquilo semblante. Era el único detalle que arruinaba la perfección que ella era capaz de ostentar. Quizás él fuera capaz de devolverle el resplandor natural a su piel.

Comenzó a trabajar en silencio en lo que él consideraba “la cura”. Elaboraba diferentes cremas que luego probaba sobre el cutis de su mujer. Pasados los días, confirmaba lo inevitable, la mancha seguía intacta. Involuntariamente se le fue convirtiendo en una obsesión y Georgina, apesadumbrada, lo notó.

Una mañana al despertarse, lo encontró durmiendo en su mesa de trabajo y no tuvo dudas de que la cola de su mentor se había interpuesto entre ellos. Era su destino. Nunca la dejaría vivir sin que cumpliera el objetivo por el cual la había creado. Pensó en huir, en dejarlo para que viviera hasta el final de sus días en calma, pero eso ya no era posible, la seguiría hasta encontrarla o aún peor, enloquecería de dolor. Resignada espero pacientemente que descubriera la forma de quitar la Mano Carmesí que la protegía, era la única manera de liberarlo de ella misma.

Pasaron varias primaveras hasta que dio con la droga indicada. Su notable experiencia le indicó a Aylmer que esta vez lo lograría. Georgina le vio el altivo semblante, y silenciosamente se fue despidiendo de él. Pasó el día contemplándolo, asistiéndolo y brindándole todas las atenciones que le fueran posibles. Le ofreció hasta la última gota de amor que en breve abandonaría su alma. Aylmer casi delirante de alegría, le indicó que se recostara para comprobar el efecto de su más reciente invención. Ella obedeció y al cerrar los ojos escuchó dentro de sí misma la risa del infierno y el llanto de los cielos.

 

Copyright©Laura Ferreyra 

Julio, 2017. Todos los derechos reservados por el autor